Nues­tra­mé­ri­ca. Femi­nis­mos popu­la­res: hacia una polí­ti­ca en cla­ve femenina

Por Naza­reth Cas­tro, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 14 de febre­ro de 2021.

La poten­cia de los femi­nis­mos en Argen­ti­na era ya muy visi­ble al menos des­de 2015, cuan­do emer­gió con fuer­za el movi­mien­to Ni Una Menos, que comen­zó ponien­do en la agen­da la cues­tión del femi­ni­ci­dio, pero des­de ahí tiró del hilo de las vio­len­cias machis­tas, para ir arti­cu­lán­do­se con otras luchas en torno no sólo al géne­ro sino tam­bién a la racia­li­dad, el terri­to­rio y los con­flic­tos de cla­se. Y, si bien es qui­zá el de la Argen­ti­na el caso más des­ta­ca­do, femi­nis­mos diver­sos –rura­les, peri­fé­ri­cos, negros, trans– se expan­den en toda Amé­ri­ca Lati­na, así como en otros terri­to­rios del Sur global.


En la madru­ga­da del 29 al 30 de diciem­bre, el Sena­do argen­tino daba su espe­ra­do “sí” a la Ley de Inte­rrup­ción Volun­ta­ria del Emba­ra­zo. Como ya suce­die­ra en 2018, aque­lla vez sin éxi­to, miles de muje­res se con­gre­ga­ron en las calles y pasa­ron toda la noche de vigi­lia espe­ran­do el resul­ta­do de la his­tó­ri­ca vota­ción. Muchas llo­ra­ron al cono­cer el resul­ta­do: la sen­sa­ción com­par­ti­da de que fue la pre­sión social la que ven­ció las resis­ten­cias y con­quis­tó el que ha sido, en las últi­mas déca­das, el prin­ci­pal recla­mo del movi­mien­to femi­nis­ta en el país aus­tral y en bue­na par­te del mun­do: la des­cri­mi­na­li­za­ción del aborto.

“El femi­nis­mo del que me sien­to par­te tomó las calles y, a par­tir de esta prác­ti­ca, comen­zó a pen­sar todos los espa­cios: de la calle al tra­ba­jo, la casa, las rela­cio­nes sexo-afec­ti­vas, etcé­te­ra”, apun­ta la aca­dé­mi­ca y mili­tan­te argen­ti­na Veró­ni­ca Gago, auto­ra de La poten­cia femi­nis­ta. O el deseo de cam­biar­lo todo. “Al par­tir de la expe­rien­cia de la calle, de huel­gas, mar­chas y asam­bleas, no se tra­ta sólo de una cues­tión de iden­ti­da­des, sino de orga­ni­zar el con­flic­to y tra­zar alian­zas polí­ti­cas con gran diver­si­dad de colec­ti­vos; es así que se va amplian­do la agen­da”, pro­si­gue Gago.

Ese femi­nis­mo que par­te de las calles, arti­cu­la con­flic­tos y se teje con otras luchas flo­re­ce en toda Amé­ri­ca. Fue­ron los femi­nis­mos negros los pri­me­ros en hablar de inter­sec­cio­na­li­dad, un tér­mino acu­ña­do por la juris­ta afro­ame­ri­ca­na Kim­ber­lé Crenshaw para enten­der cómo se cru­zan las diver­sas for­mas de opre­sión de géne­ro, ori­gen étni­co y cla­se, en una línea de pen­sa­mien­to que han enri­que­ci­do auto­ras como Ange­la Davis y, en Amé­ri­ca Lati­na, las pen­sa­do­ras del femi­nis­mo des­co­lo­nial, así como los femi­nis­mos rura­les, indí­ge­nas, comu­ni­ta­rios y favelados.

Estos dis­tin­tos femi­nis­mos popu­la­res plan­tean la exis­ten­cia de mun­dos plu­ra­les, fren­te a esa visión, pro­pia de la moder­ni­dad occi­den­tal, de un suje­to uni­ver­sal que se enun­cia como neu­tral, pero que es en reali­dad blan­co, varón y eurocentrado.

“Lo que esta­mos cues­tio­nan­do es que esta socie­dad, que se pre­ten­de neu­tral, es mas­cu­li­na en su neu­tra­li­dad, en tan­to que no cui­da, no repro­du­ce, todo lo com­pra y todo lo ven­de: todo lo mer­can­ti­li­za. Es el ideal del capi­tal”, resu­me la pen­sa­do­ra mexi­ca­na Raquel Gutiérrez.

“Fren­te a él está la lógi­ca de la inter­de­pen­den­cia, y es así como fun­cio­na la vida. Debe­mos apren­der a mirar de otra for­ma: a pen­sar de dón­de toma­mos agua, de dón­de come­mos, quién cul­ti­vó el algo­dón para hacer la ropa que lle­va­mos, quién la tejió. Cuan­do pien­sas en tér­mi­nos de inter­de­pen­den­cia, comien­zas a enten­der la cues­tión glo­bal, y te empie­zas a hacer car­go de los flu­jos de la vida, que son los flu­jos del pla­ne­ta en su con­jun­to”, añade.

“Cuan­do cues­tio­na­mos la uni­ver­sa­li­dad, esta­mos cues­tio­nan­do que algo se arro­je el poder de abar­car todas las diver­si­da­des y expre­sar todas las dife­ren­cias. El femi­nis­mo del que ven­go, don­de caben mi vida y mi his­to­ria, está atra­ve­sa­do por mi con­di­ción de mujer afro­in­dí­ge­na, peri­fé­ri­ca y fave­la­da”, sos­tie­ne por su par­te la bra­si­le­ña Hele­na Sil­ves­tre, que ali­men­ta espa­cios como la Revis­ta Ama­zo­nas y la Escue­la Femi­nis­ta Abya Yala y mili­ta des­de los 13 años en movi­mien­tos por la vivien­da dig­na en São Pau­lo. En este con­tex­to, las ocu­pa­cio­nes de tie­rras se alzan como espa­cios que per­mi­ten visi­bi­li­zar qué tareas son esen­cia­les y quién las rea­li­za: “La pre­ca­rie­dad de las cha­bo­las hace que tareas como lavar la ropa y coci­nar se hagan en espa­cios comunitarios”.

Algo pare­ci­do suce­de en otros muchos terri­to­rios que lidian coti­dia­na­men­te con la pre­ca­rie­dad. Así, el movi­mien­to de las pique­te­ras en Argen­ti­na, en el con­tex­to de la cri­sis de 2001, sacó las tareas domés­ti­cas de la pri­va­ci­dad del hogar para orga­ni­zar ollas popu­la­res que garan­ti­za­sen la comi­da en los barrios; este tipo de ini­cia­ti­vas per­vi­ven en las villas de Bue­nos Aires, así como en los barrios peri­fé­ri­cos de las gran­des ciu­da­des latinoamericanas.

Guar­dia­nas de la tie­rra y la memoria

Tam­bién son las muje­res las que se encar­gan del sos­te­ni­mien­to de la vida en aque­llos terri­to­rios rura­les que, en los paí­ses empo­bre­ci­dos del Sur glo­bal, se están vien­do ame­na­za­dos por el avan­ce de acti­vi­da­des extrac­ti­vas como la mega­mi­ne­ría, la extrac­ción petro­lí­fe­ra o el agro­ne­go­cio. Las muje­res rura­les de la Unión de Tra­ba­ja­do­ras de la Tie­rra (UTT) en Argen­ti­na han aso­cia­do el mode­lo del agro­ne­go­cio, que devas­ta los terri­to­rios con el uso de agro­tó­xi­cos muy con­ta­mi­nan­tes para la tie­rra y para la salud, al orden patriar­cal, mien­tras la pro­duc­ción agro­eco­ló­gi­ca se des­cri­be como femi­nis­ta. Y, en no pocas comu­ni­da­des indí­ge­nas, son las muje­res las que están en pri­me­ra línea de las resis­ten­cias con­tra las acti­vi­da­des extrac­ti­vas, ya se tra­te del agro­ne­go­cio, la mega­mi­ne­ría, las gran­des repre­sas o la explo­ta­ción petrolífera.

Ellas mis­mas se iden­ti­fi­can como “guar­dia­nas” de la tie­rra, el agua y las semi­llas, así como tam­bién de la memo­ria colec­ti­va de las comu­ni­da­des, al garan­ti­zar el tras­pa­so gene­ra­cio­nal de sabe­res ances­tra­les que tie­nen que ver, entre otras cosas, con modos sos­te­ni­bles de pro­du­cir alimentos.

Auto­ras como Van­da­na Shi­va, Maria Mies, Sil­via Fede­ri­ci y Fran­ces­ca Gar­ga­llo lo han docu­men­ta­do en dife­ren­tes terri­to­rios de Amé­ri­ca Lati­na, Áfri­ca y Asia.

Estas muje­res, en muchos casos, se jue­gan la vida. Así lo evi­den­ció el ase­si­na­to de la hon­du­re­ña de raí­ces indí­ge­nas Ber­ta Cáce­res, que pagó con su vida el atre­vi­mien­to de enfren­tar­se a la cons­truc­ción de la repre­sa de Agua Zar­ca. Ella enten­dió las cone­xio­nes entre la vio­len­cia sexual, el mode­lo extrac­ti­vis­ta y la rei­vin­di­ca­ción del deseo des­de los femi­nis­mos, cuan­do dijo: “si las muje­res no hablan de sus cuer­pos entre sí, si no reco­no­cen sus dere­chos al pla­cer y a no sufrir vio­len­cia, no podrán enten­der que la mili­ta­ri­za­ción es una prác­ti­ca de inva­sión terri­to­rial que se vin­cu­la con la vio­len­cia con­tra las muje­res, al uti­li­zar las vio­la­cio­nes sexua­les como arma de guerra”.

Pen­sar la polí­ti­ca en cla­ve femenina

“Las muje­res han esta­do en todos los con­flic­tos, anó­ni­mas e indis­pen­sa­bles. Pero, des­de una lec­tu­ra patriar­cal de qué son las luchas y qué es polí­ti­co, se ocul­tan sus acti­vis­mos, así como el tra­ba­jo repro­duc­ti­vo y de cui­da­do. Se olvi­da que la prác­ti­ca polí­ti­ca sur­ge en la coti­dia­ni­dad”, apun­ta Hele­na Sil­ves­tre. En efec­to, a menu­do se olvi­da que la ges­tión de la vida coti­dia­na, en la que el tra­ba­jo domés­ti­co que garan­ti­za la repro­duc­ción de la vida tie­ne un lugar cen­tral, for­ma par­te de la polí­ti­ca. Pero el orden patriar­cal impu­so la dico­to­mía entre lo públi­co y lo pri­va­do, y atrin­che­ró las tareas domés­ti­cas, asig­na­das his­tó­ri­ca­men­te a las muje­res, al ámbi­to de lo pri­va­do; de eso que, supues­ta­men­te, no es político.

Pre­ci­sa­men­te, uno de los mayo­res desa­fíos que están dejan­do los femi­nis­mos popu­la­res del Sur glo­bal es este cues­tio­na­mien­to pro­fun­do de qué es hacer política.

La antro­pó­lo­ga argen­ti­na Rita Lau­ra Sega­to habla de una poli­ti­ci­dad en cla­ve feme­ni­na, o femi­nis­ta; ya no se tra­ta sólo del con­te­ni­do del dis­cur­so polí­ti­co, sino de pre­gun­tar­nos qué es hacer polí­ti­ca. Y esto pasa por enten­der como actos fun­da­men­tal­men­te polí­ti­cos la orga­ni­za­ción de las muje­res en una comu­ni­dad para pro­veer de agua a sus comu­ni­da­des, orga­ni­zar una olla popu­lar en el barrio o, en tiem­pos de pan­de­mia, garan­ti­zar –a tra­vés del repar­to de canas­tas de ali­men­tos y otros bie­nes bási­cos– el sos­tén de aque­llas fami­lias que viven al día, no pue­den tra­ba­jar ni aspi­ran a nin­gún sub­si­dio esta­tal. En las pala­bras de Sega­to: “No es que lo per­so­nal es polí­ti­co; es que lo polí­ti­co es doméstico”.

Fuen­te ANRed

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