¡No me toque los pepi­nos! – Jon Odrio­zo­la

Ya no saben cómo aco­jo­nar­nos. No nos mata una bom­ba de raci­mo, que eso que­da para otras civi­li­za­cio­nes, pero pue­de hacer­lo un modes­to pepino. Y antes una vaca maja­ra o una gri­pe aviar o A.

Aho­ra nos salen con el «pepi­na­zo» y nos hablan de pér­fi­das bac­te­rias intrín­se­ca­men­te malig­nas y antro­po­mor­fi­za­das como si estu­vie­ran per­tre­cha­das con car­tu­che­ras y cana­nas de geno­mas dise­ña­dos apos­ta sólo para joder­nos el pis­co­la­bis domin­gue­ro. Va a resul­tar que las bac­te­rias se divi­den en dos: las «demó­cra­tas» y las «terro­ris­tas» que van por libre y se la pasan maqui­nan­do sinies­tros pla­nes.

Y la cosa vie­ne ya de ori­gen. La micro­bio­lo­gía defi­nió a una par­te de la natu­ra­le­za viva (bac­te­rias, virus) como un enemi­go, des­atan­do una para­noia de medi­das higié­ni­cas con­tra lo que con­si­de­ra­ba peli­gro­sos pará­si­tos. Los inves­ti­ga­do­res bus­ca­ban un hábi­tat asép­ti­co, sin virus, bac­te­rias, hon­gos o insec­tos, es decir, die­ron por supues­to que eso era posi­ble, como tam­bién supu­sie­ron que era posi­ble fabri­car sus­tan­cias quí­mi­cas arti­fi­cia­les (anti­vi­ra­les, anti­bió­ti­cos, insec­ti­ci­das) capa­ces de lograr su obje­ti­vo exter­mi­na­dor. Suce­de que los anti­bió­ti­cos no han aca­ba­do con las bac­te­rias, sino al revés. Aho­ra hay bac­te­rias más resis­ten­tes. Y es que, como dice Miguel Jara, las bac­te­rias no son pató­ge­nas en sí, sino que se vuel­ven «malas» como con­se­cuen­cia de algún tipo de agre­sión o des­equi­li­brio en su entorno, o sea, se defien­den. Y un abu­so de anti­bió­ti­cos pue­de pro­vo­car nue­vas bac­te­rias incon­tro­la­bles.

Lo advir­tió el mis­mo Fle­ming: «los que abu­sen de la peni­ci­li­na serán moral­men­te res­pon­sa­bles de la muer­te de los pacien­tes que sucum­ban a las infec­cio­nes de gér­me­nes resis­ten­tes» (New York Times, 26 de junio de 1945). La peni­ci­li­na (que, por cier­to, no la inven­tó Fle­ming, que esa es otra) no ani­qui­la­ba a las bac­te­rias sino que las modi­fi­ca­ba, crea­ba otras capa­ces de sub­sis­tir en un medio hos­til. Cuan­do a par­tir de 1935 se empe­za­ron a uti­li­zar sul­fa­mi­das y lue­go anti­bió­ti­cos, se com­pro­bó que las bac­te­rias se adap­ta­ban a ellos adqui­rien­do una resis­ten­cia cre­cien­te, de mane­ra que para lograr la efec­ti­vi­dad del anti­bió­ti­co era nece­sa­rio aumen­tar la dosis o apli­car otro dife­ren­te. Los cone­jos de hoga­ño aus­tra­lia­nos no son los mis­mos que los que murie­ron anta­ño con el virus del mixo­ma. Muta­ron.

No sólo la polí­ti­ca comer­cial de las far­ma­céu­ti­cas nos tra­ta como «clien­tes» y no pacien­tes, sino que tam­bién se han uti­li­za­do, esto es sabi­do, los anti­bió­ti­cos para el engor­de de gana­do, lo mis­mo cuan­do caía enfer­mo que cuan­do esta­ba sano, diz­que todo bicho vivien­te dopa­do.

La micro­bio­lo­gía sólo pres­ta aten­ción a las bac­te­rias per­ni­cio­sas. Sin embar­go, lo que la cien­cia tie­ne que ana­li­zar son las cau­sas por las cua­les en deter­mi­na­das con­di­cio­nes las bac­te­rias se trans­for­man en noci­vas para la salud. El pro­ble­ma no está en la bac­te­ria sino en el terreno pro­pi­cio que encuen­tra en el cuer­po humano. Lo que hay que vigi­lar no es el micro­bio sino a su anfi­trión. No tan­to el fri­go­rí­fi­co como el boti­quín.

Fuen­te: Gara

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