Un mal bicho- Mar­tin Garitano

A hora, jus­to cuan­do comien­za el vera­neo agos­te­ño, la tran­qui­li­dad de las pla­yas vas­cas se ha vis­to alte­ra­da por la inva­sión de un bicho pon­zo­ño­so, la Phy­sa­lia phy­sa­lis, cono­ci­da a tra­vés de los medios de comu­ni­ca­ción como la «Cara­be­la por­tu­gue­sa». En reali­dad no se tra­ta de una medu­sa, sino de un sifo­nó­fo­ro, que vaya a usted a saber qué demon­tre es, pero que si le pica le hace a uno la pascua.

Cuen­tan los que han sufri­do su ata­que que los efec­tos de la pica­du­ra en la piel son simi­la­res a los de la que­ma­du­ra de un ciga­rri­llo, y que entre sus con­se­cuen­cias se cuen­tan arrit­mias, pér­di­das de cono­ci­mien­to y sofo­cos. Tam­bién dicen que hay quien ha falle­ci­do tras un ata­que espe­cial­men­te viru­len­to del sifo­nó­fo­ro en cues­tión, del bicho repulsivo.

Com­par­to la preo­cu­pa­ción de los cien­tí­fi­cos, soco­rris­tas y has­ta de los hos­te­le­ros de nues­tro lito­ral, pero no pue­do por menos que pro­tes­tar por el enga­ño­so nom­bre que han adju­di­ca­do a la dañi­na cria­tu­ra. «Cara­be­la por­tu­gue­sa» no es un alias afortunado.

A los vas­cos los por­tu­gue­ses no nos han hecho daño alguno. Tam­po­co las cara­be­las han sem­bra­do nun­ca el páni­co en nues­tras cos­tas. Bas­tan­te tenían con hacer daño en Amé­ri­ca y trans­por­tar los fru­tos de la rapi­ña a las arcas de la Coro­na espa­ño­la. Por eso, ade­más de gra­tui­to, el seu­dó­ni­mo que han endil­ga­do al sifo­nó­fo­ro vene­no­so me pare­ce injusto.

El que sí sem­bró el mie­do y el dolor fren­te a la cos­ta vas­ca fue el cru­ce­ro «Cana­rias», que en mano de los fas­cis­tas espa­ño­les caño­neó nues­tros puer­tos, libró des­igual com­ba­te con la exigua Mari­na Auxi­liar de Euz­ka­di y hun­dió el bou «Naba­rra» en la bata­lla de Matxitxako.

Y qué decir de las con­se­cuen­cias del ata­que de la mal lla­ma­da «Cara­be­la por­tu­gue­sa». Repa­se­mos: Dolo­res simi­la­res a la que­ma­du­ra de un ciga­rri­llo, arrit­mias, pér­di­das de cono­ci­mien­to, sofo­cos y, en algún caso, la muerte.

El más deta­llis­ta de los narra­do­res no logra­ría des­cri­bir con más acier­to las con­se­cuen­cias que han pade­ci­do miles de vas­cos por la apli­ca­ción de los elec­tro­dos, la bol­sa, la bañe­ra, las pali­zas inter­mi­na­bles… en comi­sa­rías y cuar­te­li­llos españoles.

Disien­to, pues, de quie­nes han mal­bau­ti­za­do a la Psy­sa­lia phy­sa­lis, aun­que com­par­ta la nece­si­dad de poner­le nom­bre más común que el del latín científico.

Y así, a la vis­ta de nues­tra his­to­ria, mejor si le hubie­ran lla­ma­do «Cru­ce­ro espa­ñol». Tam­bién podría ser «La Roja», pero resul­ta que el bicho es de color azulado.

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