Cuba. Los que aman, creen

Cuba, Enri­que Ubie­ta, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 2 de mayo del 2020

En Turín y en Cre­ma ocu­rren cosas que
algu­nos cali­fi­ca­rían de locas. Otros las lee­rán con una sonrisa
escép­ti­ca, por­que se han extra­via­do en el labe­rin­to de las dudas. Los
que aman, creen. Ten­go el pri­vi­le­gio de vivir­las, y el deber de
tes­ti­mo­niar­las. Este es mi resu­men sema­nal: no verán aquí cifras de
pacien­tes aten­di­dos o sal­va­dos, ni cri­te­rios médicos.

Mi pri­mer día de la sema­na es el 25 de abril, Día de la Liberación
del nazi-fas­cis­mo en Ita­lia. En tiem­pos de pan­de­mia no hay actividades
públi­cas. Así que bus­qué en la pren­sa del año ante­rior las habituales
mani­fes­ta­cio­nes de dece­nas de miles de per­so­nas que no encon­tra­ría esta
vez. La gen­te sos­te­nía en ellas car­te­les muy sig­ni­fi­ca­ti­vos: «Hoy como
ayer, anti­fas­cis­tas», «La Resis­ten­cia no ha ter­mi­na­do. Levan­ta tu cabeza
y lucha por la vida», «Com­ba­te el mie­do. Des­tru­ye el fascismo».

Los médi­cos y enfer­me­ros cuba­nos e ita­lia­nos del hos­pi­tal COVID-ORG
de Turín salie­ron al patio, el vier­nes, para can­tar el himno
anti­fas­cis­ta «Bella Ciao» (Adiós Bella). Ese fue su homenaje.

EN LA RESIDENCIA

Las resi­den­cias estu­dian­ti­les del Tec­no­ló­gi­co, en uno de cuyos
edi­fi­cios se hos­pe­da la bri­ga­da médi­ca cuba­na, fue­ron cons­trui­das para
reci­bir a los atle­tas en las Olim­pia­das de Invierno de 2006. En esos
edi­fi­cios hay estu­dian­tes, pro­ba­ble­men­te de otras regio­nes o de otros
paí­ses, que que­da­ron atra­pa­dos por la cua­ren­te­na obli­ga­to­ria. No se
per­mi­te el paso de un edi­fi­cio a otro, pero el encie­rro pue­de ser
explo­si­vo entre estu­dian­tes uni­ver­si­ta­rios. Nues­tros médi­cos y
enfer­me­ros reci­ben e inter­cam­bian salu­dos todos los días des­de las
ven­ta­nas y los pasi­llos del cam­pus. Sobre todo des­de que una tar­de, un
médi­co, con lágri­mas en los ojos, me arras­tró has­ta su habi­ta­ción, al
otro lado del pasi­llo. En el edi­fi­cio de enfren­te habían pues­to la
ban­de­ra cuba­na. Gran­de, her­mo­sa. Al ver que mirá­ba­mos sorprendidos,
aplau­die­ron. El sába­do fue­ron más lejos. Des­pués de mucha alga­ra­bía, un
estu­dian­te puso en alto­par­lan­te el Himno Nacio­nal de Cuba y todos
hicie­ron silen­cio, mien­tras noso­tros lo can­tá­ba­mos. Fue como si nos
abra­za­ran des­de lejos. Dicen que el coro­na­vi­rus cam­bia­rá el mun­do, que
lo hará mejor. No lo creo. Ten­dre­mos que cam­biar­lo noso­tros. Pero hay
sufi­cien­te ener­gía, sufi­cien­te fuer­za acu­mu­la­da para hacerlo.

EN EL HOSPITAL

Había lle­ga­do cabiz­ba­jo, toda­vía sos­te­ni­do por un ambu­lan­cie­ro de
tra­je com­ple­to. Era el pri­me­ro, y venía de otro cen­tro hos­pi­ta­la­rio, con
una prue­ba nega­ti­va a su favor. Fue ubi­ca­do en un sec­tor de cuarentena,
para los que espe­ran la segun­da y defi­ni­ti­va prue­ba. Aquel lugar,
toda­vía sin enfer­mos, debió pare­cer­le gigan­tes­co en los pri­me­ros días.
Pero las solu­cio­nes que encuen­tra el des­tino son inex­tri­ca­bles. El
enfer­mo habla­ba espa­ñol, y pron­to el enjam­bre de cuba­nos lo rodeó.

Nues­tros médi­cos y enfer­me­ros son ins­trui­dos para no hablar de
polí­ti­ca, para rela­cio­nar­se con todo aquel que faci­li­te el desa­rro­llo de
las estra­te­gias loca­les de salud, para res­pe­tar creen­cias y credos,
para curar a ricos y a pobres, a con­ten­dien­tes de un ban­do o de otro. Su
misión es sal­var vidas. Y sin embar­go, el impe­ria­lis­mo los considera
sub­ver­si­vos. Su pre­sen­cia en los luga­res más apar­ta­dos o peli­gro­sos, sin
la com­pen­sa­ción de gran­des sala­rios, su visión no cla­sis­ta de la
pro­fe­sión, su entre­ga, ponen en entre­di­cho los valo­res del sis­te­ma. Todo
seg­men­to social no mer­can­ti­li­za­do, es sub­ver­si­vo para el imperialismo.
Por eso tra­tan de que­brar­lo. Ellos son, como dijo Fidel a pro­pó­si­to del
enfren­ta­mien­to a la epi­de­mia del ébo­la, los héroes de nues­tro tiempo.

Máxi­mo Pin­na, de 56 años, el pri­mer pacien­te en lle­gar al hos­pi­tal de
cam­pa­ña, se con­vir­tió tam­bién en el pri­me­ro que reci­bía el alta médica.
Lo abor­dé a la sali­da del hos­pi­tal, don­de lo espe­ra­ba la ambulancia,
que lo devol­ve­ría a su hogar, y no fue remi­so a decla­rar sus
sen­ti­mien­tos: «Feli­ci­ta­cio­nes, ¿cómo se sien­te?» –fue mi úni­ca pregunta.
Pero él qui­so decir más: «Muy bien. Los médi­cos cuba­nos son muy
pro­fe­sio­na­les, no se les pue­de pedir más. Estoy muy, muy feliz de
haber­me recu­pe­ra­do. Me tra­ta­ron muy bien. Pude con­ver­sar mucho con
ellos, por­que hablo espa­ñol; son muy pro­fe­sio­na­les, sim­pá­ti­cos y tienen
un gran corazón».

CREMA, LOMBARDÍA

Una tar­de, al salir del hos­tal, los bri­ga­dis­tas cuba­nos de Cre­ma, en
Lom­bar­día, vie­ron a un niño de cua­tro años, solo, en la ace­ra de
enfren­te, con una ban­de­ri­ta cuba­na en las manos. Al día siguien­te, a la
mis­ma hora, el niño vol­vió, y al otro, siem­pre con su banderita.
Inda­ga­ron. Los padres, en reali­dad, lo vigi­la­ban de cer­ca, vivían a
pocos metros. Su nom­bre es Ales­san­dro. El niño, pudie­ra decir­se, se
con­vir­tió en el líder de una gene­ra­ción de niños que empe­zó a reu­nir­se a
la mis­ma hora todos los días fren­te al hos­tal. Traían a sus padres, no
sus padres a ellos. Y les hacían por­tar ban­de­ras de Cuba y de Ita­lia. Se
con­vir­tió en una tradición.

La Alcal­de­sa, Ste­fa­nia Bonal­di, una mujer sen­ci­lla como su gen­te, me
lo expli­ca así: «Los pobla­do­res de Cre­ma, sor­pren­di­dos, agra­de­cen que
unos médi­cos hayan cru­za­do el océano para venir a Ita­lia a ayu­dar a su
pue­blo. Eso les ha infun­di­do mucha espe­ran­za». El jue­ves los brigadistas
le hicie­ron un rega­lo. Cru­za­ron la calle, y le entre­ga­ron una bata de
médi­co de su tama­ño, un naso­bu­co (nun­ca lo lle­va­ba pues­to, ni él ni los
otros niños) y un este­tos­co­pio. No sé qué se ges­ta, pero algu­na sorpresa
debe depa­rar­nos el futuro.

1ro. DE MAYO

Este día ha sido espe­cial, aun­que la ruti­na de la zona roja
per­ma­nez­ca inal­te­ra­ble. El doc­tor Julio cami­na­ba en direc­ción al
hos­pi­tal en las pri­me­ras horas de la maña­na, cuan­do un carro de la
poli­cía se detu­vo fren­te a él. El cho­fer, un hom­bre joven de uniforme,
abrió la puer­ta y se bajó. Enton­ces, para sor­pre­sa de Julio, empu­ñó el
bra­zo y le dijo en voz alta: «¡Has­ta la vic­to­ria siempre!».
Inme­dia­ta­men­te, retor­nó al vehícu­lo y se marchó.

En la tar­de, fue inau­gu­ra­do el Árbol de la Vida. La cos­tum­bre la
traen los cuba­nos que enfren­ta­ron el ébo­la en Áfri­ca: a par­tir de hoy,
por cada vida sal­va­da, se colo­ca­rá una cin­ta blan­ca. Dos pacien­tes han
sido dados de alta. El doc­tor Julio colo­có la pri­me­ra cin­ta, y el doctor
ita­liano Ser­gio Livig­ni, direc­tor del hos­pi­tal, la segun­da. En la era
pos-COVID, será tras­la­da­do a Cuba. El Árbol adquie­re una significación
adi­cio­nal, a la que todos alu­den: es el Día Inter­na­cio­nal de los
Tra­ba­ja­do­res, que en Cuba ha sido dedi­ca­do a los que sal­van vidas.

El edi­fi­cio, don­de radi­ca el hos­pi­tal de cam­pa­ña, fue cons­trui­do en 1895, cuan­do en Cuba se reini­cia­ba la gue­rra por la inde­pen­den­cia, y José Mar­tí caía en com­ba­te. Es con­si­de­ra­do la «Cate­dral» de la his­to­ria indus­trial de Turín. ¿Cuán­tos obre­ros alber­gó en duras jor­na­das pro­duc­ti­vas? Hoy aco­ge a los que luchan por la vida. La pan­de­mia se com­ba­te con medi­ca­men­tos y cui­da­dos espe­cia­les, y con la soli­da­ri­dad que siem­pre han recla­ma­do los tra­ba­ja­do­res. Nos vemos la sema­na que viene.

Toma­do de Granma

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