Días de luto y de espe­ran­za- Borro­ka Garaia

Artícu­lo de cola­bo­ra­ción para Borro­ka Garaia da!. Autor: Fer­min Gon­ge­ta

La segun­da sema­na del pasa­do mes de julio pasa­do, fina­li­za­ba un domin­go, día 15. Quin­ce de julio del año 2012. Un quin­ce de julio del año 1998, en la madru­ga­da, el juez Bal­ta­sar Gar­zón orde­nó el cie­rre cau­te­lar del perió­di­co EGIN y de la emi­so­ra de radio. Arres­tó tam­bién a varios res­pon­sa­bles de Orain S.A., acu­sán­do­les de inte­gra­ción en ban­da arma­da. Aquel mis­mo día, el enton­ces pre­si­den­te de Gobierno del Rei­no de Espa­ña, José María Aznar, lan­zó des­de Tur­quía su tan maca­bra como vio­len­ta fra­se: “¿Creían uste­des que no nos íba­mos a atre­ver?” Todo un ejem­plo de nazis­mo. Once meses des­pués, el mis­mo juez Gar­zón auto­ri­za­ba la reaper­tu­ra del dia­rio EGIN. ¡Vol­vió a atre­ver­se! Pero para enton­ces, el admi­nis­tra­dor judi­cial había rati­fi­ca­do que el gru­po edi­tor de EGIN era invia­ble eco­nó­mi­ca­men­te. Cer­ti­fi­có, cien­tí­fi­ca­men­te ¡cla­ro!, que el dia­rio esta­ba muer­to. Nun­ca dijo que le habían sacri­fi­ca­do; más bien ase­si­na­do. ¡Inte­li­gen­cia de los admi­nis­tra­do­res judi­cia­les! Cada 15 de Julio es un día de luto para Eus­kal Herria. Yo lo guar­do.

Exis­ten, al menos, dos for­mas de callar la voz del pue­blo. Una es sacri­fi­cán­do­la; la otra com­prán­do­la. En el men­sual de Le Mon­de Diplo­ma­ti­que de ese mis­mo mes de julio, me ha lla­ma­do la aten­ción el que su direc­tor Ser­ge Hali­mi, vuel­va a resal­tar la noti­cia de la ven­ta del dia­rio Le Mon­de. Fue un 28 de junio del 2010, por un impor­te de 110 millo­nes de euros. Le Mon­de se unió así a la cohor­te de todos los títu­los perio­dís­ti­cos de renom­bre, cuya suer­te está ínti­ma­men­te uni­da al capi­tal y a la bue­na volun­tad de la indus­tria y de las finan­zas. Se ha con­ver­ti­do, en el abo­ga­do de la Mun­dia­li­za­ción Feliz. Nada nue­vo, pues­to que ya el año 2007, el dia­rio Libe­ra­tión, fun­da­do por Sar­tre, fue com­pra­do por Edouard Roths­child. Cuan­do uno ve estas situa­cio­nes, la tris­te­za se con­vier­te en impo­ten­cia y llan­to. Y es que “en tiem­pos de tira­nía o de auto­ri­ta­ris­mo, decía Kar­buts, el poder se ale­ja de la ver­dad. Y a esta se la com­pra –Fran­cia- o se la des­tru­ye –Rei­no espa­ñol-” Vie­ne a ser lo mis­mo. Días de luto. Cuan­do la pren­sa se con­vier­te en nego­cio indus­trial, ter­mi­na por impe­rar el dine­ro. Y los dia­rios que no apo­yan al poder, no dis­po­nen de lo sufi­cien­te como para man­te­ner­se inde­fi­ni­da­men­te. Menos aún en épo­ca de cri­sis, en las que se com­pra menos, y tam­bién se lee menos, por­que se pier­de la fe en que oímos o lee­mos.

La pren­sa escri­ta, la radio, o la tele­vi­sión, com­par­ten las mis­mas fun­cio­nes; y sus res­pec­ti­vos con­te­ni­dos son muy com­pa­ra­bles, más allá de sus dife­ren­cias de for­ma y de den­si­dad. No obs­tan­te, los dia­rios escri­tos han sido y con­ti­núan sien­do la for­ma noble del perio­dis­mo. ¿No han sali­do his­tó­ri­ca­men­te del perio­dis­mo los gran­des escri­to­res de siglos pasa­dos? Sin embar­go, en todo el mun­do, su mer­ca­do, des­de hace ya varias déca­das, se halla en per­ma­nen­te ero­sión ante la ava­lan­cha de maga­zi­nes sema­na­les, y los reality tele­vi­si­vos que anclan a las gen­tes en los sillo­nes de la anti acti­vi­dad y pere­za. La tele­vi­sión impo­ne rit­mo y orden; y requie­re más afec­ti­vi­dad que refle­xión. La lec­tu­ra del dia­rio es una acti­vi­dad indi­vi­dual; y absor­be toda nues­tra aten­ción. Es selec­ti­va; y se rea­li­za en un orden y a un rit­mo pro­pio de cada lec­tor. Requie­re dedi­ca­ción, y lo que es más duro, con­cen­tra­ción. Soli­ci­ta un esfuer­zo que no siem­pre esta­mos dis­pues­tos a rea­li­zar. Y que tam­bién, en gran par­te, depen­de del con­te­ni­do. En los dia­rios escri­tos el públi­co no bus­ca­mos tan­to la noti­cia, que tam­bién, sino sobre todo la inter­pre­ta­ción que el pro­fe­sio­nal da de ella. Espe­ra­mos los aná­li­sis y expli­ca­cio­nes de una ideo­lo­gía que com­par­ti­mos. La fide­li­dad al dia­rio, hoy, se mani­fies­ta, o se sopor­ta, por el inte­rés que sus­ci­ta la inter­pre­ta­ción de los hechos socia­les. Un perió­di­co es a la vez un pro­duc­to indus­trial some­ti­do a las leyes eco­nó­mi­cas de su mer­ca­do, y por otro lado una crea­ción inte­lec­tual que res­pon­de a las exi­gen­cias de la clien­te­la. Sien­do mer­can­cía para su edi­tor, el dia­rio se paga en la medi­da que su con­te­ni­do nos pres­ta un ser­vi­cio a los con­su­mi­do­res. Es un bien de con­su­mo, de carác­ter muy pere­ce­de­ro. Más sen­si­ble que los pro­duc­tos del cam­po. Pue­de que­dar­se obso­le­to en tan solo un día, o sen­ci­lla­men­te en horas. Y lo que hace de la pren­sa un bien muy pere­ce­de­ro, es la infor­ma­ción. Es la selec­ción de la infor­ma­ción, lo que hace que un dia­rio se orien­te a una temá­ti­ca con­cre­ta. Y es su carác­ter, su esen­cia, lo que defi­ne tan­to la ideo­lo­gía del medio como la de su des­ti­na­ta­rio. El perio­dis­mo nun­ca pue­de ser ple­na­men­te obje­ti­vo; cier­to. Y no solo por­que la noción de ver­dad sea rela­ti­va. Sino por­que la selec­ción de las noti­cias, la inter­pre­ta­ción de los hechos, la selec­ción de los titu­la­res, hacen que no se pue­da dar una infor­ma­ción exac­ta de la com­ple­ji­dad de los acon­te­ci­mien­tos.

Aho­ra bien, la fun­ción de infor­ma­ción se com­ple­men­ta, con lo que Pie­rre Albert lla­ma psi­co­te­ra­pia de la pren­sa. La lec­tu­ra de la pren­sa ejer­ce una fuer­te influen­cia sobre los lec­to­res. La pren­sa orien­ta­da a las cla­ses más des­fa­vo­re­ci­das se verá refle­ja­da e iden­ti­fi­ca­da con los desahu­cia­dos de la socie­dad, los sin tra­ba­jo, los envia­dos a la mise­ria por el robo de los ban­cos y de los polí­ti­cos, los dete­ni­dos impu­ne­men­te por defen­der sus dere­chos. De la mis­ma mane­ra que sus infor­ma­cio­nes se uti­li­za­rán, o debían hacer­lo, para la movi­li­za­ción de las gen­tes y defen­sa de sus dere­chos. Con idén­ti­ca razón que los eco­no­mis­tas y juris­tas leen su pren­sa espe­cia­li­za­da, y actúan en base a las infor­ma­cio­nes reci­bi­das. Leo mi dia­rio por­que las opi­nio­nes que en él se plas­man coin­ci­den con las mías, y me afian­zan el pen­sa­mien­to y la acción. Leo mi dia­rio y me sien­to par­ti­ci­par en la opi­nión de la comu­ni­dad de sus lec­to­res.

Deri­va­da de la fun­ción ante­rior, exis­te lo que se podía deno­mi­nar fun­ción de inte­gra­ción social de la pren­sa. La lec­tu­ra de los dia­rios nos ayu­da a situar­nos mejor en nues­tro ambien­te, lo mis­mo geo­grá­fi­co que pro­fe­sio­nal o ideo­ló­gi­co. Ellos rom­pen el ais­la­cio­nis­mo y pro­mue­ven la socia­li­za­ción de las per­so­nas. Hacen com­par­tir los valo­res mora­les, socia­les y polí­ti­cos. El poder de turno, lo mis­mo el polí­ti­co que el eco­nó­mi­co, inten­tan apo­de­rar­se o des­truir toda la pren­sa que se opon­ga a su ideo­lo­gía de domi­nio. Crear y man­te­ner un dia­rio crí­ti­co con­tra el poder abso­lu­to, mono­po­lis­ta y des­truc­tor de las cla­ses más des­fa­vo­re­ci­das, es nues­tra labor. Y digo nues­tra. Edi­to­res y cola­bo­ra­do­res. Lec­to­res, a tra­vés de la crí­ti­ca, escri­to­res, pro­fe­sio­na­les de la infor­ma­ción, inte­lec­tua­les. Todos tene­mos la misión irrem­pla­za­ble hoy, de un ser­vi­cio per­ma­nen­te, sobre todo a la comu­ni­dad más dolien­te, lo mis­mo social que eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca­men­te. ¿Lo esta­mos hacien­do? Por­que sólo en la acción man­ten­go mi espe­ran­za.

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