Notas para una bio­gra­fía de Ali­cia Egu­ren- Miguel Maz­zeo

Ali­cia Egu­ren se entre­gó a la des­obe­dien­cia de cuer­po ente­ro. Nun­ca se le per­do­na­ría tan­ta trans­gre­sión. En 1977 fue secues­tra­da, tor­tu­ra­da y arro­ja­da al Río de Pla­ta

Ali­cia Egu­ren jamás pasó inad­ver­ti­da. Ese fue su signo dis­tin­ti­vo, jun­to con el incon­for­mis­mo y la voca­ción de cami­nar por gran­des reali­da­des. Inte­li­gen­te y apa­sio­na­da, ple­na de seduc­ción, era alta, muy alta, de ojos negros, inmen­sos e indis­cre­tos. Como pre­cur­so­ra de lo que para muchos cons­ti­tu­ye un oxí­mo­ron (la izquier­da pero­nis­ta), como casi pro­fe­ta de una gene­ra­ción que se plan­teó el pro­ble­ma del poder, y como mujer (en ese, su tiem­po), se vio obli­ga­da a rom­per con un con­jun­to de con­ven­cio­nes, y a radi­ca­li­zar el giro inqui­si­ti­vo en dife­ren­tes pla­nos.

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