Aria­na, Argen­ti­na, Eus­kal Herria…- Mai­té Campillo

Aria­na

For­mó par­te del impe­rio per­sa Aque­mé­ni­da en la anti­güe­dad, hoy actual Afganistán.

Las mon­ta­ñas de Aria­na, de la pro­vin­cia de Pak­tia, son de una belle­za indes­crip­ti­ble, de luz tan real como los bos­ques que afor­tu­na­da­men­te aún que­dan en el Ama­zo­nas. Es en éste entorno don­de ubi­co mi pobla­do, aldea de casas de ado­be, algu­nas de made­ra, don­de han vivi­do hom­bres, muje­res, niños y demás seres jun­to a los recur­sos natu­ra­les que la natu­ra­le­za les iba ofre­cien­do, des­de que Afga­nis­tán, se lla­ma­ra Aria­na. Allí vivía Aisha y Nadir con sus tres [email protected] aje­nos al sinies­tro “tra­jín” del impe­rio en su país; aje­nos inclu­so a las leyes que los Tali­ba­nes impo­nen a la fuer­za allá don­de cam­pan. Aisha y Nadir, como el res­to del pobla­do tenían sus pro­pias leyes que se fun­da­men­ta­ban en el res­pe­to, la con­vi­ven­cia, amis­tad y, el tra­ba­jo comu­ni­ta­rio. Sí hay para todos, bien y, si no hay, no hay para nadie. Así se orga­ni­za­ban, así lo hicie­ron siem­pre. Tras las mon­ta­ñas nada exis­tía, ellos nun­ca habían esta­do mas allá, lo que tenían lo con­si­de­ra­ban sufi­cien­te, se sen­tían satis­fe­chos de su entorno. Aisha dis­fru­ta­ba de sus [email protected], que entre soles y lunas vio cre­cer en ese entorno libre que muchos huma­nos ya des­co­no­ce­mos. Ama­ba a su com­pa­ñe­ro y valo­ra­ba tan­to como a ella mis­ma, la res­pe­ta­ba y que­ría sobre el cla­ro de la luna don­de la con­ta­ba his­to­rias y can­ta­ba ver­sos de sus ante­pa­sa­dos, de los mejo­res poe­tas que han habi­ta­do éstas tie­rras como Al-Nafis y Al-Jaza­ri… Aisha reía y los niños can­ta­ban jun­to a ellos bajo el con­ta­gio de la vida en su expre­sión natu­ral. Can­tar es sacar la feli­ci­dad que uno sien­te den­tro, com­par­tir­la con los demás, dis­fru­tar al mis­mo tiem­po. Un rui­do ensor­de­ce­dor, reven­tó la maña­na, sobre­sal­tan­do los sen­si­bles oídos de los habi­tan­tes de Ariana.

Entre las mon­ta­ñas apa­re­cie­ron unos heli­cóp­te­ros tan negros como una noche sin luna ni estre­llas. Ate­rri­za­ron en medio del pobla­do y de él salie­ron, como ratas en bus­ca de la pre­sa varios sol­da­dos ata­via­dos de todo tipo de armas dan­do ala­ri­dos; los niñ@s empe­za­ron a llo­rar, asus­tar­se del mons­truo que les gri­ta­ba, insul­ta­ba, des­pre­cia­ba y corrían sin alien­to a refu­giar­se en sus hoga­res. Pero el mons­truo entró casa por casa dis­pa­ran­do como “demo­nios” veni­dos de lo mas tris­te de la tie­rra. Vio­la­ron a las muje­res y niñas, mata­ron, des­cuar­ti­za­ron e incen­dia­ron; una orgía para ellos, un fes­tín para car­gar pilas y seguir des­tru­yen­do más hoga­res. En ese momen­to, Aisha y su fami­lia deja­ron de exis­tir como tal, por­que en ese momen­to, jus­to en ese momen­to, Aria­na pasó a lla­mar­se Afga­nis­tán y, el pobla­do de Pak­tia, allá en esas her­mo­sas mon­ta­ñas des­apa­re­ció para siempre.

Argen­ti­na

“Las madras­tras o las ceni­cien­tas de los cuen­tos de los her­ma­nos Grimm no alcan­zan para ima­gi­nar lo que suce­dió en Bue­nos Aires a par­tir de la noche del 14 de mar­zo de 1977. Des­pués de un ope­ra­ti­vo, la poli­cía depo­si­tó a tres niños en una casa de huér­fa­nos de Ban­fi­eld en la que cono­cie­ron duran­te sie­te lar­guí­si­mos años el soca­vón del infierno del que toda­vía, en oca­sio­nes, no ter­mi­nan de enten­der si de ver­dad han sali­do algu­na vez”.

Una noche de mar­zo de 1977, lle­ga­ron oscu­ros mili­ta­res tiñen­do la noche, a una casi­ta don­de dos niños y su her­ma­ni­ta la niña María Ramí­rez, que­da­ron des­arrai­ga­dos de sus feli­ces vidas al lado de sus papas que los cui­da­ban y ado­ra­ban. A la mami la des­apa­re­cie­ron para siem­pre, y a su papá le tenían pre­so a fuer­za de elec­tro­nes, gol­pes y humi­lla­cio­nes. Los oscu­ros per­so­na­jes lle­va­ron a la her­mo­sa niña María y a sus her­ma­ni­tos a una muy fea, que lla­ma­ban “casa de aco­gi­da”, pero esa era una tram­pa, una gran men­ti­ra para enga­ñar y reír­se de los niños que en el fon­do odia­ban, no era una casa para aco­ger a niños y que­rer­los, eran muros don­de se cobi­ja­ba la tor­tu­ra, una casa que encar­na­ba den­tro de ella los horro­res mas maca­bros, mas peno­sos e indig­nos para los niños, para cual­quier ser humano. María, lo des­cri­bió así:

“En la madru­ga­da del 14 de mar­zo de 1977 fue el últi­mo abra­zo de mi madre cuan­do está­ba­mos rodea­dos de mili­ta­res y las balas entra­ban por todas par­tes. Era terro­rí­fi­co el ope­ra­ti­vo, las balas no ter­mi­na­ban de tirar­nos. Yo tenía 4 años; Car­los, 5 y Mariano, 2. ¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué tuvi­mos que salir por la ven­ta­na de atrás? ¿Por qué vos no? Antes de sal­tar afue­ra, nos abra­zas­te fuer­te y lar­go. No era un abra­zo común: era un abra­zo de ¡des­pe­di­da! Me recuer­do de tus últi­mas pala­bras: ‘María te quie­ro’, e igual a mis dos her­ma­nos. Y tam­bién la pro­me­sa que te hici­mos de cui­dar­nos uno al otro”.

Tenían 2, 4 y 5 años de edad cuan­do mira­ban el ope­ra­ti­vo en el que un gru­po de ase­si­nos, mili­ta­res, secues­tró a su mamá. La poli­cía los aban­do­nó en el Casa Belén, que depen­día de una parro­quia de Ban­fi­eld, y sus nom­bres entra­ron en un expe­dien­te en el que la jue­za de Lomas de Zamo­ra Mar­ta Pons se negó a devol­ver­los cuan­do una tía los recla­mó, por­que su padre esta­ba en la cár­cel. La jue­za rom­pió los pape­les con sus nom­bres públi­ca­men­te, sin el más míni­mo pudor… Para acer­car­nos un tan­ti­to cuan­to menos al dolor de su des­ga­rro, hay que saber que María estu­vo des­de los cua­tro has­ta los once años ence­rra­da en ese “Hogar” de tor­tu­ra sinies­tro. Que, de noche, la casa cono­ció esce­nas simi­la­res a las de un cen­tro mili­tar clan­des­tino. O que ella tenía que ente­rrar las mone­das que alguno de los mili­ta­res, asi­duos con­cu­rren­tes, le entre­ga­ban cuan­do empe­za­ron a abu­sar de ella, al igual que a sus dos her­ma­ni­tos. Que cuan­do se subió a un avión en 1983 con des­tino a Sue­cia, con su papá, toda­vía no sabía leer o escri­bir; que enmu­de­cía por espas­mos, que no comía y que un día, muchos años des­pués, entre inten­tos de qui­tar­se la vida, tomó cla­ses de pin­tu­ra y los pro­fe­so­res corrie­ron por el espan­to de lo que empe­za­ron a ver en sus cuadros:

“Vivía­mos en dis­tin­tas par­tes, clan­des­ti­nos. Pasa­mos por dis­tin­tas casas. Dos años des­pués, cuan­do nos secues­tra­ron, está­ba­mos vivien­do en Quil­mes. Esa noche vino toda la tro­pa, no que­dó casi nada, me acuer­do cómo entra­ban las balas o del perri­to que se escon­de atrás de la con­ge­la­do­ra. No sé cuán­ta gen­te había, pero me acuer­do que noso­tros sali­mos por la ven­ta­na con la ayu­da de nues­tra madre.

Des­pués “caí­mos en las manos de la jue­za Pons, que cons­cien­te­men­te nos hizo des­apa­re­cer ponién­do­nos como NN. Cuan­do lle­ga­mos a la Casa Belén nos bau­ti­za­ron de nue­vo y nos cam­bia­ron el ape­lli­do a Maciel. Reci­bi­mos el ape­lli­do del mili­tar del hogar. Los nue­vos padres nos exi­gían decir­les: ‘mamá’ y ‘papá’. Era algo impo­si­ble. Pero cuan­do yo no aguan­ta­ba más los gol­pes, me entre­gué a lla­mar­los así: ‘mamá’ y ‘papá’ a Manuel y Dominga.

Mi nue­vo padrino me lle­va­ba a su tra­ba­jo que eran cen­tros clan­des­ti­nos don­de las pare­des tenían más san­gre que pin­tu­ra. En una oca­sión no me deja­ron entrar por­que aden­tro había gen­te ‘tra­ba­jan­do’. Podía escu­char la músi­ca muy fuer­te, las ven­ta­nas esta­ban cerra­das. Pero mien­tras espe­ra­ba a mi padrino podía dife­ren­ciar que en el fon­do de la músi­ca había gri­tos de per­so­nas. Gri­tos de dolor. Ese hogar era un infierno, era una cár­cel para niños. Ahí estu­vi­mos casi ¡sie­te años! Era­mos ocho NN. ¡Yo me sen­tía ente­rra­da viva! Por­que el tra­to era inhu­mano, había fal­ta de cari­ño y vida … te pegan y te hacen comer con los perros.

¿De dón­de venía ese odio?

Has­ta que enten­dés que es por tus padres, para que no sal­gas como ellos. Esa era la razón…

Enten­dí que me esta­ban enga­ñan­do y no que­ría creer lo que me decían. Ese, al final, fue mi secreto:

me dije que nun­ca iba a decir­les que tenía a mi mamá en la memo­ria… A veces en la sole­dad, uno pue­de hablar con alguien y yo pen­sa­ba que con ella, de esa mane­ra, podía com­par­tir mucho, por­que tam­bién esta­ba prohi­bi­do hablar entre noso­tros. Había que vivir en silen­cio. Nadie te pre­gun­ta cómo esta­bas, sola­men­te eran órde­nes. Des­de afue­ra se veía todo per­fec­to, pero aden­tro era un infierno total…

Era muy cla­ra la idea que tenían de cómo rom­per con el inte­rior de cada per­so­na, por­que noso­tros éra­mos basu­ra para ellos:

a mí me pega­ban para que les dije­ra mamá y papá y al comien­zo no que­ría por­que la seño­ra esa era una bruja…

Yo tenía cua­tro años. Mi mamá era algo her­mo­so, cari­ño­sa y ésta era total­men­te dis­tin­ta; Manuel, su espo­so, era un mili­co, tra­ba­ja­ba de noche y tenía su ropa militar…

La casa era una base ope­ra­ti­va duran­te la noche y de día venían siem­pre los mili­ta­res, tenían reunio­nes en el come­dor. Las noches eran momen­tos terro­rí­fi­cos. Hoy mis­mo toda­vía me cues­ta dor­mir por todo eso. Ellos tenían sus reunio­nes y des­pués pasa­ban por el dor­mi­to­rio de las niñas: yo no podía dor­mir por los abu­sos sexua­les y por el mie­do de que nos sepa­ren a los tres.

Los abu­sos empe­za­ron a los sie­te años, el hijo de Manuel tocó a todos los chi­cos, a mis her­ma­nos y a mí. Tam­bién venían los com­pa­ñe­ros de Manuel y abu­sa­ban. Cuan­do se iban me deja­ban una moneda.

La vuel­ta a la casa tam­bién fue una medi­ci­na bas­tan­te fuer­te. La he vivi­do, ten­go los veci­nos, he abier­to algo social, y esa fue la pri­me­ra vez que hablé. Y “el Bar­ba” y otros se sor­pren­die­ron por­que nun­ca me escu­cha­ron hablar. Y ahí me deci­dí y hablé por­que, como varias veces me pusie­ron un arma y me dije­ron: “Si hablás algu­na vez, click: te vamos a matar”. Me ponían el arma en la cabe­za para demos­trar­me que era ver­dad, pero ya atra­ve­sé un poco ese miedo.

Eus­kal Herria

Amaia: «Me detu­vie­ron el 29 de octu­bre, a las tres de la maña­na. En el momen­to de la deten­ción mis padres se encon­tra­ban en casa. Gol­pea­ron la puer­ta, mien­tras gri­ta­ban que era la Guar­dia Civil y que abrié­se­mos la puer­ta. Me puse muy ner­vio­sa y me entró el páni­co, así que fui corrien­do a la habi­ta­ción de mis padres bus­can­do resguardo.

Fue mi madre quien abrió la puer­ta, y nada más hacer­lo entra­ron en casa muchos agen­tes de la Guar­dia Civil en tro­pel, con las armas en las manos, apun­tan­do hacia todas par­tes y pre­gun­tan­do por mí. En aquel momen­to me di cuen­ta que no había esca­pa­to­ria y se me cayó el mun­do a los pies… me pre­sen­té ante ellos y les dije que yo era Amaia.

Me lle­va­ron a la puer­ta y me colo­ca­ron unas espo­sas de metal a la espal­da. Antes de lle­gar al por­tal me orde­na­ron bajar la cabe­za y mien­tras me decían que ni se me ocu­rrie­se mirar, me deja­ron en manos de otros dos hom­bres. Me aga­rra­ron de los bra­zos, me dije­ron “aho­ra calla­di­ta” y me saca­ron del por­tal y me metie­ron en un coche oscu­ro. Oí los gri­tos de mi madre dán­do­me áni­mos, esta­ba ate­rro­ri­za­da, me encon­tra­ba en sus manos y no podía hacer nada para salir de aque­lla situa­ción. No podía creer que fue­se cier­to, aque­llo tenía que ser una pesadilla…

El que duran­te el tra­yec­to me fue hablan­do me dijo “ya hemos lle­ga­do puta, y no nos has dicho nada”, mien­tras me deja­ba en manos de otros guar­dias civi­les. Estos, entre ellos había una mujer, me lle­va­ron aun baño que esta­ba bajan­do unas esca­le­ras; me dije­ron que me qui­ta­se la ropa y me orde­na­ron poner­me bajo una ducha que allí había. Me moja­ron ente­ra con agua fría, des­pués me devol­vie­ron el tan­ga y el suje­ta­dor mien­tras me orde­na­ban que me los pusie­ra. Me qui­ta­ron los pen­dien­tes, las pul­se­ras, los anillos…

Al cabo de unos diez minu­tos de que me hubie­ran meti­do en el cala­bo­zo, gol­pea­ron en dos oca­sio­nes en la puer­ta, e hice lo que ellos me habían orde­na­do; me puse de espal­da a la puer­ta con­tra la pared, me tem­bla­ba todo el cuer­po del mie­do que tenía. Nada más se abrió la puer­ta oía la voz del guar­dia civil que había ido en el coche has­ta Madrid, dicién­do­le a otro, al que lla­mó Gar­men­dia, que hicie­se lo que tenía que hacer. Se tiró sobre mí, me echó a la cama y me aga­rro muy fuer­te de los bra­zos. Empe­cé a gri­tar que me deja­se y ellos me gri­ta­ban “¡cálla­te puta!”. Enton­ces les vi, esta­ban enca­pu­cha­dos y el que había ido en el coche tenía baja­dos los pan­ta­lo­nes y los cal­zon­ci­llos, y venía hacia mí mien­tras me decía entre risas “nos vamos a follar a la novia del jefe”. Se tiró sobre mí mien­tras res­tre­ga­ba su cuer­po con­tra el mío… La puer­ta del cala­bo­zo esta­ba abier­ta y allí había no sé cuan­tos guar­dias civi­les más que gri­ta­ban, entre car­ca­ja­das, que ellos serían los siguien­tes. Yo les gri­ta­ba, esta­ba llo­ran­do, pero les daba igual. El que esta­ba sobre mí, me soba­ba todo el cuer­po con sus manos y cada vez se apre­ta­ba con mas fuer­za con­tra mi entre­pier­na mien­tras me gri­ta­ba. Los que esta­ban en la puer­ta esta­ban pidien­do su turno y entre risas me decían “te va a follar has­ta la tía que está aquí con noso­tros”… Cuan­do se fue­ron tenía todo el cuer­po com­ple­ta­men­te dolo­ri­do, me sen­tía ya sin fuer­zas y esta­ba llo­ran­do sin parar, esta­ba com­ple­ta­men­te moja­da y tira­da en una esqui­na tapa­da con una manta.

No sé el tiem­po que trans­cu­rrió has­ta que de nue­vo gol­pea­ron la puer­ta del cala­bo­zo; esta­ba tem­blan­do, no tenía ni fuer­zas para levan­tar­me y empe­za­ron a gri­tar­me “¡Leván­ta­te zorra que aho­ra es la bue­na, pon­te en tu posi­ción!”. Cuan­do hice lo que me orde­na­ron se abrió la puer­ta y, entre risas, me cubrie­ron los ojos. Me saca­ron del cala­bo­zo, espo­sa­da y con la cabe­za aga­cha­da. Baja­mos unas esca­le­ras, subimos más esca­le­ras, dimos vuel­tas hacia un lado, al otro y me metie­ron en una habi­ta­ción, ponién­do­me en una esqui­na con­tra la pared. Me empe­zó a hablar un hom­bre cuya voz no había oído has­ta aquel momen­to. Me dijo que ya sabía que has­ta aquel momen­to no había dicho nada intere­san­te y que a par­tir de aquel momen­to comen­za­ba el infierno para mí; que tenía dos opcio­nes y que al pare­cer había acep­ta­do la más dura, que todo lo que me harían a par­tir de aquel momen­to sería cul­pa mía… mien­tras me pre­gun­ta­ba si que­ría cam­biar de idea. Yo no podía dejar de llo­rar y le dije que no sabía nada, que no sabía por­qué moti­vo me habían dete­ni­do. Enton­ces aquel hom­bre me dijo “tú has ele­gi­do” y dicién­do­me que se iba y me deja­ba en manos de sus hom­bres, que a ver si cuan­do vol­vie­se ten­dría valor para seguir dicien­do lo mis­mo. Acto segui­do otro me aga­rró del bra­zo y sacán­do­me de allí me lle­vó a otra habi­ta­ción. Esta habi­ta­ción era toda de bal­do­sas. Cuan­do me metie­ron allí me qui­ta­ron el anti­faz y pude ver que había cin­co hom­bres, todos enca­pu­cha­dos. La luz que había era blan­ca y me pro­du­cía dolor.

Me sen­ta­ron en una silla y me ense­ña­ron un paque­te de bol­sas de basu­ra, mien­tras me pre­gun­ta­ban si sabía para qué eran. Les dije que sí, y me obli­ga­ron a expli­car­les para qué las uti­li­za­ban. Esta­ban ven­ga reír­se has­ta que uno de ellos gol­peó la silla con la mano. Me dije­ron que había per­di­do toda opor­tu­ni­dad y que de allí en ade­lan­te cono­ce­ría lo que ellos lla­man tor­tu­ra. Me gri­ta­ban los nom­bres de ami­gos y cono­ci­dos y que­rían que les dije­se de qué les cono­cía y en qué tra­ba­ja­ban. Les decía que a muchos les cono­cía pero que no tenían nin­gu­na rela­ción con la orga­ni­za­ción, por lo menos que yo supie­ra; en aque­llos momen­tos me gri­ta­ban y me insul­ta­ban puta, zorra, men­ti­ro­sa, y me colo­ca­ban una bol­sa por la cabe­za mien­tras me la apre­ta­ban por detrás. Al prin­ci­pio sen­tía calor, tenía la cara empa­pa­da en sudor, inten­ta­ba mover­me cuan­do la bol­sa me tapa­ba la boca, no podía res­pi­rar y comen­za­ba a marear­me; con­se­guía rom­per la bol­sa con los dien­tes, y en aque­llos momen­tos, cuan­do empe­za­ba a res­pi­rar de nue­vo, me gol­pea­ban en los oídos sopa­pos con la mano abierta.

Me levan­tó un poco el anti­faz, me ense­ño una pis­to­la, era de metal. Yo inten­té revol­ver­me, esta­ba ate­rro­ri­za­da pen­san­do que me iban a pegar dos tiros… Entre risas me pre­gun­ta­ron si la que­ría coger con las manos, a ver si tenía “cojo­nes” como mi her­mano y mi com­pa­ñe­ro para dis­pa­rar­les; yo les decía que no, entre sollo­zos, tem­blan­do y ellos entre risas me decían cosas del esti­lo de “puta trai­do­ra”. Enton­ces sen­tí el metal entre mis pier­nas y un guar­dia civil me susu­rró que no me movie­se, yo llo­ra­ba, y empe­cé a gri­tar como una loca, mien­tras hacía fuer­zas por jun­tar mis pier­nas, pero no podía por­que tenía ata­dos los tobi­llos a las patas de la silla…

Me puso la pis­to­la entre las pier­nas y con su mano me apar­tó el tan­ga, yo le gri­ta­ba que me deja­se en paz, pero él comen­zó a gol­pear­me en los oídos con las manos abier­tas a la vez que me gri­ta­ba que estu­vie­se quie­ta o que se le iba a esca­par un tiro por­que la pis­to­la esta­ba car­ga­da. Oía las car­ca­ja­das de los demás dicien­do cosas del esti­lo de “zorra, gua­rra, puta, si te va a gus­tar”… no podía parar de llo­rar y ya no tenía fuer­zas para gri­tar. Empe­zó a intro­du­cir­me y a sacar­me la pis­to­la de for­ma más vio­len­ta, lo que me pro­vo­ca­ba dolor, mien­tras el que me esta­ba vio­lan­do me susu­rra­ba “si te gus­ta puta”, “no vas a tener un hijo de puta por­que te voy a pegar dos tiros”; su olor se me metía has­ta den­tro, me daba asco, no sé si algu­na vez se me irá ese olor de la cabeza…

Todos esta­ban rién­do­se, uno me suje­ta­ba por el cue­llo mien­tras el otro una y otra vez me metía y me saca­ba el cañón de la pis­to­la en la vagi­na y me soba­ba el pecho de for­ma muy brus­ca, apre­tán­do­me el pecho con las manos. Nota­ba den­tro de mí el frío del metal, ellos me repe­tían que la pis­to­la esta­ba car­ga­da y que si dis­pa­ra­ban sería mi culpa…

No sé duran­te cuan­to tiem­po se pro­lon­gó la vio­la­ción, pero me que­dé muda, esta­ba como per­di­da; en aque­lla habi­ta­ción esta­ban vio­lan­do mi cuer­po pero por un momen­to yo con­se­guí huir de allí, entre sollo­zos, pero con­se­guí huir de allí; me acor­da­ba de la gen­te de mi entorno, esta­ba con ellos y con ellas, esta­ba protegida…

De repen­te sacó muy brus­ca­men­te el cañón de la pis­to­la de den­tro de mí… Cuan­do vinie­ron de nue­vo a bus­car­me, había pasa­do mucho tiem­po, vino la mujer y me lle­va­ron al baño, con los ojos tapa­dos, me obli­ga­ron a duchar­me y me die­ron ropa lim­pia… Des­pués me metie­ron en un fur­gón qui­tán­do­me el anti­faz, me lle­va­ban a la Audien­cia Nacio­nal, empe­cé a llo­rar, por fin esta­ba fue­ra de aquel infierno.”

El 27 de octu­bre del 2009, Amaia Uri­zar, de 27 años aban­do­nó la cár­cel des­pués de 5 años pri­va­da de liber­tad, y des­pués de haber sufri­do un supli­cio de “hom­bres” ves­ti­dos de negro, al igual que les pasó a los habi­tan­tes de la aldea de Aria­na, de la niña María Ramí­rez en Argen­ti­na, y de tan­tos otros seres huma­nos que ayer y hoy son víc­ti­mas de lo mas oscu­ro de éste mundo.

PD.

“Sin duda, los vejá­me­nes sexua­les tie­nen un com­po­nen­te machis­ta, no sólo te mues­tran el poder de las armas, de la supe­rio­ri­dad físi­ca, de la situa­ción de infe­rio­ri­dad que de hecho se pro­du­ce al estar ven­da­das y espo­sa­das, sino tam­bién el sím­bo­lo la demos­tra­ción del otro poder: el poder fáli­co”, dijo Sil­via Onti­ve­ro de Argen­ti­na, que sufrió en su pro­pio cuer­po, tres y cua­tro veces por día duran­te su cau­ti­ve­rio en el D2, de la ciu­dad de Men­do­za… “La vio­la­ción era una for­ma más de degra­da­ción, la idea era con­ver­tir­te en nada, es un recuer­do que no se borra nun­ca, eso de cómo per­ci­bes en ese momen­to la trans­for­ma­ción de hom­bre a ali­ma­ña. No quie­ro decir ani­mal por res­pe­to a los ani­ma­les. Como mujer lo que per­ci­bes es que quien te some­te es un mons­truo, no pue­des ver­lo de otro modo por­que ahí, en ese ser, esa ali­ma­ña, no hay inte­li­gen­cia, ni huma­ni­dad, no está den­tro de la cate­go­ría huma­na que estás acos­tum­bra­da a tratar”.

Son hechos, tes­ti­mo­nios, denun­cias de rigor apre­mian­te, son los pue­blos azo­ta­dos que hablan a viva voz, es el impe­ria­lis­mo y su capi­ta­lis­mo mal­di­to en el mun­do res­tre­gan­do la tor­tu­ra sobre cul­tu­ras, seres que antes de ellos nacer le tie­nen mar­ca­do el des­tino. Una prác­ti­ca de hechos que evi­den­cian una vez más, mil y un millón de veces al mons­truo. Cade­na de accio­nes con eco de esca­lo­frío; es el poder abso­lu­to, es el impe­rio des­truc­tor, su fuen­te, por don­de emer­ge la vida del planeta.

Mai­té Cam­pi­llo (actriz)

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