La polí­ti­ca eco­nó­mi­ca bol­che­vi­que


En los momen­tos de revo­lu­ción hay que mos­trar la máxi­ma fle­xi­bi­li­dad1.

Cuen­tas tru­ca­das, limi­ta­ción de reti­ros, esca­sez de efec­ti­vo para pagar sala­rios, recha­zo de che­ques en ven­ta­ni­lla, nega­ti­va a acor­dar prés­ta­mos, etcé­te­ra… los ban­que­ros res­pon­die­ron con con­tun­den­cia a la revo­lu­ción. El boi­cot tenía la anuen­cia de los gran­des comer­cian­tes y pro­pie­ta­rios de fábri­cas con­tro­la­das por comi­tés obre­ros. El ban­co cen­tral dene­ga­ba las soli­ci­tu­des de finan­cia­mien­to del nue­vo gobierno, el Con­se­jo de Comi­sa­rios del Pue­blo (Sov­nar­kom). La Unión para la Rege­ne­ra­ción de Rusia –for­ma­ción clan­des­ti­na finan­cia­da por la ban­ca pri­va­da y que vin­cu­la­ba par­ti­dos de los ex gobier­nos pro­vi­sio­na­les– orga­ni­za­ba huel­gas de fun­cio­na­rios. La coyun­tu­ra dic­ta­ba repre­sa­lias tan­to más rigu­ro­sas que los bol­che­vi­ques; habían inte­rio­ri­za­do algu­nas ense­ñan­zas de la caí­da de la Comu­na de París: no haber­se apo­de­ra­do del Ban­co de Fran­cia y de sus reser­vas. Sokol­ni­kov y Osinsky, res­pec­ti­va­men­te futu­ro comi­sa­rio del Pue­blo a las Finan­zas (Nar­kom­fin) y pri­mer pre­si­den­te del Con­se­jo Eco­nó­mi­co Supre­mo (Vesen­ja), denun­cia­ban el sabo­ta­je orga­ni­za­do por los ban­que­ros2.

El sis­te­ma finan­cie­ro y las nue­ve déci­mas par­tes del apa­ra­to socia­lis­ta

El 14 de diciem­bre, los sol­da­dos irrum­pían en los prin­ci­pa­les ban­cos. El mis­mo día un decre­to ofi­cial con­ver­tía las ope­ra­cio­nes ban­ca­rias en mono­po­lio esta­tal. Un segun­do incor­po­ra­ba los ban­cos pri­va­dos al Popu­lar de la Repú­bli­ca Sovié­ti­ca (el nue­vo cen­tral), con­fis­ca­ba las reser­vas y com­pe­lía a abrir las cajas fuer­tes3. Pero más que una medi­da defen­si­va, la nacio­na­li­za­ción e inte­gra­ción de los ban­cos obe­de­cían a una con­cep­ción arrai­ga­da en el pen­sa­mien­to socia­lis­ta. En el capi­ta­lis­mo, el desa­rro­llo del cré­di­to refle­ja una dis­tri­bu­ción colec­ti­va de los recur­sos pro­duc­ti­vos, aun cuan­do éstos que­den encor­se­ta­dos en los lími­tes de la pro­pie­dad pri­va­da. De tal suer­te, el con­trol esta­tal del sis­te­ma ban­ca­rio se con­ver­tía natu­ral­men­te en con­di­ción y herra­mien­ta de la socia­li­za­ción de los gran­des medios de pro­duc­ción y dis­tri­bu­ción. Las varian­tes del pen­sa­mien­to eco­nó­mi­co socia­lis­ta se orde­na­ban en torno de un eje repre­sen­ta­do por rela­cio­nes cada vez más estre­chas entre ban­cos y mono­po­lios indus­tria­les, tesis que Hil­fer­ding había expues­to sis­te­má­ti­ca­men­te en el Capi­tal finan­cie­ro (1909). Con el repu­dio de las deu­das exte­rio­res (deci­di­do en febre­ro de 1918), la nacio­na­li­za­ción de los ban­cos era el úni­co pun­to explí­ci­to del pro­gra­ma finan­cie­ro bol­che­vi­que. Lenin recor­da­ba ese papel estra­té­gi­co del sis­te­ma ban­ca­rio pocas sema­nas antes de la insu­rrec­ción:

El capi­ta­lis­mo creó un apa­ra­to de regis­tro en for­ma de ban­cos, con­sor­cios, ser­vi­cios pos­ta­les, socie­da­des de con­su­mi­do­res y sin­di­ca­tos de emplea­dos públi­cos. Sin gran­des ban­cos, el socia­lis­mo sería irrea­li­za­ble. Los gran­des ban­cos son el «apa­ra­to del Esta­do» que nece­si­ta­mos para rea­li­zar el socia­lis­mo y que toma­mos ya hecho del capi­ta­lis­mo; nues­tra tarea con­sis­te sen­ci­lla­men­te en extir­par lo que, des­de el pun­to de vis­ta capi­ta­lis­ta, muti­la este exce­len­te apa­ra­to, en hacer­lo aún más pode­ro­so, demo­crá­ti­co, aún más uni­ver­sal. La can­ti­dad se tras­for­ma­rá en cali­dad. Un solo ban­co del Esta­do […] con sucur­sa­les en cada dis­tri­to rural, en cada fábri­ca, cons­ti­tui­rá las nue­ve déci­mas par­tes del apa­ra­to socia­lis­ta4.

ero de momen­to, ese apa­ra­to ser­vi­ría de timón para una tran­si­ción eco­nó­mi­ca, pues la revo­lu­ción de octu­bre no se trans­mu­ta­ba en una revo­lu­ción euro­pea. Para Lenin, las nacio­na­li­za­cio­nes ban­ca­rias no reves­tían, aquí, un carác­ter socia­lis­ta. El apa­ra­to que­da­ba com­ple­ta­do por el Vesen­ja, ente crea­do en diciem­bre de 1917 para orga­ni­zar las finan­zas públi­cas y la eco­no­mía con­si­de­ra­da en su con­jun­to. El Vesen­ja fue pri­mi­ti­va­men­te pen­sa­do por Buja­rin como pie­za cen­tral del apa­ra­to eco­nó­mi­co y pro­yec­ta­do como futu­ra enti­dad de pla­ni­fi­ca­ción. Para ello, el Vesen­ja absor­bía el Con­se­jo Eco­nó­mi­co, orga­nis­mo de pla­ni­fi­ca­ción para tiem­pos de gue­rra fun­da­do por el gobierno pro­vi­sio­nal en junio5. La gue­rra había crea­do la nece­si­dad de mayor pro­gra­ma­ción eco­nó­mi­ca en los paí­ses beli­ge­ran­tes. El Vesen­ja acor­da­ba una gran aten­ción a este pro­ce­so, espe­cial­men­te en Ale­ma­nia, don­de nacían las pri­me­ras téc­ni­cas de pla­ni­fi­ca­ción. Para ejer­cer sus atri­bu­cio­nes, el Vesen­ja se apo­ya­ría, ade­más del sis­te­ma ban­ca­rio cen­tra­li­za­do, en un mono­po­lio esta­tal del comer­cio exte­rior (esta­ble­ci­do en diciem­bre de 1917).

En el cor­to pla­zo, el Vesen­ja bus­ca­ba méto­dos para enfren­tar efi­cien­te­men­te la «catás­tro­fe» eco­nó­mi­ca anti­ci­pa­da a lo lar­go de 1917 y que, efec­ti­va­men­te, se aba­tía sobre Rusia. De ahí el carác­ter y el rit­mo de las trans­for­ma­cio­nes de las rela­cio­nes de pro­pie­dad en la indus­tria duran­te los pri­me­ros meses de la revo­lu­ción.

Expro­piar des­de aba­jo y nacio­na­li­zar des­de arri­ba

La for­ma del enfren­ta­mien­to entre el poder sovié­ti­co y los ban­cos, así como la moda­li­dad de la nacio­na­li­za­ción de éstos, deri­vó en gran medi­da de la com­po­si­ción de cla­se de ese sec­tor. Carr obser­vó que, a dife­ren­cia de las fábri­cas, el ori­gen social de los emplea­dos ban­ca­rios expli­ca por qué «se pasó por alto la fase de con­trol» obre­ro6. Por­que en la Rusia insu­rrec­ta, con­trol obre­ro y expro­pia­cio­nes van apa­re­ja­dos. El desa­rro­llo de las con­tra­dic­cio­nes de cla­se poten­ció des­de febre­ro de 1917 una olea­da de toma de fábri­cas. Ello abo­nó a los obje­ti­vos tác­ti­cos de los bol­che­vi­ques, pues el gobierno pro­vi­sio­nal se man­te­nía en el poder. Fue una con­di­ción nega­ti­va de la revo­lu­ción de octu­bre, como teo­ri­zó Buja­rin7. Nega­ti­va, por­que evi­den­ció y pre­ci­pi­tó la rui­na del orden social exis­ten­te, la toma de fábri­cas fue tam­bién posi­ti­va, en la medi­da en que fun­da­men­tó la polí­ti­ca indus­trial bol­che­vi­que. Las tomas plan­tea­ban lla­na­men­te la trans­for­ma­ción de las rela­cio­nes de pro­pie­dad y poder sobre los medios de pro­duc­ción.

Entre octu­bre de 1917 y junio de 1918, entre dos ter­ce­ras y cua­tro quin­tas par­tes de las fábri­cas nacio­na­li­za­das lo fue­ron por ini­cia­ti­va de comi­tés de fábri­cas8. Empe­ro, esas expro­pia­cio­nes –por su can­ti­dad, pero sobre todo por sus moda­li­da­des– reba­sa­ban los lími­tes de la línea polí­ti­ca del momen­to. Ello impli­có rápi­da­men­te con­tro­lar des­de arri­ba las socia­li­za­cio­nes con­du­ci­das des­de aba­jo.

El Vesen­ja fue facul­ta­do para inter­ve­nir y cana­li­zar este pro­ce­so. «La nacio­na­li­za­ción de la indus­tria esta­ba [suce­dien­do] de una mane­ra incon­tro­la­ble y no pudi­mos esta­ble­cer cone­xio­nes regu­la­res con fábri­cas socia­li­za­das»9. La Decla­ra­ción sobre los dere­chos del pue­blo tra­ba­ja­dor y explo­ta­do, del 12 de enero de 1918, encau­zó y fre­nó con otros regla­men­tos pro­mul­ga­dos el 19 de enero y el 27 de abril el pro­ce­so. Tan­to más que las nacio­na­li­za­cio­nes del pro­pio Vesen­ja obe­de­cían no a moti­vos doc­tri­na­rios sino repre­si­vos. Se tra­ta­ba de cas­ti­gar, caso por caso, a los pro­pie­ta­rios sabo­tea­do­res. Los bol­che­vi­ques no pre­veían nacio­na­li­za­cio­nes de ramas indus­tria­les ente­ras. Las pri­me­ras rea­li­za­das en ese sen­ti­do inter­vi­nie­ron has­ta mayo de 1918 con las indus­trias azu­ca­re­ra y petro­le­ra. El 28 de junio de 1918, ante la inmi­nen­cia de la gue­rra civil, se ini­cia­ron las nacio­na­li­za­cio­nes exten­si­vas. Para enton­ces, el Vesen­ja que­da­ría con­fi­na­do a la fun­ción de admi­nis­tra­dor de la indus­tria nacio­na­li­za­da.

Mien­tras, el Vesen­ja, en cuan­to rec­tor de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca, «here­da­ba y reem­pla­za­ba el capi­tal finan­cie­ro», como resu­mie­ra uno de sus diri­gen­tes10. Pro­mo­vía la for­ma­ción de car­te­les indus­tria­les. La sumi­sión al con­trol y la direc­ción esta­tal per­mi­ti­ría a los due­ños con­ser­var la pose­sión y ges­tión de sus empre­sas. De igual modo se ideó, a ini­cios de la pri­ma­ve­ra de 1918, una recon­fi­gu­ra­ción de los ban­cos pri­va­dos con la for­ma de ins­ti­tu­cio­nes nacio­na­li­za­das pero ges­tio­na­das por sus anti­guos direc­to­res. La con­tro­ver­sia en torno a las nego­cia­cio­nes empren­di­das con Ale­xis Mesh­chersky –una suer­te de Car­ne­gie ruso– ilus­tra el carác­ter explo­ra­to­rio y las con­tra­dic­cio­nes de la línea eco­nó­mi­ca de estos pri­me­ros meses. Se tra­ta­ba de for­mar un car­tel en la indus­tria meta­lúr­gi­ca con una repar­ti­ción igua­li­ta­ria de las accio­nes entre el mag­na­te y el Esta­do. En el mis­mo orden de ini­cia­ti­vas, los bol­che­vi­ques pro­po­nían crear com­pa­ñías mix­tas a los capi­ta­lis­tas extran­je­ros. Todos estos pro­yec­tos que­da­ron como letra muer­ta con el esta­lli­do de la gue­rra civil y la con­si­guien­te exa­cer­ba­ción del enfren­ta­mien­to con las anti­guas cla­ses domi­nan­tes. «Los capi­ta­nes de indus­tria y los gran­des comer­cian­tes, que antes no lo habían hecho, hicie­ron el equi­pa­je y pasa­ron a tra­vés de las líneas del ejér­ci­to blan­co, y las auto­ri­da­des sovié­ti­cas tuvie­ron nece­si­dad urgen­te de ejer­cer con­trol direc­to sobre la pro­duc­ción para evi­tar los inten­tos de sabo­ta­je y ase­gu­rar­se de que se daba prio­ri­dad a la fabri­ca­ción de mate­rial de gue­rra»11.

Con­trol obre­ro, mana­ge­ment sovié­ti­co y capi­ta­lis­mo de Esta­do

La ten­sión entre la toma de fábri­cas des­de aba­jo y los inten­tos de con­trol des­de arri­ba iba apa­re­ja­da con otro pro­ble­ma: el con­trol obre­ro y las moda­li­da­des de admi­nis­tra­ción de las empre­sas. Los patro­nes ame­na­za­ban con loc­kouts en caso de apli­ca­ción del decre­to sobre el con­trol obre­ro del 14 de noviem­bre. Éste con­fe­ría a los comi­tés de fábri­ca el «dere­cho a super­vi­sar la direc­ción», a fijar indi­ca­do­res míni­mos de pro­duc­ción, a acce­der a la corres­pon­den­cia, a las cuen­tas y a toda infor­ma­ción rela­ti­va a los cos­tes de pro­duc­ción de mane­ra, a vigi­lar y –si se hacía nece­sa­rio– a cas­ti­gar el sabo­ta­je. Pero por otra par­te, el decre­to supe­di­ta­ba toda toma de apro­pia­ción de fábri­cas o inten­to de diri­gir­las a la san­ción de las auto­ri­da­des. Asi­mis­mo, prohi­bía al comi­té de fábri­ca anu­lar las ins­truc­cio­nes del pro­pie­ta­rio a la geren­cia. La jus­ti­fi­ca­ción últi­ma del con­trol obre­ro debía ser, des­de el pun­to de vis­ta del Vesen­ja, «el inte­rés de la regu­la­ción pla­ni­fi­ca­da de la eco­no­mía nacio­nal». Se tra­ta­ba de con­ci­liar nece­si­dad de vigi­lan­cia, con­trol obre­ro y efi­cien­cia.

Pero los comi­tés de fábri­ca no sólo tras­pa­sa­ban sus atri­bu­cio­nes en mate­ria de expro­pia­ción sino que entre­ga­ban las fábri­cas a los tra­ba­ja­do­res para que éstos la admi­nis­tra­ran en su bene­fi­cio pro­pio. «El resul­ta­do fue la dis­mi­nu­ción de la dis­ci­pli­na en los talle­res y de la pro­duc­ción y el desa­rro­llo de un sen­ti­mien­to, entre algu­nos tra­ba­ja­do­res, de ape­go hacia su fábri­ca, lo cual iba en detri­men­to de la comu­ni­dad en gene­ral y les hacía resis­tir los inten­tos de una coor­di­na­ción y direc­ción des­de arri­ba», resu­me Dobb12. Esta for­ma de admi­nis­tra­ción care­cía a menu­do de cono­ci­mien­tos para la con­ta­bi­li­dad o ges­tión de las capa­ci­da­des indus­tria­les. Pero, más gra­ve toda­vía, era «igual­men­te indi­vi­dual y anti­so­cia­lis­ta que el ante­rior» y pres­cin­día de «la cohe­ren­cia [nacio­nal] de la indus­tria», denun­cia­ba Pia­ta­kov, futu­ro diri­gen­te del Comi­té Esta­tal de Pla­ni­fi­ca­ción (Gos­plan).

Para con­ci­liar vigi­lan­cia y efi­cien­cia, el Vesen­ja reco­no­ció en mar­zo de 1918 la auto­no­mía de la direc­ción téc­ni­ca, flan­quean­do ésta de un comi­sa­rio super­vi­sor. Al mis­mo tiem­po, pro­mo­vía el prin­ci­pio de direc­ción per­so­nal ame­na­za­do por la rei­vin­di­ca­ción de «direc­ción cole­gial». Las dispu­tas suble­va­das por todos esos ele­men­tos que for­man el pri­mer mana­ge­ment sovié­ti­co eran aná­lo­gas a las con­tro­ver­sias res­pec­to al empleo y poder de los téc­ni­cos, espe­cia­lis­tas, ofi­cia­les y per­so­nal cali­fi­ca­do de las anti­guas cla­ses domi­nan­tes13. Las dis­cu­sio­nes sobre el sala­rio a des­ta­jo y la adop­ción del tay­lo­ris­mo –mez­cla de la «refi­na­da fero­ci­dad de la explo­ta­ción bur­gue­sa y de varias con­quis­tas cien­tí­fi­cas de sumo valor»14– sin­te­ti­za­ron las dispu­tas sobre la auto­no­mía y com­po­si­ción de las direc­cio­nes15. Lo mis­mo suce­día con la esca­la de remu­ne­ra­ción de las dife­ren­tes cate­go­rías de tra­ba­ja­do­res y miem­bros direc­ti­vos, pro­ble­má­ti­ca en la cual la refle­xión de Lenin osci­la entre un prin­ci­pio de igual­dad sala­rial y una dife­ren­cia­ción prác­ti­ca según una mul­ti­pli­ci­dad de cri­te­rios (dure­za y peli­gro­si­dad de las con­di­cio­nes de tra­ba­jo, nivel de cali­fi­ca­ción pro­fe­sio­nal, impor­tan­cia estra­té­gi­ca del sec­tor). Aquí, el pro­ble­ma era menos la dife­ren­cia­ción sala­rial que la uti­li­za­ción y el ensan­cha­mien­to de estas dife­ren­cias para esti­mu­lar la pro­duc­ción. Lo mis­mo valía para la remu­ne­ra­ción del «alto per­so­nal polí­ti­co», limi­ta­da al sala­rio de un obre­ro cali­fi­ca­do16.

De mane­ra gene­ral, la polí­ti­ca labo­ral de los pri­me­ros meses fue un terreno par­ti­cu­lar­men­te intrin­ca­do. La razón fun­da­men­tal era la modi­fi­ca­ción del papel corres­pon­dien­te a los sin­di­ca­tos implí­ci­ta en la revo­lu­ción. Por una par­te, la apro­ba­ción de medi­das como la jor­na­da de ocho horas, la limi­ta­ción del tra­ba­jo de las muje­res y los jóve­nes y la prohi­bi­ción del tra­ba­jo infan­til amplió las fun­cio­nes admi­nis­tra­do­ras y pre­rro­ga­ti­vas de los sin­di­ca­tos. Por otra par­te, el Vesen­ja entre­vió en los sin­di­ca­tos –orga­ni­za­cio­nes has­ta enton­ces más cer­ca­nas de los men­che­vi­ques– una herra­mien­ta de con­trol de los comi­tés de fábri­cas y de res­ta­ble­ci­mien­to de la dis­ci­pli­na de tra­ba­jo. Con ello que­da­ban sen­ta­das las bases y con­tra­dic­cio­nes de un nue­vo tipo de rela­ción sin­di­ca­to-par­ti­do-Esta­do. Final­men­te, la polí­ti­ca labo­ral de una dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do impli­ca­ba tras­tor­nar la rela­ción de las cla­ses domi­nan­tes con el tra­ba­jo. «¡Quien no tra­ba­ja no come!»… la máxi­ma de Lenin resu­mía un prin­ci­pio de acción que se extre­mó con la radi­ca­li­za­ción de la lucha de cla­ses al esta­llar la gue­rra civil. A par­tir de octu­bre de 1918, los bur­gue­ses de un sexo y otro de entre 14 y 54 años debe­rán demos­trar el cum­pli­mien­to de «un tra­ba­jo social­men­te útil» con­sig­na­do en una libre­ta de tra­ba­jo para tener acce­so a la libre­ta de ali­men­ta­ción.

Pre­ci­sa­men­te por­que ponían en jue­go el papel y la suer­te del pro­le­ta­ria­do en la revo­lu­ción, las aspec­tos de orga­ni­za­ción indus­trial y de polí­ti­ca labo­ral oca­sio­na­ron una cri­sis en el par­ti­do. En la pri­ma­ve­ra de 1918, los comu­nis­tas de izquier­da17 denun­cia­ron una des­via­ción dere­chis­ta enca­mi­na­da hacia un «capi­ta­lis­mo de Esta­do». La expre­sión fue recu­pe­ra­da de inme­dia­to por Lenin, en su répli­ca, para con­cep­tua­li­zar la esen­cia de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca prac­ti­ca­da des­de octu­bre y, más impor­tan­te, mos­trar el con­te­ni­do eco­nó­mi­co de la lucha polí­ti­ca en «un país tan gran­de y abi­ga­rra­do» como Rusia18. Sobre­de­ter­mi­na­da por el gol­pe ases­ta­do por los Acuer­dos de Brest-Litovsk a la eco­no­mía –Rusia per­día el 40 por cien­to de la indus­tria y de la pobla­ción indus­trial, 70 de la side­rur­gia y 90 de la indus­tria azu­ca­re­ra19–, la bre­cha abier­ta por los comu­nis­tas de izquier­da cesa­ría con la pro­xi­mi­dad de la gue­rra civil y el giro de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca en junio. No obs­tan­te, sus seña­la­mien­tos resur­gi­rían una vez ven­ci­dos los Blan­cos, pero en con­di­cio­nes socio­eco­nó­mi­cas más dra­má­ti­cas. Las fun­cio­nes de los sin­di­ca­tos, la dis­ci­pli­na labo­ral, el tra­ba­jo a des­ta­jo, la remu­ne­ra­ción y el poder de deci­sión de los téc­ni­cos y espe­cia­lis­tas, la par­ti­ci­pa­ción de los obre­ros en la orga­ni­za­ción de la pro­duc­ción, el mono­po­lio del comer­cio exte­rior, entre otros ele­men­tos, inte­gra­rían las dispu­tas sobre la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca a par­tir de diciem­bre de 1920, en vís­pe­ras del deci­si­vo déci­mo con­gre­so del par­ti­do20. Asi­mis­mo, los comu­nis­tas de izquier­da seña­la­ban otra cate­go­ría de pro­ble­mas, rela­ti­vos a la polí­ti­ca agra­ria y –por ende– a la cla­se social mayo­ri­ta­ria en Rusia.

Repar­to negro, gran­jas colec­ti­vas y zig­za­gueos de la polí­ti­ca agra­ria

La con­ver­gen­cia entre gue­rra cam­pe­si­na y movi­mien­to obre­ro deter­mi­nó la pecu­lia­ri­dad de la revo­lu­ción rusa. Pero los anhe­los anti­feu­da­les cam­pe­si­nos y las aspi­ra­cio­nes anti­ca­pi­ta­lis­tas pro­le­ta­rias plan­tea­ban dos revo­lu­cio­nes dife­ren­tes que exi­gían tareas y méto­dos dis­tin­tos. Con la pers­pec­ti­va de suble­va­cio­nes pro­le­ta­rias en Euro­pa, la rela­ción entre obre­ros y cam­pe­si­nos for­ma­ba el segun­do tér­mino de la ecua­ción que con­di­cio­na­ba cual­quier rum­bo pos­te­rior de la revo­lu­ción rusa. Los dos pri­me­ros decre­tos pro­mul­ga­dos por el Sov­nar­kom el 26 de octu­bre –paz y tie­rra– res­pon­dían a ese desa­fío. El segun­do lega­li­za­ba la situa­ción resul­tan­te de las suble­va­cio­nes cam­pe­si­nas. Con­fis­ca­ba sin indem­ni­za­ción las pro­pie­da­des de los terra­te­nien­tes. Las tie­rras y herra­mien­tas de tra­ba­jo eran pues­tas a dis­po­si­ción de los comi­tés cam­pe­si­nos. Prohi­bía la com­pra­ven­ta, el alqui­ler, la hipo­te­ca de la tie­rra y el empleo de asa­la­ria­dos. Sub­je­ti­va­men­te, el decre­to resu­ci­ta­ba el espec­tro del «repar­to negro» que reco­rre la his­to­ria social rusa des­de la rebe­lión cam­pe­si­na de Puga­chov (1773−75). Su rei­vin­di­ca­ción de una dis­tri­bu­ción «igua­li­ta­ria» y su lema «tie­rra y liber­tad» habían ins­pi­ra­do a los popu­lis­tas del dece­nio de 1870 y fue­ron recu­pe­ra­dos por el Par­ti­do Socia­lis­ta-Revo­lu­cio­na­rio fun­da­do en 1901 y repre­sen­tan­te de la mayo­ría de los cam­pe­si­nos. Al con­cre­tar esta secu­lar aspi­ra­ción a la tie­rra, el decre­to sobre la tie­rra de octu­bre de 1917 ensan­cha­ba la base social del nue­vo poder revo­lu­cio­na­rio.

Dos años des­pués, en 1919, la efí­me­ra repú­bli­ca sovié­ti­ca hún­ga­ra fra­ca­sa­ría en bus­car un apo­yo entre los cam­pe­si­nos. Bela Kun recha­zó el repar­to de los lati­fun­dios expro­pia­dos y pre­ten­dió tran­si­tar direc­ta­men­te de la gran pro­pie­dad seño­rial a las gran­jas esta­ta­les.

Pero más que zig­za­gueos tác­ti­cos, la polí­ti­ca agra­ria de los pri­me­ros meses bus­ca­ba solu­cio­nes a un anta­go­nis­mo entre las aspi­ra­cio­nes de los cam­pe­si­nos a la pro­pie­dad y las exi­gen­cias de la repro­duc­ción social. Des­de la revo­lu­ción de febre­ro, el con­flic­to se expre­sa­ba en la opo­si­ción entre los recla­mos de auto­no­mía de los comi­tés cam­pe­si­nos, por un lado, y las rup­tu­ras de abas­te­ci­mien­to de cerea­les, por el otro. Ello pro­vo­có una cri­sis en el gobierno pro­vi­sio­nal entre los Minis­te­rios de Abas­te­ci­mien­to, y de Agri­cul­tu­ra. Mien­tras las nece­si­da­des de la gue­rra orien­ta­ban la acción del pri­me­ro, el segun­do, en mano de los diri­gen­tes ese­ris­tas, pro­te­gía la auto­ri­dad de los comi­tés cam­pe­si­nos. Sin embar­go, la pro­lon­ga­ción de la gue­rra, los apla­za­mien­tos de la refor­ma agra­ria y los cre­cien­tes des­acuer­dos sobre el con­te­ni­do pre­ci­so de la «dis­tri­bu­ción igua­li­ta­ria» de la tie­rra acen­tua­ban las divi­sio­nes en el par­ti­do ese­ris­ta. Un ala radi­cal en favor de una paz inme­dia­ta y de una «socia­li­za­ción» de todas las tie­rras se opo­nía a una mayo­ría defen­so­ra de la par­ti­ci­pa­ción en el gobierno pro­vi­sio­nal y de una limi­ta­ción de la «socia­li­za­ción» a las pro­pie­da­des de la Igle­sia y de los terra­te­nien­tes, pero sin exten­der­la a las tie­rras ya poseí­das por los cam­pe­si­nos. De tal mane­ra, al incor­po­rar en el decre­to sobre la tie­rra el prin­ci­pio de dis­tri­bu­ción igua­li­ta­ria, Lenin pro­vo­ca­ba la esci­sión defi­ni­ti­va entre ese­ris­tas, y deja­ba abier­to un estre­cho aba­ni­co de solu­cio­nes.

Los pri­me­ros meses de la polí­ti­ca agra­ria fue­ron domi­na­dos por la bús­que­da de una solu­ción inter­me­dia entre las aspi­ra­cio­nes cam­pe­si­nas de acce­so a la pro­pie­dad y las exi­gen­cias de una orga­ni­za­ción colec­ti­va del tra­ba­jo. La refor­ma agra­ria, apro­ba­da el 19 de febre­ro de 1918 –ani­ver­sa­rio de abo­li­ción de la ser­vi­dum­bre, ocu­rri­da en 1861 – , sin­te­ti­za­ba las vis­tas bol­che­vi­ques y ese­ris­tas, colec­ti­vis­tas e indi­vi­dua­lis­tas. El repar­to indi­vi­dual que­da­ba lega­li­za­do, pero el gobierno favo­re­cía la agri­cul­tu­ra colec­ti­va, de efi­cien­cia pro­duc­ti­va supe­rior a la explo­ta­ción indi­vi­dual. Que­da­ban for­mal­men­te sal­va­guar­da­das las con­di­cio­nes para una movi­li­za­ción de los cam­pe­si­nos con miras a una futu­ra polí­ti­ca de desa­rro­llo indus­trial. Si la letra de la refor­ma resul­ta­ba ese­ris­ta, el espí­ri­tu era bol­che­vi­que.

En pri­mer lugar, las apro­pia­cio­nes de fin­cas de terra­te­nien­tes y la repar­ti­ción de las tie­rras fue­ron sis­te­má­ti­cas y con­du­ci­das direc­ta­men­te por los cam­pe­si­nos21. La impor­tan­cia de la repar­ti­ción tras­tor­nó las estruc­tu­ras socia­les del cam­po y tuvo con­se­cuen­cias en las ciu­da­des. Esti­mu­ló el regre­so al cam­po de impor­tan­tes con­tin­gen­tes de obre­ros, con lo cual ace­le­ró la «desin­te­gra­ción del pro­le­ta­ria­do»22 que Buja­rin cons­ta­ta des­de 1917. La cer­ca­nía socio­cul­tu­ral entre cam­pe­si­nos y obre­ros –resul­ta­do del carác­ter com­bi­na­do del desa­rro­llo de la indus­tria sub­ya­cen­te a la for­ma­ción his­tó­ri­ca de la cla­se obre­ra en Rusia23– faci­li­ta­ba ese éxo­do urbano a medi­da que arre­cia­ban el des­em­pleo y la cares­tía en las ciu­da­des. Asi­mis­mo, la prohi­bi­ción de alqui­lar par­ce­las y con­tra­tar asa­la­ria­dos revi­ta­li­zó los meca­nis­mos de dis­tri­bu­ción perió­di­ca del mir, la vie­ja comu­na rural. Su fun­cio­na­mien­to pare­ce haber favo­re­ci­do a los estra­tos aco­mo­da­dos del cam­pe­si­na­do. Ese fenó­meno se expli­ca, entre otras cir­cuns­tan­cias, por la com­po­si­ción socio­ló­gi­ca de los órga­nos direc­ti­vos y la ambi­va­len­cia de las fun­cio­nes del mir, ins­ti­tu­ción a car­go de la admi­nis­tra­ción de la mano de obra cam­pe­si­na y de la per­cep­ción de pagos para los terra­te­nien­tes que, ade­más, for­ma­ba una aso­cia­ción de pro­duc­to­res. Des­apa­re­ce­rá ofi­cial­men­te con el ini­cio de la colec­ti­vi­za­ción for­za­da en 1929. La repar­ti­ción gene­ra­li­za­da de 1917 – 1918 arrui­nó los aná­li­sis socio-agra­rios ante­rio­res a la revo­lu­ción fun­da­dos en un cla­ro anta­go­nis­mo entre cam­pe­si­nos ricos, media­nos y pobres. La exten­sión de la peque­ña explo­ta­ción for­ta­le­ció en ese sen­ti­do a los cam­pe­si­nos medios, difi­cul­tan­do las con­di­cio­nes socia­les para la intro­duc­ción de la lucha de cla­ses en el cam­po. Simul­tá­nea­men­te, la gene­ra­li­za­ción de la peque­ña pro­pie­dad redu­jo las super­fi­cies cul­ti­va­das, y el tama­ño y ren­di­mien­to de las explo­ta­cio­nes, e indu­jo una dis­mi­nu­ción de la gana­de­ría y de los cul­ti­vos espe­cia­li­za­dos de expor­ta­ción. Todos esos resul­ta­dos con­di­cio­na­rían socio­ló­gi­ca y eco­nó­mi­ca­men­te los pos­te­rio­res epi­so­dios de la his­to­ria agra­ria sovié­ti­ca.

Final­men­te, las gran­des pro­pie­da­des dedi­ca­das a cul­ti­vos de expor­ta­ción no fue­ron des­man­te­la­das y se con­vir­tie­ron en gran­jas esta­ta­les. Fue el caso de los cul­ti­vos de remo­la­cha, cuya nacio­na­li­za­ción se hizo de con­cier­to con la de la indus­tria azu­ca­re­ra. La opo­si­ción entre gran­ja esta­tal y pro­pie­dad cam­pe­si­na indi­vi­dual fue has­ta cier­to pun­to el corre­la­to del anta­go­nis­mo entre los intere­ses colec­ti­vos y las tomas y la ges­tión direc­tas que ten­sa­ban el con­trol obre­ro en las ciu­da­des.

La polí­ti­ca agra­ria exci­ta­ba la crí­ti­ca de los comu­nis­tas de izquier­da defen­so­res de un pro­se­gui­mien­to «pro­le­ta­rio» de la revo­lu­ción. Pero la gue­rra civil, apo­ya­da por la inter­ven­ción de 14 paí­ses, inte­rrum­pió la polí­ti­ca agra­ria de igual modo que lo hizo con la polí­ti­ca indus­trial. A par­tir de junio de 1918, con la cre­cien­te esca­sez urba­na y el cer­ca­mien­to del régi­men –en con­trol de un terri­to­rio exten­so como el Gran duca­do de Mos­cú24–, los bol­che­vi­ques sis­te­ma­ti­za­ron las requi­sas de los exce­den­tes agrí­co­las. Los comi­tés de cam­pe­si­nos pobres (crea­dos el 11 de junio), des­ta­ca­men­tos obre­ros espe­cia­les y la Che­ca serán los prin­ci­pa­les ope­ra­do­res de estas requi­sas, esen­cia de la polí­ti­ca de «comu­nis­mo de gue­rra», gene­ra­dor de férrea resis­ten­cia cam­pe­si­na25. Pero la lucha por el acce­so a la tie­rra, su uso libre y, final­men­te, el empleo libre de sus pro­duc­tos deter­mi­na­ba en últi­ma ins­tan­cia el com­por­ta­mien­to polí­ti­co de los dife­ren­tes estra­tos del cam­pe­si­na­do. De ahí que los bol­che­vi­ques siguie­ran con­tan­do con el apo­yo o la neu­tra­li­dad «posi­ti­va» de impor­tan­tes sec­to­res cam­pe­si­nos, tan­to más que los ejér­ci­tos blan­cos y las pre­fas­cis­tas Cen­tu­rias Negras res­tau­ra­ban la pro­pie­dad y el des­po­tis­mo seño­ria­les en sus zonas de con­trol26. Al fina­li­zar la gue­rra civil, la nue­va polí­ti­ca eco­nó­mi­ca (NEP) resul­tó de esta aspi­ra­ción cam­pe­si­na por con­so­li­dar su eco­no­mía indi­vi­dual e inter­cam­biar «libre­men­te» sus pro­duc­tos, un «con­cor­da­to» con la cla­se cam­pe­si­na en su con­jun­to27.

Uno se com­pro­me­te y des­pués… ya se verá

El rum­bo y los obje­ti­vos del capi­ta­lis­mo de Esta­do en cuan­to con­trol sobre los ban­cos, el comer­cio y la indus­tria sin una socia­li­za­ción de los medios de pro­duc­ción depen­día de las con­di­cio­nes sine qua non del socia­lis­mo en un país como Rusia: una revo­lu­ción en los paí­ses desa­rro­lla­dos; un acuer­do entre el pro­le­ta­ria­do y el cam­pe­si­na­do. Tal ecua­ción deja­ba el poder sovié­ti­co a mer­ced del cam­pe­si­na­do, pues la revo­lu­ción inter­na­cio­nal se demo­ra­ba y el sis­te­ma impe­ria­lis­ta se esta­bi­li­za­ba. La con­tro­ver­sia sus­ci­ta­da por los comu­nis­tas de izquier­da con­te­nía muchos, si no todos, los argu­men­tos de las polé­mi­cas pos­te­rio­res sobre la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca. Entre 1903 y 1917, la rela­ción orgá­ni­ca entre las revo­lu­cio­nes rusa y euro­pea había miti­ga­do los des­acuer­dos sobre el pro­gra­ma eco­nó­mi­co. Éste no sus­ci­ta­ba con­tro­ver­sias impor­tan­tes entre bol­che­vi­ques y men­che­vi­ques, a dife­ren­cia de las enco­na­das polé­mi­cas pro­pia­men­te polí­ti­cas. Brest-Litovsk mar­có un pri­mer momen­to en la ten­sión entre polí­ti­ca eco­nó­mi­ca y revo­lu­cio­nes euro­peas, tan­to más que los mis­mí­si­mos comu­nis­tas de izquier­da pre­de­cían el derrum­be del sis­te­ma impe­ria­lis­ta para julio de 1918… De tal modo, las impli­ca­cio­nes y apues­tas de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca sólo se impu­sie­ron ver­da­de­ra y dra­má­ti­ca­men­te al par­ti­do tras el fra­ca­so de la incur­sión del Ejér­ci­to Rojo en Polo­nia en agos­to de 1920. El epi­so­dio mar­có la cul­mi­na­ción del pavor al ais­la­mien­to de par­te de los diri­gen­tes bol­che­vi­ques28 y, casi lo mis­mo, la mer­ma de la expec­ta­ti­vas de la revo­lu­ción pro­le­ta­ria mun­dial avi­sa­da por Lenin en octu­bre 1917.

No obs­tan­te, ni las par­ti­cu­la­ri­da­des del desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo en Rusia, ni por con­si­guien­te la ausen­cia de pre­mi­sas eco­nó­mi­cas y cul­tu­ra­les para el socia­lis­mo en Rusia29, ni las exi­gen­cias de la gue­rra civil, ni la frus­tra­ción de las revo­lu­cio­nes pro­le­ta­rias euro­peas ago­tan la pro­ble­má­ti­ca de los deter­mi­nan­tes de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca a par­tir de octu­bre. Éstos obe­de­cían tam­bién al carác­ter inci­pien­te de las téc­ni­cas de pla­ni­fi­ca­ción y a la inexis­ten­cia de cate­go­rías para pen­sar los pro­ce­sos de tran­si­ción. De allí que para algu­nos pare­cie­ra muchas veces que «Lenin y sus cole­gas estu­vie­sen tocan­do de oído»30. Lo cier­to es que, más allá de la pro­ble­má­ti­ca de las vías al socia­lis­mo, la expe­rien­cia del capi­ta­lis­mo de Esta­do, como des­pués la nep, fue deter­mi­nan­te para la idea del papel rec­tor del Esta­do que pre­si­de la his­to­ria eco­nó­mi­ca del siglo XX, una con­tri­bu­ción que los his­to­ria­do­res del pen­sa­mien­to key­ne­sia­nis­mo y de las polí­ti­cas de desa­rro­llo en el Ter­cer Mun­do aun sub­es­ti­man.

Pero, más ocul­ta­men­te, la «máxi­ma fle­xi­bi­li­dad» recla­ma­da por Lenin duran­te la revo­lu­ción tra­du­ce tam­bién cier­ta pru­den­cia en un aspec­to esen­cial: la trans­for­ma­ción del carác­ter de todas las ins­tan­cias de deci­sión y poder. Las con­si­de­ra­cio­nes ins­ti­tu­cio­na­les de Lenin dis­tin­guen, todas, dos cate­go­rías de fun­cio­nes y ele­men­tos entre­la­za­dos en el Esta­do y en los órga­nos eco­nó­mi­cos. La pri­me­ra reúne los ele­men­tos a car­go de la con­ta­bi­li­dad, del con­trol y, de mane­ra gene­ral, las fun­cio­nes colec­ti­vas con­sus­tan­cia­les a la vida en comu­ni­dad. La segun­da abar­ca los ele­men­tos opre­so­res, des­pó­ti­cos, buro­crá­ti­cos y para­si­ta­rios. Esta dis­tin­ción con­cep­tual orien­tó la pro­fun­di­za­ción de la teo­ría mar­xis­ta de la géne­sis y extin­ción del Esta­do, tarea ardua que Lenin empren­de­ría poco antes de la insu­rrec­ción de octu­bre. La revo­lu­ción debía des­truir las fun­cio­nes del pri­mer tipo y reti­rar las segun­das de las manos de las cla­ses domi­nan­tes31. Este pro­ce­so des­truc­ti­vo-crea­dor era con­di­ción para que, tras un lar­go pro­ce­so, «la inter­ven­ción de un poder esta­tal en rela­cio­nes socia­les [vaya] hacién­do­se pro­gre­si­va­men­te super­flua en un terreno tras otro, y aca­ba por inhi­bir­se por sí mis­ma». De tal mane­ra, «en lugar del gobierno sobre per­so­nas apa­re­ce la admi­nis­tra­ción de cosas y la direc­ción de pro­ce­sos de pro­duc­ción»32. El año I de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca bol­che­vi­que seña­la­ba la crea­ti­vi­dad y las difi­cul­ta­des para rea­li­zar un pro­ce­so que con­di­cio­na, en últi­ma ins­tan­cia, la orga­ni­za­ción eman­ci­pa­do­ra de los pro­ce­sos de pro­duc­ción y de los pode­res públi­cos en una socie­dad comu­nis­ta.

Mata­ri Pie­rre

Fuen­te: Memo­ria nº 263. Año 2017 – 3

  1. Lenin: Nues­tra revo­lu­ción, en Obras esco­gi­das, (tomo XII), Pro­gre­so, Mos­cú, 1973, p. 163.
  2. Osinsky: Ori­gin of the Supre­me Coun­cil of the Natio­nal Eco­nomy (http://​soviethis​tory​.msu​.edu/​1​917 – 2/e­co­no­mic-appa­ra­tu­s/e­co­no­mic-appa­ra­tus-tex­ts/o­ri­gin-of-vesenkha/).
  3. Carr cons­ta­ta ati­na­da­men­te la «ano­ma­lía fla­gran­te» con­sis­ten­te en liqui­dar los ban­cos extran­je­ros el 2 de diciem­bre de 1918; es decir, un año des­pués… (The Bolshe­vik Revo­lu­tion, volu­men 2, Pen­guin Books, 1966¸ p. 142).
  4. Lenin: ¿Podrán los bol­che­vi­ques rete­ner el poder?,Obras com­ple­tas (tomo XXVII), Akal, 1976, p. 216.
  5. Osinsky: en el lugar cita­do.
  6. Carr: The Bolshe­vik (volu­men 2), obra cita­da, p. 141.
  7. Boukha­ri­ne: Eco­no­mie de la pério­de de transition, EDI, 1976.
  8. His­to­ria eco­nó­mi­ca de la Unión Sovié­ti­ca, Alian­za, 1973; The Bolshe­vik (volu­men 2), obra cita­da, p. 56. Las mis­mas auto­ri­da­des polí­ti­cas y sin­di­ca­les mane­ja­ban cifras apro­xi­ma­ti­vas (Carr: The Bolshe­vik, volu­men 2, obra cita­da, pp. 88 – 90).
  9. Osinsky: en el lugar cita­do.
  10. Krits­man cita­do por Carr en The Bolshe­vik (volu­men 2), obra cita­da, p. 97.
  11. Dobb: El desa­rro­llo de la eco­no­mía sovié­ti­ca des­de 1917, Tec­nos, 1972, p. 100.
  12. Ibí­dem, p. 96. Nove: His­to­ria eco­nó­mi­ca de la Unión Sovié­ti­ca, Alian­za, 1973, pp. 54 y siguien­tes.
  13. Trotsky: Ma vie, Galli­mard, 1953, pagi­nas 366 y siguien­tes; Ser­ge: El año I de la Revo­lu­ción, Izquier­da Revo­lu­cio­na­ria, pp. 208 – 211.
  14. Lenin: Las tareas inme­dia­tas del poder sovié­ti­co, Obras esco­gi­das (tomo VIII), Pro­gre­so, Mos­cú, 1973, p. 46.
  15. Linhart: Léni­ne, les pay­sans Tay­lor, Seuil, 2010, pp. 135 – 148.
  16. Carr: The Bolshe­vik, volu­men 2, obra cita­da, pp. 107 – 117.
  17. Se for­ma­ron pri­mi­ti­va­men­te para pro­tes­tar con­tra la fir­ma de los Acuer­dos de Brest-Litovsk. Kowals­ki: Bolshe­vik Party in con­flict: the left com­mu­nist oppo­si­tion of 1918-11-23, Mac­mi­llan, 1991, pp. 60 – 82.
  18. Lenin: Acer­ca del infan­ti­lis­mo izquier­dis­ta y el espí­ri­tu peque­ño bur­gués, Obras com­ple­tas, obra cita­da (tomo XXVI), p. 89.
  19. Carr: The Bolshe­vik, volu­men 2, obra cita­da, p. 91. El terri­to­rio del exim­pe­rio zaris­ta per­día Fin­lan­dia, los tres paí­ses bál­ti­cos, Polo­nia, Ucra­nia y par­te de Bie­lo­rru­sia y de Arme­nia.
  20. Es decir, a par­tir del cho­que entre las pla­ta­for­mas de Trotsky-Buja­rin y de la opo­si­ción obre­ra, lide­ra­da por Shliáp­ni­kov y Kolon­tái.
  21. Nove: His­to­ria eco­nó­mi­ca, obra cita­da, p. 52.
  22. De 3,5 millo­nes, la can­ti­dad de obre­ros dis­mi­nu­yó a cer­ca de 2 millo­nes en 1918. En Petro­gra­do, el núme­ro de tra­ba­ja­do­res indus­tria­les cayó de 406 mil en enero de 1917 a 123 mil a media­dos de 1920. Sie­gel­baum: Depo­pu­la­tion of the cities (http://​soviethis​tory​.msu​.edu/​1​917 – 2/de­po­pu­la­tion-of-the-citie­s/).
  23. Trotsky: His­to­ire de la Révo­lu­tion Rus­se, volu­men I, Seuil, 1995, pp. 71 – 88; Carr: The Bolshe­vik, volu­men 2, obra cita­da, pp. 18 – 22.
  24. Trotsky: Ma vie, obra cita­da, p. 404.
  25. Marie: His­to­ire de la gue­rre civi­le, Tallan­dier, 2015, pp. 297 y siguien­tes; Figes: La Révo­lu­tion Rus­se, II, Galli­mard, 2007, pp. 1071 y siguien­tes.
  26. Marie: His­to­ire de la gue­rre civi­le, obra cita­da, pp. 209 – 230.
  27. Carr: «Los bol­che­vi­ques y los cam­pe­si­nos», De Napo­león a Sta­lin, Crí­ti­ca, 1983, pp. 94 – 100. Para Moshe Lewin, el arcaís­mo del cam­pe­si­na­do ruso había sido el ver­da­de­ro ven­ce­dor de la gue­rra civil (Lewin: La pay­san­ne­rie et le pou­voir sovié­ti­que, Mou­ton, 1966).
  28. Deu­ts­cher: Trotsky le prophè­te armé (vol I.2), Union Géné­ra­le d’Éditions, 1972, pp. 352 – 353.
  29. Aun­que «nadie pue­de decir cuál es este deter­mi­na­do nivel cul­tu­ral», pre­ci­só Lenin (Nues­tra revo­lu­ción, en el lugar cita­do).
  30. Nove: His­to­ria eco­nó­mi­ca, obra cita­da, p. 57. Esta es tam­bién la opi­nión de Cohen, el bió­gra­fo de Buja­rin (Buja­rin y la revo­lu­ción bol­che­vi­que, Siglo XXI, 1976, pp. 83 – 87).
  31. Esta es una de las pro­ble­má­ti­cas cen­tra­les de El Esta­do y la revo­lu­ción, en Obras com­ple­tas (tomo XXVII). La pro­ble­má­ti­ca es tam­bién amplia­men­te desa­rro­lla­da en el cita­do ¿Podrán los bol­che­vi­ques rete­ner el poder?, en Obras com­ple­tas (tomo XXVII).
  32. Engels: Anti-Düh­ring, Édi­tions Socia­les, 1967, p. 317.

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