Mariano Gómez: «La insu­mi­sión fue una locu­ra mara­vi­llo­sa»- Herrikolore

El 20 de febre­ro se cele­bra el 25 ani­ver­sa­rio de la estra­te­gia de insumisión.

El 20 de febre­ro de 1989 se pre­sen­ta­ron en varios pun­tos del Esta­do Espa­ñol los pri­me­ros insu­mi­sos, con la inten­ción de hacer fren­te a la mili, a la lla­ma­da Pres­ta­ción Social Sus­ti­tu­to­ria, y tam­bién al mili­ta­ris­mo y los ejér­ci­tos. Gra­cias a esta estra­te­gia de Des­obe­dien­cia Civil se con­si­guió abo­lir la «mili». Duran­te el mes de febre­ro Kakitzat cele­bra­rá estos 25 años de insu­mi­sión, orga­ni­zan­do dife­ren­tes ini­cia­ti­vas. Duran­te los pró­xi­mos días publi­ca­re­mos diver­sos repor­ta­jes sobre este tema. En este caso res­ca­ta­mos la entre­vis­ta rea­li­za­da a Mariano Gómez, anti­mi­li­ta­ris­ta Bara­kal­dés. Gómez nos habló de la orga­ni­za­ción en colec­ti­vos como Kakitzat, los pri­me­ros movi­mien­tos de obje­ción, el auge de la lucha y su paso por pri­sión entre otras cuestiones.

h.k.- ¿Cómo sur­ge todo este movimiento?
Mariano Gómez.- En el año 88 cuan­do el movi­mien­to de la obje­ción de con­cien­cia deci­de la estra­te­gia de la insu­mi­sión, pare­cía una locu­ra desa­rro­llar una estra­te­gia que podía lle­var a los jóve­nes que se com­pro­me­tían a pri­sión. En aquel momen­to el deba­te fue muy fuer­te por­que los miles de obje­to­res que se habían ido acu­mu­lan­do des­de prin­ci­pios de los 80 que ya no los metían en la cár­cel espe­ran­do a hacer una ley nue­va de obje­ción, lo que plan­tea­ba el gobierno en ese momen­to es amnis­tiar para librar­se del pro­ble­ma. Ahí es cuan­do el movi­mien­to deci­de optar por la des­obe­dien­cia civil. El obje­ti­vo era aca­bar con el mili­ta­ris­mo, con los ejér­ci­tos y opta­mos por hacer las pri­me­ras entre­gas o plan­tes en los gobier­nos mili­ta­res. 20 años han pasa­do ya…

h.k.- ¿Cuál ha sido la res­pues­ta del Esta­do a lo lar­go de los años?
M.G.- La res­pues­ta del Esta­do siem­pre fue la mis­ma. Siem­pre ha tra­ta­do de sepa­rar a los sec­to­res con más expe­rien­cia en el movi­mien­to de los nue­vos que sur­gían. Lo intere­san­te de este movi­mien­to es que a pesar de eso, la insu­mi­sión siguió ade­lan­te y cada año, sobre todo los pri­me­ros años aumen­ta­ba el núme­ro de jóve­nes que deci­día­mos hacer insu­mi­sión. Muchos deci­mos que fue una locu­ra mara­vi­llo­sa. Nadie daba un duro por ella. En aquel momen­to, nin­gún par­ti­do polí­ti­co, nin­gún sin­di­ca­to mayo­ri­ta­rio apo­ya­ba… Inclu­so nos decían «¿Dón­de vais…? Os vais a que­dar solos… El sufri­mien­to va a ser mucho». Los jóve­nes de aquel momen­to pen­sa­mos lo con­tra­rio y nos apun­ta­mos a la locu­ra. Lo cier­to es que año tras año ganá­ba­mos al Esta­do. Cada vez que arran­ca­ba una ley nue­va, no se sí por casua­li­dad o por­que real­men­te acer­tá­ba­mos en la estra­te­gia, con­se­gui­mos echar­lo para atrás y con­se­guir cada vez más apo­yo social. En Eus­kal Herria era amplia­men­te mayo­ri­ta­rio por no decir casi uná­ni­me el apo­yo. Nadie se atre­vía a posi­cio­nar­se en contra.

h.k.- ¿La insu­mi­sión con­tó con espe­cial arrai­go en Ezkerraldea?
M.G.- Tal vez sea la pro­pia tra­di­ción de lucha que exis­te en Ezke­rral­dea pero es cier­to que en esta zona la can­ti­dad de insu­mi­sos al ejér­ci­to des­pun­tó de mane­ra lla­ma­ti­va. Éra­mos hijos de tra­ba­ja­do­res que había­mos vis­to a nues­tros pro­pios abue­los luchar por sus pue­san­ti­mi­li­tos de tra­ba­jo y otras peleas por la jus­ti­cia social. Tal vez tenía­mos más fácil el tomar con­cien­cia de lo que sig­ni­fi­ca­ba la domi­na­ción, la repre­sión, el mili­ta­ris­mo… Es cier­to que en los pri­me­ros momen­tos, los pue­blos de esta comar­ca apor­ta­ron un mon­tón de jóve­nes a esta lucha. Por cir­cuns­tan­cia nos toca­ron los pri­me­ros jui­cios, los pri­me­ros ingre­sos en prisión…


h.k.- ¿Las con­se­cuen­cias deri­va­das de esta lucha no fue­ron livia­nas verdad?

M.G.- Somos per­so­nas que nos toca estar en un momen­to pun­tual pero la lucha siem­pre es colec­ti­va. Eso es lo boni­to. Cuan­do tomá­ba­mos deci­sio­nes, como eran deci­sio­nes muy duras, siem­pre tenía­mos cla­ro que íba­mos a res­pe­tar la deci­sión per­so­nal en el últi­mo momen­to. Nos está­ba­mos jugan­do la cár­cel. Ade­más no sabía­mos el tiem­po por­que por la estra­te­gia de «Des­obe­dien­cia con­ti­nua» podían supo­ner cada vez mayo­res penas. Yo tam­bién tuve mis momen­tos de dudas, cuan­do me toca­ba lle­gar y decir que «NO»: que no que­ría­mos ir al ser­vi­cio mili­tar, que no que­ría­mos acep­tar la con­di­cio­nal cuan­do nos lo ofre­cían para elu­dir la cár­cel, no que­ría­mos acep­tar el ter­cer gra­do… A nivel per­so­nal tenía­mos muchos mie­dos pero a nivel colec­ti­vo era una expe­rien­cia muy enri­que­ce­do­ra. Sabía­mos que la gen­te par­ti­ci­pa­ba, que se crea­ban gru­pos de apo­yo con la gen­te que nun­ca podrías pen­sar que estu­vie­ra en movi­das de estas…


h.k.- ¿El final de la mili tra­jo con­si­go el decli­ve de la lucha?

M.G.- El men­sa­je que le lle­ga­ba a una bue­na par­te de la socie­dad era que no que­ría­mos ir a la mili, cuan­do lo que está­ba­mos plan­tean­do era una lucha con­tra el Ejér­ci­to, con­tra el mili­ta­ris­mo, la polí­ti­ca de las gue­rras pre­ven­ti­vas… Uti­li­zá­ba­mos la insu­mi­sión para hacer valer el dere­cho a disen­tir, a res­pe­tar al dife­ren­te, al dere­cho a ver al con­jun­to de la huma­ni­dad como a un úni­co pue­blo, en el que todas las per­so­nas ten­ga­mos los mis­mo dere­chos sin explo­tar­nos los unos a los otros… Cuan­do el Esta­do ve que es impo­si­ble ata­jar el pro­ble­ma de la insu­mi­sión, lo que deci­de curio­sa­men­te la dere­cha más retro­gra­da, es supri­mir el ser­vi­cio mili­tar para aca­bar con este movi­mien­to. Hay gen­te que opi­na que con esto se aca­bó el movi­mien­to anti­mi­li­ta­ris­ta. Yo creo que no. Ese fue un ger­men que se sigue notan­do. En las movi­li­za­cio­nes con­tra la gue­rra que se han ido pro­du­cien­do, esa semi­lla se vio y gene­ra­cio­nes nue­vas que ya no han teni­do que hacer la mili tam­bién se incor­po­ran a estas luchas con los mis­mos valo­res. Tam­po­co la juven­tud de aho­ra se cree que los ejér­ci­tos sir­van para paci­fi­car. Son la jus­ti­fi­ca­ción para man­te­ner la domi­na­ción. La lucha con­ti­nua­rá has­ta que algún día con­si­ga­mos que unos valo­res mucho más jus­tos predominen.


h.k.- ¿Se come­tió algún error destacable?

M.G.- Hablar de erro­res sería no ser jus­tos. Esta lucha fue un gran acier­to en si mis­ma. Una locu­ra que afor­tu­na­da­men­te salió muy bien y que sir­vió para crear con­cien­cia social. En la fase final, tal vez no fui­mos capa­ces en ese momen­to de recon­du­cir el movi­mien­to para hacer­lo más esta­ble. Para con­se­guir que ese acti­vis­mo mili­tan­te se man­tu­vie­se y tuvie­ra for­ma más en el día a día. No hemos sabi­do man­te­ner esa esta­bi­li­dad que hubie­se sido impor­tan­te. Tener un movi­mien­to anti­mi­li­ta­ris­ta fuer­te con todos los valo­res que repre­sen­ta en la socie­dad hubie­se sido un gran éxi­to. Lo impor­tan­te es que siga habien­do gen­te nue­va que se engan­che al antimilitarismo.

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