Mez­qui­tas-Xabier Sil­vei­ra

Alzan los bra­zos al cie­lo las fan ‑léa­se faná­ti­cas- de Jesu­cris­to, el mele­nu­do en gallum­bos. Al pare­cer en casa se abu­rren y una mez­qui­ta les bas­ta para armar la de dios es cris­to. No hay dere­cho, dicen, con mi dine­ro no.

De los musul­ma­nes no les gus­tan ni los anda­res, pero lo que menos les gus­tan son sus creen­cias; creen que no son ver­da­de­ras como sí lo son las suyas, las de toda la vida. Ade­más, argu­men­tan, estos moros son los que hacen esas cosas tan horri­bles con sus muje­res, que ya sabéis que cuan­to más oscu­ro es de piel el ser humano, más pro­pen­so es a hacer el mal.

Son eter­nas las cru­za­das, pare­ce que no ter­mi­nen nun­ca. Un velo es una excu­sa de igual modo que lo es un bur­ka; es mie­do a lo des­co­no­ci­do, otra varian­te más de la locu­ra. Y pare­ce no tener cura.

Mien­tras ellos, apos­tó­li­cos y roma­nos, se apo­de­ran de igle­sias, ermi­tas y todo tipo de edi­fi­cios his­tó­ri­cos ‑los úni­cos que tie­nen valor hoy en día‑, se echan a la calle ante la posi­bi­li­dad de que algu­na ins­ti­tu­ción ceda un local que sir­va como mez­qui­ta a los que prac­ti­can la reli­gión que Maho­ma les rega­ló. Tan­to que nos indig­na­mos con la nega­ción de dere­chos a las muje­res en el mun­do musul­mán, ¿y les vamos a prohi­bir que lle­ven a cabo cere­mo­nias reli­gio­sas? ¡Dios mío!

Ya me pare­cía a mí que tan­ta obce­ca­ción con qui­tar­les el bur­ka solo se podía deber a que el obje­ti­vo final sea poner­las en cue­ros ven­dien­do ropa o anun­cian­do coches.

El mun­do que lla­ma­mos occi­den­tal se rige hoy, a dife­ren­cia de en tiem­pos nada leja­nos, en base al nue­vo dios, el dine­ro, pero es la Igle­sia quien se encar­ga de la geren­cia del asun­to, ya sea enve­ne­nán­do­nos el alma o prohi­bién­do­nos nues­tros pro­pios pen­sa­mien­tos. El paté­ti­co esta­do de áni­mo que mayo­ri­ta­ria­men­te pre­sen­ta la pobla­ción se fun­da­men­ta en nada más y nada menos que la basu­ra con la que nos han lle­na­do el cere­bro entre curas, Copes y Opus Deis. Si todos y todas lle­va­mos un fas­cis­ta den­tro, es por que ellos nos lo metie­ron. Somos xenó­fo­bos por que ellos así lo han que­ri­do, somos homó­fo­bos por lo mis­mo y, sin duda, si somos tan idio­tas, en ellos ha de radi­car la cul­pa de esto tam­bién.

La Igle­sia inven­tó la cul­pa y el modo para no tener­la nun­ca. Se inven­tó a sí mis­ma y va por el mun­do dan­do lec­cio­nes éti­cas y mora­les de todo tipo, cuan­do es una men­ti­ra, un cuen­to.

No me pare­ce que creer en seres invi­si­bles capa­ces de nacer de la nada sea algo que se le pue­da tomar muy en serio a nadie pero, des­de lue­go, si los cató­li­cos pue­den cele­brar sus euca­ris­tías y sus cosi­cas en las igle­sias, ya está la Dipu­tación de Gipuz­koa cons­tru­yen­do mez­qui­tas en todos los pue­blos, que en su dere­cho están.

Ade­más, hace unos años, en Chaouen, Marrue­cos, los luga­re­ños no pusie­ron nin­gu­na pega a crear un gaz­tetxe, de nom­bre Gaz­tetxe, en pleno cen­tro de la ciu­dad. Segu­ro que nos iría mejor si nos hubie­ran con­quis­ta­do los moros en vez de estos mal­di­tos cris­tia­nos.

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