Cuba. Cró­ni­cas de un ins­tan­te: Pala­bras fecundas

Por Octa­vio Fra­ga Gue­rra(*) /​Cola­bo­ra­ción Espe­cial para Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 13 de agos­to de 2021.

Des­de mucho antes del 1ro de enero de 1959 —día de luz y vic­to­ria para la Nación cuba­na— Fidel des­ama­rró con pasión el níti­do susu­rro de sus pala­bras. Una prác­ti­ca que for­jó (1945−1950) como estu­dian­te y líder en la Facul­tad de Dere­cho de la Uni­ver­si­dad de La Habana.

Los ancla­jes de su voz incon­men­su­ra­ble —con el paso de los años— emer­gie­ron como encen­di­das alo­cu­cio­nes, secun­da­das por el mul­ti­pli­car de otras voces cul­tas, éti­cas, revo­lu­cio­na­rias, pro­ta­go­nis­tas todas del perío­do fun­da­cio­nal de la Revolución.

En más de seis déca­das de his­to­ria aflo­ra­ron otros esen­cia­les ora­do­res en la Isla, núcleos sus­tan­ti­vos del capi­tal sim­bó­li­co de nues­tra cul­tu­ra. Se reve­la­ron como medu­la­res, ergui­das, poé­ti­cas, impos­ter­ga­bles voces, la inci­si­va retó­ri­ca del Coman­dan­te Ernes­to Che Gue­va­ra, la vir­tuo­sa dig­ni­dad de Raúl Roa y la com­pli­ci­dad del Gene­ral de Ejér­ci­to Raúl Cas­tro Ruz, pro­fé­ti­cas pala­bras de un perío­do fundacional.

Cabría dis­tin­guir en la con­tem­po­ra­nei­dad la ora­to­ria del Can­ci­ller Bruno Rodrí­guez Parri­lla. Vale­dor de las raí­ces y los argu­men­tos mar­tia­nos que engran­de­cen a Cuba en los más com­ple­jos esce­na­rios inter­na­cio­na­les, enca­ra con altu­ra inte­lec­tual dis­pa­res desa­fíos, afin­can­do con lla­nas pala­bras los pila­res de nues­tra Nación: libre, sobe­ra­na e independiente.

Tras su entra­da triun­fal a La Haba­na, en 1959, Fidel des­ató un telar de argu­men­tos, un tor­be­llino de voca­blos legi­ti­ma­do­res, com­par­ti­dos para legi­ti­mar la exis­ten­cia de la Revo­lu­ción cuba­na. En el pun­to de todas las mira­das, la míti­ca fuer­za de sus pala­bras, la sen­ti­da ora­to­ria, el dia­lo­go con la mul­ti­tud comprometida.

Siem­pre resuel­to a pla­ti­car con el ges­to horon­do y la fren­te alta. No miran­do hacia un hori­zon­te impre­ci­so, en ver­dad conec­tan­do con el pue­blo. Son las vir­tuo­sas pala­bras de un hom­bre cohe­ren­te con su pra­xis polí­ti­ca y éti­ca. Esen­cia­les diá­lo­gos con mul­ti­tu­des, des­abo­to­na­dos con ges­tos edi­fi­ca­do­res ante el desa­fío de dia­lo­gar con muchas voces y manos reu­ni­das en los espa­cios sim­bó­li­cos de la Revolución.

Asis­te siem­pre el tiem­po de escu­char las muchas otras pala­bras sabias, esbel­tas, inapla­za­bles, naci­das des­de las hon­das raí­ces de nues­tra revo­lu­ción cul­tu­ral, siem­pre inconclusa.

Fidel ense­ñó sobre el deber de tomar de la his­to­ria y del pen­sa­mien­to de los más ilus­tres cuba­nos que han col­ma­do de for­ta­le­zas de la patria. Heren­cias, todas estas, nece­sa­rias para edi­fi­car con ergui­dos valo­res y lla­nos argu­men­tos los pila­res teó­ri­cos que legi­ti­man la ges­ta revolucionaria.

Fren­te a las arre­me­ti­das que impo­ne la pro­pia exis­ten­cia de la Revo­lu­ción, Fidel labró vere­das de apa­ri­cio­nes urgen­tes —muchas de ellas inapla­za­bles— resuel­tas como un peren­ne gue­rri­lle­ro que asu­mió el vivir en una Nación ase­dia­da por un Imperio.

Fue su prác­ti­ca pre­gun­tar, des­me­nu­zar al deta­lle, las geo­me­trías de las pala­bras com­pul­san­do res­pues­tas. Des­tra­bó acer­ti­jos y com­par­tió solu­cio­nes ante los inte­rro­gan­tes que des­ata la con­tem­po­ra­nei­dad. Las res­pues­tas han de estar siem­pre en el ejer­ci­cio lúci­do del pen­sa­mien­to de todos los cubanos.

Las lógi­cas de sus refle­xio­nes fue­ron pas­to de su sabia, la de un per­ti­naz lec­tor de pala­bras impre­sas. Enca­ró como pra­xis las sor­pre­si­vas visi­tas a cual­quier pun­to geo­grá­fi­co de Cuba. Ellas habi­tan como hue­llas ora­les en los más recón­di­tos luga­res de la isla.

Tejió en cada cita, en cada encuen­tro, un arse­nal de retó­ri­cas y dis­cur­sos com­pro­me­ti­dos, urgen­tes, apa­sio­na­dos, esbel­tos. Es la pra­xis de una Revo­lu­ción cons­trui­da por la fuer­za de la pala­bra —par­te esen­cial de los sím­bo­los que la dis­tin­gue— resuel­tas para labrar un pro­yec­to huma­nis­ta fren­te al peren­ne desa­fío de su existencia.

Fue estra­té­gi­co, entre sus muchas tareas, la pra­xis de comu­ni­car, de lle­gar al vas­to y plu­ral aba­ni­co del pue­blo. De un país pen­sa­do y edi­fi­ca­do por hom­bres y muje­res mora­les, con­vo­ca­dos para narrar la nación, hacer­la posi­ble. Expre­sión mate­rial de nues­tro dere­cho a exis­tir, a cons­truir los pila­res iden­ti­ta­rios y valo­res que nos distinguen.

Somos millo­nes de cuba­nos empe­ña­dos en fun­dar una Nación des­po­ja­da de dic­ta­dos espu­rios, nega­dos a dar­le espa­cio a los que apo­yan una inter­ven­ción mili­tar del gobierno de los Esta­dos Uni­dos, o a los que bal­bu­cean des­cor­cha­dos sus­tan­ti­vos pla­tis­tas y ane­xio­nis­tas, tesis fron­ta­les que des­pre­cian el idea­rio de José Mar­tí y la dig­ni­dad de la nación cubana.

Bro­tó en Fidel, des­de su gana­do lide­raz­go, todo un arse­nal de pre­gun­tas. Era su máxi­ma —cohe­ren­te con el ejer­ci­cio civi­li­za­to­rio del dia­lo­go— de saber más allá de los manua­les y los libros: esos que la cul­tu­ra cimen­ta como clá­si­cos impres­cin­di­bles. Las res­pues­tas se han de encon­trar tam­bién en las lec­tu­ras crí­ti­cas de tex­tos al uso que el tiem­po, a veces, depo­si­ta en las mam­pa­ras del olvi­do, por esa envol­tu­ra de tem­po­ra­li­dad que les envuel­ve, cual si nada.

La lite­ra­tu­ra des­tra­ba inte­rro­gan­tes, afi­na ideas, cons­tru­ye reali­da­des, es un cons­tan­te con­ver­ger de pala­bras sus­tan­ti­vas pobla­das de sig­ni­fi­ca­dos, mate­ria­li­za­das por accio­nes inaca­ba­das o vuel­tas a tocar con otras ves­ti­du­ras. Todas ellas tran­si­tan en dis­pa­res res­pues­tas, des­ple­ga­das en un telar de geo­me­trías y de revo­lu­cio­na­das arit­mé­ti­cas, que son esen­cia­les estu­diar para for­ta­le­cer los pila­res de una isla rebelde.

Suje­tos a múl­ti­ples trans­for­ma­cio­nes socia­les y eco­nó­mi­cas, a esca­lo­na­das meta­mor­fo­sis sim­bó­li­cas y cul­tu­ra­les “ino­cu­la­das”, pre­ten­den que­brar, des­unir. Son estu­dia­dos ropa­jes dis­pues­tos a frag­men­tar volun­ta­des, des­ca­fei­nar pro­yec­tos comu­nes que lace­ran los prin­ci­pios cons­ti­tu­cio­na­les de la Patria. Es, por tan­to, la pala­bra, esen­cial en nues­tras bata­llas y ges­tas, insus­ti­tui­ble para reve­lar derro­te­ros y asimetrías.

Des­po­ja­dos de los aplo­mos del can­san­cio, se impo­ne tocar las reali­da­des, des­ci­fran­do esos múl­ti­ples cur­sos que le dis­tin­guen, ves­ti­dos con los cro­ma­tis­mos de la vida. El ser humano y la natu­ra­le­za son los pro­ta­go­nis­tas de sus anda­res, de sus más del­ga­dos vértices.

Con pala­bras fecun­das Fidel afi­nó el dia­lo­go con la socie­dad toda, des­de los albo­res del idea­rio de José Mar­tí, que algu­nos cuba­nos se pres­tan, como ser­vi­les de turno, para man­char con sus sucias pala­bras, vul­ga­res adje­ti­vos y actos hos­ti­les, que no amedrentan.

Tene­mos dere­cho a exis­tir fren­te a un gobierno extran­je­ro que por más de sesen­ta años, ha pre­ten­di­do aho­gar­nos, reve­lan­do las esen­cias de sus arro­gan­cias, pro­pias de hin­cha­dos empe­ra­do­res que tan solo pre­su­men de mos­trar la cro­no­lo­gía de sus sinies­tras historias.

Fuen­te: Cuba en Resumen

(*) Perio­dis­ta cubano y arti­cu­lis­ta de cine. Espe­cia­lis­ta de la Cine­ma­te­ca de Cuba. Edi­tor del blog Cine Reverso.

Itu­rria /​Fuen­te

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