Como apor­ta­ción al 8 de mar­zo publi­ca­mos el libro de entre­vis­tas a la femi­nis­ta Chris­ti­ne Delphy

La apor­ta­ción de Boltxe kolek­ti­boa al 8 de mar­zo de este año es la publi­ca­ción de un libro de entre­vis­tas a la femi­nis­ta fran­ce­sa Chris­ti­ne Delphy, Dis­cri­mi­na­ción encu­bier­ta por el igua­li­ta­ria­mo – Char­lan­do con Chris­ti­ne Delphy sobre las muje­res en el Esta­do fran­cés. Como avan­ce publi­ca­mos el pró­lo­go de dicho libro .

Pró­lo­go

Pre­sen­ta­mos en esta oca­sión una serie de entre­vis­tas con Chris­ti­ne Delphy, mili­tan­te y teó­ri­ca del femi­nis­mo, res­pon­sa­ble del comi­té de redac­ción de la revis­ta fran­co-sui­za Nou­ve­lles ques­tions fémi­nis­tes, fun­da­da en 1981 por un gru­po de mili­tan­tes entre las que se encon­tra­ban ella mis­ma y Simo­ne de Beau­voir. Tam­bién estu­vo entre las ini­cia­do­ras de la Fon­da­tion Coper­nic en 1988, y ha sido una de las pri­me­ras inves­ti­ga­do­ras euro­peas en seña­lar la cues­tión del tra­ba­jo domés­ti­co como una de las bases fun­da­men­ta­les de la opre­sión espe­cí­fi­ca de las muje­res, labor que sin­te­ti­zó en el pri­mer volu­men («Eco­no­mía polí­ti­ca del patriar­ca­do») de su libro El enemi­go principal .

El segun­do volu­men de El enemi­go prin­ci­pal («Pen­sar el géne­ro») pre­sen­ta un aná­li­sis mate­ria­lis­ta de la socie­dad, de las rela­cio­nes socia­les y polí­ti­cas, un aná­li­sis cla­ve para com­pren­der todas las opre­sio­nes, prin­ci­pal­men­te la de las muje­res, fun­da­men­tal para todo pro­yec­to de emancipación.
Del géne­ro habla­re­mos más ade­lan­te, ya que, si bien varias de las entre­vis­tas pre­sen­ta­das aquí se refie­ren a cues­tio­nes gene­ra­les, tam­bién hay otras cen­tra­das en casos con­cre­tos que en los últi­mos años han sus­ci­ta­do amplias polé­mi­cas en el esta­do fran­cés (la pari­dad, el velo y la isla­mo­fo­bia, la pros­ti­tu­ción, etcétera).

Asun­tos con­cre­tos, pero no menores

En el año 2000 se apro­bó la ley fran­ce­sa sobre la pari­dad, que esta­ble­cía un sis­te­ma de «cuo­tas» en las lis­tas elec­to­ra­les. Esa ley reci­bió vara­pa­los de todas par­tes; los libe­ra­les afir­ma­ban que iba en con­tra de los idea­les repu­bli­ca­nos y que, si se fija­ban cuo­tas para las muje­res, ¿por qué no esta­ble­cer­las asi­mis­mo para las cla­ses socia­les, los inmi­gran­tes o las mino­rías étni­cas?: eso abri­ría la puer­ta a lo que ellos deno­mi­nan «comu­ni­ta­ris­mo», del que tam­bién habla­re­mos más ade­lan­te. Chris­ti­ne Delphy opo­ne a las cuo­tas abs­trac­tas las medi­das de acción posi­ti­va para luchar con­tra las dis­cri­mi­na­cio­nes que pade­cen his­tó­ri­ca­men­te las muje­res (véa­se la entre­vis­ta «Pari­dad, pro­crea­ción, pros­ti­tu­ción, pañuelo»).

Ya que hemos cita­do el «pañue­lo», recor­de­mos que el par­la­men­to fran­cés apro­bó en mar­zo de 2004 una ley sobre lo que se deno­mi­nó «sig­nos reli­gio­sos osten­si­bles» y que, fun­da­men­tal­men­te, se diri­gía a prohi­bir el velo de las muje­res (el de las musul­ma­nas, que no el de las reli­gio­sas cató­li­cas); en efec­to, la ley auto­ri­za los «sig­nos meno­res», como las cru­ce­ci­tas que se cuel­gan del cue­llo, y prohí­be el velo islá­mi­co y las «cru­ces de dimen­sio­nes mani­fies­ta­men­te exce­si­vas», pero (como afir­ma Chris­ti­ne Delphy en «El femi­nis­mo debe ser mun­dial») los cató­li­cos no van arras­tran­do cru­ces por las calles, con lo que se prohí­be algo que exis­te (el velo de las muje­res musul­ma­nas) y se pre­ten­de ser equi­ta­ti­vo prohi­bien­do super­cru­ces inexis­ten­tes, inten­tan­do así maqui­llar la isla­mo­fo­bia de la ley.

En abril de 2011, una comi­sión fran­ce­sa de inves­ti­ga­ción sobre la pros­ti­tu­ción reco­men­dó la opción de mul­tar a los clien­tes (medi­da que se apli­ca en Sue­cia des­de 1999), y ello des­en­ca­de­nó una áspe­ra dis­cu­sión en todos los medios. Los con­tra­rios a esta nue­va polí­ti­ca la acu­sa­ban de mora­lis­ta y liber­ti­ci­da. En efec­to, es bien cono­ci­da la ten­den­cia a afir­mar que la pros­ti­tu­ción debe lega­li­zar­se por­que «es un tra­ba­jo como otro cual­quie­ra», y que, del mis­mo modo que todas las tra­ba­ja­do­ras ven­den su fuer­za de tra­ba­jo, quie­nes se dedi­can a la pros­ti­tu­ción deben ser libres de «ven­der su cuer­po». Ello es cier­to en abs­trac­to, pero cho­ca con la reali­dad: del mis­mo modo que quie­nes cri­ti­can las leyes de géne­ro por­que afir­man que no son nece­sa­rias en aras de la igual­dad, y que una mujer que mata a un hom­bre es igual que un hom­bre que mata a una mujer, olvi­dan que en estos casos el hom­bre homi­ci­da es la regla, mien­tras que la mujer homi­ci­da es una sim­ple anécdota.

Asi­mis­mo, en la pros­ti­tu­ción, el 99% de los clien­tes son hom­bres; y si admi­ti­mos que una mujer pue­da «ven­der su cuer­po» (o «alqui­lar­lo» u «ofre­cer­lo en régi­men de tiem­po com­par­ti­do») por cuen­ta pro­pia, aca­ba­re­mos admi­tien­do que pue­da hacer­lo tam­bién por cuen­ta aje­na, con lo que esta­re­mos acep­tan­do que el pro­xe­ne­tis­mo deje de ser deli­to (véa­se la entre­vis­ta «El femi­nis­mo retrocede»).

La entre­vis­ta titu­la­da «La igual­dad es la con­di­ción del don» alu­de a la tesis enun­cia­da en 1924 por el antro­pó­lo­go fran­cés Mar­cel Mauss cono­ci­da como «el para­dig­ma del don»: alguien da una cosa (el don) y reci­be otra a cam­bio (el con­tra-don); esta es una prác­ti­ca cono­ci­da en muchos tipos de socie­da­des de todos los con­ti­nen­tes, ana­li­za­da en su momen­to por antro­pó­lo­gos reco­no­ci­dos, como Boas y Mali­nows­ki, que Mauss con­si­de­ra una for­ma arcai­ca de con­tra­to, inde­pen­dien­te de las leyes del mer­ca­do. Chris­ti­ne Delphy se alza con­tra la con­cep­ción de que el don sea algo pro­pia­men­te feme­nino y deja cla­ro que un «don» solo pue­de prac­ti­car­se entre igua­les, pues cual­quier for­ma de domi­na­ción es incom­pa­ti­ble con ese don espontáneo.

Cuan­do «tole­ran­cia» sig­ni­fi­ca ocul­tar al «otro»

Cuan­do los opre­so­res que se pre­sen­tan como libe­ra­les afir­man que «hay que tole­rar a los otros», la pre­gun­ta que hay que hacer es: ¿quié­nes son «los otros»? Y la res­pues­ta es que «los otros» son sim­ple­men­te aque­llos que son lla­ma­dos así por quie­nes tie­nen el poder. Quie­nes pue­den deno­mi­nar a los demás son «los unos», los miem­bros de la cla­se domi­nan­te . Para que haya «otros» tie­ne que haber «unos»: para que haya un «dife­ren­te» tie­ne que haber un «refe­ren­te» (el «refe­ren­te» es el bur­gués y el «dife­ren­te», el tra­ba­ja­dor; el «refe­ren­te» es el hom­bre y el «dife­ren­te», la mujer; el «refe­ren­te» es el autóc­tono y el «dife­ren­te», el inmi­gran­te, y así suce­si­va­men­te). Esta ha sido una apor­ta­ción fun­da­men­tal del femi­nis­mo mar­xis­ta (véa­se la entre­vis­ta «La fabri­ca­ción del “otro” por par­te del poder»).

El dis­cur­so de la cla­se domi­nan­te no ha cam­bia­do; esta solo se ha vis­to obli­ga­da en cier­tos terre­nos a pasar de la repre­sión a la tole­ran­cia. El sig­ni­fi­ca­do de la famo­sa «tole­ran­cia» reapa­re­ció cla­ra­men­te no hace mucho en la fra­se que el mediá­ti­co filó­so­fo sio­nis­ta Alain Fin­kiel­kraut diri­gió a los homosexuales:

Faî­tes ce que vous vou­lez, mais de la dis­cré­tion, que diable !

Es decir: «estad con­ten­tos, por­que aho­ra ya no os mete­mos en la cár­cel, pero por­taos bien»; es la fra­se que los libe­ra­les pue­den lan­zar a cual­quier colec­ti­vo opri­mi­do: «se os tole­ra, pero disimulad».
Aquí apa­re­ce la acu­sa­ción de «comu­ni­ta­ris­mo», que en el esta­do espa­ñol se lla­ma «iden­ti­ta­ris­mo»): si alguien exhi­be su homo­se­xua­li­dad se le acu­sa de «replie­gue iden­ti­ta­rio»; si alguien exhi­be su hete­ro­se­xua­li­dad, es nor­mal: «deja­mos que los homo­se­xua­les hagan lo que quie­ran en su casa, pero que parez­can nor­ma­les en públi­co» (que no vayan de la mano, vamos); esto equi­va­le a «deja­mos que los musul­ma­nes pue­dan ir a la mez­qui­ta, pero que parez­can nor­ma­les en públi­co» (¡nada de velos!) .

El pro­ble­ma de la religión

Hay un razo­na­mien­to pri­ma­rio bas­tan­te exten­di­do: «De reli­gio­nes, ni hablar: ¡somos marxistas!».

Bien, si somos mar­xis­tas, recor­de­mos la céle­bre cita de Marx al respecto:

Das reli­giö­se Elend ist in einem der Aus­druck des wir­kli­chen Elen­des und in einem die Pro­tes­ta­tion gegen das wir­kli­che Elend. Die Reli­gion ist der Seuf­zer der bedräng­ten Krea­tur, das Gemüth einer herz­lo­sen Welt, wie sie der Geist geistlo­ser Zus­tän­de ist. Sie ist das Opium des Volks.

En efec­to, para la bedräng­ten Krea­tur (el opri­mi­do), la reli­gión es una dro­ga (das Opium) que le ayu­da a sopor­tar su situa­ción, pero ello no sig­ni­fi­ca de for­ma auto­má­ti­ca que sea algo que le lle­ve a acep­tar esa opre­sión (podría­mos hacer un para­le­lis­mo con la psi­quia­tría: si una per­so­na, que ya no sopor­ta las con­di­cio­nes de vida que el sis­te­ma le impo­ne, acu­de a un tera­peu­ta que le pres­cri­be unas pas­ti­llas, está cla­ro que debe saber que lo que hay que hacer es luchar para cam­biar esas con­di­cio­nes de vida inso­por­ta­bles, pero mien­tras tan­to no vamos a qui­tar­le sus anti­de­pre­si­vos). La mis­ma acti­tud que hay que man­te­ner ante los psi­co­fár­ma­cos y las dro­gas pue­de esgri­mir­se fren­te a la religión.

El islam sir­ve de refu­gio con­tra el racis­mo en el esta­do fran­cés, como ya lo fue en Esta­dos Uni­dos, don­de los afro­ame­ri­ca­nos empe­za­ron a crear orga­ni­za­cio­nes islá­mi­cas de resis­ten­cia anti­rra­cis­ta des­de 1930 (cabe recor­dar que inclu­so mili­tan­tes tan pre­pa­ra­dos como el pro­pio Mal­colm X pere­gri­na­ron a La Meca, con la espe­ran­za de haber encon­tra­do una reli­gión que no les hicie­ra «poner la otra mejilla»).

Pero inclu­so el cris­tia­nis­mo ha ser­vi­do de refu­gio en Áfri­ca y Amé­ri­ca Lati­na. En la Sudá­fri­ca del apartheid, los afri­ca­nos esgri­mían el men­sa­je evan­gé­li­co de igual­dad entre todo el géne­ro humano como res­pues­ta a la polí­ti­ca de segre­ga­ción. En la Nica­ra­gua de los Somo­za, Ernes­to Car­de­nal se diri­gía así deses­pe­ra­da­men­te al dios de los cristianos:

Libé­ra­nos Tú, ya que no nos pue­den libe­rar los partidos.

De hecho, no pocos mili­tan­tes han lle­ga­do al socia­lis­mo por que­rer ser con­se­cuen­tes con el men­sa­je igua­li­ta­rio pre­sen­te en muchas reli­gio­nes. Sal­tar de la cari­dad a la soli­da­ri­dad no es algo difí­cil de enten­der; Hél­der Câma­ra afirmó:

Quan­do dou comi­da aos pobres cha­mam-me de san­to. Quan­do per­gun­to por que eles são pobres cha­mam-me de comunista.

Las fac­cio­nes reli­gio­sas en la lucha de los pue­blos musul­ma­nes, que al prin­ci­pio inclu­so fue­ron pro­pi­cia­das por el impe­ria­lis­mo para con­tra­rres­tar la fuer­za de las orga­ni­za­cio­nes socia­lis­tas , cobra­ron gran fuer­za tras la des­apa­ri­ción de la URSS. No es difí­cil ima­gi­nar la razón: si el «socia­lis­mo real» apa­re­cía tan frá­gil, muchos mili­tan­tes deci­die­ron inte­grar­se en gru­pos de ins­pi­ra­ción islá­mi­ca, pues «solo Alá no les trai­cio­na­ría». Es así como en todo el mun­do musul­mán, de Marrue­cos a Indo­ne­sia pasan­do por Pales­ti­na, los gru­pos isla­mis­tas han arre­ba­ta­do a las orga­ni­za­cio­nes socia­lis­tas y comu­nis­tas la ban­de­ra del anti­im­pe­ria­lis­mo en estos últi­mos años.

Está cla­ro que los mar­xis­tas no vamos a «con­ver­tir­nos», pero tam­po­co vamos a des­pre­ciar a la bedräng­ten Krea­tur que bus­ca deses­pe­ra­da­men­te libe­rar­se de la opre­sión. Nin­gu­na con­ci­lia­ción con las reli­gio­nes, pero res­pe­to a los y las tra­ba­ja­do­ras cre­yen­tes, pues la mane­ra de ale­jar­las de la supers­ti­ción es el deba­te de ideas, no la posi­ción pre­po­ten­te que les obli­gue a comer cer­do o les arran­que el velo, como quie­ren hacer los legis­la­do­res bur­gue­ses del esta­do fran­cés, jalea­dos por la pren­sa pre­ten­di­da­men­te libe­ral de toda la Unión Euro­pea (véa­se la entre­vis­ta «La isla­mo­fo­bia a la francesa»).

El obje­ti­vo de pre­sen­tar a los inmi­gran­tes como faná­ti­cos reli­gio­sos, sexis­tas y homó­fo­bos es soca­var la nece­sa­ria soli­da­ri­dad entre los tra­ba­ja­do­res de todos los orí­ge­nes. Eso no sig­ni­fi­ca que entre esos inmi­gran­tes (y tam­bién entre los tra­ba­ja­do­res autóc­to­nos) haya faná­ti­cos reli­gio­sos, sexis­tas y homó­fo­bos, pero tam­po­co que haya que dejar de luchar con­tra todo tipo de discriminación.

Sepa­rar a los tra­ba­ja­do­res inmi­gran­tes de los autóc­to­nos favo­re­ce un racis­mo sin mala con­cien­cia («no es por­que sean negros, es por­que son faná­ti­cos sexis­tas y homó­fo­bos»), y tam­bién favo­re­ce el sexis­mo, pues cues­tio­nes como las del velo de las muje­res inmi­gran­tes («noso­tros no somos sexis­tas, los sexis­tas son ellos») hacen olvi­dar las del cul­to al cuer­po y la ciru­gía esté­ti­ca de las muje­res autóc­to­nas (véa­se la entre­vis­ta «Del velo a la prostitución»).

La tram­pa del cosmopolitismo

El cos­mo­po­li­tis­mo habi­ta un mun­do ideal, sin con­tra­dic­cio­nes de cla­se; inclu­so ha habi­do seu­do­mar­xis­tas que lo han esgri­mi­do como ban­de­ra con­tra lo que des­pre­cia­ban como par­ti­cu­la­ris­mos (fue­ran esos «par­ti­cu­la­ris­mos» la lucha femi­nis­ta o los movi­mien­tos de libe­ra­ción nacio­nal, por ejem­plo), pero los «par­ti­cu­la­ris­mos» son tena­ces, por­que res­pon­den a una opre­sión concreta.

A fina­les del siglo XIX hubo un deba­te en el impe­rio zaris­ta entre el pro­le­ta­ria­do de ori­gen judío sobre si debían incor­po­rar­se a los otros gru­pos obre­ros o si debían crear una orga­ni­za­ción pro­pia. Algu­nos inte­gra­ron los par­ti­dos socia­lis­tas, pero otros crea­ron la Fede­ra­ción Gene­ral de Tra­ba­ja­do­res Judíos de Litua­nia, Polo­nia y Rusia (cono­ci­da como Bund, pala­bra que en yidis sig­ni­fi­ca «fede­ra­ción»). Los pri­me­ros acu­sa­ron a los segun­dos de des­via­cio­nes «par­ti­cu­la­ris­tas» y, para hacer­les ver que vivían en un mun­do glo­ba­li­za­do (¡ya enton­ces!), les reci­ta­ban la típi­ca leta­nía de que «tu cha­que­ta es de lana de ove­jas ingle­sas, ha sido teji­da en fábri­cas fla­men­cas, los boto­nes son aus­tria­cos…», a lo que los mili­tan­tes del Bund res­pon­dían: «sí, ¡y el des­ga­rrón del codo vie­ne del pogro­mo de Kiev!».

Exac­to, es la agre­sión la que pro­vo­ca la res­pues­ta, y es por­que hay diver­sos tipos de opre­sión por lo que el uni­ver­sa­lis­mo solo es una uto­pía: como afir­ma Chris­ti­ne Delphy, el uni­ver­sa­lis­mo es impo­si­ble mien­tras exis­ta la opre­sión y la socie­dad divi­di­da en clases.

Sexo y género

Hay quie­nes se sor­pren­den de que aho­ra se uti­li­ce el tér­mino «géne­ro» don­de has­ta hace no muchos años se habla­ba de «sexo». Algu­nos inclu­so se ima­gi­na­ron que era una copia ser­vil del inglés, pues esta acep­ción del tér­mino «géne­ro» fue acu­ña­da en 1955 en Esta­dos Uni­dos por un sexó­lo­go neo­ze­lan­dés. Pero el sig­ni­fi­ca­do dis­tin­to de ambos tér­mi­nos está bien cla­ro: el sexo es mera­men­te bio­ló­gi­co, y la divi­sión entre sexos se limi­ta a unas dife­ren­cias físi­cas. Una mujer pue­de tener hijos; un hom­bre, no: esta es una dife­ren­cia por razón de «sexo». En cam­bio, que las muje­res lle­ven fal­das, o relo­jes peque­ños, o se maqui­llen, y que los hom­bres lle­ven pan­ta­lo­nes, o relo­jes gran­des, o no se maqui­llen, no tie­ne nada que ver con el «sexo», estas son dife­ren­cias cul­tu­ra­les cons­trui­das his­tó­ri­ca­men­te: dife­ren­cias por razón de «géne­ro». Y la más impor­tan­te de ellas es la que hace que sean las muje­res, y no los hom­bres, quie­nes sopor­tan la car­ga del tra­ba­jo domés­ti­co, que acos­tum­bra a repre­sen­tar bas­tan­te más de cua­ren­ta horas sema­na­les de una labor que, ade­más, no está remunerada.

Así, a par­tir de la reali­dad bio­ló­gi­ca (solo las muje­res pue­den pro­crear), el sis­te­ma patriar­cal ha ido tejien­do des­de tiem­pos inme­mo­ria­les todo un repar­to estruc­tu­ra­do de pape­les, que se arti­cu­la en una serie de silo­gis­mos enca­de­na­dos: si las muje­res pue­den tener hijos, deben encar­gar­se de ellos, deben ocu­par­se del hogar, deben cui­dar a los hom­bres, deben ser obe­dien­tes y sumi­sas, etcé­te­ra. ¡Pero abso­lu­ta­men­te nada de todo esto se deri­va del mero hecho bio­ló­gi­co de que las muje­res pue­dan tener hijos!: todo es una cons­truc­ción cul­tu­ral des­ti­na­da a per­pe­tuar la opre­sión social. Y la mejor mane­ra de man­te­ner esa opre­sión es que la cons­truc­ción cul­tu­ral apa­rez­ca como un hecho natural.

¡Ojo con quien vie­ne en nom­bre del pro­gre­so y de la humanidad!

Se dice que Manon Roland, revo­lu­cio­na­ria fran­ce­sa líder del par­ti­do de los giron­di­nos, excla­mó cuan­do se vio fren­te a la gui­llo­ti­na: «Ô Liber­té, que de cri­mes on com­met en ton nom!» . En la actua­li­dad, los crí­me­nes se come­ten en nom­bre de la huma­ni­dad. El lla­ma­do «dere­cho a la inje­ren­cia huma­ni­ta­ria» es la deno­mi­na­ción actua­li­za­da de aque­llo que para los colo­nia­lis­tas de hace cien años era «la misión civi­li­za­do­ra del Hom­bre Blanco».

Chris­ti­ne Delphy ha ana­li­za­do estas hipo­cre­sías neo­co­lo­nia­les, sobre todo cuan­do los impe­ria­lis­tas de Esta­dos Uni­dos pre­ten­dían hacer creer al mun­do que la últi­ma gue­rra de Afga­nis­tán era una espe­cie de «lucha de libe­ra­ción de la mujer», y nos recuer­da que las muje­res de Afga­nis­tán nun­ca fue­ron más libres que cuan­do, en los años seten­ta y ochen­ta, el gobierno comu­nis­ta obli­ga­ba a las fami­lias a lle­var a las niñas a la escue­la . Y enton­ces la Casa Blan­ca se dedi­có a armar a la rebe­lión de los muyahi­di­nes, que que­rían vol­ver a la sha­ria, y ese apo­yo hizo que las muje­res afga­nas vol­vie­ran a la reclu­sión en casa, a las vio­la­cio­nes puni­ti­vas, a los matri­mo­nios for­za­dos y a las agre­sio­nes si que­rían estu­diar. Y a los diri­gen­tes de Esta­dos Uni­dos no les qui­tó el sue­ño la suer­te de las muje­res de Afga­nis­tán… has­ta el 11 de sep­tiem­bre de 2001, cuan­do des­cu­brie­ron «casual­men­te» la infa­mia del bur­qa obligatorio.

Los impe­ria­lis­tas son cons­cien­tes de que ya no pue­den decir que hacen la gue­rra para «lle­var la civi­li­za­ción a los sal­va­jes»; así, gra­cias a una pirue­ta ter­mi­no­ló­gi­ca, aho­ra se tra­ta de «libe­rar­los». Para ello con­ta­rán con la com­pli­ci­dad de los social­de­mó­cra­tas de todo pela­je, que serán los pri­me­ros en jalear­los (a no ser que inclu­so se les ade­lan­ten, pidien­do, en nom­bre del «pro­gre­so» y la «liber­tad», ¿cómo no?, «inter­ven­cio­nes huma­ni­ta­rias» aquí y allá).

Lo gra­ve es que hay tra­ba­ja­do­ras y tra­ba­ja­do­res que no se atre­ven a enfren­tar­se a ese «huma­ni­ta­ris­mo béli­co». Está cla­ro que no vamos a defen­der a Milo­se­vic, a los tali­bán o a Sadam Husein, pero lo últi­mo que nece­si­ta­ban los pue­blos de Yugos­la­via, de Afga­nis­tán o de Irak era una agre­sión impe­ria­lis­ta. Chris­ti­ne Delphy hizo un para­le­lis­mo cla­ro: el dere­cho al voto de las muje­res es algo fun­da­men­tal, pero jamás esta­re­mos a favor de bom­bar­dear a los paí­ses que aún no lo reco­no­cen. Sabe­mos que la liber­tad se con­quis­ta, y para ello todos los opri­mi­dos del mun­do tie­nen que desa­rro­llar diver­sas for­mas de lucha, pero lo que hay que tener cla­ro es que las bom­bas inte­li­gen­tes lan­za­das sobre obje­ti­vos civi­les des­de los avio­nes invi­si­bles de las gran­des poten­cias nun­ca han traí­do la liber­tad a nadie.

Oiga­mos aho­ra lo que dice Chris­ti­ne Delphy, sabien­do que encon­tra­re­mos ideas hete­ro­do­xas, polé­mi­cas y tal vez cho­can­tes, que nos lle­va­rán a refle­xio­nar. Pero sien­do cons­cien­tes tam­bién de que sus pala­bras nos acom­pa­ñan en la lucha por un mun­do soli­da­rio de muje­res y hom­bres libres e iguales.

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