Sáha­ra Occi­den­tal. «Ape­nas que­dan hom­bres en los cam­pa­men­tos»: los refu­gia­dos saha­rauis se unen al Fren­te Poli­sa­rio para com­ba­tir a Marruecos

Por Ser­gio M. Fer­nán­dez /​Kar­la Ferre­ra, Resu­men de Medio Orien­te, 27 de noviem­bre de 2020 

Muchos jóve­nes saha­rauis han deci­di­do par­ti­ci­par en el con­flic­to tras la inter­ven­ción de Marrue­cos en la zona des­mi­li­ta­ri­za­da de Guer­gue­rat el pasa­do 13 de noviembre

La decla­ra­ción del esta­do de gue­rra en el Sáha­ra Occi­den­tal por par­te del Fren­te Poli­sa­rio ha pro­vo­ca­do que muchos de los hom­bres jóve­nes refu­gia­dos en Tin­duf, Arge­lia, sal­gan de los cam­pa­men­tos don­de resi­den como des­pla­za­dos des­de hace años. No huyen por mie­do a un ata­que marro­quí. Se han ido a escue­las a reci­bir ins­truc­ción militar.

Salek, de 29 años, es uno de ellos. Des­de hace diez días com­par­te una habi­ta­ción con 25 com­pa­ñe­ros en la escue­la mili­tar. Por la maña­na tie­nen entre­na­mien­to físi­co. A medio­día estu­dian estra­te­gia y des­pués, arma­men­to. «Nos han dicho que lue­go pasa­re­mos a la arti­lle­ría pesa­da», cuen­ta. De momen­to, no han empu­ña­do nin­gún arma. Según él, depen­de­rá de cómo pro­gre­sen. «Somos bas­tan­tes, la ver­dad. O dema­sia­dos. Ape­nas que­dan hom­bres en los cam­pa­men­tos», seña­la. Tie­ne cla­ro que han lle­ga­do al lími­te. Has­ta que no fina­li­ce su pro­mo­ción no admi­ti­rán más voluntarios.

Des­de la inter­ven­ción de Marrue­cos en la fron­te­ra entre el Sáha­ra Occi­den­tal y Mau­ri­ta­nia hace apro­xi­ma­da­men­te dos sema­nas, las espe­ran­zas de resol­ver el con­flic­to por la vía diplo­má­ti­ca se han esfu­ma­do. El refe­rén­dum de auto­de­ter­mi­na­ción pro­me­ti­do por la ONU hace 29 años no ha lle­ga­do y la pacien­cia de muchos saha­rauis se ha aca­ba­do. Los casos de Fati­ma­tu, Nih, Salek y Moha­med son el ejem­plo de una gene­ra­ción refu­gia­da que lle­va toda la vida espe­ran­do a vol­ver a su tie­rra. La que no cono­ce. El Sáha­ra Occidental.

A sus 28 años, Nih no con­ci­be la vida sin la radio. Tra­ba­ja en ella y cobra 25 euros men­sua­les. Le hubie­ra gus­ta­do estu­diar Perio­dis­mo, pero no tuvo la opor­tu­ni­dad. «En Arge­lia, la uni­ver­si­dad es cara. Un refu­gia­do no pue­de per­mi­tír­se­lo y no mere­ce la pena seguir for­mán­do­se si no hay futu­ro». Hoy está dis­pues­to a dejar a un lado la radio y su vida para unir­se al Ejér­ci­to de Libe­ra­ción Popu­lar Saha­raui. «Mi fami­lia está preo­cu­pa­da. Cuan­do me que­do sin cober­tu­ra pien­san que me he ido al ejér­ci­to. No quie­ren, pero yo lo deci­dí des­de el pri­mer momen­to», afirma.

Cuan­do Marrue­cos inter­vino en la fran­ja des­mi­li­ta­ri­za­da de Guer­gue­rat el pasa­do 13 de noviem­bre para rom­per el blo­queo a una de las prin­ci­pa­les vías de comu­ni­ca­ción impues­to tres sema­nas antes por un gru­po de mani­fes­tan­tes saha­rauis, Nih sabía que la gue­rra se acer­ca­ba y se pre­sen­tó volun­ta­rio para alis­tar­se. «Yo no soy mili­tar. Me dije­ron que las escue­las esta­ban lle­nas y que hay muchos cha­va­les espe­ran­do» para apren­der «a defen­der nues­tra tie­rra». Sue­ña con un Sáha­ra libe­ra­do don­de los niños pue­dan jugar con algo más que are­na, pie­dras y palos. «He pasa­do varios vera­nos en Espa­ña y quie­ro que nues­tros ancia­nos tam­bién ten­gan acce­so a un hos­pi­tal sin tener que reco­rrer miles de kiló­me­tros lejos de este desier­to inhóspito».

Reclu­tas saharauis

El mis­mo día que Nih se pre­sen­tó volun­ta­rio, Salek entró en la escue­la mili­tar. Es una de las tres aca­de­mias enfo­ca­das a jóve­nes y hom­bres de más de 40 años sin nin­gu­na ins­truc­ción. Exis­ten otras dos. Una para meno­res, don­de se for­man has­ta ser adul­tos, y otra exclu­si­va­men­te para muje­res. Todas ellas ubi­ca­das, des­de hace años, en los alre­de­do­res de los cam­pa­men­tos y todas con el nom­bre de un már­tir saharaui.

«No sé cuán­to tiem­po esta­re­mos aquí. Supon­go que has­ta que este­mos lis­tos para ir al fren­te», afir­ma Salek. Ha pasa­do su infan­cia en los cam­pa­men­tos y vive a caba­llo entre Bil­bao, don­de estu­dió bachi­lle­ra­to, y su cam­pa­men­to natal, El Aaiún. No es de extra­ñar que ten­ga acen­to vas­co. «Ten­go la opor­tu­ni­dad de ir cuan­do quie­ra pero pre­fie­ro estar aquí. No hace mucho que vine para esto, para ir a la guerra».

«Hay cosas que hay que vivir para enten­der­las. He deci­di­do pre­sen­tar­me volun­ta­rio para luchar por mi tie­rra, para libe­rar­la, por­que ya esta­mos har­tos de espe­rar más de 30 años aquí en el desier­to», dice. Salek, al igual que Nih, lle­va toda su vida escu­chan­do his­to­rias fami­lia­res de cómo des­pués de una gue­rra, Arge­lia, vecino y enemi­go de Marrue­cos, les pres­tó una par­te de su terri­to­rio para vivir de mane­ra pro­vi­sio­nal mien­tras espe­ra­ban un refe­rén­dum que no ha lle­ga­do. «Has­ta aho­ra la ONU no ha hecho nada por noso­tros y la úni­ca solu­ción que veo es la lucha arma­da para que nos devuel­van lo nuestro».

Uno de los pro­fe­so­res de Salek se lla­ma Moha­med. Que el maes­tro ten­ga dos años menos que su alumno es fácil de expli­car si tene­mos en cuen­ta la expe­rien­cia per­so­nal de cada uno. Moha­med es mili­tar. Des­pués de ter­mi­nar los entre­na­mien­tos y sus estu­dios mili­ta­res estu­vo en Arge­lia otros dos años for­mán­do­se como ins­truc­tor. Más allá de la expe­rien­cia, valo­ra «tener bue­na con­di­ción físi­ca y cono­ci­mien­tos des­pués de apro­bar varios exá­me­nes». No es el úni­co pro­fe­sor, pero sí es de los más jóve­nes. Los demás «son héroes de la gue­rra pasa­da que tie­nen mucha expe­rien­cia en terreno, en el tra­to con mili­ta­res marro­quíes y en el muro». Se refie­re a los más de 2.700 kiló­me­tros de muro mina­do que sepa­ran la par­te ocu­pa­da por Marrue­cos del res­to del Saha­ra Occidental.

«Lle­vo sie­te años dan­do cla­se a los saha­rauis, pero en esta escue­la es la pri­me­ra vez». Ense­ña des­de hace más de 14 días cómo des­en­vol­ver­se «en el muro con las minas». Moha­med resu­me el obje­ti­vo de sus cla­ses en pre­pa­rar emo­cio­nal, físi­ca y psi­co­ló­gi­ca­men­te a sus reclu­tas. «A veces tra­ba­ja­mos de noche. Levan­ta­mos a los alum­nos con tiros en el aire a las dos o a las tres de la maña­na y les ense­ña­mos a com­ba­tir en la oscu­ri­dad, en el frío y con sor­pre­sas», sostiene.

El caso de Fati­ma­tu es dife­ren­te al de los tres ante­rio­res. Su mari­do es sol­da­do y se fue a su base mili­tar un día des­pués de la rup­tu­ra del alto el fue­go en Guer­gue­rat. «Pocas veces hablo con él por­que no deben conec­tar­se mucho. Me dijo que están pre­pa­rán­do­se por si tie­nen que ir al muro», cuen­ta. Está con­ven­ci­da de que, cual­quier día, su mari­do esta­rá en la pri­me­ra línea de com­ba­te. «Ten­go mucho mie­do a la gue­rra y no me gus­ta, pero es lo que hay. Debo tener espe­ran­za y pen­sar en lo bueno», afir­ma. Fati­ma­tu es madre de geme­los de 17 meses. Mien­tras su mari­do espe­ra un nue­vo des­tino, ella patru­lla has­ta las once de la noche por su cam­pa­men­to, una labor que rea­li­za jun­to a otras muje­res de su familia.

Itu­rria /​Fuen­te

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