Los últi­mos días de Karl Marx

En sus últimos años, Karl Marx (1818-1883), luego de décadas de luchas y privaciones, había logrado conseguir una vida más tranquila; el «viejo topo» con frecuencia recibía en su casa en Londres a simpatizantes extranjeros de la causa proletaria, en un pequeño círculo de camaradas a quienes llamaba «sus amigos científicos», entre ellos Friedrich Engels, Wilhelm Liebknecht, Ludwig Kugelmann y Paul Lafargue, entre otros.

Para mediados de la década de 1870, Marx gozaba de mayor estabilidad económica, pero los golpes recibidos a lo largo de su vida no podían resarcirse, y aunque ya no exigía tanto a su organismo y cumplía al pie de la letra las indicaciones de los médicos, el deterioro de su salud era evidente.

En esos días Kugelmann intentó convencerlo de abandonar las actividades políticas relacionadas con la Primera Internacional, para que se dedicara por completo a la culminación de El Capital, obra que en algunos de los proyectos de Marx podría alcanzar hasta siete tomos; pero «Moro», como lo llamaban sus familiares y amigos más íntimos, no acataría la recomendación de Kugelmann, y siguió activo en política y especialmente en la lucha contra los socialistas utópicos hasta su última década de vida. En consecuencia, <cite>El Capital</cite> alcanzaría apenas a tres tomos, dos de ellos póstumos.

Tran­qui­lo en su sillón

Cuan­do su hija mayor, Jenny, par­tió a Fran­cia con Char­les Lon­guet e hijos en febre­ro de 1881, Marx entris­te­ció pro­fun­da­men­te por la sepa­ra­ción de sus nie­tos: «A menu­do corro a la ven­ta­na cuan­do oigo voces de niños […] sin dar­me cuen­ta, por un momen­to, de que están al otro lado del canal».

Des­de prin­ci­pios de 1881, Engels temía por la salud de Marx y su espo­sa Jenny von Wes­tapha­len, la cual pade­cía de cán­cer. El 2 de diciem­bre de 1881, ella falle­ció; su últi­ma pala­bra fue: «Bien». Marx jamás supe­ra­ría esa dolo­ro­sa pér­di­da; Engels comen­tó a Elea­nor, la menor de las hijas de Marx: «Moro tam­bién está muerto».

Poco des­pués, par­tió en una serie de via­jes a sana­to­rios y bal­nea­rios por Euro­pa y el nor­te de Áfri­ca, pero el 11 de enero de 1883 per­dió a su hija Jenny, tam­bién por cán­cer, a los 38 años de edad; Marx, con­mo­vi­do, deci­dió regre­sar a Londres.

El 14 de mar­zo de 1883, Engels, como lo hacía habi­tual­men­te en los últi­mos meses, lle­gó a la casa de Marx a pri­me­ras horas de la tar­de, y se encon­tró con la esce­na que ya por años temía: «la casa esta­ba en lágri­mas, pare­cía que el fin había lle­ga­do […] La que­ri­da vie­ja Len­chen, que había cui­da­do a todos sus hijos des­de la cuna, subió a ver­lo, vol­vió de inme­dia­to y me invi­tó: ‹ven­ga con­mi­go, está medio dor­mi­do›. Cuan­do entra­mos, esta­ba com­ple­ta­men­te dor­mi­do, pero para siem­pre. No se pue­de desear una muer­te más tran­qui­la que la que tuvo, sen­ta­do en su sillón».

La men­te más pode­ro­sa del mun­do había deja­do de pen­sar. Murió fiel en su des­pre­cio a la socie­dad bur­gue­sa, sin dejar tes­ta­men­to ni bie­nes; fue ente­rra­do el 17 de mar­zo en el cemen­te­rio de High­ga­te, en un modes­to sepul­cro. Su tum­ba fue remo­de­la­da en 1956 tras una colec­ta rea­li­za­da por el Par­ti­do Comu­nis­ta de la Gran Bretaña.

Vla­di­mir Abreu, pro­fe­sor de Historia

14 de mar­zo de 2018

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