Un acuer­do fis­cal que va a encan­tar a los super-ricos- Harold Meyerson

¿En qué medi­da afec­tan a los ame­ri­ca­nos más ricos las subi­das de impues­tos recien­te­men­te apli­ca­das? Ape­nas nada.

Casi todo el deba­te que ha con­vul­sio­na­do el Capi­to­lio duran­te el mes de diciem­bre tenía que ver con el res­ta­ble­ci­mien­to de la tasa impo­si­ti­va mar­gi­nal a los ingre­sos por tra­ba­jo, es decir, sobre suel­dos y sala­rios. Pero, ya lo dijo Scott Fitz­ge­rald, los ricos son dis­tin­tos de ti y de mí, y una de las for­mas pri­mor­dia­les en que son dis­tin­tos es que su ren­ta no pro­vie­ne de suel­dos y salarios.

En el año 2006, los cua­tro quin­tos infe­rio­res de los con­tri­bu­yen­tes nor­te­ame­ri­ca­nos obtu­vie­ron el 82% de sus ingre­sos de suel­dos y sala­rios, según des­cu­brió un estu­dio de la Ofi­ci­na de Inves­ti­ga­ción del Con­gre­so. El 1% más rico, sin embar­go, obtu­vo solo el 26% de sus ingre­sos de ese modo; para la déci­ma par­te del 1%, la cifra es sólo del 18,6%.

El estu­dio tam­bién exa­mi­na­ba los divi­den­dos y plus­va­lías. Sólo el 0.7 % de los ingre­sos de l os cua­tro quin­tos en la par­te infe­rior de la esca­la pro­vie­ne de estas fuen­tes (se rue­ga tomen nota los que crean que nos hemos con­ver­ti­do en una «socie­dad de pro­pie­ta­rios») El 1% más rico, sin embar­go, obtu­vo el 38.2 % de sus ingre­sos de inver­sio­nes, y la déci­ma par­te del 1% más rico obtu­vo más de la mitad: el 51.9%.

El acuer­do fis­cal apro­ba­do por el Con­gre­so la sema­na pasa­da ele­vó la tasa máxi­ma sobre suel­dos y sala­rios del 35% al 39,6%. La tasa sobre ingre­sos de ganan­cias del capi­tal y divi­den­dos se ele­vó solo al 20% de un 15%. No ha habi­do ras­gar­se las ves­ti­du­ras ni cru­jir de dien­tes por par­te de nues­tros com­pa­trio­tas super-ricos: tie­nen lo que se dice un boni­to acuerdo.

El fun­da­men­to inte­lec­tual de este acuer­do es toda­vía más dudo­so que el mis­mo acuer­do. Gra­var las ren­tas por inver­sio­nes con una tasa menor que la de las ren­tas del tra­ba­jo fomen­ta pre­sun­ta­men­te una mayor inver­sión en la eco­no­mía nor­te­ame­ri­ca­na. Pero supon­ga­mos que com­pras una acción de Gene­ral Elec­tric. El dine­ro que pagas por esos valo­res se inver­ti­rá tan­to en el país como en el extran­je­ro, por­que GE, como prác­ti­ca­men­te todas las gran­des empre­sas nor­te­ame­ri­ca­nas, es una com­pa­ñía glo­bal que man­tie­ne su cuar­tel gene­ral en los Esta­dos Uni­dos. Aho­ra supon­ga­mos que eres un tra­ba­ja­dor de una cade­na de mon­ta­je en una plan­ta de pie­zas de motor de avio­nes de GE en Day­ton, Ohio. Todo tu tra­ba­jo se lle­va a cabo en los Esta­dos Uni­dos, y la mayo­ría del gas­to que haces es local, aun­que muchos de los pro­duc­tos que com­pras se fabri­can el extran­je­ro. Sin embar­go, nues­tro tra­ba­ja­dor de GE pue­de sufrir una mayor tasa de impo­si­ción fis­cal que nues­tro inver­sor de GE. Recom­pen­sa­mos al inver­sor por man­dar su dine­ro fue­ra, mien­tras que el tra­ba­ja­dor que pro­du­ce rique­za ente­ra­men­te den­tro de nues­tras fron­te­ras no con­si­gue nin­gu­na recom­pen­sa seme­jan­te. La glo­ba­li­za­ción ha cam­bia­do por com­ple­to los patro­nes de inver­sión de las gran­des empre­sas nor­te­ame­ri­ca­nas, pero nues­tras exen­cio­nes fis­ca­les para las inver­sio­nes se des­li­zan plá­ci­da­men­te como si las empre­sas nor­te­ame­ri­ca­nas toda­vía se limi­ta­sen a tra­ba­jar den­tro de nues­tras fronteras.

Ade­más, gra­var suel­dos y sala­rios con una tasa más ele­va­da que la de las ren­tas por inver­sio­nes sig­ni­fi­ca que el códi­go fis­cal le hin­ca los dien­tes a una par­te que va dis­mi­nu­yen­do de modo regu­lar de la ren­ta de los tra­ba­ja­do­res nor­te­ame­ri­ca­nos. La paga del tra­ba­jo ya no es lo que solía ser. Tal como ha docu­men­ta­do la Reser­va Fede­ral de San Luis, la ren­ta de suel­dos y sala­rios esti­ma­da en julio de 2012 cons­ti­tu­ye la menor por­ción del pro­duc­to inte­rior bru­to des­de la II Gue­rra Mun­dial. La par­te de los sala­rios en el PIB lle­gó a su máxi­mo en 1969 con un 53.5 %. En 2012 fue del 43.5 %.

¿Adón­de fue­ron a parar esos diez pun­tos por­cen­tua­les del PIB — en la actua­li­dad, cer­ca de 1,5 billo­nes de dóla­res cada año — en lugar de a los tra­ba­ja­do­res nor­te­ame­ri­ca­nos? Ha ido, en una par­te sig­ni­fi­ca­ti­va, a los bene­fi­cios empre­sa­ria­les, cuya par­te en la eco­no­mía ha aumen­ta­do con­for­me ha dis­mi­nui­do la par­te que va a los sala­rios. En el ter­cer tri­mes­tre de 2012 — el perio­do más recien­te del que tene­mos datos — los bene­fi­cios empre­sa­ria­les des­pués de impues­tos cons­ti­tu­ye­ron la por­ción mayor del PIB nor­te­ame­ri­cano des­de la II Gue­rra Mun­dial: el 11,1 %.

A esta des­pla­za­mien­to de los sala­rios a los bene­fi­cios se le lla­ma redis­tri­bu­ción. Es el hecho cen­tral de la vida eco­nó­mi­ca nor­te­ame­ri­ca­na. Y cons­ti­tu­ye la razón pri­mor­dial por la que la des­igual­dad eco­nó­mi­ca se ha dis­pa­ra­do en los Esta­dos Unidos.

Sin embar­go, los sala­rios, que están des­cen­dien­do, se ven gra­va­dos con una tasa mayor que la de las ren­tas deri­va­das de los bene­fi­cios empre­sa­ria­les: plus­va­lías y deri­va­dos. Lejos de miti­gar las con­se­cuen­cias de este cam­bio, el códi­go tri­bu­ta­rio nor­te­ame­ri­cano refuer­za la redis­tri­bu­ción de los sala­rios a los bene­fi­cios. En tér­mi­nos gene­ra­les, recom­pen­sa a los gana­do­res de este cam­bio como de épo­ca y pena­li­za a los per­de­do­res, que son la inmen­sa mayo­ría de los norteamericanos.

Las tasas impo­si­ti­vas más bajas a los bene­fi­cios y divi­den­dos del capi­tal, por tan­to, recom­pen­san de modo efec­ti­vo más la des­lo­ca­li­za­ción que el tra­ba­jo rea­li­za­do en los Esta­dos Uni­dos, hacen aumen­tar la des­igual­dad y pri­van al gobierno fede­ral de ingre­sos de los que pre­ci­sa­rá para ayu­dar a una pobla­ción que enve­je­ce y cum­plir sus demás obli­ga­cio­nes. Nada de esto tur­ba a los repu­bli­ca­nos, pero esta­ría bien que los demó­cra­tas se die­ran cuen­ta de que estas exen­cio­nes fis­ca­les soca­van todo aque­llo que ellos defienden.

Harold Meyer­son es un vete­rano y reco­no­ci­do perio­dis­ta esta­dou­ni­den­se, direc­tor eje­cu­ti­vo de la revis­ta The Ame­ri­can Pros­pect y colum­nis­ta de The Washing­ton Post

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