Nación Mapu­che. Los con­flic­tos en torno de las recu­pe­ra­cio­nes terri­to­ria­les y la repre­sión que sufre el pueblo

Por Her­nán Schiaffini*/ Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 5 de octu­bre de 2020

Si uno se para fren­te a la entra­da de una comu­ni­dad mapu­che en Chu­but, Río Negro o Neu­quén, lo más pro­ba­ble es que vea una enor­me exten­sión de terreno, con muy poca o nada de agua y vege­ta­ción. Si no hubie­ra nie­ve los colo­res pre­do­mi­nan­tes serían el marrón y el ama­ri­llo y el vien­to sopla­ría casi constantemente.

«Nos deja­ron vivien­do en las pie­dras» ‑dice mi inter­lo­cu­to­ra. «Pero aho­ra resul­ta que las pie­dras tie­nen valor».

Pie­dras sin valor se vuel­ven codi­cia­das. Críp­ti­cos pape­les tor­nan invi­si­bles a las per­so­nas. Alam­bra­dos cami­nan por las noches. La Pata­go­nia es real­men­te un lugar mágico.

El cam­po y la ciudad

Las comu­ni­da­des mapu­che no están sólo en mese­tas inhós­pi­tas. Las hay tam­bién en zonas húme­das de cor­di­lle­ra y pre-cor­di­lle­ra e inclu­so en zonas urba­nas, como en Bari­lo­che, Como­do­ro Riva­da­via u otras ciudades.

Pero en todos los casos las rela­cio­nes cam­po-ciu­dad son tan estre­chas que cues­ta dis­tin­guir dón­de ter­mi­na una cosa y dón­de comien­za la otra. Los niños nece­si­tan ir a la escue­la; las per­so­nas cobran pla­ta y hacen trá­mi­tes en los ban­cos o la ANSES; para ven­der la lana de un año es nece­sa­rio man­dar una mues­tra al labo­ra­to­rio, para que deter­mi­ne la finu­ra y el rin­de. No hay nadie en el «cam­po» que no ten­ga un parien­te vivien­do o tra­ba­jan­do en el «pue­blo» o que no haya pasa­do por esa expe­rien­cia él o ella mis­ma en la cons­truc­ción, el empleo en casas par­ti­cu­la­res, la escue­la o el hospital.

Abas­te­cer­se en el cam­po impli­ca a la ciu­dad. Lograr ingre­sos para com­prar «vicios» (yer­ba, azú­car, hari­na) impli­ca criar ani­ma­les, ven­der pelo, lana y car­ne. Toda comu­ni­dad es hoy rural-urbana.

Con­fron­ta­cio­nes

Las con­fron­ta­cio­nes son múl­ti­ples, con­tra­dic­to­rias, cons­tan­tes. La pre­sión sobre el terri­to­rio hace que has­ta los veci­nos peleen entre sí, dis­pu­ten pasos, agua­das y pas­tos. Tres ejemplos:

1- Cen­tro-sur de Río Negro. Para criar una ove­ja sin ero­sio­nar hay que con­tar con cua­tro hec­tá­reas de terri­to­rio por cabe­za. Des­alo­jan a una fami­lia mapu­che y una de las hijas, que tenía enton­ces diez años, recuer­da hoy lo acontecido.

Vie­ne un iti­ne­ra­rio de trein­ta años de reco­rrer las urbes y vivir mal. Ya a los cua­ren­ta, con hijos e hijas pro­pios, deci­de vol­ver al cam­po que les roba­ron. No Vuel­ven solos, vuel­ven orga­ni­za­dos, acom­pa­ña­dos por una orga­ni­za­ción his­tó­ri­ca. El cam­po fami­liar es una recu­pe­ra­ción colectiva.

El terra­te­nien­te los denun­ció y les dis­pa­ró bala­zos. Des­pués les recla­ma el pago de tala­je por usar el cam­po. Están en jui­cio des­de 2009, los pape­les se mue­ven muy lento.

2‑Sudoeste de Río Negro, zona de nacien­tes de arro­yos y ríos que even­tual­men­te desem­bo­ca­rán en el Atlán­ti­co. Dos lof (dos uni­da­des polí­ti­co-fami­lia­res mapu­che) se aso­cian para con­for­mar una comu­ni­dad antes que ini­cie el siglo XXI. Un gana­de­ro, due­ño de una enor­me estan­cia que tie­ne con­flic­tos con fami­lias ori­gi­na­rias en todos los pun­tos car­di­na­les, se ha apro­pia­do de 2.500 hec­tá­reas que reclaman.

«Aquí no vale la ley indí­ge­na, sí la ley argen­ti­na» les dice el juez. Lo mis­mo dice el Direc­tor de Tie­rras. En la docu­men­ta­ción catas­tral nin­guno de los lof exis­te, han des­apa­re­ci­do. Recu­pe­ran el cam­po de hecho y se ini­cia el jui­cio. Hay des­alo­jos, vigi­lias e incer­ti­dum­bre cons­tan­te. Cada vez que los miem­bros de la comu­ni­dad salen para ir al juz­ga­do o hacer algún trá­mi­te vin­cu­la­do al con­flic­to les roban ani­ma­les, les rom­pen cosas, gas­tan sus pocos pesos en remi­ses. Así sigue la vida por años.

3- Noroes­te del Chu­but, sobre una ruta his­tó­ri­ca por la que cir­cu­ló par­te de la colo­ni­za­ción de la pro­vin­cia. Un cua­dro enor­me, lleno de caba­llos sal­va­jes. Las due­ñas son dos pri­mas, úni­cas des­cen­dien­tes de la per­so­na que, en tiem­po del avan­ce mili­tar del Esta­do argen­tino, encon­tró en ese para­je un refu­gio para tener a su familia.

Cien años des­pués la abue­la de las pri­mas le pres­tó un peda­zo de cam­po a un hom­bre y el hom­bre cons­tru­yó su casa sobre el camino de acce­so y lo blo­queó. Cam­bió los can­da­dos de la tran­que­ra de ingre­so y tra­mi­tó los per­mi­sos para apro­piar­se legal­men­te del lugar. Los alam­bres se movie­ron sobre el camino veci­nal. Para lle­gar a la casa de las pri­mas hay que pasar por el patio de la casa del usurpador.

Una de las pri­mas vive en un terreno toma­do en la peri­fe­ria de Esquel. Sale al cam­po cuan­do pue­de y a veces tie­ne que rom­per un can­da­do para ingre­sar. «Nos deja­ron vivien­do en las pie­dras, pero aho­ra resul­ta que las pie­dras tie­nen valor», me dice. Las zonas de refu­gio de prin­ci­pios del siglo XX son hoy obje­to de avan­ce de acto­res múl­ti­ples. No hace fal­ta que sean mine­ras, petro­le­ras o millo­na­rios exó­ti­cos o ver­nácu­los (que tam­bién los hay, no habla­mos de ellos en esta nota). A veces son crian­ce­ros loca­les, veci­nos tan pobres como los desplazados.

Esta­do y relevamientos

Las pro­vin­cias tie­nen enor­mes difi­cul­ta­des para reco­no­cer efec­ti­va­men­te la pre­exis­ten­cia del pue­blo mapu­che en el territorio.

No hay reco­no­ci­mien­to terri­to­rial. No hay ley de pro­pie­dad comu­ni­ta­ria. No hay rele­va­mien­to con­sis­ten­te en torno de cuán­tas comu­ni­da­des, dón­de están y cuán­to terri­to­rio requieren.

Sobre los pro­ce­sos de «enca­jo­na­mien­to» de los pro­duc­to­res, que tie­nen cons­tan­cia y per­sis­ten­cia, se acu­mu­lan fenó­me­nos de todo tipo, has­ta geo­ló­gi­cos y cli­má­ti­cos: sequías, erup­cio­nes vol­cá­ni­cas, gran­des neva­das, inva­sión de pla­gas, etc. Al no tener cana­les por don­de tra­mi­tar­se, la con­jun­ción de even­tos exa­cer­ba las tensiones.

En gene­ral no se sabe dón­de empie­zan y dón­de ter­mi­nan los cam­pos. Ni los comu­ni­ta­rios ni los fis­ca­les ni los privados.

El rele­va­mien­to terri­to­rial orde­na­do por la ley 26.160 no se ha con­clui­do, pero des­pier­ta el siguien­te cues­tio­na­mien­to: ade­más de rele­var los lími­tes y bor­des de las comu­ni­da­des indí­ge­nas. ¿No habría que rele­var los lími­tes y bor­des de los pro­pie­ta­rios pri­va­dos? ¿No haría fal­ta un rele­va­mien­to de terratenientes?

Actos mági­cos

Es un lugar común decir que los alam­bra­dos «se corren de noche». En Pata­go­nia, los alam­bra­dos cami­nan. Por supues­to, no se mue­ven solos. Son los peo­nes de los estan­cie­ros quie­nes los extien­den por kiló­me­tros y kiló­me­tros. Es una magia que, una vez cono­ci­dos sus meca­nis­mos inter­nos, pare­ce inclu­so racional.

Si un cam­po que en los pape­les es «fis­cal» (aún cuan­do esté habi­ta­do des­de hace más de cien años) se que­da momen­tá­nea­men­te vacío, el alam­bre se cerra­rá sobre sus fron­te­ras y los pedi­dos buro­crá­ti­cos de pro­pie­dad comen­za­rán su reco­rri­do. La magia de la admi­nis­tra­ción des­vis­te a uno y vis­tea otro con los ropa­jes de dueño.

De aquí al terri­to­rio sagra­do, el terri­to­rio de la pro­pie­dad pri­va­da, sólo hay un paso.

*Antro­pó­lo­go. Inves­ti­ga­dor del CONICET

Fuen­te: Notas Perio­dis­mo Popular

FUENTE: El extre­mo sur de la Patagonia

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