Cuba. Pro­tes­ta de Bara­guá: el lími­te de lo imposible

Por Luis Raul Váz­quez Muñoz, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 15 de mar­zo de 2021. 

Todo pare­cía per­di­do. Todo pare­cía hun­dir­se y que diez años de lucha, reple­tos de sacri­fi­cios terri­bles, se con­ver­ti­rían al final en un impul­so sin sen­ti­do. Sema­nas antes de aquel mar­zo de 1878 se había fir­ma­do la capi­tu­la­ción, sua­vi­za­da con el nom­bre de pac­to, en una fin­ca del Cama­güey lla­ma­da Zanjón.

Ante la ago­nía del des­con­cier­to, la pre­gun­ta de qué hacer opri­mía aún más el pecho de tan­tos hom­bres y muje­res que no habían duda­do en enfren­tar a la muer­te. Con­ti­nuar la lucha pare­cía un impo­si­ble cuan­do el Ejér­ci­to Liber­ta­dor y la Repú­bli­ca en Armas se des­mem­bra­ban por el des­alien­to y las con­tra­dic­cio­nes; pero, por otra par­te, acep­tar la ren­di­ción los enfren­ta­ba al horror de la vergüenza.

En medio de ese dra­ma, de ese camino sin sali­da, sur­gió el ejem­plo de Maceo y la Pro­tes­ta de Bara­guá el 15 de mar­zo de 1878. Esa fecha es, tam­bién, de sal­va­ción: la Revo­lu­ción inde­pen­den­tis­ta ini­cia­da por Car­los Manuel de Cés­pe­des y lo cubano como sen­ti­do de nacio­na­li­dad, habían sufri­do una derro­ta mili­tar, pero res­guar­da­ron su honor y obtu­vie­ron una inmen­sa vic­to­ria polí­ti­ca por la fuer­za de un acto moral que dijo no a la claudicación.

Debe recor­dar­se que no ha sido el úni­co, ni mucho menos será el últi­mo. La nega­ti­va del Titán de Bron­ce de tan siquie­ra leer lo pac­ta­do en el Zan­jón guar­da una rela­ción direc­ta con la vehe­men­cia de Igna­cio Agra­mon­te cuan­do afir­mó que la gue­rra se gana­ba con la ver­güen­za de los cuba­nos; pala­bras dichas no a un enemi­go, sino a un com­pa­ñe­ro de armas aplas­ta­do por el desaliento.

Pos­te­rior­men­te, cuan­do en sus días ini­cia­les el levan­ta­mien­to del 24 de febre­ro de 1895 pare­cía lan­gui­de­cer ante la ausen­cia de los prin­ci­pa­les jefes, Bar­to­lo­mé Masó recha­zó de plano una pro­pues­ta de cese de las hos­ti­li­da­des con una pre­gun­ta, que es, en sí mis­ma, una afir­ma­ción: «¿Y mis prin­ci­pios? ¿Qué pasa con ellos?»

Sin embar­go, la Pro­tes­ta de Bara­guá vie­ne a levan­tar­se como hecho sin­gu­lar, más allá de toda seme­jan­za, por la gra­ve­dad inmen­sa del momen­to. No es una coyun­tu­ra ais­la­da, sino que per­te­ne­ce a esos ins­tan­tes en que la vida con­du­ce los hechos a un antes y un des­pués, y los con­vier­te en par­tea­guas de la Historia.

Es, sin lugar a dudas, la mate­ria­li­za­ción del «ser o no ser» del dra­ma sha­kes­pe­riano. Mar­tí ubi­ca­ría des­pués ese acto en el pan­teón de los más glo­rio­sos de Cuba. Solo que el gra­ni­to de esa glo­ria, la pie­dra que lo sus­ten­ta en el tiem­po, es la ética.

Pero no cual­quier éti­ca, pues no es la racio­na­li­dad cal­cu­la­do­ra de Maquia­ve­lo, la de jerar­qui­zar el cum­pli­mien­to del fin sin impor­tar la natu­ra­le­za de los medios egoís­tas. Bara­guá hace tri­zas esos cri­te­rios al abra­zar la renun­cia mate­rial: no se per­si­guen rique­zas, ni tie­rras, ni hono­res. Los inde­pen­den­tis­tas que par­ti­ci­pa­ron en la Pro­tes­ta podían haber sali­do de ella enri­que­ci­dos y no lo hicie­ron, por una sola razón: para ellos aquel epi­so­dio fue ese ins­tan­te en que un ser humano se que­da no con lo que tie­ne, sino con lo que real­men­te es.

Bara­guá posee un ele­men­to poco divul­ga­do, y es la juven­tud de la mayo­ría de sus pro­ta­go­nis­tas. Anto­nio Maceo tie­ne 32 años cuan­do sos­tie­ne la entre­vis­ta con Arse­nio Mar­tí­nez Cam­pos. Es pro­ba­ble que, en con­di­cio­nes de paz, un ser humano mida sus actos de mane­ra dis­tin­ta a la vehe­men­cia de un con­flic­to de armas, pero en el caso de Maceo la edu­ca­ción reci­bi­da y las viven­cias de la gue­rra ya lo han hecho madurar.

Ha pasa­do, entre otros cal­va­rios, por el sufri­mien­to de las heri­das, por la angus­tia de ver morir a su padre y her­ma­nos y de per­der a sus dos hijos con María Cabra­les. En su per­so­na, como en los inde­pen­den­tis­tas más radi­ca­les, lo moral es un con­cep­to que con­ju­ga nocio­nes y acti­tu­des como decen­cia, rec­ti­tud, hones­ti­dad y con­se­cuen­cia en lo que se cree.

Al com­bi­nar­se con la valen­tía per­so­nal, for­man un todo. La valen­tía a solas no pue­de impo­ner­se; pero los prin­ci­pios sin la fuer­za del valor no lle­ga­rían a tener la altu­ra que en ese hom­bre alcanzarían.

Por­que ese día, cuan­do todo pare­cía estar dicho por la fuer­za de las cir­cuns­tan­cias, Anto­nio Maceo va a refun­dar nue­va­men­te la Revo­lu­ción y el sen­tir nacio­nal al mover los lími­tes de lo impo­si­ble. A par­tir de ese momen­to, Cuba avan­za­rá bajo muchos ejem­plos; pero uno de los más gran­des y defi­ni­ti­vos, como un árbol inmen­so que res­guar­da a sus hijos, será por siem­pre el de Anto­nio Maceo y la Pro­tes­ta de Baraguá.

Fuen­te: Juven­tud Rebelde

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