Cuba. Crí­ti­ca y memo­ria femi­nis­ta, una tra­di­ción viva

Por Lirians Gor­di­llo Piña, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 7 de mayo de 2021. 

En Cuba, los femi­nis­mos tie­nen una tra­di­ción crí­ti­ca cen­te­na­ria en la cul­tu­ra y la aca­de­mia, que tras­cien­de los mar­cos inte­lec­tua­les para inci­dir en el cam­bio social. Zai­da Capo­te Cruz for­ma par­te de ese cuer­po nacio­nal com­ple­jo, que actual­men­te se diver­si­fi­ca. Esta reco­no­ci­da ensa­yis­ta cuba­na resal­ta los espa­cios de aná­li­sis y liber­tad pro­mo­vi­dos por la crí­ti­ca lite­ra­ria femi­nis­ta en la nación del Cari­be, a la vez que cree en la arti­cu­la­ción de dis­tin­tas voces en fun­ción de una agen­da femi­nis­ta nacional.


Su obra y vida polí­ti­ca están atra­ve­sa­das por una mili­tan­cia femi­nis­ta man­te­ni­da por más de 20 años.

La crí­ti­ca lite­ra­ria femi­nis­ta ha sido el espa­cio fun­da­men­tal des­de el cual has cons­trui­do tu obra. ¿Por qué apos­tar por ella? ¿Cuán­to crees se ha avan­za­do en el reco­no­ci­mien­to de este enfo­que en el país y, espe­cí­fi­ca­men­te, en la mira­da hacia la lite­ra­tu­ra hecha por mujeres?

Lo que he tra­ta­do de ins­ta­lar en la dis­cu­sión sobre lite­ra­tu­ra en Cuba, jun­to con otras muchas com­pa­ñe­ras, es la aten­ción a las con­di­cio­nes de crea­ción y cir­cu­la­ción de esa escri­tu­ra de muje­res, su rela­ción con el canon, la crí­ti­ca y la ense­ñan­za de la lite­ra­tu­ra, entre otros aspectos.

A par­tir de ahí, me he dedi­ca­do a la crí­ti­ca femi­nis­ta como un modo de res­ca­tar el cau­ce sub­te­rrá­neo (a veces visi­ble, otras no) de una escri­tu­ra, o más bien de una narra­ti­va, que no ha goza­do de la mis­ma difu­sión y aten­ción crí­ti­ca que la de los escritores.

Cuan­do empe­cé a escri­bir, a comien­zos de los noven­ta, ape­nas se habla­ba en esos tér­mi­nos, sal­vo en los tex­tos de algu­nas pocas ade­lan­ta­das. Enton­ces cada decla­ra­ción pare­cía una bata­lla, la crea­ción de las muje­res era una ausen­cia (una caren­cia, como hizo cons­tar Lui­sa Cam­pu­zano en aquel tex­to ya clá­si­co de 1984), sobre todo en la narra­ti­va, pues la poe­sía siem­pre se ha reco­no­ci­do como géne­ro más afín a las mujeres.

Duran­te la déca­da ante­rior, hubo acer­ca­mien­tos espe­cí­fi­cos: Nara Arau­jo había comen­ta­do tex­tos de Via­je­ras al Cari­be (1983), Olga Fer­nán­dez había publi­ca­do la anto­lo­gía Las muje­res y el sen­ti­do del humor (1986) y Susa­na Mon­te­ro había estu­dia­do La narra­ti­va feme­ni­na entre 1923 y 1958 (1987). Poco a poco, fue armán­do­se la nece­sa­ria genea­lo­gía que esta­ble­cía un cur­so pro­pio, el hallaz­go de una voz –o de un con­jun­to de voces– en un con­tex­to patriar­cal, la bús­que­da de reco­no­ci­mien­to en la labor pre­via. En eso fue deci­si­va la anto­lo­gía Esta­tuas de sal (1996), de Mir­ta Yáñez y Marilyn Bobes.

Nues­tro tra­ba­jo puso en sol­fa la crí­ti­ca lite­ra­ria cen­tra­da solo en voces mas­cu­li­nas, que rele­ga­ba la crea­ción de las muje­res a un plano menor, siem­pre insu­fi­cien­te en rela­ción con su con­tex­to, y con­tri­bu­yó a diver­si­fi­car las lec­tu­ras cir­cu­lan­tes acer­ca de nues­tra tra­di­ción, tan­to como de la crea­ción contemporánea.

Hoy es habi­tual pen­sar en las escri­to­ras cuan­do se tra­ta de armar un balan­ce, sus obras cir­cu­lan con mucho más énfa­sis públi­co, mejor divul­ga­ción, se reco­no­cen unas en otras y en ante­ce­so­ras comu­nes. Todas son ganan­cias no solo del tra­ba­jo de cada una para esta­ble­cer una obra sig­ni­fi­ca­ti­va, sino de la posi­bi­li­dad de reco­no­cer­se en sus igua­les, de haber reci­bi­do aten­ción de una crí­ti­ca com­pro­me­ti­da que las puso a cir­cu­lar en igual­dad de con­di­cio­nes que a sus com­pa­ñe­ros de gene­ra­ción y tra­zó una genea­lo­gía a la que adscribirse.

Esa crí­ti­ca femi­nis­ta gene­ró espa­cios de liber­tad en la crea­ción, al pro­veer lec­tu­ras cada vez más aten­tas y, por ende, una mayor capa­ci­dad para escu­char esas voces. Y las auto­ras se fue­ron reco­no­cien­do como igua­les en encuen­tros y anto­lo­gías. Había una crí­ti­ca para apo­yar sus bús­que­das, sin pre­jui­cios. Eso inne­ga­ble­men­te influ­yó en la cali­dad de la escri­tu­ra de las auto­ras cuba­nas, en su arrai­go en una tra­di­ción con cono­ci­mien­to de cau­sa, en su explo­ra­ción de for­mas nue­vas y arries­ga­das, en una mayor liber­tad de creación.

El femi­nis­mo aca­dé­mi­co ha sido fun­da­men­tal para pre­ser­var y man­te­ner la tra­di­ción femi­nis­ta cuba­na, que data de más de un siglo. ¿Cuá­les crees que son sus apor­tes y limi­ta­cio­nes entre nosotras?

A mí me pare­ce que las cla­si­fi­ca­cio­nes recor­tan la expe­rien­cia femi­nis­ta, pues nadie per­ma­ne­ce ence­rra­da en un ámbi­to espe­cí­fi­co. Hay una tra­di­ción, cla­ro. Pen­se­mos por ejem­plo en Cami­la Hen­rí­quez Ure­ña, su labor en el Lyceum, su pro­duc­ción de tex­tos fun­da­men­ta­les para pen­sar, como inte­lec­tual femi­nis­ta, la con­di­ción de la mujer. Tam­bién acu­día a la cár­cel de Gua­na­ba­coa, par­ti­ci­pa­ba en las dis­cu­sio­nes públi­cas, ejer­cía su capa­ci­dad inte­lec­tual para el mejo­ra­mien­to social.

En el espa­cio aca­dé­mi­co empe­zó a divul­gar­se el pen­sa­mien­to y la prác­ti­ca his­tó­ri­ca femi­nis­tas, se esti­mu­ló el inte­rés en la explo­ra­ción de las con­di­cio­nes de vida y crea­ción de las muje­res, en la inda­ga­ción de las dife­ren­cias y des­igual­da­des, en la visi­bi­li­za­ción de una expe­rien­cia específica.

Sin la divul­ga­ción de esas ideas y pers­pec­ti­vas de aná­li­sis de la reali­dad ínti­ma y social, la acción femi­nis­ta no hubie­ra sido posi­ble. El pen­sa­mien­to femi­nis­ta ha reve­la­do modos de opre­sión en la vida coti­dia­na y ha con­tri­bui­do a crear espa­cios y estra­te­gias de resis­ten­cia, cues­tio­nan­do los luga­res comu­nes de la femi­ni­dad, de las rela­cio­nes sexua­les, labo­ra­les, de la con­tri­bu­ción his­tó­ri­ca de las muje­res. Sin esa teo­ría, la prác­ti­ca no sería la misma.

Cuan­do par­ti­ci­pa­mos en espa­cios de acti­vis­mo públi­co, jun­to a com­pa­ñe­ras pro­ve­nien­tes de otros ámbi­tos, segui­mos crean­do redes y reco­no­cién­do­nos unas en otras, para abar­car más espa­cios de expe­rien­cia y acción. En el espa­cio aca­dé­mi­co e inte­lec­tual comen­za­ron las dis­cu­sio­nes que tra­je­ron de vuel­ta el femi­nis­mo al ámbi­to de la dis­cu­sión públi­ca, en medio de la com­pro­ba­ción de la tenaz per­sis­ten­cia del patriar­ca­do en la socie­dad socialista.

Dadas las con­di­cio­nes de Cuba, es difí­cil cons­ti­tuir aso­cia­cio­nes y lle­var a cabo pro­yec­tos sin la media­ción de ins­ti­tu­cio­nes u ONGs, así que duran­te mucho tiem­po inten­té expli­car­me mi pro­pia acti­vi­dad públi­ca como una espe­cie de guerrilla.

Coin­ci­di­mos en espa­cios diver­sos con otras femi­nis­tas y toma­mos deci­sio­nes colec­ti­vas o lle­va­mos a cabo una acción espe­cí­fi­ca, pero al final ter­mi­na­mos sepa­rán­do­nos y vol­vien­do cada una a su espa­cio coti­diano. Eso, que pue­de pare­cer una debi­li­dad, duran­te mucho tiem­po se me anto­jó una for­ta­le­za. La movi­li­dad te hace menos vul­ne­ra­ble, más libre, más efi­caz. Y las alian­zas no tie­nen por qué ser eter­nas. Debe­mos faci­li­tar espa­cios de encuen­tro para lle­var ade­lan­te ini­cia­ti­vas espe­cí­fi­cas y pro­pi­ciar la cola­bo­ra­ción entre colec­ti­vos ya afianzados.

Sin embar­go, nece­si­ta­mos accio­nes colec­ti­vas y visi­bles que pue­dan lle­var­nos a deci­sio­nes inapla­za­bles en temas urgen­tes. Y eso nos fal­ta. La mayor limi­ta­ción que tene­mos es la de no reco­no­cer­nos en nues­tras seme­jan­tes. A menu­do se impo­ne la nega­ti­va de las ins­ti­tu­cio­nes y estruc­tu­ras guber­na­men­ta­les a reco­no­cer el papel desem­pe­ña­do por el acti­vis­mo en el avan­ce de la dis­cu­sión sobre pro­ble­mas específicos.

Al gobierno cubano le cues­ta mucho reco­no­cer que la lla­ma­da “socie­dad civil” ha sido par­te de la dis­cu­sión y la bús­que­da de solu­cio­nes a cier­tos pro­ble­mas y cuan­do lle­ga a tomar una medi­da espe­cí­fi­ca, sue­le acla­rar que nadie influ­yó en esa deci­sión, como si le aver­gon­za­ra escu­char a quie­nes debe­rían ser sus alia­dos natu­ra­les: la gen­te. Es una acti­tud un poco infan­til, la ver­dad, y ago­ta­do­ra. Todas sabe­mos cuán­to hemos podi­do influir en la dis­cu­sión públi­ca de cier­tos temas y en el avan­ce legis­la­ti­vo y de accio­nes socia­les que pue­da venir. Pero no hay que cansarse.

En las pri­me­ras déca­das del siglo XXI hemos vis­to una diver­si­fi­ca­ción y auge de colec­ti­vos, pro­yec­tos y, de mane­ra gene­ral, del acti­vis­mo femi­nis­ta. Tenien­do en cuen­ta la impor­tan­cia de con­cer­tar una agen­da común para avan­zar, ¿qué pro­ble­má­ti­cas y pun­tos cla­ves aportarías?

Para mí, lo pri­me­ro es pro­mo­ver un deba­te públi­co amplio sobre la con­di­ción de la mujer (y sobre otros muchos temas, cla­ro está), sobre los retro­ce­sos que la cri­sis de los noven­ta tra­jo con­si­go al inte­rior de la fami­lia y en la escue­la, en la edu­ca­ción que se iba cons­tru­yen­do para una socie­dad más jus­ta, en los ser­vi­cios públi­cos que con­tri­buían a equi­li­brar los medios de repro­duc­ción de la fuer­za de trabajo.

Tam­bién acer­ca de temas espe­cí­fi­cos de salud públi­ca, como el abor­to; o sobre la dise­mi­na­ción de una ideo­lo­gía con­ser­va­do­ra sobre el lugar de la mujer en la fami­lia y la socie­dad; las repre­sen­ta­cio­nes sexis­tas en el arte, con la cosi­fi­ca­ción del cuer­po feme­nino como tro­feo; o sobre la lega­li­za­ción del matri­mo­nio igua­li­ta­rio. Sería inter­mi­na­ble. Y hay una reti­cen­cia muy pro­fun­da a tener esa dis­cu­sión públi­ca, per­ma­nen­te y abier­ta, inelu­di­ble para iden­ti­fi­car los pro­ble­mas más serios de nues­tra socie­dad, como las agre­sio­nes sexis­tas, el empo­bre­ci­mien­to y el regre­so de muchas muje­res a lo domés­ti­co en régi­men casi de ser­vi­dum­bre, la dis­cri­mi­na­ción racial, la aten­ción espe­cí­fi­ca en salud, las cla­ves para un enve­je­ci­mien­to salu­da­ble, etc.

Lo fun­da­men­tal sería crear redes amplias y lle­var a cabo encuen­tros soli­da­rios, de mane­ra que todas par­ti­ci­pe­mos, nos conoz­ca­mos mejor y nos apo­ye­mos en acuer­dos colectivos.

En 2020 reci­bis­te el Pre­mio Ale­jo Car­pen­tier de ensa­yo por el libro Tri­bu­la­cio­nes de Espa­ña en Amé­ri­ca. Tres epi­so­dios de his­to­ria y fic­ción. En las pala­bras del jura­do se reco­no­cen los apor­tes de la inves­ti­ga­ción a pre­gun­tas como “¿Qué here­da­mos? ¿Por qué somos como somos? ¿Cómo juz­gar el dere­cho a la voz? ¿Quién y cómo ha con­ta­do nues­tra historia?”.

Para la Cuba de hoy y las com­ple­ji­da­des que vive, qué valor tie­ne la memo­ria; mirar de mane­ra crí­ti­ca –y femi­nis­ta— nues­tra historia.

La his­to­ria nos per­mi­te con­je­tu­rar el ori­gen de cier­tas acti­tu­des colec­ti­vas y ges­tos com­par­ti­dos, de algu­nos pre­jui­cios. Vol­ver a la his­to­ria pue­de ali­men­tar­nos. Cuan­do, des­de el pre­sen­te, revi­sa­mos las voces con­flu­yen­tes en un momen­to dado, o en su deve­nir, y com­pro­ba­mos la diver­si­dad, las dis­cu­sio­nes, la pelea por la inter­pre­ta­ción, enton­ces que­da cla­ro que siem­pre hay algo más que el regis­tro obje­ti­vo de un hecho específico.

Asu­mir esa his­to­ria des­de una pers­pec­ti­va crí­ti­ca y femi­nis­ta per­mi­te dudar de dis­cur­sos afian­za­dos, bus­car la raíz de las inter­pre­ta­cio­nes pre­vias, inte­rro­gar el des­tino de las muje­res don­de antes ape­nas eran visi­bles y traer al pre­sen­te sus ideas, prác­ti­cas vita­les, pro­duc­ción cul­tu­ral, estra­te­gias de lucha. Es una vía para reco­ger esa expe­rien­cia pre­via, inter­pre­tar­la y apren­der de ella.

Fuen­te: Cuba infor­ma­ción – Foto de por­ta­da: Zai­da Capo­te es una de las inte­lec­tua­les femi­nis­tas de refe­ren­cia en la Cuba de hoy – SEM­lac Cuba.

Itu­rria /​Fuen­te

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Twitter
Facebook
Telegram

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *