La poli­cía del régi­men esta­dou­ni­den­se ha ase­si­na­do al menos 385 per­so­nas en los últi­mos cin­co meses

Una inves­ti­ga­ción rea­li­za­da y difun­di­da ayer por The Washing­ton Post reve­la que al menos 385 per­so­nas murie­ron balea­das por la poli­cía en Esta­dos Uni­dos en los pasa­dos cin­co meses, lo que colo­ca al núme­ro de ata­ques fata­les de agen­tes en más del doble de los regis­tra­dos por el gobierno fede­ral en la recien­te déca­da. De acuer­do con Jim Bueer­mann, ex jefe y pre­si­den­te de la Fun­da­ción de Poli­cía de Washing­ton, la mayor par­te de estos casos no son reportados.

El infor­me men­cio­na­do sale a la luz públi­ca en momen­tos en que el abu­so de la fuer­za poli­cial en EEUU, par­ti­cu­lar­men­te enco­na­do en con­tra de las mino­rías étni­cas (afro­ame­ri­ca­nos o lati­nos), se ha ubi­ca­do en el cen­tro del deba­te nacio­nal y ha pro­vo­ca­do vio­len­tos dis­tur­bios en varias ciu­da­des de ese país.

En par­ti­cu­lar, la cifra difun­di­da por el rota­ti­vo de la capi­tal esta­dou­ni­den­se pone de mani­fies­to el carác­ter sis­te­má­ti­co de la vio­len­cia racis­ta que carac­te­ri­za a bue­na par­te de las cor­po­ra­cio­nes poli­cia­les del país vecino y que, en meses y años recien­tes, ha desem­bo­ca­do en homi­ci­dios que, por regla gene­ral, per­ma­ne­cen impu­nes. Sólo duran­te el año pasa­do hubo en diver­sos esta­dos una dece­na de homi­ci­dios poli­cia­les [reco­no­ci­dos] cuyas víc­ti­mas fue­ron sie­te negros y tres mexi­ca­nos. El caso más des­ta­ca­do por los medios y por las secue­las de con­fron­ta­cio­nes vio­len­tas fue el ase­si­na­to de Michael Fer­gu­son, de Misu­ri, ocu­rri­do en agosto.

El común deno­mi­na­dor de esos casos es que las víc­ti­mas, al momen­to de ser ulti­ma­das, se encon­tra­ban iner­mes y no repre­sen­ta­ban una ame­na­za rele­van­te para sus homi­ci­das. Y por nor­ma las cor­po­ra­cio­nes de segu­ri­dad públi­ca, cuan­do no las auto­ri­da­des muni­ci­pa­les y esta­ta­les [y judi­cia­les], bus­ca­ron encu­brir y pro­te­ger a los ase­si­nos. Es impo­si­ble, por lo demás, igno­rar el patrón racis­ta y cla­sis­ta que ha ope­ra­do en todos los casos, que se corres­pon­de con una polí­ti­ca peni­ten­cia­ria que sue­le encar­ni­zar­se con las mino­rías étni­cas de la nación vecina.

A pesar de la evi­den­te cri­sis de dere­chos huma­nos por la que atra­vie­sa EEUU, ni su pre­si­den­te –el pri­mer afro­es­ta­du­ni­den­se en el car­go– ni su cla­se polí­ti­ca pare­cen cobrar con­cien­cia de la gra­ve­dad de la cir­cuns­tan­cia. En esta vio­len­cia estruc­tu­ral de los cuer­pos poli­cia­les en con­tra de los sec­to­res mar­gi­na­les de la pobla­ción de ese país con­ver­gen varia­bles de índo­le jurí­di­ca, eco­nó­mi­ca, social y, des­de lue­go, cul­tu­ral, que debie­ran ser aten­di­das y erra­di­ca­das lo más pron­to posible.

De no actuar en ese sen­ti­do, Washing­ton esta­rá ali­men­tan­do el ries­go de mul­ti­pli­car e inclu­so gene­ra­li­zar los bro­tes de vio­len­cia has­ta aho­ra cir­cuns­cri­tos a algu­nas loca­li­da­des, y de pro­pi­ciar esce­na­rios de ingo­ber­na­bi­li­dad. Seme­jan­te pers­pec­ti­va ahon­da­ría el des­cré­di­to del país que se auto­pro­cla­ma refe­ren­te y defen­sor de los dere­chos huma­nos a esca­la planetaria

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