Méxi­co. La aus­te­ri­dad de AMLO

Tony Wood /​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 28 de enero de 2021

La «aus­te­ri­dad repu­bli­ca­na» de Andrés Manuel López Obra­dor pre­ten­de ser un ajus­te fis­cal al bene­fi­cio de los más pobres de la socie­dad mexi­ca­na. Pero la aus­te­ri­dad es una base frá­gil sobre la cual cons­truir una polí­ti­ca con ambi­cio­nes transformadoras.

En Méxi­co, como en cual­quier lugar de Amé­ri­ca Lati­na, la gran des­igual­dad y un sis­te­ma de salud públi­ca frá­gil han exa­cer­ba­do los efec­tos de la pan­de­mia de COVID-19. Pero algo en lo que Méxi­co se des­ta­ca cla­ra­men­te es en la esca­la limi­ta­da de la res­pues­ta eco­nó­mi­ca del gobierno. Mien­tras que otros paí­ses de la región imple­men­ta­ron impor­tan­tes medi­das de estí­mu­lo duran­te la pri­ma­ve­ra pasa­da –en un ran­go que abar­ca des­de el 7% del PIB en Chi­le y Perú has­ta el 2% en Argen­ti­na– el gobierno de Andrés Manuel López Obra­dor anun­ció un gas­to adi­cio­nal de solo el 0,7% del PIB. Con­de­na­do por la pren­sa domi­nan­te de Occi­den­te como un «popu­lis­ta» peli­gro­so, el pre­si­den­te mexi­cano se ha gana­do aho­ra la rara dis­tin­ción de ser cas­ti­ga­do en los mis­mos círcu­los por no gas­tar sufi­cien­te dinero.

El ajus­te fis­cal de López Obra­dor pue­de pare­cer sor­pren­den­te, pero está com­ple­ta­men­te en línea con las polí­ti­cas de su gobierno: des­de que asu­mió hace tan solo dos años, ha imple­men­ta­do una medi­da de aus­te­ri­dad tras otra. Duran­te el verano de 2018, AMLO –cono­ci­do uni­ver­sal­men­te por sus ini­cia­les– ganó la pre­si­den­cia mexi­ca­na por golea­da y la coa­li­ción diri­gi­da por su par­ti­do, el Movi­mien­to Rege­ne­ra­ción Nacio­nal (MORENA), obtu­vo mayo­rías hol­ga­das en ambas cáma­ras del Con­gre­so. El resul­ta­do no solo impli­có una derro­ta para el Par­ti­do Revo­lu­cio­na­rio Ins­ti­tu­cio­nal (PRI), sino tam­bién un colap­so más gene­ral del res­pal­do con el que con­ta­ban las fuer­zas polí­ti­cas domi­nan­tes del país. El ascen­so de AMLO tam­bién pare­cía pro­me­ter una reno­va­ción dra­má­ti­ca de la polí­ti­ca mexi­ca­na, ambi­ción que se expre­sa­ba en su pro­me­sa de gene­rar lo que deno­mi­nó «cuar­ta trans­for­ma­ción» («4T»): una remo­de­la­ción del S. XXI com­pa­ra­ble a la lucha por la Inde­pen­den­cia, a las refor­mas libe­ra­les de media­dos del S. XIX impul­sa­das por Beni­to Juá­rez y a la Revo­lu­ción Mexicana.

Sin embar­go, los méto­dos para alcan­zar este obje­ti­vo resul­ta­ron ser un tan­to escan­da­lo­sos. Su espec­tro abar­ca des­de des­pi­dos masi­vos has­ta duros recor­tes en edu­ca­ción y salud, pasan­do por ajus­tes en el pre­su­pues­to des­ti­na­do a las artes y a las cien­cias y por el sor­teo del avión pre­si­den­cial. Cuan­do AMLO anun­ció el «fin del neo­li­be­ra­lis­mo» en mar­zo de 2019, esta­ba imple­men­tan­do al mis­mo tiem­po recor­tes de una mag­ni­tud que no se había vis­to duran­te los gobier­nos de la mayo­ría de sus pre­de­ce­so­res neo­li­be­ra­les. Ese mis­mo noviem­bre, el Con­gre­so mexi­cano apro­bó una Ley Fede­ral de Aus­te­ri­dad Repu­bli­ca­na, con­sa­gran­do legal­men­te la dis­ci­pli­na fis­cal como una de las pie­dras angu­la­res de la ges­tión esta­tal. Esta agen­da ha enfu­re­ci­do a mucha gen­te y ha plan­tea­do dudas acer­ca de si un gobierno como este pue­de ser con­si­de­ra­do pro­gre­sis­ta. Sus accio­nes en otras áreas –abra­zos con el Ejér­ci­to, retó­ri­ca con­ser­va­do­ra alre­de­dor de la fami­lia, hos­ti­li­dad fren­te a las recien­tes movi­li­za­cio­nes femi­nis­tas, des­plie­gue de tro­pas a pedi­do de EE. UU.– han pro­fun­di­za­do el amplio sen­ti­mien­to de decep­ción, o inclu­so de trai­ción, que gene­ró su pro­gra­ma económico.

Esta bús­que­da obse­si­va de la aus­te­ri­dad pare­ce con­for­mar­se al patrón desas­tro­so de «con­so­li­da­cio­nes» que siguió a la cri­sis finan­cie­ra glo­bal de 2008 – 2009. Sin embar­go, el sello de AMLO lo dis­tin­gue del mode­lo glo­bal de los años 2010 en tres aspec­tos que están inter­co­nec­ta­dos. En pri­mer lugar, la «aus­te­ri­dad repu­bli­ca­na» ha sido duran­te mucho tiem­po una par­te del pro­yec­to polí­ti­co de AMLO, que en sí mis­mo debe ser com­pren­di­do como un inten­to de revi­vir las ener­gías del nacio­na­lis­mo revo­lu­cio­na­rio mexi­cano, per­di­das hace mucho tiem­po. En segun­do lugar, la aus­te­ri­dad de AMLO apun­ta a reha­cer el Esta­do mexi­cano de una for­ma dis­tin­ta a la varian­te neo­li­be­ral. En ter­cer lugar, no obs­tan­te, los hori­zon­tes de esta ambi­ción están res­trin­gi­dos por los lími­tes estre­chos del mar­co fis­cal mexi­cano de los últi­mos cua­ren­ta años. Ade­más de gene­rar tur­bu­len­cias para su gobierno en el cor­to pla­zo, su com­pro­mi­so con la aus­te­ri­dad debe­ría lle­var a que se plan­tee la cues­tión de qué tipo de trans­for­ma­ción se está desarrollando.

A pesar de que el 4T es en muchos sen­ti­dos algo nue­vo, su natu­ra­le­za le debe bas­tan­te a la matriz de la carre­ra polí­ti­ca en la que se for­mó AMLO. Naci­do en la zona cos­te­ra de Tabas­co, rica en petró­leo, AMLO algu­na vez defi­nió con orgu­llo a los polí­ti­cos de la región como el resul­ta­do lógi­co de su abun­dan­te entorno tro­pi­cal. «Aquí todo flo­re­ce y se derra­ma», escri­bió en El poder en el tró­pi­co (2015), una his­to­ria de cua­tro volú­me­nes de la polí­ti­ca esta­tal, obser­van­do que «en línea con nues­tros alre­de­do­res, noso­tros los tabas­que­ños no sabe­mos disi­mu­lar». Acti­vis­ta com­ba­ti­vo, AMLO es cono­ci­do por su carác­ter deci­di­do y la vez tenaz e incon­for­mis­ta. A pesar de que fue a la uni­ver­si­dad en Ciu­dad de Méxi­co, cre­ció en Tabas­co y su bau­tis­mo polí­ti­co ocu­rrió cuan­do vol­vió allí a tra­ba­jar en la cam­pa­ña sena­to­rial del poe­ta Car­los Pelli­cer en 1976. Para ese enton­ces se había uni­do al PRI, y cum­plió fun­cio­nes guber­na­men­ta­les en dis­tin­tos nive­les del Esta­do duran­te los años siguien­tes. Mien­tras que el orgu­llo de AMLO por su «patria chi­ca» no es del todo inusual, no está com­ple­men­ta­do por el tipo de inter­na­cio­na­lis­mo en el que se for­mó bue­na par­te de la izquier­da mexi­ca­na orga­ni­za­da. Aun­que tam­po­co com­par­te el ape­go por EE. UU. que carac­te­ri­za a los sec­to­res domi­nan­tes de la polí­ti­ca mexi­ca­na. Es un polí­ti­co con un hori­zon­te resuel­ta­men­te nacional.

La coyun­tu­ra de fines de los años 1970 es cru­cial para com­pren­der la mira­da de AMLO. Fue un momen­to en el que el PRI, lleno de petro­dó­la­res, expan­dió el gas­to e hizo ges­tos retó­ri­cos hacia las refor­mas radi­ca­les desa­rro­lla­das por Láza­ro Cár­de­nas en los años 1930. Pero el cúmu­lo de deu­das dejó al país expues­to a las cri­sis exter­nas, y la com­bi­na­ción del colap­so de los pre­cios del petró­leo a nivel glo­bal y el aumen­to de las tasas de inte­rés de EE. UU. gene­ró una espi­ral eco­nó­mi­ca decre­cien­te. La cri­sis del peso de 1982 lle­vó a una nue­va épo­ca de sobrie­dad macro­eco­nó­mi­ca, y expu­so simul­tá­nea­men­te la vacui­dad de las pro­me­sas del PRI. Estos hechos defi­nie­ron algu­nos pará­me­tros impor­tan­tes para la evo­lu­ción polí­ti­ca de AMLO. Por un lado, pro­fun­di­za­ron su aver­sión a la deu­da, con­si­de­ra­da como un ele­men­to que soca­va la sobe­ra­nía y abre el camino hacia la humi­lla­ción nacio­nal; por otro lado, moti­va­ron el deseo de cum­plir con las pro­me­sas falli­das del desa­rro­llis­mo del PRI. Lue­go de la cri­sis del peso, los legis­la­do­res mexi­ca­nos adop­ta­ron una dis­ci­pli­na fis­cal que se man­tu­vo prác­ti­ca­men­te inal­te­ra­da duran­te todos los gobier­nos subsecuentes.

Si bien el fin de los años 1970 y el comien­zo de los años 1980 fue­ron for­ma­ti­vos para AMLO, fue recién duran­te el nue­vo siglo, lue­go de ser elec­to jefe de gobierno de Ciu­dad de Méxi­co en el año 2000, cuan­do su pro­yec­to polí­ti­co real­men­te tomó for­ma. Entre­tan­to, la eco­no­mía polí­ti­ca del país había sido com­ple­ta­men­te rehe­cha: en los años 1990 Méxi­co sufrió una de las reduc­cio­nes del rol eco­nó­mi­co del Esta­do más ace­le­ra­das que se hayan vis­to. El PRI de Car­los Sali­nas ven­dió 150 empre­sas esta­ta­les entre 1988 y 1994. Esto erra­di­có los últi­mos ves­ti­gios del desa­rro­llis­mo, pro­vo­can­do un pico de des­igual­dad y el sur­gi­mien­to de un nue­vo tipo de oli­gar­cas. Tam­bién impli­có una reduc­ción drás­ti­ca de la base de ingre­sos del Esta­do, sin mediar nin­gún inten­to com­pen­sa­to­rio para incre­men­tar la recau­da­ción. Esta com­bi­na­ción –baja inver­sión públi­ca y capa­ci­dad de recau­da­ción limi­ta­da– ha para­li­za­do des­de enton­ces al Esta­do mexi­cano, difi­cul­tan­do cual­quier pro­gra­ma de inver­sión y ajus­tan­do toda­vía más el nudo de la dis­ci­pli­na fiscal.

Duran­te su desem­pe­ño como jefe de gobierno de la capi­tal des­de 2000 has­ta 2005, AMLO se pre­sen­tó como una alter­na­ti­va al con­sen­so neo­li­be­ral rei­nan­te. Imple­men­tó algu­nos pro­gra­mas socia­les que sus­ci­ta­ron com­pa­ra­cio­nes con el enton­ces nacien­te ciclo pro­gre­sis­ta, y mos­tró un gus­to por los mega­pro­yec­tos al vie­jo esti­lo priís­ta, entre los cua­les se des­ta­ca la cons­truc­ción de un segun­do nivel para la gran auto­pis­ta de cir­cun­va­la­ción de Ciu­dad de Méxi­co. Tan­to las medi­das redis­tri­bu­ti­vas como la osten­to­sa infra­es­truc­tu­ra fue­ron tam­bién una for­ma de publi­ci­dad para sus ambi­cio­nes pre­si­den­cia­les. ¿Qué tipo de agen­da inten­ta­ría imple­men­tar AMLO a esca­la nacional?

En 2004, AMLO dise­ño un posi­ble plan de gobierno en Un pro­yec­to alter­na­ti­vo de nación: hacia un cam­bio ver­da­de­ro. A pesar de que estos docu­men­tos sue­len ser fáci­les de olvi­dar, en este caso hay con­ti­nui­da­des nota­bles entre el AMLO de los años 2000 y el del pre­sen­te. Muchos de los moti­vos del 4T toma­ron for­ma en 2004, inclu­yen­do la con­sig­na «los pobres pri­me­ro» –en la que resue­na la «opción pre­fe­ren­cial por los pobres» de la teo­lo­gía de la libe­ra­ción– y la idea de que el sec­tor petro­le­ro es la «palan­ca del desa­rro­llo nacio­nal». Tam­bién esta­ba pre­sen­te en aquel enton­ces la con­vic­ción de que «no ten­dría sen­ti­do cam­biar el mar­co macro­eco­nó­mi­co», acom­pa­ña­da de un lla­ma­mien­to a la baja infla­ción y a la dis­ci­pli­na fiscal.

Toda­vía más impac­tan­te es el énfa­sis que AMLO ponía en la «aus­te­ri­dad repu­bli­ca­na», defi­ni­da allí «no solo como una cues­tión admi­nis­tra­ti­va, sino de prin­ci­pios». Remon­tán­do­se a la pro­bi­dad per­so­nal de Beni­to Juá­rez, AMLO insis­tía en que «es impo­si­ble ima­gi­nar­se un gobierno rico con un pue­blo pobre», pala­bras que hoy se han con­ver­ti­do en uno de los esló­ga­nes de la 4T. Mien­tras insis­tía en la nece­si­dad de fun­cio­na­rios públi­cos hones­tos y com­pro­me­ti­dos, bos­que­ja­ba medi­das dise­ña­das para «redu­cir el cos­to del gobierno en bene­fi­cio de la socie­dad»: redu­cir el exce­so buro­crá­ti­co para hacer más efi­cien­te el gas­to esta­tal. En Ciu­dad de Méxi­co, argu­men­ta­ba, la obra públi­ca y las medi­das en con­tra de la pobre­za se alcan­za­ron sin incre­men­tar el cos­to del ser­vi­cio de la deu­da. Para AMLO, la aus­te­ri­dad era una for­ma de encon­trar la cua­dra­tu­ra del círcu­lo que plan­tea­ba la com­bi­na­ción entre dis­ci­pli­na fis­cal y desa­rro­llo social y eco­nó­mi­co diri­gi­do por el Esta­do: no se tra­ta­ba solo de una polí­ti­ca pre­su­pues­ta­ria, sino de toda una filo­so­fía que com­bi­na­ba en un círcu­lo vir­tuo­so la hones­ti­dad, la igual­dad y la soberanía.

Un aspec­to cla­ve de la idea de la «aus­te­ri­dad repu­bli­ca­na» fue el impul­so de remo­de­lar el Esta­do mexi­cano. Mien­tras que ni el com­pro­mi­so con la dis­ci­pli­na fis­cal ni la expan­si­va agen­da anti­po­bre­za eran nue­vas, sí lo era la idea de per­se­guir ambas metas al mis­mo tiem­po por medio de un achi­ca­mien­to del apa­ra­to buro­crá­ti­co. A pesar de que el pro­yec­to de AMLO podría ser defi­ni­do como neo­car­de­nis­ta –en espe­cial por su obse­sión en revi­vir las for­tu­nas de PEMEX, la empre­sa crea­da cuan­do Cár­de­nas nacio­na­li­zó el petró­leo en 1938– su plan para el Esta­do avan­zó en la direc­ción con­tra­ria: no una expan­sión, sino una con­trac­ción. Creía que el Esta­do mexi­cano tal como está cons­ti­tui­do actual­men­te no esta­ba equi­pa­do para pro­mo­ver el cre­ci­mien­to nacio­nal ni para ser­vir a los más pobres, y que estas metas serían más ase­qui­bles con un apa­ra­to opti­mi­za­do. Aun­que este pro­gra­ma se ajus­ta has­ta cier­to pun­to a las medi­das neo­li­be­ra­les de poda inten­sa del Esta­do, es impor­tan­te notar la dife­ren­cia de moti­va­cio­nes: mien­tras que las «refor­mas estruc­tu­ra­les» han sido gene­ral­men­te par­te de un pro­yec­to de cla­se para redis­tri­buir los ingre­sos hacia arri­ba, la aus­te­ri­dad de AMLO apun­ta abier­ta­men­te a trans­fe­rir de for­ma direc­ta más recur­sos a los pobres.

Las ambi­cio­nes pre­si­den­cia­les de AMLO se frus­tra­ron en 2006, cuan­do las auto­ri­da­des elec­to­ra­les del país le con­ce­die­ron una vic­to­ria frau­du­len­ta a Feli­pe Cal­de­rón del Par­ti­do de Acción Nacio­nal (PAN), y fue­ron blo­quea­das nue­va­men­te en 2012 cuan­do que­dó en segun­do lugar fren­te a Enri­que Peña Nie­to del PRI. Para el momen­to en que la ava­lan­cha de 2018 final­men­te lo lle­vó a la pre­si­den­cia, el país esta­ba des­tro­za­do por la «gue­rra con­tra el nar­co­trá­fi­co» y des­mo­ra­li­za­do por la corrup­ción gene­ra­li­za­da y una des­igual­dad cada vez más acen­tua­da. Pero a pesar de que muchas cosas cam­bia­ron en Méxi­co des­de 2004, el enfo­que de AMLO sigue sien­do con­sis­ten­te, tal como evi­den­cia su com­pro­mi­so cons­tan­te con las con­fe­ren­cias de pren­sa dia­rias de las 7 a. m. y los pro­yec­tos colo­sa­les de infra­es­truc­tu­ra como el Tren Maya, cuyo tra­za­do –que pasa a tra­vés de tie­rras indí­ge­nas– ha sus­ci­ta­do una opo­si­ción vehemente.

Los recor­tes que AMLO imple­men­tó des­de que lle­gó al gobierno tam­bién están en con­so­nan­cia con su anti­guo plan de acción. Hay que decir que estos no toma­ron solo la for­ma de reduc­cio­nes pre­su­pues­ta­rias (a pesar de que ha habi­do muchas de estas, inclu­yen­do los recor­tes «volun­ta­rios» del 25% al sala­rio de los fun­cio­na­rios esta­ta­les). AMLO tam­bién ha embes­ti­do con­tra el apa­ra­to buro­crá­ti­co, anun­cian­do en abril de 2020 que abo­li­ría diez sub­se­cre­ta­rías en dis­tin­tos minis­te­rios del gobierno. Al mis­mo tiem­po, eli­mi­nó muchas de las con­di­cio­nes que esta­ban inclui­das en los pro­gra­mas de trans­fe­ren­cia con­di­cio­na­da de recur­sos, optan­do por pagar­les direc­ta­men­te a los des­ti­na­ta­rios. A pesar de que se recor­tó una par­te con­si­de­ra­ble del gas­to en edu­ca­ción, una pro­por­ción toda­vía más gran­de se diri­ge aho­ra a pro­gra­mas de sub­ven­cio­nes para las fami­lias que tie­nen hijos en la escue­la. La meta aquí es redu­cir el gas­to y eli­mi­nar las capas de media­ción buro­crá­ti­ca entre el Esta­do y la pobla­ción al mis­mo tiem­po. La polí­ti­ca fis­cal de AMLO tam­bién ha sido enmar­ca­da como una cam­pa­ña con­tra la corrup­ción. Cerró las lla­ves de la finan­cia­ción de una for­ma casi tan drás­ti­ca como la que defi­nió sus medi­das con­tra los «hua­chi­co­le­ros» –ladro­nes que extraían petró­leo de los oleo­duc­tos de PEMEX– duran­te el comien­zo de su mandato.

Los con­tor­nos del esti­lo de la aus­te­ri­dad de AMLO sir­ven para expli­car la ausen­cia de res­pues­tas en el país. Los medios domi­nan­tes, la inte­lli­gen­tsia y las éli­tes cul­tu­ra­les han con­de­na­do los recor­tes des­de dis­tin­tos ángu­los (y con dis­tin­tos gra­dos de mala fe), alián­do­se a fran­jas de las cla­ses medias de la capi­tal y de otros esta­dos. Pero el índi­ce de apro­ba­ción gene­ral de AMLO se man­tie­ne alre­de­dor del 60%. Esto a pesar de la ges­tión errá­ti­ca de la pan­de­mia de COVID-19. (La fal­ta de tes­teos ha deja­do en las som­bras su mag­ni­tud, pero indu­da­ble­men­te Méxi­co ha sido una de las regio­nes más gol­pea­das. En junio de 2020, AMLO decla­ró que una «con­cien­cia lim­pia» era la mejor defen­sa con­tra el virus; el 24 de enero de 2021 reve­ló que él mis­mo lo había con­traí­do). Una par­te de su popu­la­ri­dad sos­te­ni­da se debe al éxi­to eco­nó­mi­co tem­prano de su gobierno: duran­te el pri­mer año, los ingre­sos labo­ra­les cre­cie­ron casi un 6%, más del doble del incre­men­to alcan­za­do duran­te toda la pre­si­den­cia de Peña Nie­to, con­tán­do­se un aumen­to más mar­ca­do del 24% para quie­nes están entre el 20% de los tra­ba­ja­do­res más pobres. Tam­bién pare­ce plau­si­ble afir­mar que los recor­tes no afec­ta­ron (toda­vía) a las amplias masas de la pobla­ción. Y a pesar de que las reduc­cio­nes pre­su­pues­ta­rias con­ti­núan, incre­men­tó tam­bién el núme­ro de bene­fi­cia­rios de pro­gra­mas socia­les del gobierno, pasan­do de 13 millo­nes bajo el man­da­to de Peña Nie­to a 21 millo­nes en la actualidad.

En una pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca, el ras­go más dis­tin­ti­vo del pro­yec­to de AMLO tal vez sea su com­ple­to desin­te­rés en coque­tear con la cla­se media mexi­ca­na, con la éli­te cul­tu­ral y con la inte­lli­gen­tsia, a las que ha lle­ga­do a pro­vo­car enér­gi­ca­men­te en algu­nas oca­sio­nes. A pesar de que gobier­nos ante­rio­res hubie­sen sido capa­ces de apli­car recor­tes seme­jan­tes, ni el PRI ni el PAN hubie­ran anta­go­ni­za­do con estos sec­to­res del elec­to­ra­do que, des­pués de todo, inclu­yen a sus seme­jan­tes y a los árbi­tros mediá­ti­cos de sus for­tu­nas polí­ti­cas. Lo mis­mo no vale para AMLO, que con­fía –tal vez dema­sia­do– en que su poder pro­vie­ne de otro lado.

Con todo, la aus­te­ri­dad de AMLO es una base frá­gil sobre la cual cons­truir una polí­ti­ca con ambi­cio­nes trans­for­ma­do­ras. En pri­mer lugar –y lo que es más obvio – , su espa­cio para manio­brar está muy ajus­ta­do por el mar­co que con­ser­vó de los gobier­nos ante­rio­res. Com­pro­me­ti­do con un pre­su­pues­to balan­cea­do, y rea­cio a incre­men­tar la car­ga de la deu­da, comen­zó su man­da­to pro­me­tien­do que no habría nin­gún incre­men­to de impues­tos duran­te la pri­me­ra mitad de su sexe­nio. A pesar de que esto deja abier­ta la posi­bi­li­dad de un ajus­te de los impues­tos lue­go de 2021, es impro­ba­ble que refor­me el sis­te­ma tri­bu­ta­rio tan­to como para alte­rar sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te los pará­me­tros fis­ca­les. A pesar de que AMLO ha teni­do éxi­to al hacer que muchas gran­des empre­sas paguen impues­tos atra­sa­dos, una pro­por­ción gene­ral de ingre­sos tri­bu­ta­rios como por­cen­ta­je del PIB del 17% sitúa en este sen­ti­do a Méxi­co por deba­jo de cual­quier otro Esta­do miem­bro de la OCDE. Atra­pa­do en la mis­ma cami­sa de fuer­za fis­cal que sus pre­de­ce­so­res, AMLO ha pro­me­ti­do mucho más que ellos. En el mar­co de una con­fron­ta­ción eco­nó­mi­ca glo­bal y del cre­ci­mien­to len­to que afec­ta­rá a Méxi­co en par­ti­cu­lar, la redis­tri­bu­ción de una par­te del pre­su­pues­to no será sufi­cien­te para cum­plir ni siquie­ra una frac­ción de su agen­da. Lo que se nece­si­ta es un gran incre­men­to de la inver­sión (en capa­ci­dad pro­duc­ti­va, infra­es­truc­tu­ra, salud, edu­ca­ción). Sin embar­go, con el enfo­que actual de AMLO y con los bonos de PEMEX degra­da­dos a la cate­go­ría de basu­ra, será difí­cil obte­ner los ingre­sos necesarios.

Al achi­car el Esta­do mexi­cano, AMLO apues­ta a que esta ver­sión adel­ga­za­da podrá redu­cir la pobre­za y ser­vir más direc­ta­men­te al pue­blo. Pero tal como mues­tra el archi­vo glo­bal de la aus­te­ri­dad, un Esta­do redu­ci­do pare­ce ser más pro­cli­ve a con­ver­tir­se en un meca­nis­mo que gene­ra toda­vía más aban­dono, y los pre­su­pues­tos balan­cea­dos son una coar­ta­da para renun­ciar a la res­pon­sa­bi­li­dad. Sobre todo, el achi­ca­mien­to que AMLO tie­ne en men­te pare­ce impli­car la renun­cia al Esta­do acti­vis­ta que ha sido uno de los ins­tru­men­tos cla­ve para el cam­bio social radi­cal en Amé­ri­ca Lati­na y en todo el mun­do. Las lec­cio­nes des­es­pe­ran­za­do­ras están al alcan­ce de la mano. En tér­mi­nos gene­ra­les, a los gobier­nos del ciclo pro­gre­sis­ta los arrui­nó la per­sis­ten­cia de los obs­tácu­los estruc­tu­ra­les que no pudie­ron eli­mi­nar mien­tras estu­vie­ron en el poder. ¿La aus­te­ri­dad de AMLO está ale­jan­do a los úni­cos sec­to­res que podrían dar­le a su pro­yec­to la opor­tu­ni­dad de trans­for­mar Méxi­co en lo más mínimo?

Tony Wood es miem­bro del Comi­té Edi­to­rial de la New Left Review y autor del libro Rus­sia Without Putin: Money, Power and the Myths of the New Cold War (Ver­so, 2018).

Repro­du­ci­do del SIDECAR con el per­mi­so de la New Left Review.

Fuen­te: https://​jaco​bin​lat​.com/​2​0​2​1​/​0​1​/​2​7​/​l​a​-​a​u​s​t​e​r​i​d​a​d​-​d​e​-​a​m​lo/

FUENTE: Rebe­lion

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