Gua­te­ma­la. 38 años de la «Masa­cre de Las Dos Erres» /​/​La his­to­ria del niño que sobre­vi­vió a la muerte

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 7 de diciem­bre de 2020.

El 6 de Diciem­bre de 1982, en el Muni­ci­pio gua­te­mal­te­co de La Liber­tad, Depar­ta­men­to de Petén, se comen­za­ba a escri­bir una de las pági­nas mas oscu­ras de la his­to­ria de Gua­te­ma­la, ese día se ini­cia­ba la «Masa­cre de Las Dos Erres».

La Con­tra revo­lu­ción Gua­te­mal­te­ca diri­gi­da y apo­ya­da por la CIA en 1954, aca­bó, anu­ló y des­ar­ti­cu­ló la mayo­ría de los decre­tos popu­la­res del depues­to gobierno de Juan Jaco­bo Árbenz Guz­mán. La mas noto­ria fue la anu­la­ción del decre­to 900 de refor­ma agra­ria que sig­ni­fi­có la pér­di­da de terre­nos por par­te de los cam­pe­si­nos y la vuel­ta de los Lati­fun­dios inefi­cien­tes y el con­trol de la pro­duc­ción por par­te de la tris­te­men­te famo­sa UFC, la zona de Petén fue la mas resis­ten­te a esta vuel­ta atras.

En 1976 las empre­sas Basic Resour­ces y She­nan­doah Oil encon­tra­ron petró­leo en la zona del Muni­ci­pio la Liber­tad, por ello soli­ci­ta­ron el apo­yo al gobierno, ante la impo­si­bi­li­dad de tener pre­sen­cia mili­tar en todo el terri­to­rio, para la con­flic­ti­va zona de Petén ejér­ci­to orga­ni­zó la Patru­lla de Auto­de­fen­sa Civil, un gru­po de segu­ri­dad para­mi­li­tar. En 1962 toda la resis­ten­cia gue­rri­lle­ra se aglu­ti­nó en la FAR (Fuer­zas Arma­das Rebel­des) que comen­za­ron a hacer­se fuer­tes jus­ta­men­te en Petén.

En Sep­tiem­bre de 1982 una fac­ción de FAR ase­si­nó a 17 mili­ta­res y les roba­ron un arse­nal en las pro­xi­mi­da­des de la comu­ni­dad de Las Dos Erres, por ello el alto man­do envió a una patru­lla para que se haga car­go del con­trol de la segu­ri­dad, los líde­res de la aldea se nega­ron ya que no hacía fal­ta pre­sen­cia mili­tar en su pací­fi­ca aldea. 

El 6 de Diciem­bre de 1982 varias patru­llas para­mi­li­ta­res dis­fra­za­dos de gue­rri­lle­ros rodea­ron la comu­ni­dad y la toma­ron con faci­li­dad ya que no hubo resis­ten­cia de nin­gún tipo, las 72 horas siguien­tes fue­ron las mas ver­gon­zo­sas de la his­to­ria de Gua­te­ma­la, diri­gi­dos por un pelo­tón espe­cial de Kai­bi­les (fuer­zas de éli­te del ejér­ci­to) comen­zó el regis­tro casa por casa. 

En pocas horas la aldea había sido requi­sa­da, no había armas ni nada que indi­ca­ra la pre­sen­cia ni ese día ni antes de un solo gue­rri­lle­ro. La decep­ción mili­tar se trans­for­mó en odio, unos 70 niños fue­ron eje­cu­ta­dos de inme­dia­to, las muje­res fue­ron vio­la­das duran­te mas de 48 horas has­ta que fue­ron ase­si­na­das, los hom­bres fue­ron tor­tu­ra­dos has­ta sucum­bir o ser fusi­la­dos, todos fue­ron ente­rra­dos en un pozo común, Las Dos Erres había deja­do de existir. 

En 1994, FAMDEGUA (Aso­cia­ción de Fami­lia­res Dete­ni­dos y Des­apa­re­ci­dos de Gua­te­ma­la), sin nin­gún apo­yo esta­tal, con­tra­tó al pres­ti­gio­so Equi­po Argen­tino de Antro­po­lo­gía Foren­se que logró encon­trar hue­sos de 167 cuer­pos solo en el pozo de agua de la aldea. Con la ayu­da de orga­nis­mos inter­na­cio­na­les FAMDEGUA logró iden­ti­fi­car a 18 de los 60 mili­ta­res impli­ca­dos, pese a una con­de­na ini­cial, la Cor­te de Cons­ti­tu­cio­na­li­dad Gua­te­mal­te­ca orde­nó la libe­ra­ción de los dete­ni­dos y la anu­la­ción del proceso. 

Debi­do a estas tra­bas solo 3 mili­ta­res fue­ron con­de­na­dos, Daniel Mar­tí­nez, Reyes Collin y Manuel Pop que pur­gan una pena de 6000 años cada uno.

Bus­can­do a Óscar: La his­to­ria del niño que sobre­vi­vió a la masa­cre de Dos Erres en Guatemala

Óscar Ramí­rez nun­ca supo que era una prue­ba vivien­te. Una de las tres que que­da­ron de la masa­cre que el Ejér­ci­to de Gua­te­ma­la lle­vó a cabo en la peque­ña aldea Dos Erres. Poco más de 250 per­so­nas vivían allí; solo tres sobre­vi­vie­ron al maca­bro mon­ta­je para hacer­lo pare­cer obra de la gue­rri­lla. Óscar era un niño de 3 años, 29 años des­pués, vivien­do en EE.UU., reci­bió un mail que decía que su padre no era el tenien­te quién él creía. Otro sobre­vi­vien­te, era sol­da­do cuan­do supo que quien lo crió ase­si­nó a su fami­lia. Esta es la estre­me­ce­do­ra his­to­ria de bús­que­da de jus­ti­cia que hoy estre­me­ce a todo el continente.

La lla­ma­da de Gua­te­ma­la puso a Óscar en guar­dia. “Unos fis­ca­les vinie­ron a bus­car­te”, le dije­ron fami­lia­res de su pue­blo. “Son gen­te influ­yen­te de Ciu­dad de Gua­te­ma­la. Quie­ren hablar contigo”.

Óscar Alfre­do Ramí­rez Cas­ta­ñe­da tenía mucho que per­der. A pesar de que vivía sin docu­men­tos en los Esta­dos Uni­dos, a sus 31 años había logra­do crear una vida esta­ble. Tenía dos empleos a tiem­po com­ple­to para man­te­ner a sus tres hijos y a su mujer, Nidia. Se habían esta­ble­ci­do en una casa peque­ña pero ale­gre en Fra­mingham, un barrio obre­ro de Boston.

Óscar gene­ral­men­te se esfor­za­ba por man­te­ner­se lejos de las auto­ri­da­des. Sin embar­go, lla­mó a la fis­cal de Ciu­dad de Gua­te­ma­la. Ella le dijo que que­ría hablar de un tema deli­ca­do sobre su niñez y de una masa­cre ocu­rri­da duran­te la gue­rra civil de Gua­te­ma­la. Pro­me­tió expli­car­lo todo en un correo electrónico.

Días des­pués, Óscar se sen­tó fren­te a su compu­tado­ra en su sala reple­ta de jugue­tes, tro­feos de escue­la, fotos de fami­lia, un cru­ci­fi­jo y recuer­dos de su país. Había lle­ga­do a casa tar­de, des­pués del tra­ba­jo. Nidia, con sie­te meses de emba­ra­zo, des­can­sa­ba en un sillón cer­cano. Los niños dor­mían arriba.

Los ojos ver­des de Óscar mira­ron la pan­ta­lla. El correo había lle­ga­do. Res­pi­ró pro­fun­do y dio clic.

“Usted no me cono­ce”, empe­za­ba la lar­ga misi­va que le cam­bia­ría la vida.

La fis­cal decía que esta­ba inves­ti­gan­do un epi­so­dio vio­len­to de la gue­rra, un caso que la había afec­ta­do pro­fun­da­men­te. En 1982, una patru­lla de coman­dos espe­cia­les había asal­ta­do el pue­blo de Dos Erres y había masa­cra­do a más de 250 hom­bres, muje­res y niños.

Dos niños peque­ños que sobre­vi­vie­ron fue­ron roba­dos por los coman­dos. Vein­ti­nue­ve años des­pués, quin­ce des­de que la fis­ca­lía había empe­za­do la bús­que­da de los ase­si­nos, la fis­cal había lle­ga­do a la con­clu­sión de que Óscar era uno de los dos niños secuestrados.

“Yo ten­go cono­ci­mien­to que usted fue muy que­ri­do y bien tra­ta­do por la fami­lia con quie­nes se crió. Yo espe­ro que des­pués de todo esto que le estoy con­tan­do, usted ten­ga la sufi­cien­te madu­rez para asi­mi­lar­lo de una mane­ra ade­cua­da. Yo lo hago de su cono­ci­mien­to en base al dere­cho a saber la ver­dad que tie­nen todas las per­so­nas víc­ti­mas de vio­la­cio­nes a los Dere­chos Huma­nos”, escri­bió la fiscal.

“El pun­to, Oscar Alfre­do, es que usted, aun­que no lo sabía, fue una víc­ti­ma de ese tris­te hecho que le comen­to, al igual que ese otro niño que le cuen­to que encon­tra­mos, así como los fami­lia­res de las per­so­nas que falle­cie­ron en ese lugar”.

Para enton­ces, Nidia leía por enci­ma de su hom­bro. La fis­cal dijo que podía acor­dar una prue­ba de ADN para con­fir­mar su teo­ría. Le ofre­ció un incen­ti­vo: ayu­dar a Óscar con su pro­ce­so migra­to­rio en los Esta­dos Unidos.

“Esta es una deci­sión que usted debe tomar”, acotó.

Óscar repa­só imá­ge­nes de su niñez rápi­da­men­te en su cabe­za. Se esfor­zó por rela­cio­nar las pala­bras de la fis­cal con sus pro­pios recuer­dos. No cono­ció a su madre, tam­po­co a su padre, quien nun­ca se casó. El tenien­te Óscar Ovi­dio Ramí­rez Ramos había muer­to en un acci­den­te cuan­do él ape­nas tenía cua­tro años. La abue­la de Óscar y sus tías lo habían cria­do incul­cán­do­le un pro­fun­do res­pe­to hacia su progenitor.

Según la fami­lia, el tenien­te había sido un héroe. Se gra­duó como el pri­me­ro en su cla­se, se con­vir­tió en un sol­da­do de éli­te y había gana­do meda­llas en com­ba­te. Óscar ate­so­ra­ba la boi­na mili­tar roja y su añe­jo álbum de fotos. Le gus­ta­ba hojear las imá­ge­nes que mos­tra­ban a un ofi­cial for­ni­do de son­ri­sa joven, en un tan­que, car­gan­do la bandera.

El sobre­nom­bre del tenien­te era un dimi­nu­ti­vo de Óscar: Coco­ri­co. Y Óscar se lla­ma­ba a sí mis­mo “Coco­ri­co Dos”.

Si las sos­pe­chas de la fis­cal eran correc­tas, Óscar no sabía quien era. No era el hijo de un hono­ra­ble sol­da­do. Era la víc­ti­ma de un secues­tro, un tro­feo de bata­lla, la prue­ba vivien­te de una masacre.

A pesar de lo abru­ma­dor de la reve­la­ción, Óscar tuvo que admi­tir que no era del todo una sor­pre­sa. Diez años antes, alguien le había envia­do un artícu­lo de un perió­di­co gua­te­mal­te­co sobre Dos Erres. Men­cio­na­ba su nom­bre y el supues­to rap­to. Pero su fami­lia en Gua­te­ma­la lo había con­ven­ci­do de que la idea era des­ca­be­lla­da, un mero inven­to de la izquierda.

Lejos de la cru­da reali­dad de Gua­te­ma­la, Óscar deci­dió olvi­dar­se de la his­to­ria. El país que había deja­do detrás era uno de los más deses­pe­ra­dos y vio­len­tos en todo el con­ti­nen­te ame­ri­cano. Alre­de­dor de 200 mil per­so­nas murie­ron en la gue­rra civil que ter­mi­nó en 1996. Los mili­ta­res, acu­sa­dos de geno­ci­dio, toda­vía con­ser­va­ban mucho poder.

Aho­ra, el caso esta­ba arras­tran­do a Óscar al inte­rior de la lucha que Gua­te­ma­la libra­ba al enfren­tar­se con su pasa­do trá­gi­co. Si se rea­li­za­ba la prue­ba de ADN y los resul­ta­dos eran posi­ti­vos, su vida se trans­for­ma­ría de mane­ra peli­gro­sa. Se con­ver­ti­ría en una evi­den­cia de car­ne y hue­so en la bús­que­da de jus­ti­cia para las víc­ti­mas de Dos Erres. Ten­dría que acep­tar que su iden­ti­dad, su vida ente­ra, había esta­do basa­da en una men­ti­ra. Ade­más, se con­ver­ti­ría en un posi­ble obje­ti­vo de las fuer­zas pode­ro­sas que bus­ca­ban man­te­ner ente­rra­dos los secre­tos de Guatemala.

Los gua­te­mal­te­cos se encon­tra­ban en un dile­ma simi­lar. Esta­ban divi­di­dos acer­ca de cómo cas­ti­gar los crí­me­nes del pasa­do en una socie­dad reba­sa­da por la impu­ni­dad. Los ase­si­nos y tor­tu­ra­do­res uni­for­ma­dos de los ‘80 habían con­tri­bui­do a crear las mafias, la corrup­ción y el cri­men que azo­ta­ban a los peque­ños paí­ses de Cen­troa­mé­ri­ca. La inves­ti­ga­ción de Dos Erres era par­te de la bata­lla con­tra la impu­ni­dad, de la lucha por un mejor futu­ro. Pero las peque­ñas vic­to­rias tenían gran­des cos­tos poten­cia­les: repre­sa­lias y con­flic­tos políticos.

Al igual que su país, Óscar tenía que ele­gir si que­ría enfren­tar una ver­dad dolorosa.

“No somos perros para que nos maten»

El oto­ño de 1982 fue ten­so en Petén, una región al nor­te de Gua­te­ma­la, cer­ca de México.

Las tro­pas mili­ta­res en la zona com­ba­tían al gru­po gue­rri­lle­ro cono­ci­do como las Fuer­zas Arma­das Rebel­des (FAR). La cam­pa­ña de con­tra­in­sur­gen­cia era metó­di­ca y bru­tal. El dic­ta­dor Efraín Ríos Montt, un gene­ral que había toma­do el poder en mar­zo, des­pués de un Gol­pe de Esta­do, arra­sa­ba con pobla­dos rura­les sos­pe­cho­sos de alo­jar y pro­te­ger a los rebeldes.

Aun­que habían ocu­rri­do enfren­ta­mien­tos cer­ca de Dos Erres, la aldea esta­ba escon­di­da en un área remo­ta y sel­vá­ti­ca y era rela­ti­va­men­te tran­qui­la. Había sido fun­da­da ape­nas cua­tro años antes, median­te un pro­gra­ma de repar­to agra­rio del gobierno. A dife­ren­cia de las áreas don­de los rebel­des reclu­ta­ban agre­si­va­men­te entre los indí­ge­nas del país, los habi­tan­tes de Dos Erres eran prin­ci­pal­men­te ladi­nos (gua­te­mal­te­cos de ascen­den­cia blan­ca e indí­ge­na). Las sesen­ta fami­lias que vivían en este terreno muy fér­til, cul­ti­va­ban fri­jol, maíz y piñas. Los cami­nos no esta­ban pavi­men­ta­dos, pero había una escue­la y dos igle­sias, una cató­li­ca y otra evan­gé­li­ca. El nom­bre del pue­blo, Dos Erres, home­na­jea­ba a sus fun­da­do­res, Fede­ri­co Aquino Ruano y Mar­cos Reyes.

El encar­ga­do mili­tar de la región, el tenien­te Car­los Anto­nio Carías, pidió que los hom­bres de Dos Erres par­ti­ci­pa­ran en una patru­lla de auto­de­fen­sa civil arma­da de la base mili­tar ubi­ca­da en el pue­blo de Las Cru­ces, loca­li­za­do a unos 11 kiló­me­tros de dis­tan­cia. Los hom­bres de Dos Erres se resis­tían a hacer­lo, pre­fe­rían ser par­te de una patru­lla que pro­te­gie­ra a su comu­ni­dad. El tenien­te Carías tomó a mal esta posi­ción de los resi­den­tes. Se tor­nó agre­si­vo y acu­só a la gen­te de Dos Erres de refu­giar a gue­rri­lle­ros. Prohi­bió a los habi­tan­tes que par­ti­ci­pa­ran en las cere­mo­nias de jura­men­to a la ban­de­ra, y, como evi­den­cia de su supues­ta trai­ción, mos­tró a sus supe­rio­res un cos­tal de cose­cha ins­cri­to con las ini­cia­les FAR, ale­gan­do que se tra­ta­ba de la insig­nia gue­rri­lle­ra. En reali­dad, el cos­tal per­te­ne­cía al cofun­da­dor de la aldea, Ruano, y eran sus iniciales.

En octu­bre, el Ejér­ci­to sufrió una humi­llan­te derro­ta en la cual gue­rri­lle­ros mata­ron a un gru­po de sol­da­dos y roba­ron alre­de­dor de vein­te rifles. A prin­ci­pios de diciem­bre, inte­li­gen­cia mili­tar indi­có que las armas roba­das esta­ban en el área de Dos Erres. El Ejér­ci­to envió a sus coman­dos espe­cia­les, los Kai­bi­les, a recu­pe­rar las armas y a dar­les a los habi­tan­tes un castigo.

Los coman­dos repre­sen­ta­ban la pun­ta de lan­za de una ofen­si­va anti-gue­rri­llas que ya había reci­bi­do varias con­de­nas inter­na­cio­na­les. En la len­gua indí­ge­na Mam, Kai­bil sig­ni­fi­ca “aquél que tie­ne la fuer­za y la astu­cia de dos tigres”. Con un entre­na­mien­to noto­ria­men­te duro en téc­ni­cas de super­vi­ven­cia, con­tra­in­sur­gen­cia y gue­rra psi­co­ló­gi­ca, los Kai­bi­les eran con­si­de­ra­dos como las fuer­zas espe­cia­les más vio­len­tas de Lati­noa­mé­ri­ca. Su lema: “Si avan­zo, sígue­me; si me deten­go, apré­mia­me; si retro­ce­do, máta­me”.

El plan incluía encu­brir la iden­ti­dad de los inva­so­res. El 6 de diciem­bre de 1982, en una base en Petén, se for­mó un escua­drón de vein­te Kai­bi­les dis­fra­za­dos como gue­rri­lle­ros: con cami­se­tas ver­des, pan­ta­lo­nes de civil y bra­za­le­tes rojos. Cua­ren­ta efec­ti­vos uni­for­ma­dos que les acom­pa­ña­rían tenían órde­nes de apo­yar­les con un cer­co de segu­ri­dad y evi­tar que alguien entra­ra o salie­ra. De todo lo que suce­die­se en Dos Erres, se res­pon­sa­bi­li­za­ría a la izquierda.

Las tro­pas salie­ron a las 22:00 en dos camio­nes civi­les. Con­du­je­ron has­ta la media­no­che. Des­pués incur­sio­na­ron duran­te dos horas por la den­sa y húme­da sel­va. Eran guia­dos por un gue­rri­lle­ro cau­ti­vo obli­ga­do a par­ti­ci­par en la misión.

En las afue­ras de la aldea el escua­drón de ata­que se des­ple­gó como siem­pre: por gru­pos de asal­to, muni­cio­nes, apo­yo de com­ba­te, perí­me­tro y mandos.

El gru­po de man­do tenía un ope­ra­dor de radio que se comu­ni­ca­ría duran­te la ope­ra­ción con man­dos supe­rio­res situa­dos en otros luga­res. El gru­po de asal­to con­sis­tía en exper­tos en inte­rro­ga­ción, lucha y ase­si­na­to. Inclu­so sus mis­mos com­pa­ñe­ros en el escua­drón man­te­nían su dis­tan­cia con los miem­bros de este gru­po por con­si­de­rar­los psicópatas.

Los Kai­bi­les esco­gi­dos para esta misión secre­ta eran la éli­te de la éli­te. A los 28 años, el tenien­te Ramí­rez era el más expe­ri­men­ta­do de todos.

Cono­ci­do como Coco­ri­coEl Indio, Ramí­rez se había gra­dua­do como el mejor de su cla­se en 1975. Había gana­do una beca para entre­na­mien­to avan­za­do en la Escue­la de Lan­ce­ros, en Colom­bia, pero se había meti­do en pro­ble­mas por ir de fies­ta y mal­gas­tar fon­dos. Fue sus­pen­di­do del Ejér­ci­to por seis meses y peleó como mer­ce­na­rio en Nica­ra­gua en 1978, con las fuer­zas del dic­ta­dor Anas­ta­sio Somo­za Debay­le, un alia­do de los Esta­dos Uni­dos. Washing­ton refor­zó el rol de Gua­te­ma­la como un bas­tión estra­té­gi­co en la lucha con­tra el comu­nis­mo cuan­do los San­di­nis­tas derro­ta­ron a Somo­za el año siguien­te. Cre­ció el temor de que hubie­ra un efec­to domi­nó en la región.

Ramí­rez vol­vió a Gua­te­ma­la y se unió a una uni­dad de arti­lle­ría. Heri­do y con­de­co­ra­do en noviem­bre de 1981, comen­zó a par­ti­ci­par en ope­ra­cio­nes encu­bier­tas con­tra la gue­rri­lla, muchas veces ves­ti­do de civil. Se creó una repu­tación por su cruel­dad. Un com­pa­ñe­ro suyo lo con­si­de­ra­ba “un cri­mi­nal uni­for­ma­do”. Otros vete­ra­nos, en cam­bio, admi­ra­ban su habi­li­dad en el cam­po de bata­lla y la leal­tad a sus tropas.

Coco­ri­co era tam­bién un hijo entre­ga­do: le envia­ba men­sual­men­te dine­ro a su madre, quien se que­ja­ba fre­cuen­te­men­te de que el tenien­te seguía sol­te­ro y no le había dado un nieto.

Ramí­rez se con­vir­tió en ins­truc­tor en la escue­la de entre­na­mien­to Kai­bil, en Petén. En 1982, el régi­men de Ríos Montt cerró la escue­la y creó una patru­lla iti­ne­ran­te de ins­truc­to­res: tenien­tes, sar­gen­tos y cabos, todos hábi­les com­ba­tien­tes. Ramí­rez era el sub­co­man­dan­te de la uni­dad, la cual podía des­ple­gar­se rápi­da­men­te como una fuer­za de ata­que en las zonas de con­trol guerrillero.

El escua­drón inva­dió Dos Erres a las 2:00.

Los coman­dos derri­ba­ron puer­tas y saca­ron a las fami­lias de sus casas. Aun­que los sol­da­dos esta­ban pre­pa­ra­dos para un enfren­ta­mien­to, no hubo resis­ten­cia. No encon­tra­ron nin­guno de los rifles robados.

Lle­va­ron a los hom­bres a la escue­la, y a las muje­res y a los niños a una igle­sia. La vio­len­cia comen­zó antes del ama­ne­cer. César Ibá­ñez, uno de los sol­da­dos, escu­chó los gri­tos de las niñas pidien­do ayu­da. Varios sol­da­dos vie­ron al tenien­te César Adán Rosa­les Batres vio­lar a una niña de 10 años fren­te a su fami­lia. Imi­tan­do a su supe­rior, otros mili­ta­res empe­za­ron a vio­lar a muje­res y niñas.

Al medio­día, los Kai­bi­les orde­na­ron a las muje­res vio­len­ta­das que pre­pa­ra­ran comi­da en una peque­ña casa de ran­cho. Los sol­da­dos comie­ron en tur­nos de cin­co. Las jóve­nes llo­ra­ban mien­tras ser­vían comi­da a Ibá­ñez y a los demás. De regre­so a su pues­to, Ibá­ñez vio cómo un sar­gen­to lle­va­ba a una niña por un callejón.

El sar­gen­to le dijo que habían empe­za­do “a vacunar”.

Los mili­ta­res lle­va­ron a las per­so­nas una por una al cen­tro de la aldea, cer­ca de un pozo sin agua de 12 metros de pro­fun­di­dad. Favio Pin­zón Jerez, el coci­ne­ro del escua­drón, y otros sol­da­dos les ase­gu­ra­ron que todo esta­ría bien. Serían vacu­na­dos. Se tra­ta­ba de una medi­da de salud pre­ven­ti­va. No era nada para preocuparse.

Gil­ber­to Jor­dán fue el pri­me­ro en derra­mar san­gre. Car­gó a un bebé, lo lle­vó has­ta el pozo y lo arro­jó hacia su muer­te. Jor­dán llo­ró cuan­do mató al niño. Sin embar­go, con la ayu­da de Manuel Pop Sun, otro sol­da­do, siguió arro­jan­do niños al pozo.

A los adul­tos les ven­da­ron los ojos y los hicie­ron arro­di­llar­se, uno a uno. Los inte­rro­ga­ban acer­ca de los rifles y los nom­bres de los líde­res gue­rri­lle­ros. Cuan­do los habi­tan­tes pro­tes­ta­ban que no sabían nada, los sol­da­dos les gol­pea­ban en la cabe­za con un mazo, un mar­ti­llo de metal. Lue­go, los arro­ja­ban al pozo.

“¡Mal­di­tos!”, gri­ta­ban las víc­ti­mas a sus ejecutores.

Ibá­ñez tiró a una mujer al pozo. Pin­zón, el coci­ne­ro, siguió lle­van­do allí a las vic­ti­mas, jun­to al sub-tenien­te Jor­ge Vini­cio Sosa Oran­tes. Cuan­do el pozo esta­ba medio lleno, un hom­bre que cayó enci­ma de la pila de cadá­ve­res pero seguía vivo, logró qui­tar­se la ven­da de los ojos:

-¡Máten­me! ‑les dijo a los militares.

-¡Tu madre! ‑con­tes­tó Sosa.

-¡La tuya, hijo de la gran puta! ‑gri­tó el hom­bre en respuesta.

Pin­zón obser­va­ba. Sosa se enfu­re­ció, le dis­pa­ró al hom­bre y para ase­gu­rar­se, lan­zó una gra­na­da al inte­rior del pozo. Unas horas más tar­de, los cuer­pos se desbordaban.

La masa­cre con­ti­nuó en otras par­tes del pue­blo. Salo­mé Arman­do Gómez Her­nán­dez, de 11 años, vivía en otra aldea cer­ca de Dos Erres. Esa maña­na tem­prano, había via­ja­do a caba­llo con su her­mano de 22 años para com­prar medi­ci­na en Las Cru­ces. Cuan­do lle­ga­ron a Dos Erres alre­de­dor de las 10:00 para visi­tar a un tío, los mili­ta­res metie­ron a Gómez Her­nán­dez a la igle­sia jun­to a las muje­res y los niños. A tra­vés de los tablo­nes, vio cómo los sol­da­dos gol­pea­ban y dis­pa­ra­ban a la gen­te. Su her­mano y su tío fue­ron asesinados.

Por la tar­de, los asal­tan­tes jun­ta­ron alre­de­dor de cin­cuen­ta muje­res y niños y los lle­va­ron cami­nan­do hacia las mon­ta­ñas. Gómez Her­nán­dez se puso al fren­te de la fila, sabien­do que se diri­gían a su muer­te. Los demás tam­bién lo sabían.

“No somos perros para que nos maten en el mon­te. Sabe­mos que nos van a matar, ¿por qué no lo hacen aquí mis­mo?”, dijo una mujer.

Un sol­da­do se abrió paso vio­len­ta­men­te entre los pri­sio­ne­ros has­ta lle­gar a la mujer y jalar­la del cabe­llo. Gómez Her­nán­dez vio la opor­tu­ni­dad de esca­par y huyó. El eco de los dis­pa­ros sona­ba tras él. Se escon­dió entre la male­za y escuchó.

Uno a uno los sol­da­dos mata­ron a los pri­sio­ne­ros. Gómez Her­nán­dez escu­chó los gemi­dos de la gen­te ago­ni­zan­do. Un niño lla­ma­ba a su mama. Los mili­ta­res eje­cu­ta­ron a los peque­ños con los rifles. A cada uno, un tiro. Fue­ron entre cua­ren­ta y cin­cuen­ta dis­pa­ros en total.

Al caer la noche, en el pue­blo sólo que­da­ban cadá­ve­res, ani­ma­les y sol­da­dos. El escua­drón se res­guar­dó esa noche en las casas aban­do­na­das. Llo­vía. Gómez Her­nán­dez pudo vol­ver al pue­blo, con tra­ba­jo, tro­pe­zán­do­se entre la oscu­ri­dad y el lodo. Pasó entre los cuer­pos de sus veci­nos espar­ci­dos por las calles y cami­nos. Escon­di­do entre el pas­to alto, escu­chó risas.

“Ya los ter­mi­na­mos, muchá. Y vamos a seguir bus­can­do”, dijo un militar.

Gómez Her­nán­dez final­men­te regre­só a Las Cruces.

Cin­co pri­sio­ne­ros más sobre­vi­vie­ron a la matan­za de los Kai­bi­les. Tres muje­res ado­les­cen­tes y dos niños peque­ños apa­ren­te­men­te habían logra­do escon­der­se en algún lugar. Al poner­se el sol, fue­ron hacia el cen­tro de la aldea. Los sol­da­dos los lle­va­ron a una casa que habían con­ver­ti­do en el pues­to de man­do. Los tenien­tes deci­die­ron no matar inme­dia­ta­men­te a los recién llegados.

La maña­na del 8 de diciem­bre, el escua­drón se diri­gió hacia las mon­ta­ñas sel­vá­ti­cas con los nue­vos pri­sio­ne­ros. Vis­tie­ron con uni­for­mes mili­ta­res a las ado­les­cen­tes. El tenien­te Ramí­rez se hizo car­go del peque­ño de tres años. El pana­de­ro del escua­drón, San­tos López Alon­zo, se lle­vó al niño de cin­co años. Esa noche, tres ofi­cia­les arras­tra­ron a las jóve­nes entre la male­za y las vio­la­ron. A la maña­na siguien­te las estran­gu­la­ron y las fusilaron.

Per­do­na­ron las vidas de ambos niños por­que tenían piel blan­ca y ojos ver­des, atri­bu­tos bien valo­ra­dos en una socie­dad estra­ti­fi­ca­da por divi­sio­nes raciales.

El tenien­te Ramí­rez le dijo a Pin­zón y al res­to que lle­va­ría al niño más peque­ño a su pue­blo, Zaca­pa, situa­do al este del país. Lo ves­ti­ría al esti­lo de la región: “Como un vaque­ro: botas vaque­ras, pan­ta­lo­nes y una camisa”.

Días des­pués, un heli­cóp­te­ro ate­rri­zó en una lla­nu­ra. Esta­ba ahí para reco­ger a Pedro Pimen­tel Ríos para su siguien­te misión. Iba rum­bo a Pana­má para ser­vir como ins­truc­tor en la Escue­la de las Amé­ri­cas, la base mili­tar de los Esta­dos Uni­dos don­de se entre­na­ron a muchos mili­ta­res lati­no­ame­ri­ca­nos impli­ca­dos en atro­ci­da­des. Los niños fue­ron subi­dos al heli­cóp­te­ro y lle­va­dos a la base Kaibil.

En la sel­va la patru­lla iba a pie. Seguían las indi­ca­cio­nes del gue­rri­lle­ro guía que esta­ba ata­do a una lar­ga cuer­da. Las pro­vi­sio­nes ya esca­sea­ban. Mien­tras se encon­tra­ban sen­ta­dos alre­de­dor de una foga­ta, el tenien­te Ramí­rez le dijo a un subor­di­na­do, Fredy Sama­yoa Tobar, que tenía ganas de comer carne.

-¿De dón­de se supo­ne que voy a sacar la car­ne? ‑pre­gun­tó Samayoa.

-Cor­ta un peda­zo de ese guía y tráe­me­lo ‑con­tes­tó Ramírez.

Sama­yoa tomó su bayo­ne­ta y le cor­tó unos trein­ta cen­tí­me­tros de la espal­da al guía. Y le lle­vó el peda­zo al teniente.

-Oh no, no, no, tie­nes que eje­cu­tar­lo, está sufrien­do ‑le dijo Ramírez.

El sol­da­do mató al guía. El tenien­te no se comió la carne.

El coman­do lle­gó cer­ca del pue­blo de Bethel, don­de encon­tra­ron una tien­da y roba­ron cer­ve­za, ciga­rri­llos y agua. Se encon­tra­ron tam­bién con unos cam­pe­si­nos, a los que decapitaron.

Cuan­do el escua­drón regre­só a la base, más de 250 per­so­nas habían muer­to. Los Kai­bi­les lla­ma­ron a la misión “Ope­ra­ción Cha­pea­do­ra”. Habían “poda­do” a todo aquél que se había pues­to en su camino.

Cua­tro días des­pués de la masa­cre, el tenien­te Carías, coman­dan­te en Las Cru­ces, lle­vó tro­pas en camio­nes y trac­to­res a Dos Erres. Saquea­ron los vehícu­los, pro­pie­da­des y roba­ron a los ani­ma­les. Lue­go que­ma­ron la aldea.

Carías se encon­tró con los ate­rro­ri­za­dos fami­lia­res de los des­apa­re­ci­dos. Algu­nos estu­vie­ron lejos de Dos Erres ese día, otros vivían en pue­blos cer­ca­nos. Acu­só a la gue­rri­lla del incidente.

Quién hicie­ra dema­sia­das pre­gun­tas, ame­na­zó Carías, moriría.

PRUEBA VIVIENTE

Tras unas pocas sema­nas, la emba­ja­da esta­dou­ni­den­se en Gua­te­ma­la se había ente­ra­do de lo suce­di­do en Dos Erres.

Una “fuen­te con­fia­ble” les había dicho a los ofi­cia­les de la emba­ja­da que sol­da­dos dis­fra­za­dos de rebel­des habían ase­si­na­do a más de 200 per­so­nas. Era el últi­mo de una serie de repor­tes reci­bi­dos en los que se cul­pa­ba a los mili­ta­res por las masa­cres al inte­rior del país. El 30 de diciem­bre tres ofi­cia­les esta­dou­ni­den­ses fue­ron a Las Cru­ces, y las entre­vis­tas rea­li­za­das a los loca­les levan­ta­ron más sospechas.

El equi­po sobre­vo­ló Dos Erres en heli­cóp­te­ro. El pilo­to de la Fuer­za Aérea de Gua­te­ma­la se negó a ate­rri­zar, pero las casas que­ma­das y los cam­pos aban­do­na­dos eran una evi­den­cia sufi­cien­te­men­te cla­ra de que se habían come­ti­do atro­ci­da­des. En un cable diplo­má­ti­co excep­cio­nal­men­te sin­ce­ro envia­do a Washing­ton, los diplo­má­ti­cos ase­gu­ra­ron que “lo más pro­ba­ble es que la enti­dad res­pon­sa­ble de este inci­den­te sea el Ejér­ci­to de Gua­te­ma­la”.

El gobierno esta­dou­ni­den­se man­tu­vo el secre­to has­ta 1998. No se tomó nin­gu­na medi­da con­tra el Ejér­ci­to ni el escua­drón Kai­bil. Los Esta­dos Uni­dos con­ti­nua­ron apo­yan­do a los gobier­nos repre­so­res pero anti-comu­nis­tas de Centroamérica.

Ten­drían que pasar cator­ce años has­ta que alguien inten­ta­ra hacer jus­ti­cia por Dos Erres. En 1996, des­pués de más de tres déca­das de gue­rra civil, las hos­ti­li­da­des cesa­ron con un tra­ta­do de paz entre los rebel­des y mili­ta­res de Gua­te­ma­la. Ambos ban­dos acor­da­ron una amnis­tía que excul­pa­ba a los com­ba­tien­tes, pero per­mi­tía juz­gar las atrocidades.

Exis­tía, sin embar­go, una duda con­si­de­ra­ble sobre si el nue­vo gobierno sería capaz de lle­var a jui­cio esos casos. Los per­pe­tra­do­res de algu­nos de los peo­res crí­me­nes de gue­rra man­te­nían su poder en las Fuer­zas Arma­das o en mafias del cri­men orga­ni­za­do que cre­cie­ron rápi­da­men­te. Los cár­te­les de dro­ga reclu­ta­ron ex Kai­bi­les como sica­rios e instructores.

La inves­ti­ga­do­ra que se enfren­tó a este peli­gro­so encar­go fue Sara Rome­ro.

Rome­ro era una mujer peque­ña y tran­qui­la al expre­sar­se. Pare­cía más una ofi­ci­nis­ta o una pro­fe­so­ra que una lucha­do­ra con­tra el cri­men de pri­me­ra línea. A sus 35 años era una fis­cal nova­ta. Se había gra­dua­do en la escue­la de leyes el año ante­rior y había sido asig­na­da a una comi­sión espe­cial de dere­chos huma­nos en la Ciu­dad de Gua­te­ma­la. Aun­que los crí­me­nes de gue­rra habían que­da­do sin resol­ver duran­te años, esta­ba deci­di­da a con­ti­nuar las inves­ti­ga­cio­nes sin impor­tar­le los obs­tácu­los. De otra for­ma, pen­sa­ba, la impu­ni­dad segui­ría enquis­ta­da en la socie­dad guatemalteca.

Se le asig­nó el caso de Dos Erres. Hubo cien­tos de masa­cres duran­te el con­flic­to y Nacio­nes Uni­das con­clu­yó que el Ejér­ci­to fue res­pon­sa­ble de al menos el 93 % de las muer­tes. Ade­más la ONU decla­ró que los ase­si­na­tos sis­te­má­ti­cos de indí­ge­nas podrían lle­gar a ser un genocidio.

Rome­ro tenía poca infor­ma­ción. Los mili­ta­res insis­tían que el caso de Dos Erres había sido obra de la gue­rri­lla. Gra­cias a la decla­ra­ción de Gómez Her­nán­dez (vea la decla­ra­ción), el sobre­vi­vien­te que tenía 11 años duran­te la masa­cre, la fis­cal supo que el Ejér­ci­to había teni­do algo que ver. Pero aún nece­si­ta­ba más pruebas.

Des­pués de un tra­yec­to de ocho horas en auto­bús a la región en el nor­te del país, Sara Rome­ro lle­gó a la esce­na del cri­men. Un man­to de silen­cio cubría las rui­nas. Entre­vis­tó a sobre­vi­vien­tes que estu­vie­ron fue­ra de la aldea el día de la masa­cre. La mayo­ría tenía mie­do de hablar. Susu­rra­ban que temían la ira del tenien­te Carías, quien toda­vía seguía como coman­dan­te en Las Cru­ces. Sos­pe­cha­ban que él había orques­ta­do el ata­que al haber­se enfren­ta­do con los habi­tan­tes de Dos Erres.

Rome­ro se dio cuen­ta que era difí­cil recons­truir has­ta los hechos más ele­men­ta­les, como la iden­ti­fi­ca­ción de las víc­ti­mas. Para rea­li­zar un cen­so, pidió a la que fue maes­tra de la escue­la de Dos Erres, una lis­ta de todos los niños y fami­lia­res que pudie­ra recordar.

Sin víc­ti­mas con­fir­ma­das ni tes­ti­gos sóli­dos, Rome­ro nun­ca podría resol­ver el caso. Pero encon­tró a una alia­da: Aura Ele­na Far­fán.

De aspec­to digno, Far­fán tenía el pelo gris y un carác­ter tan dul­ce como infle­xi­ble. Lide­ra­ba una aso­cia­ción de dere­chos huma­nos en Ciu­dad de Gua­te­ma­la para víc­ti­mas del con­flic­to. A pesar de las ame­na­zas, había inter­pues­to una deman­da cri­mi­nal res­pon­sa­bi­li­zan­do al Ejér­ci­to de la masa­cre en Dos Erres. En 1994, había lle­va­do con ella a un equi­po volun­ta­rio de antro­pó­lo­gos foren­ses argen­ti­nos para exhu­mar los res­tos. (Ver acta de defun­ción de N.N.)

Los argen­ti­nos –con habi­li­da­des afi­na­das inves­ti­gan­do su pro­pia “gue­rra sucia” — tra­ba­ja­ron rápi­da­men­te y en con­di­cio­nes ries­go­sas. El bata­llón en Las Cru­ces los aco­só siguién­do­les y tocan­do músi­ca mili­tar a muy alto volu­men. La exhu­ma­ción extra­jo e iden­ti­fi­có los res­tos de cer­ca de 62 per­so­nas, muchos de ellos bebes y niños.

Far­fán pudo con­se­guir un gran logro para la fis­ca­lía. A menu­do daba entre­vis­tas en la radio del Petén, don­de invi­ta­ba a que los tes­ti­gos se invo­lu­cra­ran en el caso. Des­pués de una de esas trans­mi­sio­nes, repre­sen­tan­tes de Nacio­nes Uni­das le avi­sa­ron que un ex sol­da­do que­ría hablar sobre Dos Erres. Via­jó a la casa del hom­bre, don­de se pre­sen­tó dis­fra­za­da con len­tes oscu­ros, un som­bre­ro rojo y un chal. Una repre­sen­tan­te espa­ño­la de la ONU seguía sus pasos para protegerla.

La puer­ta se abrió. Allí esta­ba Favio Pin­zón Jerez, el ex coci­ne­ro robus­to y con bigo­te del escua­drón Kai­bil, desa­yu­nan­do con sus hijos. Des­pués de su sor­pre­sa ini­cial, reci­bió a Farfán.

Pin­zón le con­tó que había deja­do el Ejér­ci­to y aho­ra tra­ba­ja­ba como cho­fer en un hos­pi­tal. Nun­ca logró ser Kai­bil de ver­dad. No aguan­tó el duro pro­ce­so de entre­na­mien­to. Por ser un humil­de coci­ne­ro fue mal­tra­ta­do por el res­to de sol­da­dos de la patru­lla Kai­bil. Era el esla­bón débil en el códi­go de silen­cio de los gue­rre­ros. Dos Erres era un fan­tas­ma que le perseguía.

-Que­ría hablar con usted por­que esto que ten­go aquí en el cora­zón, ya no lo aguan­to más ‑le dijo Pin­zón a Farfán.

Le con­tó la his­to­ria de la masa­cre y le dio los nom­bres de cada miem­bro del escua­drón. La con­ver­sa­ción duró horas. Far­fán se sin­tió abru­ma­da, con una mez­cla de dis­gus­to y gra­ti­tud. Fue inca­paz de estre­char la mano del sol­da­do, aun­que vio que su arre­pen­ti­mien­to pare­cía sincero.

Poco des­pués, Pin­zón le pre­sen­tó a Far­fán otro vete­rano: César Ibá­ñez. La acti­vis­ta con­ven­ció a los dos hom­bres de tes­ti­fi­car ante Sara Rome­ro. Con­ta­ron sus his­to­rias fría­men­te, sin aso­mo de emo­ción. Habría sido impo­si­ble cono­cer los deta­lles de la masa­cre si los dos hom­bres no hubie­ran habla­do, por lo que se les con­ce­dió inmu­ni­dad y fue­ron reubi­ca­dos como tes­ti­gos pro­te­gi­dos.

Los inves­ti­ga­do­res habían encon­tra­do obs­tácu­los y ame­na­zas por par­te del Ejér­ci­to des­de un prin­ci­pio. Aho­ra con­ta­ban con tes­ti­mo­nios de pri­me­ra mano que impli­ca­ban a la patru­lla Kai­bil en el crimen.

Había una nue­va línea de inves­ti­ga­ción: el robo de los dos niños por el tenien­te Ramí­rez y San­tos López Alon­zo, el ex pana­de­ro de la unidad.

Rome­ro pen­só que encon­trar a los dos mucha­chos era un pun­to crí­ti­co, un mila­gro. Debían cono­cer la ver­dad: vivían con las per­so­nas que habían ase­si­na­do a sus padres. Nin­gu­na otra atro­ci­dad de dere­chos huma­nos regis­tra­da con­ta­ba con este tipo de evidencia.

En 1999, Sara Rome­ro y otro fis­cal fue­ron a casa del pana­de­ro López Alon­zo, cer­ca de la ciu­dad de Retalhu­leu. Su ofi­ci­na con­ta­ba con tan pocos recur­sos que no había apo­yo poli­cia­co ni armas. Rome­ro tenía sus reser­vas por tener que enfren­tar­se a este mili­tar con acu­sa­cio­nes tan gra­ves. Sabía que los Kai­bi­les se jac­ta­ban de ser con­si­de­ra­dos máqui­nas de matar.

Cuan­do vio al sol­da­do sen­ta­do en la entra­da de su modes­ta casa, todos sus mie­dos des­apa­re­cie­ron. “Se le ve un hom­bre sen­ci­llo, un cam­pe­sino humil­de”, pensó.

Las fotos fami­lia­res en casa de López Alon­zo con­fir­ma­ron sus sos­pe­chas de que esta­ba en el lugar indi­ca­do. Era un maya de piel oscu­ra y cin­co de sus hijos se pare­cían a él. El sex­to chi­co, lla­ma­do Rami­ro, tenía piel blan­ca y ojos ver­des.

-Mi hijo mayor tie­ne una his­to­ria muy tris­te ‑le dijo López Alon­zo a la fiscal.

Con­fe­só que tras la masa­cre se había que­da­do con Rami­ro y lo había teni­do vivien­do en la escue­la mili­tar por tres meses. Tra­jo el niño a casa y a su espo­sa le con­tó que había sido aban­do­na­do (vea par­ti­da fal­sa de naci­mien­to de Rami­ro). López Alon­zo dijo que había enlis­ta­do a Rami­ro, ya con 22 años, en el Ejér­ci­to. Se negó a reve­lar la ubi­ca­ción del chi­co. Cuan­do la ofi­ci­na de la fis­cal empe­zó a inda­gar, el Minis­te­rio de Defen­sa le pre­gun­tó a Rami­ro si tenía algún pro­ble­ma con la ley. En vez de coope­rar, el Minis­te­rio le movió de una base a otra.

Los inves­ti­ga­do­res esta­ban preo­cu­pa­dos de que Rami­ro se encon­tra­ra en un gra­ve peli­gro si los mili­ta­res se ente­ra­ban de que era prue­ba vivien­te de una atro­ci­dad. Even­tual­men­te, los fis­ca­les lo encon­tra­ron y se lo lle­va­ron. Rami­ro les con­tó que tenía recuer­dos de la masa­cre y del ase­si­na­to de su familia.

La fami­lia Alon­zo lo había tra­ta­do mal, decla­ró, lo gol­pea­ban y lo usa­ban casi como su escla­vo. Duran­te un epi­so­dio de ira, López Alon­zo, borra­cho, le dis­pa­ró con un rifle. Las auto­ri­da­des le con­ven­cie­ron de que aban­do­na­ra las Fuer­zas Arma­das y le ofre­cie­ron asi­lo polí­ti­co en Canadá.

La bús­que­da del otro joven fracasó.

Los fis­ca­les ave­ri­gua­ron que el nom­bre del chi­co era Óscar Alfre­do Ramí­rez Cas­ta­ñe­da. Su pre­sun­to rap­tor, el tenien­te Óscar Ovi­dio Ramí­rez Ramos, había muer­to ocho meses des­pués de la masa­cre cuan­do dor­mía sobre un camión que trans­por­ta­ba made­ra para cons­truir una casa. Murió ins­tan­tá­nea­men­te cuan­do el camión volcó.

Una her­ma­na del tenien­te fue inte­rro­ga­da en Zaca­pa en 1999 y con­fe­só que Ramí­rez había traí­do el niño a casa a prin­ci­pios de 1983, ale­gan­do que Óscar era el hijo que había teni­do con una mujer fue­ra del matri­mo­nio. Los fis­ca­les encon­tra­ron un acta de naci­mien­to pero nin­gu­na evi­den­cia de que la madre real­men­te hubie­ra exis­ti­do. La her­ma­na admi­tió que había oído que el niño era de Dos Erres.

Óscar había deja­do el país para ir a Esta­dos Uni­dos. Como su fami­lia no que­ría ayu­dar en la inves­ti­ga­ción, Sara Rome­ro se vio obli­ga­da a can­ce­lar la búsqueda.

En el inter­tan­to, los inves­ti­ga­do­res avan­za­ron en otras pis­tas. Habían iden­ti­fi­ca­do a varios eje­cu­to­res del escua­drón Kai­bil. En el 2000, un juez decre­tó órde­nes de arres­to para 17 sos­pe­cho­sos de la masacre.

En medio de la reali­dad sofo­can­te de Gua­te­ma­la, los resul­ta­dos eran decep­cio­nan­tes. La poli­cía no logra­ba lle­var a cabo los arres­tos. Los abo­ga­dos de la defen­sa bom­bar­dea­ron al tri­bu­nal con docu­men­tos y ape­la­ron a la Cor­te Supre­ma. El ale­ga­to de la con­tra­par­te fue que sus clien­tes esta­ban pro­te­gi­dos por leyes de amnis­tía, argu­men­tos inexac­tos que estan­ca­ban las investigaciones.

Sara Rome­ro se estre­lló con el poder del Ejér­ci­to. Pare­cía que la jus­ti­cia se le esca­pa­ba, como lo había hecho Óscar.

Fuen­te: ciper​chi​le​.cl

Itu­rria /​Fuen­te

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *