San­dra Ramí­rez, com­pa­ñe­ra de Maru­lan­da, recuer­da la lucha y su vida al lado del gue­rri­lle­ro

La noto ner­vio­sa. Es la pri­me­ra vez que con­ce­de una entre­vis­ta. La encuen­tro en La Haba­na. Es una de las 13 muje­res que con­for­man el gru­po de 30 per­so­nas que por las Fuer­zas Arma­das Revo­lu­cio­na­rias de Colom­bia, (FARC) nego­cian con el gobierno colom­biano un posi­ble –y anhe­la­do– pro­ce­so de paz. Con su gran sen­ci­llez, aun­que de una ele­gan­cia natu­ral, hace par­te de ese 40 por cien­to de muje­res com­ba­tien­tes. Acom­pa­ña sus pala­bras con el movi­mien­to de las manos y el bri­llo de sus negros ojos. Se lla­ma San­dra Ramí­rez, es la viu­da del líder his­tó­ri­co de la orga­ni­za­ción gue­rri­lle­ra, Manuel Maru­lan­da Vélez.

Ante mis dos pri­me­ras pre­gun­tas, res­pon­de como si fue­ra un dis­cur­so. Deten­go la gra­ba­do­ra para recor­dar­le que no le hago una entre­vis­ta: quie­ro char­lar con ella. Enton­ces son­ríe y pone los ojos en algún lejano lugar, empie­za con sus recuer­dos y pre­sen­tes.

“Hacia 1981, por la región cam­pe­si­na don­de vivía con mi fami­lia, empe­za­ron a pasar gue­rri­lle­ros. Mi padre les ser­vía de guía para que cono­cie­ran la región. A mí me lla­mó mucho la aten­ción que fue­ra una mujer el man­do. Debi­do a las con­di­cio­nes eco­nó­mi­cas no pude con­ti­nuar mis estu­dios secun­da­rios, y como esa mujer se me había con­ver­ti­do en un refe­ren­te, deci­dí ingre­sar a las FARC.
“Encon­tré que no había dife­ren­cia entre hom­bres y muje­res para ir al com­ba­te. Tam­bién me lla­mó la aten­ción que se estu­vie­ra en lucha con­tra el machis­mo y por la igual­dad de dere­chos y debe­res entre hom­bres y muje­res. Lo que no era fácil, tenien­do en cuen­ta que la mayo­ría de com­ba­tien­tes son del cam­po, don­de el machis­mo es más acen­tua­do, ade­más de pro­ce­der de una socie­dad capi­ta­lis­ta alta­men­te machis­ta. En las FARC hemos crea­do meca­nis­mos para ir cor­tan­do con ello, y es una de nues­tras dia­rias luchas al lado de los com­pa­ñe­ros. Por­que nues­tra lucha es por la igual­dad de los géne­ros y su bien­es­tar. «En las FARC com­ba­ti­mos el machis­mo y por la igual­dad de dere­chos entre géne­ros»

Es ese res­pe­to por la mujer y la posi­bi­li­dad de que avan­ce­mos como per­so­nas, com­ba­tien­tes y pro­fe­sio­na­les lo que ha hecho que tan­tas muje­res ingre­sen a sus filas. Aquí ofre­ce­mos lo que las con­di­cio­nes socia­les y eco­nó­mi­cas del país no brin­dan a la inmen­sa mayo­ría, mucho menos a las muje­res.

Una mujer en las FARC cum­ple misio­nes y ejer­ce el man­do, por­que des­de que ingre­sa se le edu­ca para que tome con­cien­cia de su con­di­ción de per­so­na y com­ba­tien­te. Aquí una mujer pue­de pre­pa­rar­se en compu­tación, medios de comu­ni­ca­ción, para ser médi­ca, enfer­me­ra o en cual­quie­ra de las espe­cia­li­da­des que tene­mos. Aquí la mujer opi­na y pro­po­ne, pues las deci­sio­nes en las FARC se colec­ti­vi­zan.

Cla­ro, no nos gus­ta per­der la femi­ni­dad. Por eso la orga­ni­za­ción nos faci­li­ta men­sual­men­te, cuan­do las con­di­cio­nes de la gue­rra y las eco­no­mías lo per­mi­ten, cre­ma para el cuer­po, esmal­te para uñas, para maqui­llar­nos, ade­más de toa­llas higié­ni­cas y los anti­con­cep­ti­vos. No es raro ir a la línea de com­ba­te per­fu­ma­das y con el cabe­llo bien pei­na­do.

Las rela­cio­nes de pare­jas son tan nor­ma­les como en Bogo­tá o Madrid. La pro­pa­gan­da mediá­ti­ca del enemi­go dice que las gue­rri­lle­ras somos obli­ga­das sexual­men­te a estar con los com­pa­ñe­ros. Eso es men­ti­ra. Noso­tras deci­di­mos libre­men­te estar con un com­pa­ñe­ro si nos gus­ta. Aquí uno se ena­mo­ra, se des­amo­ra y tie­ne decep­cio­nes, como en todas par­tes del mun­do.

Para noso­tras el con­trol natal es obli­ga­to­rio. No se pue­de ser gue­rri­lle­ra y madre. Cuan­do ingre­sa­mos acep­ta­mos esta con­di­ción. No se olvi­de que noso­tras somos par­te de un ejér­ci­to. Cuan­do se dan los emba­ra­zos, la gue­rri­lle­ra pue­de esco­ger entre abor­tar o salir a tener su hijo.El enemi­go nos menos­pre­cia por muje­res, pero tam­bién nos teme. Por lo gene­ral, cuan­do cap­tu­ran a com­pa­ñe­ras las vio­lan, la tor­tu­ran y han lle­ga­do has­ta cor­tar­le los senos, a muti­lar­las. Hemos teni­do casos atro­ces. Nos tra­tan como a boti­nes de gue­rra. Nos temen por­que los enfren­ta­mos de igual a igual, demos­tran­do que pode­mos ser muy ague­rri­das en el com­ba­te. Por eso des­car­gan sobre noso­tras su mie­do, rabia e impo­ten­cia al cap­tu­rar una cama­ra­da.

Y lle­gó el momen­to de hacer­le la últi­ma pre­gun­ta. Cuan­do la escu­chó la voz le cam­bió, se le anu­dó la gar­gan­ta y miró al piso mien­tras jun­ta­ba las manos. Tomó aire y con­tes­tó, sin que le fal­ta­ran píca­ras son­ri­sas en varios momen­tos de su rela­to.

“En 1983 yo tenía 20 años cuan­do en el cam­pa­men­to vi a un señor con som­bre­ro, revol­ver al cin­to, una cara­bi­na y sin uni­for­me. Enton­ces pre­gun­té quién era. Que­dé impac­ta­da. El cama­ra­da Maru­lan­da era la per­so­na más sen­ci­lla que usted se pue­de ima­gi­nar. El no deja­ba sen­tir que era el jefe, éra­mos noso­tros quie­nes veía­mos en él la auto­ri­dad.

Yo no hacía par­te de su gru­po de segu­ri­dad, aun­que esta­ba en el cam­pa­men­to del Secre­ta­ria­do, máxi­ma ins­tan­cia de direc­ción de las FARC. Para mayo de 1984, me tocó ser par­te del gru­po de apo­yo que reci­bía a las comi­sio­nes, polí­ti­cos, perio­dis­tas y demás per­so­nas que venían al cam­pa­men­to de La Uri­be para dis­cu­tir sobre los acuer­dos de paz que se esta­ban lle­van­do con el gobierno. Un día el cama­ra­da tuvo un acci­den­te y se fisu­ró una cos­ti­lla. Como enfer­me­ra me toca­ba apli­car­le las medi­ci­nas y hacer­le la tera­pia. Y hacién­do­le el tra­ta­mien­to empe­zó nues­tra rela­ción afec­ti­va.

Con él viví una rela­ción abso­lu­ta­men­te nor­mal. Yo no tenía pri­vi­le­gios por ser su com­pa­ñe­ra, pero él sí era muy espe­cial con­mi­go. Cla­ro que tenía­mos dis­cu­sio­nes y difi­cul­ta­des como toda pare­ja, pero fue­ron muchas más las ale­grías. Yo con­tri­buía en sus res­pon­sa­bi­li­da­des. Por ejem­plo, me encar­ga­ba de las comu­ni­ca­cio­nes, hacien­do de secre­ta­ria en oca­sio­nes, o pre­pa­rán­do­le comi­das como a él le gus­ta­ban.

A veces tenía­mos situa­cio­nes muy difí­ci­les de segu­ri­dad pro­pias de la gue­rra, y por­que él era el hom­bre más bus­ca­do del país. Muchas veces tuvi­mos al ejér­ci­to bien cer­qui­ta, pero él con su cal­ma y expe­rien­cia siem­pre supo res­guar­dar a su tro­pa. Era muy pre­ca­vi­do y todo lo pla­ni­fi­ca­ba. Nos reía­mos cuan­do escu­chá­ba­mos que lo habían mata­do y noso­tros toman­do café. Por­que lo «mata­ron» muchas veces.

¿Mis últi­mas horas con él? Aún ten­go difi­cul­tad para hablar de esta par­te de nues­tra vida en pare­ja. Pero bueno… Por los sín­to­mas creía­mos que tenía un pro­ble­ma de gas­tri­tis. Y ese día (26 de mar­zo de 2008, NdA) había esta­do escri­bien­do un docu­men­to, mien­tras escu­cha­ba cum­bias colom­bia­nas. Lue­go lo acom­pa­ñé para que se ducha­ra, tomó cho­co­la­te y creí­mos que esta­ba supe­ra­do el pro­ble­ma. A las cin­co de la tar­de cenó el poqui­to que acos­tum­bra­ba. Una hora des­pués reci­bió los par­tes de la guar­dia y dio orien­ta­cio­nes. Lue­go me pidió que lo acom­pa­ña­ra al sani­ta­rio. Yo le tuve el mache­te y el cin­to con la pis­to­la, per­te­nen­cias que nun­ca aban­do­na­ba. Enton­ces me dijo que se sen­tía marea­do. Y vi que se iba a caer. Enton­ces lo con­tu­ve, empe­zan­do a lla­mar a los que esta­ban de guar­dia. El cama­ra­da se des­plo­mó. Es terri­ble ver así a quien ha sido tan fuer­te. Lo lle­va­mos a la cama y le dimos masa­jes car­dia­cos y res­pi­ra­ción, pero no vol­vió. Todo fue tan ines­pe­ra­do. No sufrió: has­ta en eso per­dió el enemi­go. Ni en eso le dio gus­to.

Yo me sen­tí tris­te, sola y des­am­pa­ra­da, aun­que toda la orga­ni­za­ción esta­ba con­mi­go».

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