Ser mujer… rural- Fati­ma Amezkua

A par­tir de los años 60 con las pro­me­sas de la Revo­lu­ción Ver­de, pero sobre­to­do en las dos últi­mas déca­das al ampa­ro de la glo­ba­li­za­ción y la libe­ra­li­za­ción del mer­ca­do agrí­co­la, la agri­cul­tu­ra ha sufri­do una trans­for­ma­ción drás­ti­ca a nivel mun­dial. Hemos pasa­do de cul­ti­var de un modo natu­ral, en con­so­nan­cia con los ciclos de la natu­ra­le­za, con pro­duc­tos cul­tu­ral­men­te adap­ta­dos y des­ti­na­dos al mer­ca­do local a des­lo­ca­li­zar las pro­duc­cio­nes, redu­cir las varie­da­des exis­ten­tes de cada pro­duc­to para uni­for­mi­zar gus­tos y con­su­mo, emplear masi­va­men­te agro­quí­mi­cos como fer­ti­li­zan­tes y pes­ti­ci­das, y con­se­guir que, de media, un ali­men­to via­je mas de 2.500 Km. has­ta lle­gar a nues­tra mesa. El mode­lo de pro­duc­ción agrí­co­la indus­tria­li­za­da domi­nan­te está per­mi­tien­do que un puña­do de mul­ti­na­cio­na­les del sec­tor agro­ali­men­ta­rio se enri­quez­ca gra­cias a las favo­ra­bles nor­ma­ti­vas de la Orga­ni­za­ción Mun­dial del Comer­cio (OMC) y al uso de un petró­leo aún bara­to. Pero este mode­lo pro­duc­ti­vo es tam­bién res­pon­sa­ble de que el 70% de los casi 1.200 millo­nes de per­so­nas que pasan ham­bre en este pla­ne­ta sean, para­dó­ji­ca­men­te, pobla­ción campesina.

Este esce­na­rio es obvia­men­te duro para el peque­ño cam­pe­si­na­do tan­to aquí como en el Sur glo­bal, sin embar­go, esta situa­ción no está afec­tan­do por igual a hom­bres y muje­res en el mun­do rural. Vivi­mos en socie­da­des patriar­ca­les y nin­gu­na acti­vi­dad huma­na es aje­na a esta reali­dad. Des­de la caren­cia de dere­chos labo­ra­les e inde­pen­den­cia eco­nó­mi­ca has­ta el ham­bre y la pobre­za pasan­do por diver­sos tipos de vio­len­cia, las muje­res cam­pe­si­nas son el colec­ti­vo más per­ju­di­ca­do por la intro­duc­ción de la agri­cul­tu­ra indus­trial y las polí­ti­cas del comer­cio internacional.

¿Cómo se expli­ca que un mis­mo fenó­meno afec­te de for­ma tan dife­ren­cia­da a hom­bres y mujeres?

Las muje­res pro­du­cen el 50% de los ali­men­tos a nivel mun­dial –y entre el 60% y el 80% en el Sur glo­bal- pero están invi­si­bi­li­za­das y no tie­nen voz en las nego­cia­cio­nes de la Orga­ni­za­ción Mun­dial del Comer­cio, por lo que no par­ti­ci­pan en la toma de deci­sio­nes que afec­ta al mode­lo de pro­duc­ción y polí­ti­cas agrícolas.

Un pro­ble­ma fun­da­men­tal que afec­ta de for­ma espe­cí­fi­ca a las muje­res es la fal­ta de acce­so a la tie­rra. A nivel mun­dial solo el 2% de las tie­rras están en manos de muje­res. Suce­de por razo­nes polí­ti­cas, lega­les y tam­bién cul­tu­ra­les. El machis­mo que per­mea leyes y cos­tum­bres hace que se pre­fie­ra que el hijo varón here­de la tie­rra, ale­gan­do que ellas no lo nece­si­tan –su des­tino es casar­se y cui­dar de la casa, el espo­so y los hijos e hijas- o bien, que no son capaces.

Otro pun­to crí­ti­co es el acce­so al cré­di­to que es muy difí­cil de con­se­guir para las muje­res (menos del 10% de los cré­di­tos son con­ce­di­dos a muje­res) y aun cuan­do una mujer o gru­po de muje­res lo con­si­guen, el cré­di­to a menu­do es con­tro­la­do por los hom­bres. Si ade­más nos fija­mos en la cuan­tía de estos prés­ta­mos, vemos que las muje­res son des­ti­na­ta­rias de la mayor par­te de los “micro­cré­di­tos” mien­tras que los de mayo­res mon­tos se adju­di­can a los hombres.

Otro fenó­meno que acom­pa­ña a la implan­ta­ción de la agri­cul­tu­ra indus­trial es la des­apa­ri­ción pro­gre­si­va de los mer­ca­dos loca­les que son sus­ti­tui­dos por super­mer­ca­dos y gran­des super­fi­cies. En estos mer­ca­dos loca­les es don­de tra­di­cio­nal­men­te las muje­res rea­li­zan la ven­ta direc­ta de sus pro­duc­tos agrí­co­las y arte­sa­nos y que le per­mi­ten unos ingre­sos eco­nó­mi­cos para cubrir nece­si­da­des bási­cas. Su des­apa­ri­ción esta supo­nien­do otra vuel­ta de tuer­ca para el empo­bre­ci­mien­to de las muje­res rurales.

En las zonas agrí­co­las del Sur glo­bal, cada día más empo­bre­ci­das, muchos hom­bres se han vis­to for­za­dos a emi­grar a otros paí­ses con lo que las muje­res han que­da­do como úni­cas res­pon­sa­bles del hogar, sin ingre­sos fijos y a menu­do tra­ba­jan­do en las maqui­las [1], en el sec­tor domés­ti­co o la eco­no­mía infor­mal, mal paga­das y sin dere­chos laborales.

Las polí­ti­cas de ajus­te estruc­tu­ral que des­de los años 90 han sig­ni­fi­ca­do la pre­ca­ri­za­ción de los ser­vi­cios públi­cos en Lati­noa­mé­ri­ca y que aho­ra empe­za­mos a pade­cer en Euro­pa, han supues­to tam­bién des­ven­ta­jas espe­cí­fi­cas para las muje­res. La pri­va­ti­za­ción o ausen­cia de ser­vi­cios públi­cos en las áreas rura­les (sani­dad, resi­den­cias para per­so­nas mayo­res, come­do­res esta­ta­les, guar­de­rías, escue­las…) se tra­du­ce en incre­men­to del tra­ba­jo para las muje­res por las des­igual­da­des que siguen dán­do­se en los roles de géne­ro (repro­du­cien­do la divi­sión sexual del tra­ba­jo). Pero si esca­sos son los ser­vi­cios de salud en el área rural, los ser­vi­cios pro­pios de la salud de las muje­res, como la aten­ción gine­co­ló­gi­ca, son prác­ti­ca­men­te inexis­ten­tes afec­tan­do a los Dere­chos sexua­les y repro­duc­ti­vos de éstas.

El uso de agro­tó­xi­cos, sobre­to­do el gli­fo­sa­to, afec­ta de espe­cial for­ma a muje­res en edad fér­til pro­vo­can­do alte­ra­cio­nes como la meno­pau­sia pre­coz en muje­res jóve­nes, niñas que pre­sen­tan un desa­rro­llo hor­mo­nal pre­ma­tu­ro, o un núme­ro de casos de aler­gias y cán­ce­res esta­dís­ti­ca­men­te muy supe­rior a la media.

His­tó­ri­ca­men­te las muje­res han sido inven­to­ras de la agri­cul­tu­ra, guar­dia­nas de las semi­llas y han pre­ser­va­do y tras­mi­ti­do sabe­res natu­ra­les para la agri­cul­tu­ra y la salud. Sin embar­go, median­te la intro­duc­ción de trans­gé­ni­cos y paten­tes sobre semi­llas y cono­ci­mien­tos agrí­co­las, las agro­in­dus­trias están usur­pan­do y mer­can­ti­li­zan­do esa sabiduría.

Por su par­te, los mono­cul­ti­vos des­ti­na­dos a agro­com­bus­ti­bles o a la gana­de­ría inten­si­va están pro­vo­can­do ham­bru­nas des­co­no­ci­das en las zonas don­de se implan­tan al cul­ti­var pro­duc­tos no des­ti­na­dos a la ali­men­ta­ción huma­na y dejar a la pobla­ción cam­pe­si­na sin tie­rra para el auto­sus­ten­to. Así, pese a pro­du­cir la mayor par­te de las cose­chas, sie­te de cada diez per­so­nas cam­pe­si­nas ham­brien­tas son muje­res o niñas.

Otra acti­vi­dad impul­sa­da por las empre­sas tras­na­cio­na­les y que está ocu­pan­do y dege­ne­ran­do miles de hec­tá­reas de sue­lo fér­til es la mine­ría a cie­lo abier­to, que con­ta­mi­na de for­ma per­pe­tua el agua (cuyo aco­pio es tra­di­cio­nal­men­te res­pon­sa­bi­li­dad de las muje­res) y enve­ne­na la tie­rra que pro­veía el auto­sus­ten­to familiar.

Fren­te al avan­ce de los mono­cul­ti­vos, la mine­ría a cie­lo abier­to y otros mega­pro­yec­tos como carre­te­ras, hidro­eléc­tri­cas, tre­nes de alta velo­ci­dad, las muje­res han reco­no­ci­do y defen­di­do la impor­tan­cia de con­ser­var el terri­to­rio como espa­cio en que se repro­du­ce la vida (no solo huma­na), la cul­tu­ra y las rela­cio­nes entre las per­so­nas y entre éstas y su entorno. Es por ello que las muje­res pro­ta­go­ni­zan accio­nes de resis­ten­cia, aun arries­gan­do su segu­ri­dad per­so­nal. En paí­ses del Sur, la fal­ta de titu­la­ri­dad de las tie­rras en comu­ni­da­des cam­pe­si­nas es un pro­ble­ma aña­di­do que las hace más vul­ne­ra­bles ante estas inje­ren­cias. En algu­nos con­tex­tos lle­ga a dar­se el uso de la vio­la­ción de muje­res como for­ma de pre­sión y des­es­ta­bi­li­za­ción de comu­ni­da­des que se resis­ten a aban­do­nar sus tie­rras. Tam­bién los des­pla­za­mien­tos de pobla­ción que se pro­du­cen tie­nen un mayor impac­to en las muje­res pues el des­arrai­go, la des­co­ne­xión con la tie­rra y la des­es­truc­tu­ra­ción de redes pre­vias de apo­yo y rela­ción gene­ra altos índi­ces de estrés, ansie­dad e inse­gu­ri­dad física.

En nin­gún país del mun­do las cam­pe­si­nas tie­nen reco­no­ci­dos sus dere­chos como tra­ba­ja­do­ras. Las muje­res tra­ba­jan de for­ma anó­ni­ma tie­rras de las que no son titu­la­res, o bien, apa­re­cen como quien ayu­da al hom­bre de la fami­lia sin que ella figu­re como tra­ba­ja­do­ra ni pue­da dis­fru­tar de dere­chos labo­ra­les. En oca­sio­nes entran en el mer­ca­do labo­ral agrí­co­la pero en pues­tos de baja cua­li­fi­ca­ción, no tec­ni­fi­ca­dos, mal remu­ne­ra­dos y lle­gan­do a cobrar has­ta la mitad que un hom­bre por el mis­mo trabajo.

Tene­mos que recor­dar que el movi­mien­to cam­pe­sino y sin­di­cal esta lide­ra­do fun­da­men­tal­men­te por hom­bres con una visión de lucha gene­ral cam­pe­si­na que invi­si­bi­li­za o pos­po­ne las deman­das espe­cí­fi­cas de las mujeres.

Por últi­mo, otro aspec­to a ana­li­zar sobre la vida de las muje­res cam­pe­si­nas es el de la vio­len­cia hacia las muje­res. Las muje­res cam­pe­si­nas enfren­tan diver­sas for­mas de vio­len­cia que deben ser enten­di­das des­de una visión estruc­tu­ral y erra­di­ca­das (sim­bó­li­ca, eco­nó­mi­ca, físi­ca, ver­bal, sexual y psi­co­ló­gi­ca). El área rural se carac­te­ri­za por ser un espa­cio en el que pre­va­le­ce el sexis­mo y las tra­di­cio­nes machis­tas, don­de la vio­len­cia hacia las muje­res es social­men­te legi­ti­ma­da y a menu­do encu­bier­ta por la pro­pia fami­lia que pre­sio­na a las muje­res para callar y acep­tar su subor­di­na­ción. En algu­nos casos la pro­pia dis­po­si­ción de las vivien­das, bien por estar cons­ti­tui­das por un espa­cio úni­co, bien por encon­trar­se ais­la­das y dis­per­sas en el cam­po, favo­re­ce los casos de vio­len­cia hacia las muje­res. La fal­ta de ser­vi­cios socia­les de apo­yo a las muje­res en el área rural supo­ne una difi­cul­tad aña­di­da. Ade­más, en su mayo­ría care­cen de inde­pen­den­cia eco­nó­mi­ca lo que las colo­ca en una posi­ción vul­ne­ra­ble, con esca­sas sali­das y con mayor ries­go de enfren­tar vio­len­cia de género.

La sobe­ra­nía ali­men­ta­ria se pre­sen­ta hoy en día como una de las res­pues­tas más poten­tes a las actua­les cri­sis ali­men­ta­ria, de pobre­za y cli­má­ti­ca don­de hemos vis­to que las muje­res son las más perjudicadas.

Según La Vía Cam­pe­si­na (movi­mien­to inter­na­cio­nal que agru­pa a mas de 200 millo­nes de cam­pe­si­nos y cam­pe­si­nas de los cin­co con­ti­nen­tes), la sobe­ra­nía ali­men­ta­ria es el dere­cho de los Pue­blos a pro­du­cir y con­su­mir ali­men­tos sanos y cul­tu­ral­men­te ade­cua­dos, pro­du­ci­dos median­te méto­dos sos­te­ni­bles, así como su dere­cho a defi­nir sus pro­pios sis­te­mas agrí­co­las y alimentarios.

Si la Sobe­ra­nía Ali­men­ta­ria repre­sen­ta un nue­vo mode­lo de pro­duc­ción y con­su­mo agrí­co­la, debe sus­ten­tar­se en un nue­vo mode­lo de orga­ni­za­ción y de rela­cio­nes. Una orga­ni­za­ción de las per­so­nas y del tra­ba­jo carac­te­ri­za­da por ser hori­zon­tal, par­ti­ci­pa­ti­va, demo­crá­ti­ca, jus­ta y equi­ta­ti­va. Por tan­to, el reto es lograr la par­ti­ci­pa­ción polí­ti­ca y públi­ca de las muje­res cam­pe­si­nas jun­to a un cam­bio en las estruc­tu­ras polí­ti­cas y eco­nó­mi­cas, en las orga­ni­za­cio­nes socia­les y, por supues­to, en los hom­bres tan­to en el ámbi­to públi­co como en el privado.

La cons­truc­ción de la Sobe­ra­nía Ali­men­ta­ria debe impli­car inexo­ra­ble­men­te la decons­truc­ción del actual sis­te­ma de domi­na­ción de los hom­bres sobre las muje­res (no sólo del ser humano sobre la natu­ra­le­za). La Sobe­ra­nía Ali­men­ta­ria no pue­de cons­truir­se sobre un sis­te­ma patriar­cal. Sólo bajo un nue­vo mar­co de rela­cio­nes de géne­ro podrá pro­du­cir­se un cam­bio social que devuel­va a las muje­res sus dere­chos y opor­tu­ni­da­des como per­so­na, como cam­pe­si­na y como mujer.

Fati­ma Amez­kua, miem­bro de Muga­rik Gabe. Octu­bre de 2012.

Notas

[1] Maqui­la­do­ra: Es una empre­sa que impor­ta mate­ria­les sin pagar aran­ce­les, requi­rien­do que todos los pro­duc­tos fabri­ca­dos sean regre­sa­dos a su país de ori­gen, don­de se comer­cia­li­zan. Se ubi­can en zonas fron­te­ri­zas y emplean mano de obra bara­ta mayo­ri­ta­ria­men­te feme­ni­na que tra­ba­ja en con­di­cio­nes pre­ca­rias y con exiguos dere­chos laborales.

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