Pen­sa­mien­to crí­ti­co. El pro­yec­to éti­co-polí­ti­co de Anto­nio Gramsci

Fran­cis­co Fer­nán­dez Buey, El Vie­jo Topo /​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano /​27 de abril de 2020

Pen­sad

cuan­do habléis de nues­tras debi­li­da­des tam­bién en el tiem­po tenebroso

del que os habéis librado.

Por­que noso­tros anduvimos

cam­bian­do más de tie­rra que de zapa­tos por la gue­rra de cla­ses, desesperados,

cuan­do sólo había injus­ti­cia y nin­gu­na rebe­lión. Y sin embar­go sabemos:

tam­bién el odio con­tra la baje­za tuer­ce los rasgos

tam­bién la cóle­ra con­tra la injus­ti­cia enron­que­ce la voz.

Sí, noso­tros,

que que­ría­mos pre­pa­rar la tie­rra para la amis­tad no pudi­mos ser amistosos.

Ber­tolt Brecht, «A los por nacer»

Cohe­ren­cia entre el decir y el hacer

Anto­nio Grams­ci ha sido el comu­nis­ta mar­xis­ta más ori­gi­nal del perío­do de entre­gue­rras y, pro­ba­ble­men­te con Gue­va­ra, el más apre­cia­do inter­na­cio­nal­men­te de los comu­nis­tas mar­xis­tas que vivie­ron en el siglo XX. El his­to­ria­dor bri­tá­ni­co Eric Hobs­bawm recor­da­ba hace unos cuan­tos años que, duran­te la déca­da de los ochen­ta, Anto­nio Grams­ci se había con­ver­ti­do en el pen­sa­dor ita­liano más repe­ti­da­men­te cita­do en las publi­ca­cio­nes mun­dia­les de huma­ni­da­des y cien­cias sociales.

Sin duda, esto últi­mo tie­ne una expli­ca­ción. Se debe, en pri­mer lugar, a que su bio­gra­fía con­mue­ve a toda per­so­na sen­si­ble; y, en segun­do lugar, al gran inte­rés que des­per­ta­ron en muchos paí­ses del mun­do tres colec­cio­nes de escri­tos suyos: las inter­ven­cio­nes polí­ti­cas y polí­ti­co-cul­tu­ra­les de los años 1916 a 1926; los trein­ta y tres cua­der­nos que redac­tó duran­te el lar­go perío­do car­ce­la­rio al que fue con­de­na­do por el fas­cis­mo mus­so­li­niano, cono­ci­dos como Qua­der­ni del car­ce­re; y al más de medio millar de car­tas que envió a fami­lia­res y ami­gos, entre los años 1927 y 1937, des­de aque­llas pri­sio­nes y des­de las clí­ni­cas por las que tuvo que pasar ya al final de su vida.

Pero, por otra par­te, un joven euro­peo que quie­ra hoy leer a Grams­ci con cal­ma y dedi­ca­ción pue­de encon­trar­se con el pro­ble­ma de que sus obras no estén dis­po­ni­bles en las prin­ci­pa­les libre­rías. Inclu­so en Ita­lia, el país de Grams­ci, ha habi­do para­dó­ji­ca­men­te un momen­to, a fina­les de la últi­ma déca­da, en que no se podía encon­trar en libre­rías la prin­ci­pal edi­ción de escri­tos grams­cia­nos, la edi­ción crí­ti­ca de los Qua­der­ni del car­ce­re pre­pa­ra­da en la déca­da de los seten­ta por Valen­tino Gerra­ta­na y publi­ca­da por la edi­to­rial Einau­di. Hizo fal­ta una cam­pa­ña inter­na­cio­nal de estu­dio­sos grams­cia­nos para paliar esa situa­ción. Y en otros paí­ses euro­peos en los que Grams­ci se ha leí­do bas­tan­te, por ejem­plo en Espa­ña, tam­po­co es fácil encon­trar hoy en día en libre­rías edi­cio­nes de los escri­tos de Gramsci.

Esta situa­ción para­dó­ji­ca se expli­ca por la des­con­fian­za que, por lo gene­ral, sus­ci­tan en los últi­mos años los tér­mi­nos «comu­nis­ta» y «mar­xis­ta». Lo cual tie­ne, evi­den­te­men­te, su reper­cu­sión en la indus­tria de la cul­tu­ra y en el mer­ca­do del libro. Cuan­do algo sus­ci­ta des­con­fian­za todo aque­llo que ten­ga que ver con ese algo, inde­pen­dien­te­men­te de su valor, se ve afec­ta­do. Y si Grams­ci ha sido, como fue, un comu­nis­ta mar­xis­ta es lógi­co que los jóve­nes, que han sido edu­ca­dos ya en la des­con­fian­za y en el des­pre­cio por todo lo que repre­sen­tó el comu­nis­mo mar­xis­ta, ten­gan de entra­da una cier­ta pre­ven­ción ante su obra.

Ante situa­cio­nes así sue­le ser inú­til tra­tar de adoc­tri­nar a los más jóve­nes des­de las altu­ras del cono­ci­mien­to de quien sabe que Grams­ci es ya un «clá­si­co» y que la lec­tu­ra de los clá­si­cos debe­ría ser obli­ga­to­ria. Como dijo el poe­ta, «lo peor es creer que se tie­ne razón por haber­la teni­do». No hay clá­si­cos obli­ga­to­rios.[1] Y menos en una épo­ca pos­mo­der­na en la que los «clá­si­cos» de tu canon tiran de la bar­ba a los clá­si­cos de mi canon y unos y otros son pues­tos en cua­ren­te­na por los clá­si­cos del canon del de más allá. Siem­pre ha habi­do clá­si­cos inac­tua­les y situa­cio­nes en las que tal o cual pen­sa­dor adquie­re la cate­go­ría de clá­si­co que tiem­po atrás no tenía. Mon­taig­ne, por ejem­plo, no solía estar entre los clá­si­cos casi obli­ga­to­rios hace unas déca­das; hoy lo está. Karl Kraus, el autor de Los últi­mos días de la huma­ni­dad, pron­to será un clá­si­co obli­ga­to­rio si la idea de que hay «gue­rras huma­ni­ta­rias» cua­ja en este cam­bio de siglo y de mile­nio, como pare­ce que está cuajando.

Así pues, para entrar hoy en día en la vida y la obra de Anto­nio Grams­ci, tan­to más si no se es comu­nis­ta y mar­xis­ta y no se está, por tan­to, ya bien pre­dis­pues­to, hace fal­ta un esfuer­zo suple­men­ta­rio. Hacen fal­ta afi­ción a la memo­ria his­tó­ri­ca, una cier­ta sen­si­bi­li­dad sen­ti­men­tal y un poco de espí­ri­tu com­pa­si­vo, de pie­dad ante la tra­ge­dia del hom­bre en su his­to­ria. Tres cosas que, por cier­to, coti­zan a la baja en el mer­ca­do de valo­res. Por eso creo que la mejor mane­ra de cap­tar la bene­vo­len­cia de un lec­tor así es releer jun­tos los ver­sos de Ber­tolt Brecht en el poe­ma dedi­ca­do a los que ven­drán, a los por nacer, a los hom­bres del futu­ro, que van a ser­vir de lema a esta noti­cia de Grams­ci. Aque­llos ver­sos están escri­tos por los años en que Anto­nio Grams­ci sufría en las cár­ce­les de Mus­so­li­ni y expre­san muy bien lo que ha sido el sen­tir de los revo­lu­cio­na­rios de la época.

El que des­de expe­rien­cias y viven­cias muy dife­ren­tes, y duran­te muchos años, haya habi­do una coin­ci­den­cia tan gran­de de opi­nio­nes sobre Grams­ci (y sobre Gue­va­ra) se debe a algo que debe­mos sub­ra­yar en segui­da por obvio que sea: lo que, más allá de las dife­ren­cias cul­tu­ra­les, se apre­cia y se valo­ra en Grams­ci (y en Gue­va­ra) es la cohe­ren­cia entre su decir y su hacer. Por eso al cabo de los años se les pue­de seguir con­si­de­ran­do, con ver­dad, como ejem­plo vivo de aque­llos idea­les éti­co-polí­ti­cos por los que combatieron.

¿Qué es lo que hace de Grams­ci un per­so­na­je tan uni­ver­sal­men­te apre­cia­do en estos tiem­pos difí­ci­les para el comu­nis­mo y para los mar­xis­mos? Que sien­do, como era, un diri­gen­te se entre­gó a la rea­li­za­ción de su idea, de su pro­yec­to, como uno más, sin poner­se a sí mis­mo como excep­ción de lo que pre­co­ni­za­ba ni inten­tar racio­na­li­zar ideo­ló­gi­ca­men­te, como hicie­ron otros, la excep­cio­na­li­dad del yo mis­mo que se quie­re colec­ti­vo, que se quie­re un noso­tros. Para valo­rar sufi­cien­te­men­te esta apro­xi­ma­ción entre el yo y el noso­tros en la per­so­na lla­ma­da Grams­ci sólo hay que fijar­se en su for­ma de enten­der la rela­ción entre el filo­so­far espon­tá­neo («todos los hom­bres son filó­so­fos», escri­bió) y filo­so­fía en sen­ti­do téc­ni­co (refle­xión crí­ti­ca par­ti­cu­la­ri­za­da acer­ca de las pro­pias prác­ti­cas, de las pro­pias con­cep­cio­nes del mun­do), o en su for­ma de enten­der la rela­ción entre inte­lec­tua­les en sen­ti­do res­trin­gi­do, tra­di­cio­nal, y lo que él lla­mó «el inte­lec­tual colec­ti­vo» (que, por supues­to, no tie­ne nada que ver con la tri­via­li­dad mediá­ti­ca del «inte­lec­tual orgá­ni­co» sin pen­sa­mien­to propio).

Sólo a un hom­bre que se ofre­ce a los otros como par­te orgá­ni­ca de un ideal y de una enti­dad colec­ti­vas, y que cum­ple con su vida esta pro­me­sa, se le pue­de ocu­rrir la idea de que el par­ti­do polí­ti­co de la eman­ci­pa­ción es un inte­lec­tual colec­ti­vo en el que el inte­lec­tual tra­di­cio­nal por anto­no­ma­sia, en vez de que­dar dilui­do o ser sobre­di­men­sio­na­do, que­da con­ver­ti­do en inte­lec­tual pro­duc­ti­vo, en inte­lec­tual que pro­du­ce jun­to a los otros, jun­co a los tra­ba­ja­do­res manua­les que quie­ren libe­rar­se. Por­que de un hom­bre así se pue­de decir que ha renun­cia­do a lo que es carac­te­rís­ti­co del inte­lec­tual tra­di­cio­nal: su ape­go al pri­vi­le­gio social. Una de las apor­ta­cio­nes más intere­san­tes de Grams­ci en este ámbi­to fue, jus­ta­men­te, la pro­pues­ta de supe­rar en el par­ti­do lai­co el tipo de rela­ción (uni­la­te­ral y uni­di­rec­cio­nal) entre «clé­ri­gos» y «sim­ples» que ha sido carac­te­rís­ti­ca de la igle­sia cató­li­ca y que, en gran medi­da, here­da­ron y secu­la­ri­za­ron casi todos los par­ti­dos polí­ti­cos de la modernidad.

Sólo a un hom­bre que da más impor­tan­cia al filo­so­far enten­di­do como refle­xión sobre las pro­pias prác­ti­cas y tra­di­cio­nes que a las filo­so­fías aca­dé­mi­cas, y que, ade­más, se pone al ser­vi­cio de los otros para ele­var­la filo­so­fía espon­tá­nea a ilus­tra­do sen­ti­do común de los más, se le pue­de ocu­rrir la idea (en prin­ci­pio aje­na al espe­cia­lis­ta, al exper­to o al licen­cia­do en filo­so­fía) de que todos los hom­bres son filó­so­fos. Por­que un hom­bre así ha renun­cia­do a su pri­vi­le­gio como filó­so­fo téc­ni­co en favor de otro tipo de filo­so­far, de un filo­so­far con pun­to de vis­ta que se pro­po­ne explí­ci­ta­men­te ayu­dar a la colec­ti­vi­dad de los de abajo.

Sólo a un hom­bre que ha asu­mi­do el con­flic­to entre éti­ca de la con­vic­ción y éti­ca de la res­pon­sa­bi­li­dad como una cruz con la que hay que car­gar nece­sa­ria­men­te en una socie­dad divi­di­da, sin aspa­vien­tos olím­pi­cos ni pre­ten­sio­nes eli­tis­tas, se le pue­de ocu­rrir la idea de que un día la polí­ti­ca y la moral harán un todo al desem­bo­car la polí­ti­ca en la moral. Por­que un hom­bre así, aun­que diga sen­tir­se ais­la­do y repi­ta una y otra vez que él es y se sien­te como una isla en la isla, está en reali­dad comu­ni­can­do a los demás, a sus inter­lo­cu­to­res y a sus lec­to­res, que, a pesar de su psi­co­lo­gía, de su carác­ter o de su esta­do de áni­mo, quie­re ser, con ellos, un continente.

Por todo eso, y des­de nues­tro pre­sen­te, el pro­yec­to de Grams­ci se pue­de enten­der como un con­ti­nua­do esfuer­zo por hacer de la polí­ti­ca (comu­nis­ta) una éti­ca de lo colectivo.

Grams­ci no escri­bió nin­gún tra­ta­do de éti­ca nor­ma­ti­va. No era un filó­so­fo aca­dé­mi­co ni un polí­ti­co al uso espe­cial­men­te preo­cu­pa­do por la pro­pia ima­gen. Tam­po­co puso las pági­nas de su obra lumi­no­sa bajo el rótu­lo con el que el asun­to sue­le ense­ñar­se en las uni­ver­si­da­des: «filo­so­fía moral y polí­ti­ca». Dedi­có muy pocas pági­nas a acla­rar su pro­pio con­cep­to de la éti­ca. Como tan­tos otros gran­des, habló y escri­bió poco de éti­ca. En reali­dad sólo lo hizo, polé­mi­ca­men­te, cuan­do enten­dió que se esta­ba con­fun­dien­do la polí­ti­ca con la poli­ti­que­ría, la polí­ti­ca en el sen­ti­do noble de la pala­bra con el hacer sec­ta­rio o mafio­so. Dio con su vida una lec­ción de éti­ca. Una lec­ción de esas que que­dan en la memo­ria de las gen­tes, de esas que aca­ban metién­do­se en los resor­tes psi­co­ló­gi­cos de las per­so­nas y que sir­ven para con­fi­gu­rar lue­go las creen­cias colec­ti­vas. Que las ideas cua­jen en creen­cias: tal fue la aspi­ra­ción de Grams­ci des­de joven, en el mar­co de una tra­di­ción crí­ti­ca y con una iden­ti­dad alter­na­ti­va a la del orden exis­ten­te, que se pre­fi­gu­ra ya en la socie­dad dividida.

Al hablar de la rela­ción entre éti­ca y polí­ti­ca hay dos aspec­tos igual­men­te intere­san­tes suge­ri­dos por la pala­bra escri­ta y por el hacer de Grams­ci. Uno de estos aspec­tos se plan­tea al pre­gun­tar­nos acer­ca de la for­ma en que él mis­mo vivió la rela­ción entre polí­ti­ca y mora­li­dad, sobre todo en los años de la cár­cel cuan­do, enfer­mo, se negó a pedir la gra­cia a Mus­so­li­ni. El otro asun­to intere­san­te bro­ta al pre­gun­tar­se cómo refle­xio­nó Grams­ci acer­ca de la rela­ción entre el ámbi­to de la éti­ca y el ámbi­to de la polí­ti­ca y qué pro­pu­so a este res­pec­to des­de esa refle­xión. Este es un tema, que en sus tér­mi­nos moder­nos, los pro­pios de una con­cien­cia des­en­can­ta­da ya inclu­so de las otras for­mas de hacer polí­ti­ca, se plan­teó unos años antes Max Weber. Grams­ci, como his­to­ri­cis­ta, lo tra­tó de otra mane­ra, dia­lo­gan­do con Maquia­ve­lo y con Kant pero con el pen­sa­mien­to pues­to en los pro­ble­mas espe­cí­fi­cos, con­cre­tos, de su presente.

Pocas veces se han abor­da­do jun­tos estos dos aspec­tos en la ya inmen­sa lite­ra­tu­ra grams­cia­na[2]. Pero, a pesar de ello, es impor­tan­te aten­der a las dos cosas y sus­ci­tar una dis­cu­sión sobre el resul­ta­do de pen­sar las dos cosas a la vez. Lo es por una razón tan sus­tan­ti­va como prác­ti­ca: para supe­rar la dis­tan­cia, e inclu­so la sepa­ra­ción, que se sue­le pro­du­cir, a pro­pó­si­to de Grams­ci, entre los estu­dios bio­grá­fi­cos y los estu­dios téc­ni­co-aca­dé­mi­cos que se cen­tran en los con­cep­tos bási­cos de los Qua­der­ni del car­ce­re. Pues las con­se­cuen­cias de esta sepa­ra­ción de asun­tos sue­len ser, por una par­te, el reco­no­ci­mien­to de la cohe­ren­cia éti­ca de una vida ejem­plar, y, por otra, la insa­tis­fac­ción ante la teo­ri­za­ción grams­cia­na del víncu­lo exis­ten­te entre éti­ca y polí­ti­ca, sobre todo por com­pa­ra­ción con otros auto­res, aca­dé­mi­cos o no, con­tem­po­rá­neos suyos.

El lugar adon­de con­du­ce esta sepa­ra­ción en los ambien­tes inte­lec­tua­les es cono­ci­do. Lo diré de la for­ma más drás­ti­ca posi­ble. Con­du­ce, en lo que hace a la valo­ra­ción de Grams­ci, a un jui­cio, muchas veces escu­cha­do en estos últi­mos años, del siguien­te tenor: «He aquí alguien a quien pode­mos con­si­de­rar como un ejem­plo de cohe­ren­cia moral en el mar­co de la tra­di­ción comu­nis­ta y que, sin embar­go, hizo de su vida una tra­ge­dia y con­tri­bu­yó a la tra­ge­dia de otros por­que no fue rea­lis­ta, por­que no supo pen­sar a fon­do pre­ci­sa­men­te la rela­ción entre lo éti­co y lo político».

Qui­sie­ra decir ense­gui­da, para evi­tar cual­quier equí­vo­co, que no com­par­to esta deri­va­ción inte­lec­tua­lis­ta a pro­pó­si­to de Grams­ci y que con­si­de­ro que la tra­ge­dia vital del hom­bre Anto­nio Grams­ci (como la de algu­nos otros comu­nis­tas de su épo­ca) tie­ne que enten­der­se, en par­te, como expre­sión de su cir­cuns­tan­cia: del más gene­ral dra­ma del comu­nis­mo occi­den­tal en un «siglo de extre­mos » (Hobs­bawm) en el que muchas per­so­nas, en la Euro­pa occi­den­tal, tuvie­ron que vivir, sabién­do­lo, como «revo­lu­cio­na­rios sin revo­lu­ción», sin espe­ran­za pero con con­vic­cio­nes; y, en par­te tam­bién, cla­ro está, como resul­ta­do de una per­so­na­li­dad par­ti­cu­la­rí­si­ma: escép­ti­ca pero voli­ti­va, iró­ni­ca pero intran­si­gen­te, tan prác­ti­ca en lo coti­diano como incli­na­da, a veces has­ta la neu­ro­sis, hacia el pun­ti­llis­mo en las rela­cio­nes sen­ti­men­ta­les. De todo ello hay mues­tras sufi­cien­te­men­te expre­si­vas en la corres­pon­den­cia del pro­pio Grams­ci y en los tes­ti­mo­nios que han deja­do quie­nes le cono­cie­ron en vida.

Es cier­to que, en la expo­si­ción de su pro­yec­to, Grams­ci ha acen­tua­do la dimen­sión estric­ta­men­te polí­ti­ca, tan­to en las luchas socia­les en las que par­ti­ci­pó como cuan­do hizo aná­li­sis o pro­pu­so hipó­te­sis teó­ri­cas. Pero esto no quie­re decir que su pro­yec­to fue­ra poli­ti­cis­ta o que infra­va­lo­ra­ra la éti­ca. Sin­to­má­ti­ca­men­te, siem­pre pre­sen­tó sus pro­pias con­vic­cio­nes como hacien­do par­te de un pro­yec­to éti­co-polí­ti­co y en ese sen­ti­do hay que enten­der tam­bién su pro­pues­ta, reite­ra­da, de refor­ma moral e inte­lec­tual, que es con­sus­tan­cial al mis­mo.[3]

Fuen­te Pri­mer apar­ta­do del capí­tu­lo El pro­yec­to éti­co-polí­ti­co de Anto­nio Grams­ci del libro de Fran­cis­co Fer­nán­dez Buey Leyen­do a Gramsci

Bio­gra­fía de Anto­nio Grams­ci.

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