Car­ta a los tor­tu­ra­do­res- Alfre­do Iri­sa­rri

No hace fal­ta que me pre­sen­te, sabéis quien soy y don­de vivo.

La otra noche irrum­pis­teis en mi hogar, rom­pien­do nues­tra inti­mi­dad, nues­tra tran­qui­li­dad, nues­tra fami­lia, pero voso­tros sabéis tan bien como yo, que no rom­pis­teis nues­tra dig­ni­dad.

Men­tis­teis, como es habi­tual en voso­tros, pues me ase­gu­ras­teis que no ibais a uti­li­zar cier­tos méto­dos (la ver­dad, no os creí). Nos extra­ñó tan­to tac­to y correc­ción, pero aho­ra lo sé: era sólo una care­ta. Una care­ta que deba­jo escon­de el odio y la mal­dad.

¿Algu­na vez os han dicho vues­tros padres las veces que le dije yo a mi hijo, cuán­to le que­ría y lo orgu­llo­so que esta­ba de él?

No os odio, no, es algo peor. Os ten­go mie­do.
¿Qué sois capa­ces de hacer?

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