«El mero hecho de luchar ya es una vic­to­ria» – Miguel Cas­tells (Gara)

Cul­to, meticu­loso, tenaz y bre­ga­dor, domi­na la ora­to­ria como un esti­le­te en el estra­do. Sus adver­sa­rios le temen; sus cole­gas le admi­ran. Todos coin­ci­den: es uno de los más bri­llan­tes abo­ga­dos pena­lis­tas del país.

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Usted comen­zó a ejer­cer en 1958. ¿La abo­ga­cía le des­cu­brió una reali­dad que desconocía?

Com­ple­ta­men­te. Yo real­men­te abro los ojos a tra­vés del tra­ba­jo. La abo­ga­cía era mi ins­tru­men­to de tra­ba­jo y fue lo que me puso en con­tac­to con la reali­dad del pue­blo vas­co. Mis pri­me­ros casos polí­ti­cos eran en el sen­ti­do de per­so­nas represaliadas…

¿Recuer­da cuál fue su pri­mer caso polí­ti­co en los tribunales?

Yo lo con­si­de­ro polí­ti­co. Era el caso de un sereno del barrio de Gros al que el gober­na­dor civil de Gipuz­koa, que había reci­bi­do una car­ta de que­ja de dos turis­tas ingle­sas, ence­rró en la cár­cel y lo reti­ró del tra­ba­jo sin escu­char­le siquie­ra. Me ofre­cí al señor para lle­var­le una que­re­lla con­tra el gober­na­dor por­que había un deli­to cla­rí­si­mo. No qui­so por­que iba a abrir una car­ni­ce­ría con un cuña­do y si me- tía­mos una denun­cia no le iban a dar el per­mi­so. Me hizo ver lo que ocu­rría. Yo venía de una fami­lia que no había per­di­do la guerra…

¿Y su pri­mer con­tac­to con el abertzalismo?

Des­pués de la gue­rra, la pri­me­ra pla­za de mi padre como regis­tra­dor fue Daro­ca. En verano venía­mos a Bus­tu­ria, el pue­blo de mi madre. Uno de los vera­nos, yo ten­dría 10 ó 12 años, otro cha­val que era de Vito­ria me pre­gun­tó si yo era vas­co o espa­ñol. Yo le dije lo típi­co de la cul­tu­ra que tenía­mos enton­ces los que no había­mos per­di­do la gue­rra. No enten­día: yo soy vas­co y espa­ñol. Y él decía: “No, vas­co o espa­ñol, no se pue­de ser dos cosas”. Me impac­tó mucho, a pesar de que seguí en mi mun­do, igno­ran­do que exis­tía una nación vas­ca y que los vas­cos habían per­di­do la gue­rra… Pero me que­dó esa cosa ahí: “No se pue­de ser vas­co y espa­ñol”. ¡Y yo sorprendidísimo!

A media­dos de los sesen­ta, ocho abo­ga­dos denun­cia­ron ante los tri­bu­na­les nada menos que al gober­na­dor civil de Gipuz­koa por vul­ne­rar los dere­chos de los dete­ni­dos. Eran uste­des valientes…

Bueno, éra­mos cohe­ren­tes. En la uni­ver­si­dad nos habían ense­ña­do que con el Dere­cho se iba a todas par­tes y era sim­ple­men­te apli­car eso. El tema era cla­ro: el Fue­ro de los Espa­ño­les pro­cla­ma­ba que nadie podía estar dete­ni­do más de 72 horas, pero se esta­ban apli­can­do las quin­ce­nas y las marro­nas [15 y 30 días de encar­ce­la­mien­to sin reso­lu­ción judi­cial] con fir­ma del comi­sa­rio jefe. Las apli­ca­ba la Poli­cía. Enton­ces, era ser cohe­ren­tes con lo que decía la ley.

Por cier­to, el comi­sa­rio jefe era Meli­tón Man­za­nas, que creo que frus­tró su boda…

No me la frus­tró, me la retra­só un mes… Yo me iba a casar, pero tenía pen­dien­te una mul­ta de 60.000 pese­tas por una pro­tes­ta por el caso de tor­tu­ras al abo­ga­do José Ramón Rekal­de. Me negué a pagar­la. Al no pagar­la por no tener bie­nes me tenían que meter en la cár­cel. Tar­da­ron unos dos años y medio o tres por­que era un escán­da­lo, yo era miem­bro de la Jun­ta Direc­ti­va del Cole­gio de Abogados.

Las tor­tu­ras a aquel abo­ga­do habían pro­vo­ca­do bas­tan­te alte­ra­ción social. No les intere­sa­ba remo­ver. Pero en 1966, cuan­do mi boda era inmi­nen­te, pen­sa­ban que yo iba a pagar la mul­ta y me die­ron la alter­na­ti­va: o paga o un mes de pri­sión. Y como no pagué, me metie­ron en la cár­cel de Mar­tu­te­ne… y me retra­sa­ron la boda un mes.

¿De qué mane­ra le influ­yó la estan­cia en la cárcel?

Muy posi­ti­va­men­te. Yo creo que la estan­cia en cár­cel debía ser una asig­na­tu­ra obli­ga­to­ria de todo pro­fe­sio­nal del dere­cho. Por algo evi­den­te. Noso­tros mane­ja­mos las cár­ce­les: seis años y un día, vein­te años… pero no sabe­mos real­men­te lo que es eso. Una cosa es sabér­se­lo en el papel y otra cosa es tocar­lo con las manos y oler­lo con las nari­ces. No hace fal­ta que un juris­ta ten­ga que estar seis años y un día en la cár­cel, pero un mes… ¡Qué menos que un mes!

Pues usted es «repe­ti­dor» en la cárcel…

Sí, sí, sí… Es que a algu­nos nos cues­ta apren­der y repe­ti­mos cur­so… [risas] Pero siem­pre estan­cias bre­ves. Y tam­bién me fue posi­ti­vo por­que cono­cí a unos pre­sos polí­ti­cos vas­cos y me hicie­ron la peti­ción de si cono­cía abo­ga­dos de mi edad que estu­vie­ran dis­pues­tos a defen­der­les gra­tis y a res­pe­tar su ideo­lo­gía. Cuan­do caían pre­sos, sus padres solían recu­rrir a abo­ga­dos de reco­no­ci­da impron­ta fas­cis­ta por­que pen­sa­ban que con un abo­ga­do de influen­cias fran­quis­tas podía irles mejor, pero esos abo­ga­dos ata­ca­ban la ideo­lo­gía de los hijos y cobra­ban mucho a los padres. Enton­ces, al salir de la cár­cel, hubo una reu­nión de abo­ga­dos jóve­nes y de ahí salió un gru­po dis­pues­to a lle­var estas defensas.

Y lle­ga 1970, el Pro­ce­so de Bur­gos, un para­dig­ma de los «pro­ce­sos de rup­tu­ra», sobre los que usted teo­ri­zó lue­go. Los pro­ce­sa­dos toma­ban las rien­das del jui­cio. De acu­sa­dos pasa­ban a acusadores…

El Pro­ce­so de Bur­gos fue la cul­mi­na­ción de una cade­na de pro­ce­sos de rup­tu­ra, en los cua­les había un enfren­ta­mien­to entre los acu­sa­dos y el tri­bu­nal. Los acu­sa­dos acu­sa­ban. No sólo se enfren­ta­ban al tri­bu­nal, sino a la opre­sión que sufría el pue­blo vas­co. Y los abo­ga­dos man­te­nía­mos una pos­tu­ra des­de la barre­ra, pero les faci­li­tá­ba­mos lo que ellos que­rían hacer y decir. Sin las pre­gun­tas que les hacía­mos en el inte­rro­ga­to­rio, ellos no podían decir lo que que­rían. Y siem­pre había un par­ti­ci­pan­te fun­da­men­tal en este tipo de jui­cio, que era el pue­blo vas­co. Es decir, lo más impor­tan­te del Pro­ce­so de Bur­gos es la movi­li­za­ción popular.

Su patro­ci­na­do era Mario Onain­dia, con­de­na­do a muer­te. ¿Cómo recuer­da aque­llos días?

Como aquí en Eus­ka­di cons­tan­te­men­te están pasan­do cosas, lo ten­go bas­tan­te olvi­da­do. Si no fue­ra por esta entrevista…

El tam­bién abo­ga­do Juan Mari Ban­drés dice en sus memo­rias que se lle­gó a ver en Bur­gos al pro­pio Arga­la pre­pa­ran­do la fuga de los pro­ce­sa­dos. ¿Es cierto?

No sé si Arga­la o quién. Apar­te de que yo tenía una vir­tud en aque­lla épo­ca, que aho­ra es defec­to, y es que se me borra­ban las imá­ge­nes y nun­ca recor­da­ba los nom­bres. Sigo tenien­do ese fallo, soy un fiso­no­mis­ta fatal, pero me arran­ca de que enton­ces era muy efi­caz ser mal fiso­no­mis­ta, por si aca­so. Y el no saber nom­bres… Bueno, con­ta­ré una anéc­do­ta. Pue­de que ten­ga muy poca impor­tan­cia. Me dan un rolli­to de papel para que se lo pase a Mario Onain­dia en la cár­cel por el enre­ja­do. Se lo paso, lo des­lía, lo lee y le digo: “Me han dicho que des­pués de leer­lo te lo tra­gues”. Pero nada más decir eso, él me lo pasa, yo ins­tin­ti­va­men­te lo cojo y me dice: “Trá­ga­te­lo tú”. Y me lo tuve que tra­gar. Lue­go salió que si hubo un inten­to de fuga, que si no sé qué, que al final se aban­do­nó la idea. Bueno, a lo mejor, sin dar­me cuen­ta, aque­llo que me tra­gué… pero no pude dar­me cuen­ta de qué iba, las cosas como son.

Y en los últi­mos fusi­la­mien­tos de la dic­ta­du­ra lle­va­ba usted la defen­sa del miem­bro del FRAP Vla­di­mi­ro Fer­nán­dez, final­men­te indul­ta­do, y de Jon Pare­des Txi­ki, de ETA. ¿Cuán­do vio por últi­ma vez a Txiki?

Pues la últi­ma tar­de de vida que tuvo.

¿Fue usted quien reco­gió su tes­ti­mo­nio manuscrito?

Sí, sí… Lo que escri­bió fue algo espon­tá­neo. Ese vier­nes había un con­se­jo de minis­tros. Se pen­sa­ba en la posi­bi­li­dad de que pasa­se lo que pasó. La mecá­ni­ca era que las penas de muer­te no se podían eje­cu­tar sin haber sido ple­na­men­te comu­ni­ca­das al con­se­jo de minis­tros. En el caso de Txi­ki había­mos vis­to peli­gro y bus­ca­mos abo­ga­dos en Bar­ce­lo­na, en con­cre­to a Marc Pal­mes y Mag­da Ora­nich. Por razo­nes polí­ti­cas ade­lan­ta­ron lo de Bar­ce­lo­na muy repen­ti­na­men­te. Aque­lla tar­de fui a ver a Txi­ki a la cár­cel de Barcelona.

¿Qué recuer­da de aque­lla tarde?

Txi­ki era vida con­cen­tra­da en un cuer­po muy peque­ño, pero can­ti­dad de vida; es decir, la vida se esca­pa­ba por todas par­tes, era ner­vio­so, acti­vo… De lo úni­co que que­ría hablar era de la situa­ción en Eus­ka­di. ¿Cómo está aque­llo? ¿Cómo está la gen­te? ¿Se lucha?… Sí recuer­do una cosa que le dije: «La siguien­te vez nos vere­mos en Zarautz toman­do un txi­ki­to». Y él me dijo: «Tú toma­rás un txi­ki­to y ade­más esto habrá cam­bia­do, pero yo ya no esta­ré allí». No sabía­mos toda­vía que se había fir­ma­do o que se iba a fir­mar la sen­ten­cia de muer­te. Yo no sé el momen­to en que sur­ge lo del tes­ti­mo­nio… Él lle­va­ba un libro que le habían deja­do leer. Arran­ca una hoja del pró­lo­go, le paso un boli y escri­be eso y me lo pasa. No había rejas, tenía una peque­ña ven­ta­ni­lla y por la par­te de atrás era una puer­ta con cris­tal y yo veía cuan­do pasa­ba el fun­cio­na­rio. Yo le decía «para», y cuan­do pasa­ba, él seguía escri­bien­do, así, depri­sa y corrien­do, con fal­tas de orto­gra­fía, etcétera…

¿Y qué deci­die­ron hacer?

Si se con­fir­man las penas, lo más impor­tan­te es que lle­gue este papel a Eus­ka­di. Allí están su fami­lia, el pue­blo… Por si aca­so, fir­mé un papel en que pedía­mos los tres abo­ga­dos, en nom­bre de él [de Txi­ki], que no le die­ran garro­te sino que lo fusi­la­sen. Fir­mé ese papel y me fui al aero­puer­to para venir a San Sebas­tián. Y cuan­do esta­ba en el aero­puer­to, me lla­man por los alta­vo­ces; era el ter­cer abo­ga­do de Marc Pal­mes que me decía que me recla­ma­ban urgen­te­men­te en el juz­ga­do mili­tar de Madrid. Van a fusi­lar a todos. Me dicen tam­bién que van a fusi­lar a Txi­ki. Fui a Madrid y de allá a Cara­ban­chel. Allá me dije­ron que les habían noti­fi­ca­do a todos los con­de­na­dos, pero no sabían si a Vla­di­mi­ro [Fer­nán­dez] por­que yo no había esta­do. Entro y en pre­sen­cia mía le noti­fi­can el indul­to. Pasé la noche en el des­pa­cho de Paqui­ta Sau­qui­llo. Foto­co­pia­mos la nota de Txi­ki y al día siguien­te sal­go para San Sebas­tián en el pri­mer tren, sabien­do ya que a Txi­ki lo fusi­lan esa maña­na. Al poco de lle­gar aquí, me lla­ma Mikel Pare­des por telé­fono y me cuen­ta el fusi­la­mien­to de su hermano.

En la actua­li­dad encon­tra­mos tor­tu­ra, ais­la­mien­to, pro­lon­ga­ción de con­de­nas, mul­tas, encar­ce­la­mien­tos, ile­ga­li­za­cio­nes, repre­sión vio­len­ta de mani­fes­ta­cio­nes… Ni los retra­tos mudos de los pre­sos per­mi­ten exhi­bir. Usted, que fue uno de los fun­da­do­res de las Ges­to­ras pro-Amnis­tía, ¿lle­gó a ima­gi­nar estos niveles?

Yo no soy una per­so­na con voca­ción polí­ti­ca; un polí­ti­co sí que tie­ne que pen­sar en el futu­ro. Yo he vivi­do muy de pre­sen­te, sin plan­tear­me el maña­na. Recuer­do la épo­ca de mi padre en Daro­ca, muy dura. Estoy hablan­do del año 1940 – 42. Era el fran­quis­mo duro; en la escue­la se estu­dia­ban las len­guas del Eje nazi-fas­cis­ta: ita­liano y ale­mán. Lue­go pier­de el Eje y ganan los alia­dos, que son la demo­cra­cia, y enton­ces el fran­quis­mo se lla­ma demo­cra­cia orgá­ni­ca. Lue­go lle­ga el tar­do­fran­quis­mo, que sería el Pro­ce­so de Bur­gos,… Y hoy en día yo diría que esta­mos en el fran­quis­mo cons­ti­tu­cio­na­li­za­do. Es el fran­quis­mo constitucional.

Cla­ro que es dis­tin­to, pero hay algo que per­vi­ve y que es muy sin­to­má­ti­co. Por ejem­plo, des­pués del jui­cio de Ame­do y Domín­guez [del GAL] a mí me pre­gun­tan en una entre­vis­ta si creo que se ha aca­ba­do la gue­rra sucia. No, no… el GAL no es un gru­po, aquí han cogi­do a toda una orga­ni­za­ción cons­ti­tu­cio­nal: han cogi­do al minis­tro de Gober­na­ción [Inte­rior], al secre­ta­rio de Esta­do, al gober­na­dor civil de Biz­kaia, lue­go con Galin­do cogie­ron tam­bién al gober­na­dor civil de Gipuz­koa, al comi­sa­rio jefe… Vamos, que han cogi­do uste­des a toda una jerar­quía cons­ti­tu­cio­nal. Y ojo, por­que cual­quier per­so­na con dos dedos de fren­te pien­sa que eso iba más arriba.

El pro­ble­ma es que no es un gru­po, sino una orga­ni­za­ción cons­ti­tu­cio­nal. ¿Quié­nes son el GAL? Pues los mis­mos que tor­tu­ran den­tro de las comi­sa­rías. Y eso sigue intac­to. Que no haya habi­do rup­tu­ra demo­crá­ti­ca sig­ni­fi­ca muchas cosas. Una de ellas es ésa, que a nivel repre­si­vo, poli­cial, la Poli­cía sigue tenien­do una car­ta en blan­co para que sea efi­caz. Siem­pre se dice que la Poli­cía es más efi­caz cuan­to menos se le con­tro­la, menos se le cri­ti­ca y más se le pro­te­ge. Eso vie­ne del franquismo.

Usted ya mili­ta­ba polí­ti­ca­men­te, pero en un momen­to deter­mi­na­do acce­dió a res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas como des­ta­ca­do miem­bro de Herri Bata­su­na. ¿La toga no era sufi­cien­te para inter­ve­nir en la realidad?

En aque­lla épo­ca había un hán­di­cap para los polí­ti­cos a los que yo res­pe­ta­ba y es que no habían teni­do tiem­po ni posi­bi­li­da­des de adqui­rir una ima­gen públi­ca y enton­ces había que bus­car suce­dá­neos. Por lo que sea, los abo­ga­dos ‑bueno, el peque­ño gru­pi­to de abo­ga­dos que acep­tá­ba­mos defen­sas polí­ti­cas, que éra­mos muy pocos- había­mos adqui­ri­do una cier­ta imagen.

Yo entré para echar una mano. Por los cálcu­los que se ha- cían, no pen­sa­ba que iba a salir sena­dor… Acep­té ir en las lis­tas, con la mala suer­te de que salí, y aguan­té año y medio. Pero real­men­te mi voca­ción no va por ahí. Y lue­go está el tema del eus­ka­ra tam­bién, que para mí es muy cla­ro, sobre todo en Gipuz­koa, pero tam­bién en Eus­ka­di, don­de hay dos cul­tu­ras. Una per­so­na que tie­ne un car­go polí­ti­co y tie­ne sólo una de las dos cul­tu­ras no vale. Para mi des­gra­cia, yo me pier­do muchí­si­mo por­que no sé euskara.

Año 1979, fir­ma usted el artícu­lo «Insul­tan­te impu­ni­dad» y es pro­ce­sa­do y con­de­na­do por inju­rias al gobierno. Sin embar­go, recu­rre al Tri­bu­nal Euro­peo de Dere­chos Huma­nos ‑caso «Miguel Cas­tells con­tra el Rei­no de Espa­ña»- y en 1992 gana. Señor Cas­tells, creo que es usted el úni­co vas­co que ha ven­ci­do en soli­ta­rio al Rei­no de España…

[Risas] Bueno, bueno… Esta­mos hablan­do a nivel judi­cial, que es un nivel del que se pue­den decir muchas cosas. De todas for­mas, yo creo que los [abo­ga­dos] her­ma­nos Beau­mont gana­ron un asun­to tam­bién, creo que era el caso de Mikel Iri­ba­rren… Es decir que el Rei­no de Espa­ña ya ha teni­do dos porra­zos. Espe­re­mos que pron­to ten­ga un tercero.

En febre­ro de 1981, en la Casa de Jun­tas de Ger­ni­ka, los elec­tos de Herri Bata­su­na ‑usted entre ellos- reci­ben al rey de Espa­ña puño en alto can­tan­do el «Eus­ko Guda­riak». La Tran­si­ción toca­ba hue­so en Eus­kal Herria.

Sí, lo que pasa es que si te han ele­gi­do tie­nes que adqui­rir unos com­pro­mi­sos y lo míni­mo que se podía hacer era can­tar al rey. Inclu­so en una estruc­tu­ra demo­crá­ti­ca clá­si­ca. En aquel momen­to el gru­po al que yo per­te­ne­cía éra­mos la segun­da fuer­za elec­to­ral, a nivel de las muni­ci­pa­les que se aca­ba­ban de cele­brar. Se mon­ta el acto de Ger­ni­ka como un acto par­la­men­ta­rio y dicen que van a hablar sola­men­te, por supues­to el rey, que no era car­go elec­to, lue­go Puja­na, que era el pre­si­den­te del Par­la­men­to Vas­co, y Car­los Garai­koetxea, que era el pre­si­den­te del Gobierno. ¿Y la pri­me­ra fuer­za de opo­si­ción? No, esos a escu­char. Bueno, pues no, y hubo que can­tar. Y qué mejor can­to para el rey de Espa­ña que el «Eus­ko Gudariak».

Unos días más tar­de de lo de Ger­ni­ka lle­gó el gol­pe de Esta­do. ¿Dón­de le pilló la noticia?

Pues me pilló en Madrid, pero ten­go coar­ta­da de que yo no fui de los que die­ron el gol­pe de Esta­do… [risas] por si aca­so. Había teni­do una vis­ta por la maña­na en el Tri­bu­nal Supre­mo. Yo esta­ba cita­do por la tar­de con una ami­ga a la que no había vis­to hacía vein­ti­tan­tos años. Ella esta­ba casa­da con un mili­tar y yo era sena­dor de HB. Está­ba­mos cita­dos en un bar del barrio Sala­man­ca, pero no acu­dió… Deci­dí vol­ver esa mis­ma noche a Eus­ka­di, lla­mé a un abo­ga­do por si acaso.

Usted ejer­ció la acu­sa­ción par­ti­cu­lar en el jui­cio con­tra Ame­do y Domín­guez por el GAL. La sen­ten­cia per­mi­tió acce­der al siguien­te esca­lón del Minis­te­rio del Inte­rior, pero no se reco­no­ció el con­cep­to «terro­ris­mo de Esta­do». ¿Era dema­sia­do para el aguan­te de alguien?

Se lle­gó has­ta don­de se lle­gó por­que había unos intere­ses en que se lle­ga­ra has­ta ahí. Ese suma­rio se abre por­que cogen a un mer­ce­na­rio por­tu­gués, creo que en San Juan de Luz, y éste can­ta y se abre en Fran­cia un pro­ce­di­mien­to penal y se lle­ga has­ta don­de se lle­ga. Y tam­bién en Por­tu­gal. Y lue­go aquí hay que hacer algo. Y al abrir­se el suma­rio aquí, el PP apro­ve­cha y lle­gan has­ta don­de lle­gan. Pero cla­ro, el PP no quie­re lle­gar al cri­men de Esta­do, le bas­ta­ba con el cri­men de Gobierno. Lo que se mane­jó a nivel del PP y del perió­di­co «El Mun­do», y tam­bién a nivel judi­cial, era un cri­men de Gobierno. No qui­sie­ron des­ve­lar lo que real­men­te había, que es un cri­men de Estado.

Se vivie­ron momen­tos de mucha ten­sión en aquel jui­cio. Los pro­ce­sa­dos y sus pro­tec­to­res se ceba­ron espe­cial­men­te con usted. ¿Lle­gó a sen­tir miedo?

No, no. Pue­de ser un defec­to mío, no lle­gué a sen­tir miedo.

¿Y en algún otro momen­to de su vida polí­ti­ca o profesional?

Tam­po­co. Qui­zás me ha influi­do un poco la edu­ca­ción de la pos­gue­rra. Cuan­do yo lle­go con 12 años interno a Tude­la, lo pri­me­ro que hago es pegar­me con un tal Gas­tón, que era el matón del cur­so. Le pego y le gano. En Tude­la tenía fama de que nun­ca me ren­día y los del cur­so supe­rior me cogían y me tor­tu­ra­ban para que dije­ra “me rin­do” y no lo conseguían.

Yo he teni­do una infan­cia muy dura. Yo no sé si es eso, pero no recuer­do haber sen­ti­do… Sí he sen­ti­do mie­do andan­do por el mon­te: “quién me habrá man­da­do a mí meter­me en esta pen­dien­te con ese pre­ci­pi­cio”… Pero en temas polí­ti­cos no he sen­ti­do mie­do, aun­que sí he sabi­do en algu­nos momen­tos que nos podían matar a cual­quie­ra de noso­tros. Eso lo he teni­do muy claro.

Esta­mos de nue­vo ante un caso de des­apa­ri­ción, el caso de Jon Anza. ¿Cree posi­ble otro GAL, la gue­rra sucia de nuevo?

Sí, sí. Eso más pron­to o más tar­de iba a pasar, para mí eso es cla­ro. Es que no es que se mon­ten ban­das… El tema de Ame­do y Domín­guez: el esca­lón más bajo no era poli­cial por­que cogie­ron a mer­ce­na­rios para las ope­ra­cio­nes, pero el órgano per­ma­nen­te era un órgano cons­ti­tu­cio­nal, era la comi­sa­ría de Poli­cía, el gober­na­dor civil, el secre­ta­rio de Esta­do para la Segu­ri­dad… En fin, eso está ahí. Y como esos están ahí con esa con­cep­ción anti­de­mo­crá­ti­ca, lo que les impor­ta es la efi­ca­cia. Hay una cosa que es cla­ra… ¿Qué dice la demo­cra­cia cuan­do hay un dete­ni­do? La demo­cra­cia dice lo que dice la ley: se le advier­te que no está obli­ga­do a decla­rar ni a decla­rar­se cul­pa­ble, que pue­de guar­dar silen­cio. Por qué será que en los asun­tos de delin­cuen­cia común es muy corrien­te ver que ante la Poli­cía se aco­gen al dere­cho de no decla­rar y decla­ran ante el juez. O sim­ple­men­te, de no decla­rar. En cam­bio, cuan­do los tie­nen inco­mu­ni­ca­dos cin­co días, todos decla­ran (…) Lo que pasa es que vivi­mos en la men­ti­ra. Eso lo tie­nen que saber los jue­ces. Es decir, para la efi­ca­cia de la lucha anti­te­rro­ris­ta es útil tor­tu­rar. Si no tor­tu­ran no son efi­ca­ces, no con­si­guen saber dón­de está el zulo.

¿Exis­te una Espa­ña pro­gre­sis­ta de ins­pi­ra­ción real­men­te demo­crá­ti­ca en la que se pue­da con­fiar para una solu­ción al con­flic­to de Eus­kal Herria?

Hom­bre, que­dan indi­vi­dua­li­da­des, eso es evi­den­te. Por dar nom­bres… Ber­ga­mín vino de Espa­ña. Y hay bas­tan­tes más. Hoy en día, Álva­rez Solís… Sí creo que hay, pero son indi­vi­dua­li­da­des. El gran peca­do del PSOE, que no sé si es peca­do o algo cohe­ren­te en él, es que cuan­do lle­ga al gobierno, en vez de luchar con­tra esa edu­ca­ción fran­quis­ta que tenía la gen­te ‑fran­quis­ta en el sen­ti­do de la fal­ta de capa­ci­dad de crí­ti­ca, ese res­pe­to a la auto­ri­dad, esos mie­dos…-, en vez de como fue en su épo­ca el PSOE antes del 36, preo­cu­pán­do­se por la edu­ca­ción del pue­blo, pues se apro­ve­cha un poco de la for­ma de ser del pue­blo para ganar las elecciones.

¿Cree que exis­ten líde­res polí­ti­cos de altu­ra para aco­me­ter de mane­ra defi­ni­ti­va una solu­ción demo­crá­ti­ca al conflicto?

Fal­tan esta­dis­tas. En el PSOE fal­tan esta­dis­tas que digan “tene­mos un pro­ble­ma en Eus­ka­di, vamos a solu­cio­nar­lo aun­que per­da­mos las elec­cio­nes, no impor­ta; es más impor­tan­te solu­cio­nar este pro­ble­ma”. No hay eso; no hay un De Gau­lle en la dere­cha, por ejem­plo. En nues­tra izquier­da sí hay, pero a los más impor­tan­tes los tie­nen en la cár­cel. Por par­te del Esta­do espa­ñol, no hay. Están jugan­do sólo a ganar elec­cio­nes. Y a ganar­las con una masa elec­to­ral que no ha roto los esque­mas de un pue­blo en el que se ha hecho una lim­pie­za ideológica.

Creo que de ado­les­cen­te ya leía usted a los clá­si­cos griegos…

Sí, sí…

Qué tiem­pos: héroes vir­tuo­sos y huma­nos des­con­cer­ta­dos que desa­fia­ban a los dio­ses… Ya nada es así, ¿no?

[Risas] Ya sólo leo sen­ten­cias para mi des­gra­cia… Aque­llo se lo debo a mi padre. A mi padre le debo cosas posi­ti­vas, que es el resis­tir… Cuan­do yo esta­ba en Daro­ca [de los 10 a los 12 años], mi padre me daba la paga sema­nal o quin­ce­nal. Me daba unos cén­ti­mos por cada nota que fue­ra de nota­ble para arri­ba y me qui­ta­ba si eran malas. Ése era uno de los ejes. El otro era la edad que tenían las per­so­nas con las que me había pega­do. En la escue­la yo era el más peque­ño, por lo tan­to era el que reci­bía más hos­tias. Cla­ro, en aquel mun­do tenías que apren­der a defen­der­te para la super­vi­ven­cia. Enton­ces si era de mi mis­ma edad no cobra­ba nada, si tenía un año más cobra­ba tan­to, y así suce­si­va­men­te… Yo creo que una cons­tan­te mía ha sido la dure­za, el aguan­tar… El “lepoan har­tu ta segi aurrera”.

Vaya… Pues entre los adver­sa­rios a los que se ha enfren­ta­do públi­ca­men­te pode­mos con­tar, por ejem­plo: el gober­na­dor civil en la dic­ta­du­ra, los mili­ta­res del Pro­ce­so de Bur­gos, el dic­ta­dor de los fusi­la­mien­tos, los apa­ra­tos del Esta­do impu­nes, el rey Bor­bón en Ger­ni­ka, Ame­do y Domín­guez de los GAL, el Rei­no de Espa­ña, el tenien­te coro­nel Rodrí­guez Galin­do, los embos­ca­dos de Pasaia… Señor Cas­tells, pare­ce usted un héroe de la Anti­gua Gre­cia: no le van los enemi­gos pequeños…

Bueno, pero yo con el papel, ¡eh?! [risas] Esta tie­rra es una tie­rra de enfren­ta­mien­to. Esto es lo que el fran­quis­mo no con­si­guió: hacer una socie­dad sumi­sa. La gen­te no será ofi­cial­men­te fran­quis­ta fue­ra de Eus­ka­di, pero sí hay un nivel socio­ló­gi­co muy sumi­so. En Eus­ka­di no con­si­guie­ron vol­ver a la gen­te sumisa.

¿Sigue cre­yen­do que con la ley en la mano se pue­de luchar con­tra la injusticia?

Se pue­de luchar, pero no digo ganar. Una cosa es luchar y otra cosa es ven­cer. Lo que pasa es que el mero hecho de luchar ya es una vic­to­ria. El que no con­si­gan que tires la toa­lla ya es una vic­to­ria para el que lucha, sobre todo cuan­do la des­igual­dad de fuer­zas es asombrosa.

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