El «hijo­pu­tis­mo» ya está aquí- Vic­tor Moreno

El hom­bre es locuaz por natu­ra­le­za e hijopu­ta por cul­tu­ra. La dis­tin­ción pare­ce ofen­si­va para el géne­ro humano y sus ins­ti­tu­cio­nes edu­ca­ti­vas, pero no lo es. Todo lo con­tra­rio. Nadie nace hijopu­ta. Con­se­guir­lo es fru­to a par­tes igua­les de algu­nas ins­ti­tu­cio­nes meri­to­rias y de la volun­tad de cier­tos individuos.

Repá­re­se en que escri­bo hijopu­ta y no hijo de puta. Como sugie­ro, lo pri­me­ro es títu­lo de baje­za, gana­do a pul­so a lo lar­go de una vida. Lo segun­do, qué les voy a con­tar que no sepan. «Hijos de puta», por haber­los los hay en las mejo­res fami­lias cris­tia­nas, pero son de estir­pe natu­ral, con deno­mi­na­ción de ori­gen, y con ellos no va la pre­sen­te copla.

Qui­zás, muchos con­si­de­ren que obte­ner el gra­dua­do de hijopu­ta es fácil, pero no lo crean. Tam­po­co pien­sen que lo digo por expe­rien­cia, que cabría, pero no cabe. No. La ver­dad es que la sim­ple que­ren­cia no basta.

Lle­gar a ser­lo en polí­ti­ca no está al alcan­ce de cual­quie­ra. Yo nun­ca pen­sé que Peces Bar­ba alcan­za­ra seme­jan­te cima de desa­rro­llo inte­lec­tual y moral, más o menos decré­pi­to. Pero lo ha logra­do. Tar­dá dixit. A su edad. ¡Quién fue­ra a decir­lo! El hom­bre lo bus­có unas cuan­tas veces, pero has­ta que no se metió con­tra los cata­la­nes, no con­si­guió seme­jan­te titu­la­ción. Pare­ce como si los cata­la­nes, tam­bién los vas­cos, tuvie­ran un meca­nis­mo espe­cial para des­cu­brir gen­te hijopu­ta en polí­ti­ca. Es curio­so. Bas­ta con que un polí­ti­co far­fu­lle sobre los vas­cos y cata­la­nes que quie­ren ser solo vas­cos y cata­la­nes, para cono­cer en qué nivel de hijo­pu­tis­mo se encuen­tra su desa­rro­llo meníngeo.

El fenó­meno no se ha estu­dia­do toda­vía como for­ma natu­ral de afron­tar y qui­tar­se de un exabrup­to la pro­ble­má­ti­ca que impli­ca la pre­sen­cia de los otros, sobre todo si estos otros son «hunos», es decir, pobres o unos des­gra­cia­dos, o, val­ga el pleo­nas­mo, nacio­na­lis­tas radi­ca­les. Hay teó­ri­cos que se la cogen con papel de celo­fán y, en lugar de lla­mar a esta corrup­ción del dis­cur­so como hijo­pu­tis­mo radi­cal, se enre­dan dicien­do que la cla­se polí­ti­ca se ha inven­ta­do una neo­len­gua, que redu­ce «el poli­fa­ce­tis­mo y la com­ple­ji­dad del mun­do a una jer­ga tec­no­crá­ti­ca y opa­ca». Para nada. Lo que hay lisa y lla­na­men­te es una impu­ni­dad ver­bal, que roza la sin­ver­güen­ce­ría más abyecta.

Igno­ro a cuán­tos jor­na­le­ros y acei­tu­ne­ros anda­lu­ces cono­ce Durán i Llei­da, pero ase­gu­rar que «los agri­cul­to­res anda­lu­ces reci­ben un PER para pasar toda la jor­na­da en el bar del pue­blo», es, ade­más, de ser una hipér­bo­le insen­sa­ta, un refle­jo del esta­do de chu­le­ría ver­bal más o menos per­ma­nen­te en que este polí­ti­co impo­lu­to se encuentra.

El hom­bre pare­ce enten­der tam­bién de homo­se­xua­li­dad, pues salió en defen­sa de aque­llos psi­quia­tras que se «ofre­cían a curar homo­se­xua­les modi­fi­can­do su orien­ta­ción sexual con fár­ma­cos o tera­pias recon­duc­tua­les». ¡Tera­pias recon­duc­tua­les! Menu­do eufe­mis­mo cabrón. Des­pués de afir­mar que «la homo­se­xua­li­dad no es una enfer­me­dad», Durán i Llei­da sugi­rió que «la homo­se­xua­li­dad se pue­de curar». Lue­go si se pue­de curar, será por­que la con­si­de­ra una enfer­me­dad, y segu­ro que bíbli­ca, ¿no?

Para no ser menos, su jefe de filas y pre­si­den­te de la Gene­ra­li­tat, Artur Mas, tam­po­co le va a la zaga. En un deba­te ase­gu­ró: «Estos niños sacri­fi­ca­dos bajo el durí­si­mo yugo de la inmer­sión lin­güís­ti­ca en cata­lán sacan las mis­mas notas de cas­te­llano que los de Sala­man­ca, de Valla­do­lid, de Bur­gos y de Soria; y no le hablo ya de Sevi­lla, de Mála­ga, de Coru­ña, etcé­te­ra, por­que allí hablan el cas­te­llano, efec­ti­va­men­te, pero a veces a algu­nos no se les entien­de». Mucho mejor haría Mas en cul­ti­var su irri­so­rio sar­cas­mo rién­do­se de su cas­te­llano, que será muy arti­cu­la­do y orto­pé­di­co, pero lleno de ana­co­lu­tos y solecismos.

Estas afren­tas ver­ba­les no son exclu­si­vas ni exclu­yen­tes de la dere­cha ni de la izquier­da, aun­que haya quie­nes, como el nove­lis­ta Marías, con­si­de­ren que es verru­ga típi­ca y estruc­tu­ral de la dere­cha. Es ver­dad que supe­rar las mani­fes­ta­cio­nes agro­pe­cua­rias de Este­ban Gon­zá­lez Pons es tarea com­pli­ca­da. El tipo es tan bueno dicién­do­las que pare­ce que su tara fue­ra de naci­mien­to. Afir­mar que «no hay nin­gún espa­ñol tan idio­ta que quie­ra la con­ti­nui­dad de lo que nos ha dado el PSOE duran­te este tiem­po», es una fra­se esplén­di­da para enco­ra­ji­nar a quie­nes lle­van toda la vida votan­do a los del rosal, tan­to que han tar­da­do bien poco en ras­gar­se la camiseta.

Pero los socia­lis­tas, algu­nos por lo menos, son los menos indi­ca­dos para poner en su cié­na­ga corres­pon­dien­te a Gon­zá­lez Pons. Hace bien poco, Pedro Cas­tro, socia­lis­ta, y pre­si­den­te de la fede­ra­ción de muni­ci­pios, decía que «ton­to de los cojo­nes el que vota a la dere­cha». Y Juan Barran­co, can­di­da­to del PSOE en la comu­ni­dad de Madrid, sos­te­nía sin que pusie­ra sus bar­bas a remo­jar que «no hay nada más ton­to que un tra­ba­ja­dor de derechas».

Pues­tas así las cosas, pare­ce cla­ro que tan­to mon­ta el gal­go de dere­chas, que el poden­co socia­lis­ta. Así que me pre­gun­ta­ría qué es lo que hemos hecho para sufrir tales sig­nos de bar­ba­rie ver­bal. Cómo es posi­ble que esta pla­ga de inmo­ra­li­dad ver­bal se haya podi­do ins­ta­lar con tan­to cinis­mo en el mun­do de la polí­ti­ca en gene­ral y de la comu­ni­ca­ción en particular.

Hay quien cul­pa al zapa­te­ris­mo como cau­sa inme­dia­ta de esta per­tur­ba­da pola­ri­za­ción entre los polí­ti­cos. Oja­lá lo fue­ra. Pero me temo que el ori­gen de dicha enfer­me­dad no pare­ce que sea coyun­tu­ral. De hecho, sabién­do­se por acti­va y por pasi­va que Zapa­te­ro ha com­pra­do los bille­tes para via­jar a Babia defi­ni­ti­va­men­te, el mal sigue habi­tan­do entre nosotros.

Así que alguien ten­drá que estu­diar con pro­fun­di­dad esta pla­ga infec­ta de polí­ti­cos que han sus­ti­tui­do el razo­na­mien­to y la refle­xión por el insul­to y la inju­ria. Y ya es sabi­do que se empie­za lla­man­do a alguien judío, rojo y mari­cón, y se ter­mi­na soca­rrán­do­le el duodeno.

Con toda pro­ba­bi­li­dad este mal de la len­gua que pade­ce­mos se corres­pon­da con otro mal más per­ni­cio­so, el de la éti­ca. Al uso corrup­to del len­gua­je casi siem­pre se le corres­pon­de una corrup­ción de la volun­tad y del com­por­ta­mien­to. Raro será el suje­to, sobre todo si es hijopu­ta, que, insul­tan­do del modo en que lo hace, no sea tam­bién, de hecho, un tipo sin escrú­pu­los mora­les a la hora de ves­tir trajes.

La len­gua, no sólo des­ve­la nues­tro cono­ci­mien­to de las pala­bras más insul­tan­tes del dic­cio­na­rio, sino, sobre todo, nues­tro talan­te inmo­ral cuan­do las usa­mos de for­ma impu­ne. No somos el len­gua­je que habla­mos, pero algu­nos casi.

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