Migran­tes. Pri­me­ro de enero, un día más

Por Ilka Oli­va Cora­do. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 3 de enero de 2022. 

Com­pra la galli­na a pri­me­ra hora en la maña­na, las ver­du­ras con las que acom­pa­ña­rá el pla­to y las fru­tas para el pon­che, Cata­li­na quie­re hacer tama­les, pero es mucho tra­jín para ella sola y con lo can­sa­da que sale del tra­ba­jo ape­nas tie­ne ener­gía para la lim­pie­za del apar­ta­men­to en don­de vive con sus dos hijos. Juan, de 12 y Gua­da­lu­pe, de tres.

Pero esta vez le toca lle­var a lavar la ropa a la lavan­de­ría, en el edi­fi­cio en don­de viven no hay lava­do­ras, se atra­sa­rá en la pre­pa­ra­ción de la cena de fin de año.

Cata­li­na emi­gró a Esta­dos Uni­dos des­de Toto­ni­ca­pán, Gua­te­ma­la. De uno de sus pue­blos aden­tra­dos en las mon­ta­ñas, la pri­me­ra vez que usó cai­tes tenía 13 años. Los zapa­tos los cono­ció has­ta que lle­gó a Esta­dos Unidos.

Es la sex­ta de tre­ce her­ma­nos, su padre todos los días al salir del tra­ba­jo de reco­lec­tor de café se iba a la can­ti­na del pue­blo a pedir fia­do, para cuan­do lle­ga­ba el día de pago ya tenía todo el suel­do com­pro­me­ti­do. Ane­ga­do en alcohol lle­ga­ba a la casa a gol­pear a su espo­sa y a sus hijos. 

Sus her­ma­nos se fue­ron yen­do uno por uno sin avi­sar, no sopor­ta­ron tan­to mal­tra­to ni tan­ta pobre­za. Nin­guno ter­mi­nó ter­ce­ro pri­ma­ria, por­que por la edad ya eran bue­na mano para ayu­dar en el cor­te de café a su papá.

El día que le lle­gó el turno a ella aga­rró todo lo que tenía de ropa: dos cor­tes y dos hui­pi­les, los metió en una bol­sa plás­ti­ca fue a hacer la masa y dejó la palan­ga­na en la entra­da de la coci­na, se fue sin despedirse.

A los 14 años ya había tra­ba­ja­do en el jor­nal en la mayo­ría de las fin­cas de la región, reco­gien­do café y ver­du­ras. Esta vez se fue a tra­ba­jar de emplea­da domés­ti­ca al cen­tro de Toto­ni­ca­pán, don­de la tra­ta­ron peor que en las fincas.

Per­te­ne­cien­te a la etnia qui­ché no habla­ba espa­ñol. Sólo tenía per­mi­so para salir 4 horas el domin­go, de comi­da en los tres tiem­pos tor­ti­llas con fri­jo­les, sin dere­cho a comer de lo que comían sus empleadores.

Se levan­ta­ba a las 3 de la maña­na a lim­piar y a pre­pa­rar el desa­yuno y se acos­ta­ba a las 11 de la noche, si el patrón no toma­ba con sus ami­gos, de lo con­tra­rio has­ta que ter­mi­na­ra que con regu­la­ri­dad era en la madrugada.

Dor­mía sobre un col­chón que usa­ban los perros para dor­mir, en un cuar­to que uti­li­za­ban como bode­ga. Los patro­nes se baña­ban con agua tibia, en el baño don­de se baña­ba ella sólo había agua fría.

El día que el patrón le pegó con la hebi­lla del cin­cho por­que se le que­ma­ron las tor­ti­llas que cocía con man­te­ca de coche para la cena de los perros, aga­rró sus dos mudas de ropa y se fue a vivir con Juan, un joven de 18 años que ven­día esco­bas y tra­pea­do­res de casa en casa, ori­gi­na­rio de San Mar­cos, alqui­la­ba un cuar­to en una pensión.

Lo cono­ció en las afue­ras de la igle­sia a la que iba a misa todos los domin­gos, lle­va­ba meses cor­te­ján­do­la. Al mes resul­tó emba­ra­za­da de su pri­mer hijo, Juanito.

El día de su naci­mien­to Juan esta­ba per­di­do de borra­cho en la can­ti­na, ya la había gol­pea­do en repe­ti­das oca­sio­nes, cuan­do Jua­ni­to cum­plió seis meses la gol­peó tan fuer­te que fue a parar al cen­tro de salud y no qui­so denun­ciar­lo, Cata­li­na aga­rró a su hijo se lo fue a dejar a una de sus her­ma­nas y lla­mó a sus fami­lia­res en Esta­dos Uni­dos para que le pres­ta­ran dine­ro para irse al norte.

A los 15 días ya esta­ba atra­ve­san­do terri­to­rio mexi­cano en las oscu­ra­nas de un fur­gón lleno de migran­tes indo­cu­men­ta­dos, lle­gó al país del sue­ño ame­ri­cano recién cum­pli­dos los 17 años.

Con 3 tra­ba­jos y ren­tan­do un espa­cio don­de ponía su cama sola­men­te en una casa de fami­lia­res, logró pagar la deu­da y comen­zó a aho­rrar para man­dar a traer a Jua­ni­to, Cata­li­na en esos años hacía una comi­da al día nada más, no le que­da­ba tiem­po ni para comer.

Lim­pia­ba casas en la maña­na, en la tar­de lava­ba pla­tos en un res­tau­ran­te y en la noche lim­pia­ba ofi­ci­nas. Días dor­mía y otros ape­nas pega­ba el ojo unas horas. En el res­tau­ran­te cono­ció a Shu­ba, un indí­ge­na de ori­gen zapo­te­co ori­gi­na­rio de Juchi­tán, Oaxa­ca, sepa­ra­do y con tres hijos en su país.

Se fue­ron a vivir jun­tos ren­tan­do una habi­ta­ción en el sótano de una casa, esta vez Cata­li­na no se emba­ra­zó tan rápi­do por­que su prio­ri­dad era man­dar a traer a su hijo.

Final­men­te, des­pués de diez años aho­rran­do logró que Jua­ni­to estu­vie­ra con ella, le tocó pagar el doble para que lo pasa­ran por la línea, entre Sono­ra y Ari­zo­na y no peli­gra­ra nadan­do ríos ni atra­ve­san­do desier­tos. En total pagó quin­ce mil dólares. 

Ese día fue tan feliz, tener entre sus bra­zos a un hijo que no la cono­cía más que por lla­ma­das tele­fó­ni­cas. Ese mis­mo año se emba­ra­zó de Gua­da­lu­pe, le pusie­ron así por la vir­gen de Guadalupe.

A Lupe le tocó ir a dejar­la a los dos meses a la guar­de­ría para poder tra­ba­jar. Con dos tra­ba­jos, lim­pian­do casas en la maña­na y en la tar­de lavan­do pla­tos en un res­tau­ran­te, mien­tras Shu­ba con­si­guió tra­ba­jo de pana­de­ro en una pana­de­ría pola­ca y tam­bién tenía un tra­ba­jo de medio tiem­po de cho­fer para un matri­mo­nio anglo­sa­jón de la ter­ce­ra edad.

Para los pri­me­ros días de la pan­de­mia, los seño­res para los que tra­ba­ja­ba Shu­ba enfer­ma­ron de coro­na­vi­rus, ambos falle­cie­ron en el hos­pi­tal, para esas mis­mas fechas enfer­mó Shu­ba que falle­ció ence­rra­do en su dor­mi­to­rio, asus­ta­dos por las cuen­tas de hos­pi­tal que se veía en las noti­cias que eran millo­na­rias y por el mie­do a la depor­ta­ción no qui­so ir al hos­pi­tal, hizo la cua­ren­te­na en su habitación.

Cata­li­na tar­dó un año en jun­tar el dine­ro para cre­mar­lo y enviar sus ceni­zas a sus fami­lia­res en Oaxa­ca, la ayu­da­ron con dona­cio­nes varios miem­bros de la igle­sia y cono­ci­dos del tra­ba­jo. No pudie­ron enviar el cuer­po por­que por cues­tio­nes de segu­ri­dad nacio­nal todo aquel que moría por el virus tenía que ser cremado.

Des­de la muer­te de Shu­ba, Cata­li­na tra­ba­ja de noche en un ras­tro, lim­pian­do la san­gre. Usa un uni­for­me pare­ci­do al de los astro­nau­tas y unos guan­tes grue­sos que pesan una libra cada uno, las botas tres libras cada una. Usa la mas­ca­ri­lla y enci­ma un cas­co que ape­nas le per­mi­te respirar.

Entra a las seis de la tar­de y sale a las seis de la maña­na, no toma agua des­pués de las cua­tro de la tar­de para no tener que ir al baño y qui­tar­se el uni­for­me, por­que sólo les dan diez minu­tos en el tra­ba­jo y ese tiem­po no es sufi­cien­te, si se tar­dan más les des­cuen­tan ese tiem­po del pago.

La man­gue­ra que usa es como la de los bom­be­ros con una pre­sión de agua que sino está bien para­da vue­la por los aires.

El olor de la san­gre ya está impreg­na­do en su ropa y en su piel que, aun­que la lave con deter­gen­te del más fuer­te o se bañe varias veces no se le quita.

Deja a sus hijos dur­mien­do en el apar­ta­men­to y le paga a la hija de una veci­na para que duer­ma con ellos en lo que ella lle­ga en la mañana.

Es 31 de diciem­bre, Cata­li­na pre­pa­ra la galli­na, hace el pon­che y les da de cenar a sus hijos, se va al tra­ba­jo. Una jor­na­da labo­ral como cual­quier otra, con com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo la mayo­ría indo­cu­men­ta­dos, mexi­ca­nos y cen­tro­ame­ri­ca­nos que son los que cor­tan la car­ne y lim­pian la san­gre, con jefes euro­peos y negros que sólo revi­san y ano­tan en un papel. 

Se abren las puer­tas y Cata­li­na sale a la albo­ra­da fría del invierno esta­dou­ni­den­se, a un nue­vo ama­ne­cer, es pri­me­ro de enero, un día más.

Foto: Héc­tor Guerrero

Fuen­te: TeleSUR

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