Lle­ga­rán las lágri­mas al mar- Ohia­na LLo­ren­te

Es difí­cil no pro­nun­ciar­se sobre el fin defi­ni­ti­vo de la lucha arma­da. Tan com­pli­ca­do como no dejar­se atra­par por el vien­to de opti­mis­mo que sacu­de estos días a la ciu­da­da­nía vas­ca. La noti­cia no gene­ró en mí esa exa­ge­ra­da sen­sa­ción de res­pi­ro que los medios quie­ren trans­mi­tir. La aco­gí a cien­tos de kiló­me­tros de Eus­kal Herria, adon­de fui a visi­tar a una ami­ga, y con un nudo en el estó­ma­go. Con la ilu­sión de saber que avan­za­mos uni­dos y con el res­pe­to y el vér­ti­go que pro­du­ce un paso de esta natu­ra­le­za.

El jue­ves se cerra­ba una era. Un ciclo en el que el com­pro­mi­so de cien­tos y cien­tos de ciu­da­da­nas y ciu­da­da­nos vas­cos, en espe­cial jóve­nes, ha mar­ca­do el deve­nir polí­ti­co de este país. No pien­so entrar en el terreno de la mora­li­dad, ni voy a negar el dolor pro­du­ci­do a la otra par­te. Pero el hecho de que en el seno de Euro­pa una orga­ni­za­ción arma­da haya per­du­ra­do más de medio siglo da la talla del tipo de con­flic­to polí­ti­co de este país y el empe­ño que hay por solu­cio­nar­lo.

For­mo par­te de una gene­ra­ción que ha naci­do y ha vivi­do con ETA. No recuer­do cuál era mi per­cep­ción cuan­do era niña, pero sé que según han pasa­do los años aque­lla reali­dad leja­na ha ido calan­do en mí. Cada arres­to, cada ros­tro que posa­ba en la lis­ta de los más bus­ca­dos revi­vía en mí epi­so­dios pasa­dos, y el mutis­mo ante la muer­te de mili­tan­tes de ETA no hacía más que aumen­tar una angus­tia que dor­mi­ta­ba.

Hemos derra­ma­do muchas lágri­mas por el camino. No hemos vivi­do una gran gue­rra como nues­tros pre­de­ce­so­res, pero hemos per­di­do muchas ami­gas y ami­gos en el camino. Algu­nos no vol­ve­rán. A otros los tene­mos que traer. Pero cada lágri­ma ha ser­vi­do para algo. Cada llan­to nos ha hecho más fuer­tes y nos ha trans­por­ta­do has­ta este his­tó­ri­co momen­to.

La socie­dad vas­ca, tú y yo, somos aho­ra el motor y garan­te de que esta lucha cen­te­na­ria lle­gue a buen puer­to. Está en nues­tras manos que nues­tros hijos e hijas conoz­can una Eus­kal Herria libre, jus­ta y soli­da­ria. Pero, sobre todo, está en nues­tras manos, en las tuyas y en las mías, que las lágri­mas derra­ma­das por el camino lle­guen al mar.

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