Como nació «El Capi­tal» de Marx

La obra que, qui­zás más que nin­gu­na otra, ha con­tri­bui­do a cam­biar el mun­do en los últi­mos cien­to cin­cuen­ta años, tuvo una ges­ta­ción lar­ga y muy difí­cil. Marx comen­zó a escri­bir El Capi­tal sólo muchos años des­pués de comen­zar sus estu­dios de eco­no­mía polí­ti­ca. Si ya des­de 1844 había cri­ti­ca­do la pro­pie­dad pri­va­da y el tra­ba­jo alie­na­do de la socie­dad capi­ta­lis­ta, fue sólo des­pués del páni­co finan­cie­ro de 1857 –que comen­zó en Esta­dos Uni­dos y lue­go se exten­dió a Euro­pa – , cuan­do se sin­tió obli­ga­do a dejar a un lado su ince­san­te inves­ti­ga­ción y comen­zar a redac­tar lo que lla­ma­ba su «Eco­no­mía».

La cri­sis, los Grun­dris­se y la pobre­za

Con el ini­cio de la cri­sis, Marx anti­ci­pó el naci­mien­to de una nue­va fase de con­vul­sio­nes socia­les y con­si­de­ró que lo más urgen­te era pro­por­cio­nar al pro­le­ta­ria­do la crí­ti­ca del modo de pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, un requi­si­to pre­vio para supe­rar­lo. Así nacie­ron los Grun­dris­se, ocho grue­sos cua­der­nos en los que, entre otras cosas, exa­mi­nó las for­ma­cio­nes eco­nó­mi­cas pre­ca­pi­ta­lis­tas y des­cri­bió algu­nas carac­te­rís­ti­cas de la socie­dad comu­nis­ta, sub­ra­yan­do la impor­tan­cia de la liber­tad y el desa­rro­llo de los indi­vi­duos. El movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio que creía que sur­gi­ría a cau­sa de la cri­sis se que­dó en una ilu­sión, y Marx no publi­có sus manus­cri­tos, cons­cien­te de has­ta qué pun­to esta­ba toda­vía lejos del domi­nio total de los temas a los que se enfren­ta­ba. La úni­ca par­te publi­ca­da, des­pués de una pro­fun­da reela­bo­ra­ción del «Capí­tu­lo sobre el dine­ro», fue la Con­tri­bu­ción a la crí­ti­ca de la eco­no­mía polí­ti­ca, un tex­to dis­tri­bui­do en 1859 y que fue revi­sa­do por una sola per­so­na: Engels.

El pro­yec­to de Marx era divi­dir su obra en seis libros. Debe­rían haber­se dedi­ca­do a: el capi­tal, la pro­pie­dad de la tie­rra, el tra­ba­jo asa­la­ria­da, el esta­do, el comer­cio exte­rior y el mer­ca­do mun­dial. Sin embar­go, cuan­do en 1862, como resul­ta­do de la gue­rra de sece­sión esta­dou­ni­den­se, el New York Tri­bu­ne des­pi­dió a sus cola­bo­ra­do­res euro­peos, Marx –que había tra­ba­ja­do para el perió­di­co esta­dou­ni­den­se duran­te más de una déca­da– y su fami­lia vol­vie­ron a vivir en con­di­cio­nes de terri­ble pobre­za, las mis­mas que habían pade­ci­do duran­te los pri­me­ros años de su exi­lio en Lon­dres. Solo tenía la ayu­da de Engels, a quien escri­bía: «Todos los días mi espo­sa me dice que pre­fe­ri­ría yacer en la tum­ba con las chi­cas y, en ver­dad, no pue­do cul­par­la dadas las humi­lla­cio­nes y sufri­mien­tos que esta­mos pade­cien­do, real­men­te indes­crip­ti­bles». Su con­di­ción era tan deses­pe­ra­da que, en las sema­nas más negras, fal­ta­ba comi­da para las hijas y papel para escri­bir. Tam­bién bus­có empleo en una ofi­ci­na de los ferro­ca­rri­les ingle­sa. El pues­to, sin embar­go, le fue nega­do debi­do a su mala letra. Por lo tan­to, para hacer fren­te a la indi­gen­cia, la obra de Marx estu­vo suje­ta a gran­des retra­sos.

La expli­ca­ción de la plus­va­lía y el car­bun­co

Sin embar­go, en este perio­do, en un lar­go manus­cri­to titu­la­do Teo­rías sobre la plus­va­lía, lle­vó a cabo una pro­fun­da crí­ti­ca de la mane­ra en que todos los gran­des eco­no­mis­tas habían tra­ta­do erró­nea­men­te la plus­va­lía como ganan­cia o ren­ta. Para Marx, sin embar­go, era la for­ma espe­cí­fi­ca por la cual se mani­fies­ta la explo­ta­ción en el capi­ta­lis­mo. Los tra­ba­ja­do­res pasan par­te de su jor­na­da tra­ba­jan­do para el capi­ta­lis­ta de for­ma gra­tui­ta. Este últi­mo bus­ca de todas las for­mas posi­bles gene­rar plus­va­lía por medio del tra­ba­jo exce­den­te: «No bas­ta que el tra­ba­ja­dor pro­duz­ca en gene­ral, debe pro­du­cir plus­va­lía», es decir, ser­vir a la auto­va­lo­ra­ción del capi­tal. El robo de inclu­so unos pocos minu­tos de la comi­da o del des­can­so de cada tra­ba­ja­dor sig­ni­fi­ca trans­fe­rir una enor­me can­ti­dad de rique­za a los bol­si­llos de los patro­nes. El desa­rro­llo inte­lec­tual, el cum­pli­mien­to de las fun­cio­nes socia­les, y los días fes­ti­vos son para el capi­tal «puras y sim­ples frus­le­rías». «Après moi le délu­ge!» era tam­bién para Marx –aun­que al tra­tar la cues­tión eco­ló­gi­ca (que abor­dó como pocos auto­res de su épo­ca)– el lema de los capi­ta­lis­tas, aun­que pudie­ran, hipó­cri­ta­men­te, opo­ner­se a la legis­la­ción sobre las fábri­cas en nom­bre de la «liber­tad ple­na del tra­ba­jo». La reduc­ción de la jor­na­da de tra­ba­jo, jun­to con el aumen­to del valor de la fuer­za de tra­ba­jo, fue, por tan­to, el pri­mer terreno en el que tenía lugar la lucha de cla­ses.

En 1862, Marx eli­gió el títu­lo de su libro: El Capi­tal. Creía que podía comen­zar inme­dia­ta­men­te a redac­tar­lo de una for­ma defi­ni­ti­va, pero a las ya gra­ves vici­si­tu­des finan­cie­ras se suma­ron muy gra­ves pro­ble­mas de salud. De hecho, lo que su espo­sa Jenny des­cri­bió como «la terri­ble enfer­me­dad», con­tra la cual Marx ten­dría que luchar muchos años de su vida. Sufría de car­bun­co, una horri­ble infec­ción que se mani­fies­ta al ini­cio en varias par­tes del cuer­po con una serie de abs­ce­sos cutá­neos y una exten­sa y debi­li­tan­te foruncu­losis. Debi­do a una pápu­la pro­fun­da, segui­da por la apa­ri­ción de una red de vesí­cu­las ulce­ran­tes, Marx fue ope­ra­do y «su vida per­ma­ne­ció duran­te mucho tiem­po en peli­gro». Su fami­lia esta­ba más que nun­ca al bor­de del abis­mo.

El Moro (este era su apo­do), sin embar­go, se recu­pe­ró y, has­ta diciem­bre de 1865, se dedi­có a escri­bir lo que se con­ver­ti­ría en su autén­ti­ca obra mag­na. Ade­más, des­de el oto­ño de 1864, asis­tió asi­dua­men­te a las reunio­nes de la Aso­cia­ción Inter­na­cio­nal de Tra­ba­ja­do­res, para la que había escri­to duran­te ocho años los prin­ci­pa­les docu­men­tos polí­ti­cos. Estu­diar duran­te el día en la biblio­te­ca, para poner­se al corrien­te de los nue­vos des­cu­bri­mien­tos, y seguir tra­ba­jan­do en su manus­cri­to de la noche a la maña­na: esta fue la ago­ta­do­ra ruti­na a la que se some­tió Marx has­ta el ago­ta­mien­to de todas sus ener­gía y el ago­ta­mien­to de su cuer­po.

Un todo artís­ti­co

Aun­que había redu­ci­do su pro­yec­to ini­cial de seis libros a tres volú­me­nes sobre El Capi­tal, Marx no qui­so aban­do­nar su pro­pó­si­to de publi­car­los todos jun­tos. De hecho, le escri­bió a Engels: «No pue­do deci­dir de qué pres­cin­dir antes de que todo esté fren­te a mí, sean cua­les sean los defec­tos que pue­dan tener, este es el valor de mis libros: todos for­man un todo artís­ti­co, alcan­za­ble sólo gra­cias a mi sis­te­ma de no entre­gar­lo al impre­sor antes de tener­lo toda delan­te de mí». El dile­ma de Marx –«corre­gir una par­te del manus­cri­to y entre­gar­lo al edi­tor o ter­mi­nar de escri­bir todo pri­me­ro»– fue resuel­to por los acon­te­ci­mien­tos. Marx sufrió otro ata­que bes­tial de car­bun­clo, el más viru­len­to de todos, y su vida estu­vo en peli­gro. A Engels le con­tó que había «per­di­do la piel»; los médi­cos le dije­ron que las cau­sas de su recaí­da eran el exce­so de tra­ba­jo y las con­ti­nuas vigi­lias noc­tur­nas: «la enfer­me­dad vie­ne de la cabe­za». Como resul­ta­do de estos acon­te­ci­mien­tos, Marx deci­dió con­cen­trar­se úni­ca­men­te en el úni­co Libro 1, el rela­cio­na­do con el «Pro­ce­so de pro­duc­ción del capi­tal».

Sin embar­go, los forúncu­los siguie­ron ator­men­tán­do­lo, y duran­te sema­nas. Marx ni siquie­ra podía sen­tar­se. Inclu­so inten­tó ope­rar­se solo. Se pro­cu­ró una nava­ja muy afi­la­da y le dijo a Engels que había inten­ta­do extir­par­se aque­lla mal­di­ta cosa. Esta vez, la cul­mi­na­ción de su obra no se vio pos­ter­ga­da debi­do a la «teo­ría» sino por «razo­nes físi­cas y bur­gue­sas».

Cuan­do, en abril de 1867, el manus­cri­to fue final­men­te ter­mi­na­do, Marx le pidió a su ami­go de Man­ches­ter, que le había esta­do ayu­dan­do duran­te vein­te años, que le envia­ra dine­ro para poder recu­pe­rar «la ropa y el reloj que se encuen­tran en la casa de empe­ño». Marx había sobre­vi­vi­do con el míni­mo indis­pen­sa­ble y sin esos obje­tos no podía via­jar a Ale­ma­nia, don­de le espe­ra­ban para entre­gar el manus­cri­to a la impren­ta.

La correc­ción del borra­dor duró todo el verano y Engels le seña­ló que la expo­si­ción de la for­ma del valor era dema­sia­do abs­trac­ta y «se resen­tía de la per­se­cu­ción de los forúncu­los», Marx res­pon­dió, «espe­ro que la bur­gue­sía se acuer­de de mis forúncu­los has­ta el día de su muer­te».

El Capi­tal fue pues­to a la ven­ta el 11 de sep­tiem­bre de 1867. Un siglo y medio des­pués de su publi­ca­ción, figu­ra entre los libros más tra­du­ci­dos, ven­di­dos y dis­cu­ti­dos en la his­to­ria de la huma­ni­dad. Para aque­llos que quie­ren enten­der lo que real­men­te es el capi­ta­lis­mo, y por­que los tra­ba­ja­do­res deben luchar por una «for­ma supe­rior de socie­dad cuyo prin­ci­pio fun­da­men­tal sea el desa­rro­llo pleno y libre de cada indi­vi­duo», El Capi­tal es hoy más que nun­ca una lec­tu­ra sim­ple­men­te impres­cin­di­ble.

Mar­ce­llo Mus­to, pro­fe­sor de teo­ría socio­ló­gi­ca en la Uni­ver­si­dad de York, Toron­to, Cana­da

8 de sep­tiem­bre de 2017
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