Pen­sa­mien­to crí­ti­co. Pla­ni­fi­ca­ción y tran­si­ción eco­ló­gi­ca y social

Michael Löwy /​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano /​4 de abril de 2020

Eco­so­cia­lis­mo y autogestión

La nece­si­dad de la pla­ni­fi­ca­ción eco­nó­mi­ca en cual­quier pro­ce­so serio y radi­cal de tran­si­ción socio-eco­ló­gi­ca cada vez está más asu­mi­da, en con­tras­te con las posi­cio­nes tra­di­cio­na­les de los par­ti­dos ver­des, par­ti­da­rios de una varian­te eco­ló­gi­ca de la eco­no­mía de mer­ca­do, es decir, de un capi­ta­lis­mo ver­de.

En su últi­mo libro, Nao­mi Klein seña­la que cual­quier res­pues­ta seria a la cri­sis cli­má­ti­ca debe­ría «recu­pe­rar el domi­nio de un arte denos­ta­do duran­te los dece­nios de férreo libe­ra­lis­mo: el arte de la pla­ni­fi­ca­ción». Des­de su pun­to de vis­ta, esto supo­ne una pla­ni­fi­ca­ción indus­trial, un plan para el uso de los sue­los, la pla­ni­fi­ca­ción agrí­co­la, un plan de empleo para las y los tra­ba­ja­do­res cuyas tareas hubie­ran deve­ni­do obso­le­tas con la tran­si­ción [eco­ló­gi­ca], etc. «Por tan­to, se tra­ta de vol­ver a apren­der a pla­ni­fi­car nues­tras eco­no­mías en fun­ción de nues­tras prio­ri­da­des colec­ti­vas y no en fun­ción de cri­te­rios de ren­ta­bi­li­dad» 1/​

Pla­ni­fi­ca­ción democrática

La tran­si­ción socio-eco­ló­gi­ca hacia una alter­na­ti­va eco­so­cia­lis­ta impli­ca el con­trol públi­co de los prin­ci­pa­les medios de pro­duc­ción y una pla­ni­fi­ca­ción demo­crá­ti­ca: Si se quie­re que las deci­sio­nes refe­ren­tes a las inver­sio­nes y a los cam­bios tec­no­ló­gi­cos sir­van al bien común de la socie­dad y res­pe­ten el medioam­bien­te, tie­nen que ser sus­traí­das a la ban­ca y a las empre­sas capitalistas.

¿Quién ha de tomar esas deci­sio­nes? A menu­do, la res­pues­ta de los socia­lis­tas era: las y los tra­ba­ja­do­res. En el libro III de El Capi­tal Marx defi­nió el socia­lis­mo como una socie­dad en la que «los pro­duc­to­res aso­cia­dos regu­len racio­nal­men­te ese meta­bo­lis­mo suyo con la natu­ra­le­za». Sin embar­go en el Libro I encon­tra­mos un pun­to de vis­ta más amplio: «una aso­cia­ción de hom­bres libres que tra­ba­jan con medios de pro­duc­ción colec­ti­vos» 2/​. Se tra­ta de una con­cep­ción mucho más apro­pia­das: la pro­duc­ción y el con­su­mo se tie­nen que orga­ni­zar racio­nal­men­te no solo por las y los pro­duc­to­res, sino tam­bién por las y los con­su­mi­do­res y, de hecho, por el con­jun­to de la socie­dad; es decir, la pobla­ción pro­duc­ti­va o no pro­duc­ti­va: estu­dian­tes, la juven­tud, las muje­res (y hom­bres) en el hogar, las per­so­nas jubi­la­das, etc.

En este sen­ti­do, el con­jun­to de la socie­dad será libre de deci­dir demo­crá­ti­ca­men­te las líneas de pro­duc­ción que se tie­nen que pri­vi­le­giar y el nivel de recur­sos que deben ser inver­ti­dos en la edu­ca­ción, la sani­dad o la cul­tu­ra. El pre­cio de esos bie­nes ya no se deter­mi­na­rá en fun­ción de la ley de la ofer­ta y la deman­da, sino que será esta­ble­ci­do en la medi­da de lo posi­ble en fun­ción de cri­te­rios socia­les, polí­ti­cos y ecológicos.

Lejos de ser des­pó­ti­ca en sí mis­ma, la pla­ni­fi­ca­ción demo­crá­ti­ca cons­ti­tu­ye el ejer­ci­cio de la liber­tad a deci­dir del con­jun­to de la socie­dad. Un ejer­ci­cio nece­sa­rio para eman­ci­par­se de las leyes eco­nó­mi­cas y de las jau­las de ace­ro alie­nan­tes y reifi­ca­das en el seno de la estruc­tu­ra tan­to capi­ta­lis­ta como buro­crá­ti­ca. La pla­ni­fi­ca­ción demo­crá­ti­ca vin­cu­la­da a la reduc­ción del tiem­po de tra­ba­jo supon­dría un pro­gre­so con­si­de­ra­ble de la huma­ni­dad hacia lo que Marx deno­mi­na­ba «el rei­no de la liber­tad»: el incre­men­to del tiem­po libre cons­ti­tu­ye de hecho una con­di­ción para la par­ti­ci­pa­ción de los tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras en la dis­cu­sión demo­crá­ti­ca y la ges­tión, tan­to de la eco­no­mía como de la sociedad.

Los par­ti­da­rios del mer­ca­do libre uti­li­zan incan­sa­ble­men­te el fra­ca­so de la pla­ni­fi­ca­ción sovié­ti­ca para jus­ti­fi­car su opo­si­ción radi­cal a toda for­ma de eco­no­mía pla­ni­fi­ca­da. No nece­si­ta­mos dis­cu­tir sobre los logros o los fra­ca­sos de la expe­rien­cia sovié­ti­ca para saber que se tra­ta­ba, sin nin­gu­na duda, de una for­ma de «dic­ta­du­ra sobre las nece­si­da­des», por citar la expre­sión de György Már­kus y sus cole­gas de la escue­la de Buda­pest: un sis­te­ma no demo­crá­ti­co y auto­ri­ta­rio que otor­ga­ba el mono­po­lio de las deci­sio­nes a una redu­ci­da oli­gar­quía de tecno-buró­cra­tas. No fue la pla­ni­fi­ca­ción la que lle­vó a la dic­ta­du­ra; fue la cre­cien­te limi­ta­ción de la demo­cra­cia en el seno del Esta­do sovié­ti­co y la ins­tau­ra­ción de un poder buro­crá­ti­co tota­li­ta­rio tras la muer­te de Lenin la que con­du­jo a un sis­te­ma de pla­ni­fi­ca­ción buro­crá­ti­ca tota­li­ta­ria cada vez más auto­ri­ta­ria y no demo­crá­ti­ca. Si es cier­to que el socia­lis­mo se defi­ne como el con­trol del pro­ce­so de pro­duc­ción por par­te de los tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras y de la pobla­ción en gene­ral, la Unión sovié­ti­ca bajo Sta­lin y sus suce­so­res no tenía nada que ver con esta definición.

El fra­ca­so de la URSS mues­tra los lími­tes y las con­tra­dic­ción de una pla­ni­fi­ca­ción buro­crá­ti­ca en la que la inefi­ca­cia y el carác­ter arbi­tra­rio son fla­gran­tes; por ello no se pue­de uti­li­zar como argu­men­to con­tra la pues­ta en pie de una pla­ni­fi­ca­ción real­men­te demo­crá­ti­ca. La con­cep­ción socia­lis­ta de la pla­ni­fi­ca­ción sig­ni­fi­ca sobre todo la demo­cra­ti­za­ción radi­cal de la eco­no­mía: si es ver­dad que las deci­sio­nes polí­ti­cas no pue­den dejar­se en manos de una redu­ci­da éli­te de diri­gen­tes, ¿por qué no apli­car el mis­mo cri­te­rio a las deci­sio­nes de carác­ter eco­nó­mi­co? La cues­tión del equi­li­brio entre los meca­nis­mos del mer­ca­do y los de la pla­ni­fi­ca­ción es sin duda un tema com­ple­jo; duran­te las pri­me­ras fases de una nue­va socie­dad, es ver­dad que el mer­ca­do ten­drá aún un peso impor­tan­te, pero a medi­da que pro­gre­sa la tran­si­ción hacia el socia­lis­mo, la pla­ni­fi­ca­ción será cada vez más importante.

En el sis­te­ma capi­ta­lis­ta el valor de uso no es más que un medio –y a menu­do una arti­ma­ña- subor­di­na­da al valor de cam­bio y a la ren­ta­bi­li­dad, lo que expli­ca el por­qué en nues­tra socie­dad exis­ten tan­tos pro­duc­tos sin sen­ti­do alguno. En una eco­no­mía socia­lis­ta pla­ni­fi­ca­da, la pro­duc­ción de bie­nes y ser­vi­cios no res­pon­de más que al cri­te­rio de su valor de uso, lo que con­lle­va con­se­cuen­cias a nivel eco­nó­mi­co, social y eco­ló­gi­co cuya dimen­sión es espectacular.

Des­de lue­go, la pla­ni­fi­ca­ción demo­crá­ti­ca afec­ta a las gran­des opcio­nes eco­nó­mi­cas y no a la admi­nis­tra­ción de los res­tau­ran­tes, de los ultra­ma­ri­nos, de las pana­de­rías, del peque­ño comer­cio o de las empre­sas arte­sa­na­les o de ser­vi­cios a nivel local. Del mis­mo modo, hay que seña­lar que la pla­ni­fi­ca­ción no es con­tra­dic­to­ria con la auto­ges­tión de los tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras en sus cen­tros de tra­ba­jo. Por ejem­plo, mien­tras que la deci­sión de trans­for­mar una fábri­ca de coches en una de auto­bu­ses o de tran­vías corres­pon­de­rá al con­jun­to de la socie­dad, la orga­ni­za­ción y el fun­cio­na­mien­to interno de la empre­sa ten­drá que ser ges­tio­na­da demo­crá­ti­ca­men­te por los pro­pios tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras. Se ha deba­ti­do mucho sobre el carác­ter cen­tra­li­za­do o des­cen­tra­li­za­do de la pla­ni­fi­ca­ción, pero lo fun­da­men­tal es el con­trol demo­crá­ti­co del plan a todos los nive­les: local, regio­nal, nacio­nal, con­ti­nen­tal y, espe­re­mos, pla­ne­ta­rio, por­que los temas que tie­nen que ver con la eco­lo­gía (como la cri­sis cli­má­ti­ca) son mun­dia­les y no se pue­den abor­dar más que a ese nivel. Esta pro­pues­ta se podría deno­mi­nar como pla­ni­fi­ca­ción demo­crá­ti­ca glo­bal. Inclu­so a ese nivel, se tra­ta de una pla­ni­fi­ca­ción que se opo­ne a lo que de for­ma reite­ra­da se defi­ne como pla­ni­fi­ca­ción cen­tral dado que las deci­sio­nes eco­nó­mi­cas y socia­les no serán adop­ta­das por un cen­tro cual­quie­ra, sino que serán deter­mi­na­das demo­crá­ti­ca­men­te por la pobla­ción concernida.

Por supues­to, exis­ti­rán ten­sio­nes y con­tra­dic­cio­nes entre los espa­cios auto­ges­tio­na­dos y las admi­nis­tra­cio­nes loca­les o sec­to­res socia­les más amplios; serán nece­sa­rios meca­nis­mos de nego­cia­ción para resol­ver los con­flic­tos de este tipo, pero al final corres­pon­de­rá a los sec­to­res socia­les más amplios, y solo en caso de que sean mayo­ri­ta­ria, impo­ner la deci­sión. Para dar un ejem­plo: una fábri­ca auto­ges­tio­na­da deci­de depo­si­tar los resi­duos tóxi­cos en un río, cuya polu­ción afec­ta­rá a la pobla­ción de toda la región. En esas cir­cuns­tan­cias, y tras un deba­te demo­crá­ti­co, se pue­de deci­dir parar la pro­duc­ción de esa fábri­ca has­ta encon­trar una solu­ción satis­fac­to­ria para con­tro­lar los resi­duos. Ideal­men­te, en una socie­dad eco­so­cia­lis­ta, la pro­pia plan­ti­lla de la fábri­ca ten­drá una con­cien­cia eco­ló­gi­ca sufi­cien­te como para tomar deci­sio­nes peli­gro­sas para el medio ambien­te y para la salud de la pobla­ción local. Sin embar­go, el hecho de intro­duc­ción meca­nis­mos que garan­ti­cen el poder de deci­sión de la pobla­ción para la defen­sa de los intere­ses gene­ra­les, como el ejem­plo pre­ce­den­te, no con­lle­va que las cues­tio­nes rela­cio­na­das con la ges­tión inter­na no se deban some­ter a la ciu­da­da­nía a nivel de la empre­sa, de la escue­la, del barrio, del hos­pi­tal o del pueblo.

La pla­ni­fi­ca­ción eco­so­cia­lis­ta se debe basar en el deba­te demo­crá­ti­co y plu­ra­lis­ta en todos los nive­les de deci­sión. Las y los dele­ga­dos de los órga­nos de pla­ni­fi­ca­ción serán ele­gi­dos, en base a los par­ti­dos, a pla­ta­for­mas u otra for­ma de orga­ni­za­ción polí­ti­ca, y las pro­pues­tas irán diri­gi­das a quie­nes con­cier­nan. Dicho de otro modo, la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va tie­ne que enri­que­cer­se y mejo­rar­se median­te la demo­cra­cia direc­ta que per­mi­te a la gen­te deci­dir de for­ma direc­ta ‑a nivel local, nacio­nal y, final­men­te, inter­na­cio­nal- entre las dis­tin­tas pro­pues­tas. De ese modo, el con­jun­to de la pobla­ción adop­ta­ría las deci­sio­nes sobre, diga­mos, la gra­tui­dad del trans­por­te públi­co, los impues­tos sobre los vehícu­los para finan­ciar el trans­por­te públi­co, las sub­ven­cio­nes a la ener­gía solar para que sea com­pe­ti­ti­va en rela­ción a la ener­gía fósil, la reduc­ción del tiem­po de tra­ba­jo a 30, 25 o menos horas sema­na­les, aún cuan­do ello con­lle­ve una dis­mi­nu­ción de la producción.

El carác­ter demo­crá­ti­co de la pla­ni­fi­ca­ción no la hace incom­pa­ti­ble con la par­ti­ci­pa­ción de exper­tos y exper­tas cuyo papel no con­sis­te en deci­dir, sino en pre­sen­tar argu­men­tos –a menu­do dife­ren­tes e inclu­so opues­tos- en el pro­ce­so de toma de deci­sión demo­crá­ti­co. Como seña­ló Ernest Man­del: «Los gobier­nos, los par­ti­dos polí­ti­cos, los con­se­jos de pla­ni­fi­ca­ción, los cien­tí­fi­cos, los tec­nó­cra­tas o quie­nes quie­ran pue­den rea­li­zar pro­pues­tas, pre­sen­tar ini­cia­ti­vas o tra­tar de influir en la gen­te… Sin embar­go, en un sis­te­ma mul­ti­par­ti­da­rio, tales pro­pues­tas nun­ca serán uná­ni­mes: la gen­te opta­rá entre alter­na­ti­vas cohe­ren­tes. De ahí que el dere­cho y el poder efec­ti­vo de tomar deci­sio­nes tie­ne que estar en manos de la mayo­ría de las y los pro­duc­to­res y con­su­mi­do­res, de la mayo­ría ciu­da­da­na y de nadie más. ¿Hay algu­na piz­ca de pater­na­lis­mo o de des­pó­ti­co en este plan­tea­mien­to?» 3/​.

La cues­tión que se plan­tea es la siguien­te: ¿qué garan­tía exis­te de que la gen­te toma­rá las bue­nas deci­sio­nes, las que pro­te­jan el medio ambien­te, inclu­so si el pre­cio a pagar es modi­fi­car en par­te sus hábi­tos de con­su­mo? Esa garan­tía no exis­te; solo tene­mos la pers­pec­ti­va razo­na­ble de que la racio­na­li­dad de las deci­sio­nes demo­crá­ti­cas triun­fa­rá una vez abo­li­do el feti­chis­mo de los bie­nes de con­su­mo. Es ver­dad que el pue­blo se equi­vo­ca­rá, que rea­li­za­rá de opcio­nes que no son las bue­nas, pero ¿los exper­tos no come­ten los mis­mos erro­res? Es impo­si­ble con­ce­bir la cons­truc­ción de una socie­dad nue­va sin que la mayo­ría del pue­blo haya alcan­za­do una toma de con­cien­cia socia­lis­ta y eco­ló­gi­ca gran­de fru­to de sus luchas, de su auto­edu­ca­ción y su expe­rien­cia social. Así pues, resul­ta razo­na­ble esti­mar que los erro­res gra­ves –inclu­so deci­sio­nes incom­pa­ti­bles con la nece­si­da­des medioam­bien­ta­les- serán corre­gi­das. En todo caso, nos pode­mos pre­gun­tar si las alter­na­ti­vas –el impla­ca­ble mer­ca­do, la dic­ta­du­ra eco­ló­gi­ca de los exper­tos– no son mucho más peli­gro­sas que el pro­ce­so demo­crá­ti­co con todos sus límites…

Cier­to, para que la pla­ni­fi­ca­ción fun­cio­ne son nece­sa­rios gru­pos téc­ni­cos y eje­cu­ti­vos que pue­dan imple­men­tar las deci­sio­nes adop­ta­das, pero su capa­ci­dad de deci­sión esta­ría some­ti­da al con­trol per­ma­nen­te y demo­crá­ti­co ejer­ci­do por los nive­les infe­rio­res en los que la admi­nis­tra­ción demo­crá­ti­ca se rea­li­za median­te la auto­ges­tión de los tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras. Des­de lue­go, es incon­ce­bi­ble pen­sar que la mayo­ría de la pobla­ción emplee su tiem­po libre a la auto­ges­tión o a reunio­nes par­ti­ci­pa­ti­vas. Como seña­ló Ernest Man­del: «La auto­ges­tión no con­lle­va la supre­sión de la dele­ga­ción, sino la com­bi­na­ción entre la toma de deci­sio­nes por la ciu­da­da­nía y el con­trol estric­to de los dele­ga­dos por sus res­pec­ti­vos elec­to­res « 4/​.

Un lar­go pro­ce­so no exen­to de contradicciones

La tran­si­ción del pro­gre­so des­truc­ti­vo del sis­te­ma capi­ta­lis­ta al eco­so­cia­lis­mo es un pro­ce­so his­tó­ri­co, una trans­for­ma­ción revo­lu­cio­na­ria y per­ma­nen­te de la socie­dad, de la cul­tu­ra y de las men­ta­li­da­des; y la polí­ti­ca, en el sen­ti­do amplio que hemos defi­ni­do más arri­ba, se encuen­tra de for­ma inne­ga­ble en el cen­tro de ese pro­ce­so. Es impor­tan­te pre­ci­sar que esa trans­for­ma­ción no se pue­de dar sin un cam­bio revo­lu­cio­na­rio de las estruc­tu­ras socia­les y polí­ti­cas y sin el apo­yo acti­vo al pro­gra­ma eco­so­cia­lis­ta de una amplia mayo­ría de la pobla­ción. La toma de con­cien­cia socia­lis­ta y eco­ló­gi­ca es un pro­ce­so en el que los fac­to­res deci­si­vos son la expe­rien­cia y las luchas colec­ti­vas de la pobla­ción, que a par­tir de con­fron­ta­cio­nes par­cia­les a nivel local pro­gre­sen hacia una pers­pec­ti­va de cam­bio social radi­cal. Esta tran­si­ción no sólo desem­bo­ca­rá en un nue­vo modo de pro­duc­ción y una socie­dad demo­crá­ti­ca e igua­li­ta­ria, sino tam­bién en un modo de vida alter­na­ti­vo, una ver­da­de­ra civi­li­za­ción eco­so­cia­lis­ta más allá del impe­rio del dine­ro y sus hábi­tos de con­su­mo arti­fi­cial indu­ci­do por la pro­duc­ción, así como la pro­duc­ción ili­mi­ta­da de bie­nes inú­ti­les o per­ju­di­cia­les para el medioambiente.

Algu­nos eco­no­mis­tas esti­man que la úni­ca alter­na­ti­va al pro­duc­ti­vis­mo es la de poner fin al cre­ci­mien­to glo­bal o reem­pla­zar­lo por un cre­ci­mien­to nega­ti­vo, que en Fran­cia se cono­ce como decre­ci­mien­to. Para hacer­lo sería nece­sa­rio redu­cir drás­ti­ca­men­te el exce­si­vo nivel de con­su­mo de la gen­te y renun­ciar, entre otras cosas, a casas indi­vi­dua­les, a la cale­fac­ción cen­tral y a las lava­do­ras con el fin de redu­cir a la mitad el con­su­mo ener­gé­ti­co. Como estas y otras dra­co­nia­nas medi­das de aus­te­ri­dad corren el ries­go de ser muy impo­pu­la­res, cier­tos abo­ga­dos del decre­ci­mien­to con­tem­plan la idea de un tipo de «dic­ta­du­ra eco­ló­gi­ca» 5/​. Fren­te a estos pun­tos de vis­ta tan pesi­mis­tas, algu­nos socia­lis­tas desa­rro­llan un opti­mis­mo que les lle­va a pen­sar que el pro­gre­so téc­ni­co y la uti­li­za­ción de ener­gías reno­va­bles per­mi­ti­rán un cre­ci­mien­to ili­mi­ta­do y la pros­pe­ri­dad de for­ma que cada cual reci­ba según sus nece­si­da­des.

Des­de mi pun­to de vis­ta, estas dos escue­las com­par­ten una con­cep­ción pura­men­te cuan­ti­ta­ti­va del cre­ci­mien­to –posi­ti­vo o nega­ti­vo- y del desa­rro­llo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas. Pien­so que exis­te una ter­ce­ra con­cep­ción que me pare­ce más ade­cua­da: una ver­da­de­ra trans­for­ma­ción cua­li­ta­ti­va del desa­rro­llo. Esto impli­ca poner fin al des­pil­fa­rro mons­truo­so de recur­sos que pro­vo­ca el capi­ta­lis­mo; un sis­te­ma basa­do en la pro­duc­ción a gran esca­la de pro­duc­tos inú­ti­les y/​o per­ju­di­cia­les. La indus­tria arma­men­tís­ti­ca es un buen ejem­plo, al igual que todos esos pro­duc­tos, con sus obso­les­cen­cia pro­gra­ma­da, fabri­ca­dos en el sis­te­ma capi­ta­lis­ta que no tie­nen otra uti­li­dad que gene­rar bene­fi­cios para las gran­des empresas.

Así pues, el pro­ble­ma no está en el con­su­mo exce­si­vo en abs­trac­to, sino sobre todo en el tipo de con­su­mo domi­nan­te cuyas carac­te­rís­ti­cas prin­ci­pa­les son: la pro­pie­dad osten­to­sa, el des­pil­fa­rro masi­vo, la obse­si­va acu­mu­la­ción de bie­nes y la adqui­si­ción com­pul­si­va de pseu­do-nove­da­des impues­tas por la moda. Una socie­dad nue­va orien­ta­ría la pro­duc­ción a la satis­fac­ción de las ver­da­de­ras nece­si­da­des, comen­zan­do por las que se podrían cali­fi­car de bíbli­cas: agua, ali­men­ta­ción, ves­ti­dos y vivien­da, e inclu­yen­do ser­vi­cios esen­cia­les como la salud, la edu­ca­ción, la cul­tu­ra y el transporte.

Es evi­den­te que los paí­ses en los que estas nece­si­da­des están lejos de ser satis­fe­chas, es decir, los paí­ses del hemis­fe­rio sur, debe­rán desa­rro­llar­se mucho más –cons­truir ferro­ca­rri­les, hos­pi­ta­les, sanea­mien­tos y otras infra­es­truc­tu­ras- que los paí­ses indus­tria­li­za­dos, pero ello ten­dría que ser com­pa­ti­ble con un sis­te­ma de pro­duc­ción basa­do en las ener­gías reno­va­bles y, por tan­to, no per­ju­di­cia­les para el medioam­bien­te. Esos paí­ses nece­si­ta­rán pro­du­cir gran can­ti­dad de ali­men­tos para su pobla­ción sacu­di­da por el ham­bre, pero –como seña­lan des­de hace años los movi­mien­tos cam­pe­si­nos orga­ni­za­dos a nivel inter­na­cio­nal en la red Vía Campesina‑, se tra­ta de un obje­ti­vo más fácil de alcan­zar a tra­vés de la agri­cul­tu­ra cam­pe­si­na bio­ló­gi­ca basa­da en uni­da­des fami­lia­res, coope­ra­ti­vas o gran­jas colec­ti­vas que median­te los méto­dos des­truc­ti­vos y anti­so­cia­les de la indus­tria del agro­ne­go­cio cuyo prin­ci­pio es la uti­li­za­ción inten­si­va de pes­ti­ci­das, de ingre­dien­tes quí­mi­cos y de orga­nis­mos gené­ti­ca­men­te modi­fi­ca­dos (OGM).

El odio­so sis­te­ma actual de la deu­da y la explo­ta­ción impe­ria­lis­ta de los recur­sos del Sur por los paí­ses capi­ta­lis­tas e indus­tria­li­za­dos sería reem­pla­za­do por el impul­so del apo­yo téc­ni­co y eco­nó­mi­co del Nor­te hacia el Sur. No sería nece­sa­rio –como pare­ce que creen deter­mi­na­dos eco­lo­gis­tas puri­ta­nos y ascé­ti­cos- de redu­cir en tér­mi­nos abso­lu­tos el nivel de vida de la pobla­ción euro­pea o nor­te­ame­ri­ca­na. Sim­ple­men­te sería nece­sa­rio que esta pobla­ción se des­pren­da de los pro­duc­tos inú­ti­les, de los que no satis­fa­cen nin­gu­na nece­si­dad real y cuyo con­su­mo obse­si­vo es impul­sa­do por el sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Redu­cien­do el con­su­mo de esos pro­duc­tos, el nivel de vida sería rede­fi­ni­do y daría lugar a un modo de vida que, en reali­dad, es más rico.

¿Cómo dis­tin­guir las nece­si­dad autén­ti­cas de las nece­si­da­des arti­fi­cia­les, fal­sas o simu­la­das? La indus­tria de la publi­ci­dad –que ejer­ce su influen­cia sobre las nece­si­da­des a tra­vés de la mani­pu­la­ción men­tal- ha pene­tra­do en todas las esfe­ras de la vida huma­na en las socie­da­des capi­ta­lis­tas moder­nas. Todo se for­ja según sus reglas; no solo la ali­men­ta­ción y la ropa, sino tam­bién áreas como el depor­te, la cul­tu­ra, la reli­gión y la polí­ti­ca. La publi­ci­dad ha inva­di­do las calles, los buzo­nes, las pan­ta­llas de tele­vi­sión, los perió­di­cos y todo nues­tro pai­sa­je de una for­ma insi­dio­sa, per­ma­nen­te y agre­si­va. Este sec­tor con­tri­bu­ye direc­ta­men­te a hábi­tos de con­su­mo osten­si­bles y com­pul­si­vos. Ade­más, con­lle­va un des­pil­fa­rro enor­me de petró­leo, de elec­tri­ci­dad, de tiem­po de tra­ba­jo, de papel y de sus­tan­cias quí­mi­cas (entre otras mate­rias pri­mas), que son paga­das en su tota­li­dad por las y los con­su­mi­do­res. Se tra­ta de un sec­tor de pro­duc­ción que no solo es inú­til des­de el pun­to de vis­ta humano, sino que está en con­tra­dic­ción con las nece­si­da­des socia­les reales. Si bien la publi­ci­dad es una dimen­sión indis­pen­sa­ble para una eco­no­mía de mer­ca­do capi­ta­lis­ta, no ten­dría nin­gún sen­ti­do en una socie­dad de tran­si­ción hacia el socia­lis­mo. Sería reem­pla­za­da por la infor­ma­ción sobre los pro­duc­tos y ser­vi­cios sumi­nis­tra­dos por las aso­cia­cio­nes de con­su­mi­do­res. El cri­te­rio para dife­ren­ciar una autén­ti­ca nece­si­dad de una nece­si­dad arti­fi­cial sería su per­ma­nen­cia tras la supre­sión de la publi­ci­dad. Está cla­ro que duran­te un deter­mi­na­do tiem­po per­sis­ti­rán los vie­jos hábi­tos de con­su­mo, por­que nadie tie­ne el dere­cho a decir a la gen­te cuá­les son sus nece­si­da­des. El cam­bio del mode­lo de con­su­mo es un pro­ce­so his­tó­ri­co y reto educativo.

Algu­nos pro­duc­tos, tales como el coche indi­vi­dual, plan­tean pro­ble­mas más com­ple­jos. El vehícu­lo indi­vi­dual cons­ti­tu­ye un pro­ble­ma públi­co. A nivel pla­ne­ta­rio, pro­du­cen anual­men­te la muer­te o la muti­la­ción de cien­tos de miles de per­so­nas; con­ta­mi­nan el aire de las gran­des ciu­da­des –con nefas­tas con­se­cuen­cias sobre la salud de la infan­cia y de las per­so­nas mayo­res- y con­tri­bu­yen con­si­de­ra­ble­men­te a la cri­sis cli­má­ti­ca. Por otra par­te, el coche satis­fa­ce nece­si­da­des reales en las con­di­cio­nes actua­les del capi­ta­lis­mo. En las ciu­da­des euro­peas en las que las auto­ri­da­des se preo­cu­pan por el medio ambien­te, expe­rien­cias loca­les –que cuen­tan con el apo­yo mayo­ri­ta­rio de la pobla­ción- mues­tran que es posi­ble limi­tar pro­gre­si­va­men­te la uti­li­za­ción del coche par­ti­cu­lar para pri­vi­le­giar el auto­bús o el tran­vía. En un pro­ce­so de tran­si­ción hacia el eco­so­cia­lis­mo, el trans­por­te públi­co y gra­tui­to –tan­to de super­fi­cie como sub­te­rrá­neo- se amplia­ría enor­me­men­te, en tan­to que las calles esta­rían pro­te­gi­das para las y los pea­to­nes y ciclis­tas. Con­se­cuen­te­men­te, el coche indi­vi­dual ocu­pa­ría un lugar mucho menos impor­tan­te que en la socie­dad bur­gue­sa, en la que se ha trans­for­ma­do en un feti­che pro­mo­cio­na­do por una publi­ci­dad inten­sa y agre­si­va. El coche es un sím­bo­lo de pres­ti­gio, un signo de iden­ti­dad ‑en EE UU, el per­mi­so de con­du­cir es reco­no­ci­do como car­net de iden­ti­dad-; ocu­pa un lugar cen­tral en la vida per­so­nal, social y eró­ti­ca. En esta tran­si­ción hacia una nue­va socie­dad será mucho más fácil redu­cir de for­ma drás­ti­ca el trans­por­te de mer­can­cías por carre­te­ra –res­pon­sa­ble de trá­gi­cos acci­den­tes y de un nivel de con­ta­mi­na­ción muy gran­de- y ser reem­pla­za­do por el trans­por­te ferro­via­rio: solo la absur­da lógi­ca de la com­pe­ti­ti­vi­dad capi­ta­lis­ta expli­ca el actual desa­rro­llo del trans­por­te de mer­can­cías por carretera.

Fren­te a estas pro­pues­tas, los pesi­mis­tas res­pon­de­rán: sí, pero las per­so­nas se moti­van por aspi­ra­cio­nes y deseos infi­ni­tos que se tie­nen que con­tro­lar, ana­li­zar, recha­zar e inclu­so repri­mir si fue­ra nece­sa­rio. Y en ese caso, la demo­cra­cia podría sufrir deter­mi­na­das res­tric­cio­nes. Sin embar­go, el eco­so­cia­lis­mo se basa en una hipó­te­sis razo­na­ble que ya plan­teó Marx: la pre­va­len­cia, en una socie­dad no capi­ta­lis­ta, del ser sobre el tener; es decir, la pri­ma­cía del tiem­po libre sobre el deseo de poseer innu­me­ra­bles obje­tos; la rea­li­za­ción per­so­nal por la vía de acti­vi­da­des cul­tu­ra­les, depor­ti­vas, lúdi­cas, cien­tí­fi­cas, eró­ti­cas, artís­ti­cas y políticas.

El feti­chis­mo de la mer­can­cía inci­ta a la com­pra com­pul­si­va a tra­vés de la ideo­lo­gía y la publi­ci­dad pro­pias del sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Nada demues­tra que ello for­me par­te de la «eter­na natu­ra­le­za huma­na». Ernest Man­del lo ponía de relie­ve: «La acu­mu­la­ción per­ma­nen­te de bie­nes cada vez más nume­ro­sos (cuya uti­li­dad mar­gi­nal decre­ce) no es un ras­go uni­ver­sal ni per­ma­nen­te del com­por­ta­mien­to humano. Una vez satis­fe­chas las nece­si­da­des bási­cas, las moti­va­cio­nes per­so­na­les evo­lu­cio­nan hacia acti­tu­des y pro­pen­sio­nes auto-gra­ti­fi­can­tes: pre­ser­va­ción de la salud y de la vida, pro­tec­ción de la infan­cia, desa­rro­llo de rela­cio­nes socia­les enri­que­ce­do­ras…» 6/​.

Como hemos seña­la­do más arri­ba, esto no sig­ni­fi­ca, sobre todo duran­te el perío­do de tran­si­ción, la ausen­cia de con­flic­tos: entre las nece­si­da­des de pro­tec­ción medioam­bien­tal y las nece­si­da­des socia­les, entre las obli­ga­cio­nes eco­ló­gi­cas y la nece­si­dad de desa­rro­llar infra­es­truc­tu­ras bási­cas ‑sobre todo en paí­ses pobres‑, entre los hábi­tos popu­la­res de con­su­mo y la fal­ta de recur­sos… Una socie­dad sin cla­ses socia­les no supo­ne una socie­dad sin con­tra­dic­cio­nes ni con­flic­tos. Estos últi­mos son inevi­ta­bles: resol­ver­las será el papel que ten­drá que desa­rro­llar la pla­ni­fi­ca­ción demo­crá­ti­ca a tra­vés de deba­tes abier­tos y plu­ra­lis­tas que per­mi­tan a la socie­dad adop­tar las deci­sio­nes en una pers­pec­ti­va eco­so­cia­lis­ta, libre de las pre­sio­nes del capi­tal y el bene­fi­cio. Una demo­cra­cia común y par­ti­ci­pa­ti­va como esa es el úni­co medio no para evi­tar que se come­tan erro­res, sino para corre­gir­los colectivamente.

Soñar con un socia­lis­mo ver­de o, como dicen algu­nos, de un comu­nis­mo solar, y luchar por ese sue­ño no sig­ni­fi­ca que se aban­do­na el esfuer­zo por lograr refor­mas con­cre­tas y urgen­tes. Si bien no hay que hacer­se ilu­sio­nes sobre un capi­ta­lis­mo lim­pio, al menos hemos de tra­tar de ganar tiem­po e impo­ner a los pode­res públi­cos algu­nos cam­bios bási­cos como la mora­to­ria gene­ral sobre los OGM, la reduc­ción drás­ti­ca de las emi­sio­nes de gas de efec­to inver­na­de­ro, la estric­ta regu­la­ción de la pes­ca indus­trial y de la uti­li­za­ción de pes­ti­ci­das y subs­tan­cias quí­mi­cas en la pro­duc­ción agro­in­dus­trial, un mayor impul­so del trans­por­te públi­co, la sus­ti­tu­ción pro­gre­si­va de los camio­nes por los trenes…

Estas deman­das eco-socia­les urgen­tes pue­den con­du­cir a un pro­ce­so de radi­ca­li­za­ción a con­di­ción de que no se aco­mo­den a las exi­gen­cias de la com­pe­ti­ti­vi­dad. En base a la lógi­ca de lo que los mar­xis­tas deno­mi­nan pro­gra­ma de tran­si­ción, cada peque­ña vic­to­ria, cada peque­ño avan­ce par­cial con­du­ce inme­dia­ta­men­te a un exi­gen­cia supe­rior, a un obje­ti­vo más radi­cal. Las luchas en torno a obje­ti­vos con­cre­tos son impor­tan­tes, no solo por­que las vic­to­rias par­cia­les son úti­les en sí mis­mas, sino por­que con­tri­bu­yen a la toma de con­cien­cia eco­ló­gi­ca y socia­lis­ta. Ade­más, estas vic­to­rias favo­re­cen la acti­vi­dad y la auto­or­ga­ni­za­ción por aba­jo: dos con­di­cio­nes nece­sa­rias y deci­si­vas para lograr una trans­for­ma­ción radi­cal, es decir revo­lu­cio­na­ria, del mundo.

No habrá trans­for­ma­ción radi­cal mien­tras las fuer­zas com­pro­me­ti­das en un pro­gra­ma radi­cal, socia­lis­ta y eco­ló­gi­co no sean hege­mó­ni­cas en el sen­ti­do en que lo enten­día Anto­nio Grams­ci. Por una par­te, el tiem­po es nues­tro alia­do, por­que tra­ba­ja­mos por el úni­co cam­bio capaz de resol­ver los pro­ble­mas medioam­bien­ta­les, cuya situa­ción no hace sino agra­var­se con las ame­na­zas –como la de la cri­sis cli­má­ti­ca- que cada vez están más cer­ca. Por otro lado, el tiem­po es limi­ta­do, y en algu­nos años –nadie pue­de pre­de­cir cuán­tos- los daños pue­den ser irre­ver­si­bles. No hay razo­nes para el opti­mis­mo: el poder de las éli­tes actua­les en cum­bre del sis­te­ma es inmen­so y las fuer­zas radi­ca­les de opo­si­ción son modes­tas. Sin embar­go, cons­ti­tu­yen la úni­ca espe­ran­za que tene­mos para poner freno al pro­gre­so des­truc­ti­vo del capitalismo.

Fuen­te: https://​fran​ce​.attac​.org/​n​o​s​-​p​u​b​l​i​c​a​t​i​o​n​s​/​l​e​s​-​p​o​s​s​i​b​l​e​s​/​n​u​m​e​r​o​-​2​3​-​p​r​i​n​t​e​m​p​s​-​2​0​2​0​/​d​o​s​s​i​e​r​-​l​a​-​p​l​a​n​i​f​i​c​a​t​i​o​n​-​p​o​u​r​-​l​a​-​t​r​a​n​s​i​t​i​o​n​-​s​o​c​i​a​l​e​-​e​t​-​e​c​o​l​o​g​i​q​u​e​/​a​r​t​i​c​l​e​/​p​l​a​n​i​f​i​c​a​t​i​o​n​-​e​t​-​t​r​a​n​s​i​t​i​o​n​-​e​c​o​l​o​g​i​q​u​e​-​e​t​-​s​o​c​i​a​l​e​?​p​k​_​c​a​m​p​a​i​g​n​=​I​n​f​o​l​e​t​t​r​e​-​2​4​0​8​&​p​k​_​k​w​d​=​p​l​a​n​i​f​i​c​a​t​i​o​n​-​e​t​-​t​r​a​n​s​i​t​ion

Tra­duc­ción: vien­to sur

Notas:

1/ N. Klein, Plan B pour la pla­nè­te : le New Deal vert, Paris, Actes sud, 2019, p. 117.

2/ K. Marx, El Capi­tal, Siglo XXI, Tomo III, p. 398 y Tomo 1, p. 51.

3/ E. Man­del, Power and money, Ver­so, Lon­dres, 1991, p. 209.

4/ E. Man­del, Power and money, op. Cit., p. 204.

5/ El filó­so­fo ale­mán Hans Jonas (Le prin­ci­pe res­pon­sa­bi­li­té, Éd. du Cerf, 1979) evo­có la posi­bi­li­dad de una «tira­nía bon­da­do­sa» para sal­var la natu­ra­le­za y el eco­fas­cis­ta fin­lan­dés Pent­ti Lin­ko­la (Voi­si­ko elä­mä voit­taa. Hel­sin­ki, Tam­mi, 2004) es par­ti­da­rio de una dic­ta­du­ra que impi­da el cre­ci­mien­to económico.

6/ E. Man­del, Power and money, op. cit., p. 206.


Itu­rria /​Fuen­te

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