Ajus­te, sala­rio y cri­sis en la eco­no­mía mundial

Escri­to por Anto­nio Sana­bria, Bibia­na Medial­dea, Luis Buen­dia, Miguel Mon­ta­yà, Nacho Álva­rez y Ricar­do Molero
La cri­sis por la que atra­vie­sa actual­men­te la eco­no­mía mun­dial tie­ne su ori­gen en el mode­lo eco­nó­mi­co neo­li­be­ral sur­gi­do a par­tir de los años seten­ta. Dicho mode­lo se basa­ba en la pues­ta en mar­cha de un pro­ce­so de ajus­te estruc­tu­ral de carác­ter per­ma­nen­te sobre el sala­rio como base para la recu­pe­ra­ción de la ren­ta­bi­li­dad empre­sa­rial. Aun­que este pro­ce­so, que devino en una pro­gre­si­va pau­pe­ri­za­ción de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, per­mi­tió un rela­ti­vo redes­plie­gue del cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co mun­dial, pre­sen­ta­ba, sin embar­go, unos lími­tes de carác­ter intrín­se­co. Así, la acu­mu­la­ción de impor­tan­tes ten­sio­nes en el cen­tro mis­mo de dicha eco­no­mía ha hecho esta­llar aho­ra una bur­bu­ja finan­cie­ro-espe­cu­la­ti­va que ha pues­to en tela de jui­cio la via­bi­li­dad de dicho mode­lo neo­li­be­ral. Sin embar­go, los indi­cios que empie­zan a apa­re­cer en for­ma de res­pues­tas fren­te a la cri­sis hacen temer que la sali­da a esta cri­sis se haga sobre la base de una vuel­ta de tuer­ca más en el ajus­te sala­rial.

Cri­sis de ren­ta­bi­li­dad y ajus­te sala­rial des­de los años seten­ta: el mode­lo neoliberal

El mode­lo de acu­mu­la­ción sur­gi­do tras la II Gue­rra Mun­dial, deno­mi­na­do en oca­sio­nes como “edad dora­da” del capi­ta­lis­mo, mos­tra­ba sín­to­mas de ago­ta­mien­to ya a fina­les de los años sesen­ta. Entre ellos los que se hacían más evi­den­tes eran la ralen­ti­za­ción del cre­ci­mien­to, la infla­ción y el des­em­pleo[1]. Sin embar­go, más allá de fac­to­res pun­tua­les, el ago­ta­mien­to del mode­lo venía deter­mi­na­do por una caí­da de la ren­ta­bi­li­dad empre­sa­rial que mos­tra­ba el defi­ni­ti­vo colap­so del patrón de acu­mu­la­ción pos­bé­li­co[2]. Los bene­fi­cios dis­mi­nuían mien­tras que la infla­ción, al situar­se en tasas supe­rio­res a las de los tipos de inte­rés, ero­sio­na­ban el valor de los prés­ta­mos y otros acti­vos finan­cie­ros. La reduc­ción que ello supu­so en tér­mi­nos de ingre­sos para el capi­tal duran­te los años seten­ta, jun­to con la inca­pa­ci­dad de las polí­ti­cas key­ne­sia­nas para dar la vuel­ta a esta situa­ción, ter­mi­na­ron por pre­ci­pi­tar una cri­sis de enor­mes magnitudes.

Aque­lla cri­sis, lejos de cons­ti­tuir un epi­so­dio pasa­je­ro, se mos­tra­ba como un fenó­meno estruc­tu­ral y dura­de­ro que, de hecho, según muchos auto­res ha lle­ga­do has­ta nues­tros días (Vidal Villa y Mar­tí­nez Pei­na­do, 2000:381 – 392). La esca­la­da de refor­mas que, como res­pues­ta a la cri­sis, se puso en mar­cha en la déca­da pos­te­rior (Álva­rez, 2007:19), tomó la for­ma de un ajus­te per­ma­nen­te sobre el sala­rio, como medi­da de recom­po­si­ción de las rela­cio­nes capi­tal-tra­ba­jo, con el obje­ti­vo últi­mo de recu­pe­rar la ren­ta­bi­li­dad. Cin­co son los ejes prin­ci­pa­les de esas polí­ti­cas de ajus­te (Edwards, 1995) que, con un carác­ter uni­ver­sal y bajo el cono­ci­do nom­bre de neo­li­be­ra­lis­mo, se impu­sie­ron a lo lar­go y ancho del mun­do duran­te las tres últi­mas décadas:

  • Ajus­te fis­cal: de mane­ra gene­ral se amplió la base impo­ni­ble al tiem­po que se redu­cían los tipos impo­si­ti­vos[3], favo­re­cién­do­se espe­cial­men­te a las ren­tas del capi­tal y a la pobla­ción de altos ingresos.
  • Libe­ra­li­za­ción comer­cial: bajo los aus­pi­cios de la OMC, y con el impul­so de cada vez más pro­yec­tos de inte­gra­ción regio­nal, se redu­je­ron las barre­ras comer­cia­les (espe­cial­men­te las aran­ce­la­rias) en detri­men­to de los sec­to­res más sen­si­bles a la com­pe­ten­cia internacional.
  • Refor­ma del sec­tor finan­cie­ro: esta cate­go­ría agru­pa a una amplia varie­dad de medi­das ten­den­tes a des­re­gu­lar los flu­jos de capi­ta­les (espe­cial­men­te los inter­na­cio­na­les)[4]. Prác­ti­ca­men­te todos los gobier­nos abo­lie­ron las regla­men­ta­cio­nes sobre el cré­di­to, libe­ra­li­za­ron los movi­mien­tos inter­na­cio­na­les de capi­ta­les y des­re­gla­men­ta­ron los mer­ca­dos de accio­nes. Ade­más, se impul­sa­ron los mer­ca­dos de deu­da públi­ca, divi­sas, obli­ga­cio­nes y derivados.
  • Pri­va­ti­za­cio­nes: con­sis­tió en la trans­fe­ren­cia, pri­me­ro de empre­sas y lue­go de otras fun­cio­nes y ser­vi­cios públi­cos, a manos pri­va­das, inser­tán­do­las, por tan­to, en la mis­ma lógi­ca de la rentabilidad.
  • Des­re­gu­la­ción labo­ral: supu­so una pro­gre­si­va pero pro­fun­da refor­ma del mer­ca­do de tra­ba­jo a fin de fle­xi­bi­li­zar las for­mas de con­tra­ta­ción, redu­cien­do las garan­tías lega­les y la capa­ci­dad nego­cia­do­ra de los tra­ba­ja­do­res[5], así como los cos­tes de con­tra­ta­ción y despido.

Este con­jun­to de polí­ti­cas de ajus­te, que tam­bién impli­ca­ron medi­das de gran rele­van­cia toma­das por las empre­sas en el ámbi­to direc­ta­men­te pro­duc­ti­vo, devi­nie­ron en un gene­ra­li­za­do ajus­te sobre el sala­rio, enten­di­do éste en sus tres com­po­nen­tes prin­ci­pa­les: sala­rio direc­to, sala­rio indi­rec­to y sala­rio dife­ri­do. De este modo jus­to antes del esta­lli­do de la cri­sis finan­cie­ra en EE.UU. se cons­ta­ba, tan­to en esta eco­no­mía como en el res­to del con­ti­nen­te ame­ri­cano, una caí­da del sala­rio direc­to en tér­mi­nos reales, un inten­so dete­rio­ro de los sala­rios indi­rec­to y dife­ri­do y un gene­ra­li­za­do empeo­ra­mien­to de las con­di­cio­nes labo­ra­les. Así, por poner sólo un ejem­plo, el sala­rio medio en tér­mi­nos reales de un tra­ba­ja­dor esta­dou­ni­den­se había pasa­do de ser 8,99 dólares/​hora en 1972 a 8,24 dólares/​hora en 2006. No es de extra­ñar que, de este modo, se pro­du­je­se, en los paí­ses tan­to del cen­tro como de la peri­fe­ria de la eco­no­mía mun­dial, un mar­ca­do retro­ce­so de la par­ti­ci­pa­ción de los sala­rios en la ren­ta nacio­nal, al mis­mo tiem­po que un incre­men­to de la de los bene­fi­cios, dejan­do cla­ro el carác­ter de cla­se de las medi­das neo­li­be­ra­les[6].

Lo más para­dó­ji­co es que a pesar de esto, es decir, a pesar del éxi­to a la hora de recu­pe­rar la ren­ta­bi­li­dad, sin embar­go, con el pro­ce­so de ajus­te no se logró un redes­plie­gue equi­va­len­te de las capa­ci­da­des pro­duc­ti­vas. Así se refle­ja, por ejem­plo, en que según los datos de la OCDE, el cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co anual de sus paí­ses miem­bros ha sido cada vez más débil[7]. Una ten­den­cia que, jun­to con la cre­cien­te ines­ta­bi­li­dad de la eco­no­mía mun­dial, ha des­in­cen­ti­va­do la inver­sión pro­duc­ti­va, dan­do lugar, como carac­te­rís­ti­ca del mode­lo de ajus­te, a una baja pro­por­ción de la inver­sión en rela­ción con el PIB. De esta mane­ra, según datos del Ban­co Mun­dial, la tasa media anual de cre­ci­mien­to de la inver­sión bru­ta entre 1990 y 1996 fue de 2,7%, mien­tras que la tasa media entre 1966 y 1973 había sido de un 7% anual (Crotty, 2000: 4 – 5).

Es decir, si bien el pro­ce­so de ajus­te fue capaz de recu­pe­rar los nive­les de ren­ta­bi­li­dad, lo hizo sin lograr recom­po­ner con ello el rit­mo de acu­mu­la­ción, lle­van­do a una nece­si­dad de polí­ti­cas de ajus­te cada vez más pro­fun­das y des­fa­vo­ra­bles a los tra­ba­ja­do­res. El ajus­te ha deve­ni­do, así, un pro­ce­so per­ma­nen­te, con­ver­ti­do en impres­cin­di­ble para sos­te­ner el cre­ci­mien­to de la ren­ta­bi­li­dad, pero que obs­ta­cu­li­za al mis­mo tiem­po las bases nece­sa­rias para sos­te­ner el cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co lo que, de nue­vo, hace nece­sa­rio recu­rrir a él.

La cri­sis actual tie­ne que ver con esa inca­pa­ci­dad de las polí­ti­cas de ajus­te neo­li­be­ral para ase­gu­rar el sos­te­ni­mien­to de las tasas de cre­ci­mien­to, pero, no sólo eso, sino que, a su vez, los fun­da­men­tos de dicho cre­ci­mien­to han per­di­do soli­dez tam­bién como con­se­cuen­cia del sobre­di­men­sio­na­mien­to finan­cie­ro que han originado.

La finan­cia­ri­za­ción como deto­nan­te de la cri­sis mundial

Así es, dada la cre­cien­te difi­cul­tad de valo­ri­za­ción del capi­tal en los cir­cui­tos pro­duc­ti­vos, la refor­ma de los mer­ca­dos finan­cie­ros ha sido un meca­nis­mo cla­ve para com­ple­tar su ren­ta­bi­li­dad en ese otro ámbi­to de la eco­no­mía. Tan­to es así que podría­mos hablar de un nue­vo mode­lo de cre­ci­mien­to (o patrón de acu­mu­la­ción) en el que los bene­fi­cios se rea­li­zan fun­da­men­tal­men­te en cir­cui­tos finan­cie­ros, y no a tra­vés de la pro­duc­ción y del comer­cio (Kripp­ner, 2005:174). Este hecho se evi­den­cia al com­pa­rar la ren­ta­bi­li­dad de las socie­da­des finan­cie­ras con las no finan­cie­ras en EE UU. Si en 1981 la tasa de bene­fi­cio de las socie­da­des no finan­cie­ras ron­da­ba el 5%, mien­tras que la de las socie­da­des finan­cie­ras era del 15%; en 2006, esas tasas habían evo­lu­cio­na­do has­ta el 10% y el 35% res­pec­ti­va­men­te (Álva­rez y Medial­dea, 2009:24).

No es de extra­ñar que des­de los años ochen­ta se cons­ta­te un cre­ci­mien­to des­pro­por­cio­na­do de las finan­zas, que se han ido des­vin­cu­lan­do pro­gre­si­va­men­te de la diná­mi­ca de la eco­no­mía pro­duc­ti­va. Como ya es sabi­do, mien­tras que el PIB mun­dial a pre­cios corrien­tes se ha dupli­ca­do entre 1990 y 2005, el volu­men de tran­sac­cio­nes de los mer­ca­dos de divi­sas se ha mul­ti­pli­ca­do por 3,5, el de deu­da públi­ca y el de deri­va­dos por 4, y el de accio­nes por 9 (op. cit., 2009:23). Para refe­rir­se a esta nue­va y cre­cien­te impor­tan­cia de las finan­zas den­tro de la acti­vi­dad eco­nó­mi­ca algu­nos auto­res acu­ñan el con­cep­to de finan­cia­ri­za­ción, que alu­de a un pro­ce­so según el cual las finan­zas pier­den su tra­di­cio­nal fun­ción de nexo entre el aho­rro y la inver­sión pro­duc­ti­va, para cre­cer expo­nen­cial­men­te en for­ma de masas de capi­tal líqui­do que es ren­ta­bi­li­za­do en el ámbi­to finan­cie­ro. Se tra­ta de un capi­tal fic­ti­cio que no finan­cia la acti­vi­dad pro­duc­ti­va, de la cual se halla total­men­te des­vin­cu­la­do[8], y se con­vier­te en una fuen­te per­ma­nen­te de ines­ta­bi­li­dad finan­cie­ra que ali­men­ta la ten­den­cia a la for­ma­ción de bur­bu­jas espe­cu­la­ti­vas, de un carác­ter cada vez más fre­cuen­te y viru­len­to[9].

No en vano, hay que recor­dar que el esta­lli­do de la cri­sis de las hipo­te­cas sub­pri­me de EE.UU. en el verano de 2007 tie­ne su ori­gen últi­mo en el pin­cha­zo ante­rior de la bur­bu­ja tec­no­ló­gi­ca en 2000 – 2001. En efec­to, con moti­vo de éste se movie­ron ingen­tes masas de liqui­dez hacia su inver­sión en inmue­bles, con­si­de­ra­dos como valo­res refu­gio. Ese mis­mo exce­so de liqui­dez a la bús­que­da de ren­ta­bi­li­dad impul­só a los ban­cos a otor­gar cré­di­tos fáci­les a hoga­res y empre­sas, alen­ta­dos por tipos de inte­rés redu­ci­dos. Ello ter­mi­nó por impul­sar la diná­mi­ca espe­cu­la­ti­va y el sobre­en­deu­da­mien­to en el mer­ca­do inmo­bi­lia­rio de hoga­res for­ma­dos en su gran mayo­ría por asa­la­ria­dos. Si entre 2002 y 2006 las eco­no­mías cre­cían al 3%-4%, los pre­cios de la vivien­da lo hacían al 15%-20% anual en EE UU (Álva­rez y Medial­dea 2009:26), y a un pro­me­dio de 14% en Espa­ña (según datos ofi­cia­les del Minis­te­rio de la Vivienda).

El ini­cio de la caí­da de los pre­cios de la vivien­da, uni­da al alza de tipos entre 2004 y 2007, deter­mi­nó la quie­bra de la lógi­ca del endeu­da­mien­to. El pin­cha­zo cau­só una reac­ción en cade­na favo­re­ci­da, pre­ci­sa­men­te, por el pro­ce­so de finan­cia­ri­za­ción. Los ban­cos que con­ce­die­ron cré­di­tos hipo­te­ca­rios en EE UU los habían ven­di­do a ter­ce­ros: los ban­cos de inver­sión titu­la­ri­za­ron esos cré­di­tos (agru­pán­do­los en paque­tes que con­ju­ga­ban diver­sos gra­dos de ries­go), crean­do los bonos CDO que fue­ron com­pra­dos por inver­so­res que, a su vez, crea­ron pro­duc­tos deri­va­dos (CDS) para diluir el ries­go (es decir, para pro­pa­gar­lo). Cuan­do esta­lló la bur­bu­ja inmo­bi­lia­ria y aumen­tó la tasa de moro­si­dad, la cade­na se rom­pió por el esla­bón más débil: los hoga­res más pobres comen­za­ron a no poder pagar sus hipo­te­cas. A pesar de que las agen­cias inter­na­cio­na­les de cali­fi­ca­ción (Moody’s, Stan­dard & Poor’s, Fitch) habían cer­ti­fi­ca­do con “segu­ri­dad máxi­ma” los bonos CDO, estos títu­los se des­va­lo­ri­zan rápidamente.

Así, la cri­sis no ha tar­da­do en gol­pear con dure­za a la eco­no­mía real de las poten­cias mun­dia­les. El colap­so del sec­tor inmo­bi­lia­rio ya supo­ne de por sí un fuer­te impac­to en algu­nas eco­no­mías, como la espa­ño­la. Pero a eso se han uni­do los pro­ble­mas de liqui­dez de las enti­da­des finan­cie­ras y, espe­cial­men­te, el hecho de que éstas des­co­noz­can la mag­ni­tud de las pér­di­das en los balan­ces del res­to de enti­da­des. Ello ha indu­ci­do una drás­ti­ca res­tric­ción del cré­di­to: los ban­cos dedi­can su liqui­dez a solu­cio­nar los agu­je­ros en sus balan­ces, antes que a pres­tar a otros. El colap­so cre­di­ti­cio blo­quea el comer­cio, la inver­sión empre­sa­rial y el con­su­mo, inte­rrum­pien­do con ello la pro­duc­ción eco­nó­mi­ca[10].

El hecho es que en la situa­ción actual es posi­ble con­tras­tar muy cla­ra­men­te la inca­pa­ci­dad que han teni­do las medi­das del ajus­te neo­li­be­ral para per­mi­tir al capi­ta­lis­mo mun­dial supe­rar su ten­den­cia recu­rren­te a la cri­sis. El pro­ce­so de finan­cia­ri­za­ción, per­mi­ti­do por la des­re­gu­la­ción que se ha pro­du­ci­do del sec­tor finan­cie­ro, sólo es la for­ma con­cre­ta que ha toma­do el ajus­te sobre el sala­rio duran­te las tres últi­mas déca­das. Como con­se­cuen­cia de ello, la caí­da de la par­ti­ci­pa­ción de los sala­rios en la ren­ta nacio­nal ha teni­do como con­tra­par­ti­da un incre­men­to de la ren­ta­bi­li­dad del capi­tal que se ha cana­li­za­do hacia el cita­do ámbi­to financiero.

En últi­mo lugar, si a pesar de esa recu­pe­ra­ción de la ren­ta­bi­li­dad que se ha pro­pi­cia­do, no ha sido posi­ble sos­te­ner el pro­ce­so de acu­mu­la­ción y cre­ci­mien­to, lo que habría que plan­tear­se, enton­ces, es cuá­les serían las polí­ti­cas de res­pues­ta fren­te a las cri­sis que sí lo per­mi­ti­rían. O, más aún, si se tie­ne en cuen­ta que las alter­na­ti­vas prin­ci­pa­les que se vis­lum­bran en el hori­zon­te, como la key­ne­sia­na, tam­bién se demos­tra­ron ya insu­fi­cien­tes para ase­gu­rar ese pro­ce­so y fue­ron aban­do­na­das, enton­ces qui­zás habría que cues­tio­nar la via­bi­li­dad de tales políticas.

Res­pues­tas a la cri­sis: ¿solu­cio­nes o huí­da hacia delante?

En este sen­ti­do, vemos que en el seno de los ges­to­res del sis­te­ma no exis­te actual­men­te un con­sen­so lo bas­tan­te amplio sobre las cau­sas y el alcan­ce de la cri­sis, y se apre­cia divi­sión de opi­nio­nes y de intere­ses, lo cual con­du­ce a una toma de medi­das a menu­do tími­da y con­tra­dic­to­ria. Así, por ejem­plo, la patro­nal CEOE reco­no­ce la “debi­li­dad de la deman­da inter­na” como un ele­men­to que las­tra la recu­pe­ra­ción de la eco­no­mía, pero no abo­ga por polí­ti­cas de deman­da acti­vas, sino por medi­das como el aba­ra­ta­mien­to del des­pi­do, la con­ten­ción sala­rial, la reduc­ción de las cuo­tas patro­na­les a la Segu­ri­dad Social y, en defi­ni­ti­va, por medi­das que la debi­li­ta­rían aún más[11]. De esta mane­ra, se aspi­ra a una nue­va olea­da de polí­ti­cas neo­li­be­ra­les. Sin salir de Espa­ña, tam­bién resul­ta elo­cuen­te el esfuer­zo de aus­te­ri­dad eco­nó­mi­ca que están rea­li­zan­do muchos pode­res públi­cos auto­nó­mi­cos y loca­les (lo cual retro­ali­men­ta la crisis).

Mien­tras tan­to, otras voces del sis­te­ma apun­tan su diag­nós­ti­co hacia una cri­sis de deman­da y a la nece­si­dad de polí­ti­cas fis­ca­les acti­vas para enfren­tar­se a su drás­ti­ca caí­da, acom­pa­ña­das de polí­ti­cas mone­ta­rias expan­si­vas. De esta mane­ra, orga­nis­mos como el Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal des­em­pol­va cier­tas ideas de un key­ne­sia­nis­mo que había com­ple­ta­men­te denos­ta­do has­ta fina­les de 2007, mien­tras que las prin­ci­pa­les ins­ti­tu­cio­nes esta­ta­les, como el Depar­ta­men­to del Teso­ro y la Reser­va Fede­ral en el caso de EE.UU, o el Ban­co Cen­tral Euro­peo y los dife­ren­tes gobier­nos en el de la Unión Euro­pea, cen­tran com­ple­ta­men­te sus polí­ti­cas en la acti­va­ción de la demanda.

Pero bas­ta dete­ner­se en obser­var dos capí­tu­los impor­tan­tes de estas polí­ti­cas para encon­trar ele­men­tos de acuer­do entre dos pos­tu­ras apa­ren­te­men­te diver­gen­tes. En el caso de Espa­ña, des­de nin­gún sec­tor del capi­tal se for­mu­lan crí­ti­cas sus­tan­cia­les a las ingen­tes sumas de dine­ro inyec­ta­das para sos­te­ner el sis­te­ma ban­ca­rio[12], ni los des­em­bol­sos des­ti­na­dos a apun­ta­lar el sec­tor de la cons­truc­ción[13]. Aun­que los acon­te­ci­mien­tos evo­lu­cio­nan con rapi­dez, la apues­ta que pare­ce sub­ya­cer a las polí­ti­cas anti­cri­sis con­sis­te en apun­ta­lar el mode­lo eco­nó­mi­co actual sin cues­tio­nar sus fun­da­men­tos, inten­tan­do supe­rar una cri­sis que toda­vía se con­ci­be como un bache. Pare­ce que, más allá de la retó­ri­ca ofi­cial de la “bús­que­da de un nue­vo mode­lo” que no ter­mi­na de con­cre­tar­se como pro­pues­ta cohe­ren­te, se opta por una suer­te de huí­da hacia delan­te, con­sis­ten­te en exte­nuar las posi­bi­li­da­des eco­nó­mi­cas del mode­lo actual.

Ante esta situa­ción es impres­cin­di­ble for­mu­lar dos pre­gun­tas: ¿Son sufi­cien­tes las medi­das actua­les para rever­tir la situa­ción eco­nó­mi­ca? Y ¿por cuán­to tiem­po podrán sos­te­ner­se? La cúpu­la del capi­tal ha impul­sa­do la inter­ven­ción del Esta­do para res­ca­tar enti­da­des finan­cie­ras, rea­li­zán­do­se una tre­men­da trans­fe­ren­cia de ren­tas des­de las arcas públi­cas hacia enti­da­des finan­cie­ras sin garan­tía de repo­si­ción y sin que ello supon­ga un con­trol efec­ti­vo de la ban­ca por el Esta­do (Álva­rez y Medial­dea, 2009:30). Las inyec­cio­nes de liqui­dez del BCE se están rea­li­zan­do a cam­bio de acti­vos no segu­ros, y todo el pro­ce­so des­ta­ca por su opa­ci­dad. Se socia­li­zan pér­di­das en favor del ren­tis­mo finan­cie­ro sin con­tra­par­ti­da algu­na que pro­te­ja a los asa­la­ria­dos fren­te a la cri­sis, al tiem­po que estas medi­das evi­den­cian la exis­ten­cia de recur­sos sufi­cien­tes para hacer­lo si hubie­se volun­tad polí­ti­ca. El défi­cit públi­co aumen­ta y la eco­no­mía, que debe­rá gene­rar recur­sos para cerrar ese défi­cit en el futu­ro, no se recu­pe­ra. Ante una cri­sis de rea­li­za­ción, el des­fa­se entre ofer­ta y deman­da se ha cerra­do his­tó­ri­ca­men­te por dos meca­nis­mos: las polí­ti­cas de estí­mu­lo de la deman­da y la des­truc­ción de fuer­zas pro­duc­ti­vas (aumen­to del des­em­pleo, cie­rre de empre­sas, etc.). Mien­tras no sur­ta efec­to lo pri­me­ro ope­ra­rá lo segundo.

Ade­más, como se ha dicho antes, da la impre­sión de que las polí­ti­cas anti­cri­sis no se cues­tio­nan los fun­da­men­tos de un mode­lo eco­nó­mi­co que pare­cen que­rer sal­var. Pero ¿has­ta qué pun­to es fac­ti­ble con­ti­nuar con la diná­mi­ca eco­nó­mi­ca de lar­go pla­zo que ha ori­gi­na­do la ofen­si­va neo­li­be­ral con­tra el tra­ba­jo? ¿Has­ta qué pun­to pue­de sos­te­ner­se la lógi­ca de las polí­ti­cas de ajus­te? Hemos vis­to que éstas dan pie a un círcu­lo vicio­so que invo­lu­cra ele­men­tos com­pro­me­ten su pro­pia viabilidad:

1. Se basa en un ajus­te per­ma­nen­te sobre el tra­ba­jo, lo cual se tra­du­ce en un dete­rio­ro cons­tan­te de la posi­ción rela­ti­va de los tra­ba­ja­do­res en el repar­to de la ren­ta, y de su pro­gre­si­va exclu­sión del pro­gre­so económico.

2. Aun­que ha recu­pe­ra­do los nive­les de ren­ta­bi­li­dad, no ha logra­do recom­po­ner el rit­mo de acu­mu­la­ción, por lo que se pola­ri­za la capa­ci­dad de aho­rro mien­tras se estre­chan las posi­bi­li­da­des de inver­sión productiva.

3. Como con­se­cuen­cia de lo ante­rior, aumen­ta la pre­sión para incor­po­rar a la lógi­ca del bene­fi­cio espa­cios que toda­vía están a sal­vo de ella (y que son fini­tos), por meca­nis­mos como las pri­va­ti­za­cio­nes[14] o la rapi­ña de los recur­sos naturales.

4. Tam­bién aumen­ta expo­nen­cial­men­te la masa de capi­tal líqui­do, lo cual ali­men­ta una lógi­ca de finan­cia­ri­za­ción pro­gre­si­va que, a su vez exi­ge una des­re­gla­men­ta­ción cre­cien­te. Ello pro­vo­ca un des­con­trol que hace cada vez más fre­cuen­tes y pro­fun­das las bur­bu­jas espe­cu­la­ti­vas[15].

Este mode­lo eco­nó­mi­co ha sido capaz de dar al tras­te con una pre­mi­sa irre­nun­cia­ble del pro­gre­so de las socie­da­des: que una gene­ra­ción ten­ga mejo­res con­di­cio­nes de vida que la ante­rior. Esto ya no se cum­ple para la inmen­sa mayo­ría de la pobla­ción mun­dial: la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Pero por enci­ma de esto (o, pre­ci­sa­men­te a cau­sa de ello), aho­ra se ve com­pro­me­ti­da pre­ci­sa­men­te la pro­pia via­bi­li­dad del mode­lo, y se hacen paten­tes los cada vez mayo­res cos­tes socia­les del sis­te­ma capi­ta­lis­ta, que gene­ra una bre­cha cada vez mayor entre la poten­cia­li­dad eco­nó­mi­ca de la huma­ni­dad y la reali­dad de la cri­sis mun­dial. No nos que­da sino denun­ciar una vez más lo que tan­to tiem­po hace que que­dó cons­ta­ta­do: que el capi­ta­lis­mo sólo se man­tie­ne en pie a cos­ta de ensan­char dicha bre­cha. Si la his­to­ria nos demues­tra que todos los mode­los de polí­ti­ca eco­nó­mi­ca que se han pues­to en mar­cha para sos­te­ner­lo han fra­ca­sa­do, ¿no será hora ya de dejar de intentarlo?

Biblio­gra­fía

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[1] Los fuer­tes incre­men­tos en el pre­cio del petró­leo, en 1973 y 1979 no fue­ron sino un fenó­meno más de aque­lla cri­sis entre otros muchos no menos impor­tan­tes: cre­cien­tes des­equi­li­brios inter­na­cio­na­les en las balan­zas por cuen­ta corrien­te, ralen­ti­za­ción en los nive­les de inver­sión pro­duc­ti­va, ago­ta­mien­to del mode­lo for­dis­ta de rela­cio­nes labo­ra­les, ralen­ti­za­ción del sec­tor indus­trial y del pro­gre­so tec­no­ló­gi­co, meno­res tasas de incre­men­to en la pro­duc­ti­vi­dad labo­ral, con­vul­sio­nes en las prin­ci­pa­les pla­zas finan­cie­ras o la pro­pia quie­bra del sis­te­ma mone­ta­rio inter­na­cio­nal dólar-oro, fija­do en los acuer­dos de Bret­ton Woods de 1944.

[2] En el aná­li­sis rea­li­za­do por Dumé­nil y Lévy (2004:23) acer­ca del papel desem­pe­ña­do por la tasa de bene­fi­cio en el des­en­ca­de­na­mien­to de la cri­sis entre las prin­ci­pa­les eco­no­mías, se obser­va cómo el fac­tor expli­ca­ti­vo radi­ca en la decre­cien­te efi­cien­cia que tie­nen las nue­vas inver­sio­nes a par­tir de fina­les de los años sesenta.

[3] La argu­men­ta­ción de Laf­fer y otros teó­ri­cos sos­te­nía que una reduc­ción impo­si­ti­va per­mi­ti­ría incre­men­tar la recau­da­ción, al tiem­po que redu­ci­ría las dis­tor­sio­nes de pre­cios en los mer­ca­dos, con­tri­bu­yen­do así a una mayor efi­cien­cia y dina­mis­mo económicos.

[4] El obje­ti­vo decla­ra­do por los impul­so­res de las polí­ti­cas era con­tri­buir a un entorno macro­eco­nó­mi­co más esta­ble y un sis­te­ma finan­cie­ro más desa­rro­lla­do y sol­ven­te, lo cual supues­ta­men­te faci­li­ta­ría la cana­li­za­ción del aho­rro hacia la inver­sión productiva.

[5] Las refor­mas ope­ra­das en el mer­ca­do de tra­ba­jo, más que redu­cir los índi­ces de des­em­pleo (Ona­ran, 2004:15), han per­mi­ti­do un aumen­to del sub­em­pleo, de la tem­po­ra­li­dad y la gene­ra­li­za­ción de la pre­ca­rie­dad como carac­te­rís­ti­ca del pano­ra­ma labo­ral en todo el mundo.

[6] No en vano, de esta gene­ra­li­za­da evo­lu­ción regre­si­va en la dis­tri­bu­ción fun­cio­nal de la ren­ta entre sala­rios y bene­fi­cios se hacían eco en el mis­mo año 2007 diver­sos orga­nis­mos inter­na­cio­na­les como la OCDE, en su infor­me “Glo­ba­li­za­tion, Jobs and Wages” (Policy Brief – OECD Obser­ver) de junio de 2007, y el Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal, en el capí­tu­lo 5 (“The Glo­ba­li­za­tion of Labor”) del World Eco­no­mic Outlook de abril de 2007. Para el caso de la Unión Euro­pea des­ta­ca el artícu­lo publi­ca­do en el Bole­tín Eco­nó­mi­co del Ban­co de Espa­ña en agos­to de 2007 por Moral y Gen­re sobre “La evo­lu­ción en la UEM de la par­ti­ci­pa­ción de los sala­rios en la ren­ta”, y para Espa­ña, el capí­tu­lo 3 de la Memo­ria sobre la Situa­ción Socio­eco­nó­mi­ca y Labo­ral que publi­có el Con­se­jo Eco­nó­mi­co y Social, en junio de 2007.

[7] Así, si en el perio­do 1950 – 1973 la tasa de cre­ci­mien­to pro­me­dio del PIB era del 4,9%, entre 1974 y 1979 ésta bajó a 3,4%; pero en las tres déca­das siguien­tes el rit­mo ha decaí­do sin pau­sa: 2,9, (1980 – 1990) 2,6 (1990 – 2000) y 2,0 (2000 – 2005).

[8] El volu­men de divi­sas nego­cia­do en un solo día en 2006 era muy supe­rior al valor dia­rio de las prin­ci­pa­les varia­bles de la eco­no­mía real (15 veces supe­rior al PIB mun­dial, 60 veces supe­rior al comer­cio mun­dial y 800 veces por enci­ma de la inver­sión extran­je­ra direc­ta inter­na­cio­nal). Por otro lado, las bol­sas habían cre­ci­do entre el 15 y el 25% anual entre 2008 y 2007, mien­tras el PIB cre­cía en torno al 3 – 4% (Álva­rez y Medial­dea, 2009:24).

[9] No hay sino que recor­dar los esta­lli­dos que se die­ron en Méxi­co en 1994, en el sudes­te asiá­ti­co en 1997, en Rusia en 1998, en Argen­ti­na en 2001 o el de la bur­bu­ja tec­no­ló­gi­ca de EE.UU. 2000 – 2001

[10] Este meca­nis­mo se ha ceba­do espe­cial­men­te con cier­tos sec­to­res, como el auto­mó­vil (ele­men­to cla­ve en la estruc­tu­ra eco­nó­mi­ca espa­ño­la), que, ade­más de depen­der del cré­di­to para su fun­cio­na­mien­to, tam­bién depen­den de él por­que ali­men­ta la deman­da de sus productos.

[11] Para la CEOE la déca­da ante­rior a la cri­sis ha dado “impor­tan­tes fru­tos en tér­mi­nos de bien­es­tar” (CEOE, 2008:11), y reco­no­ce como fac­to­res de la cri­sis actual “la caí­da de la deman­da inter­na, por el menor poder adqui­si­ti­vo de las fami­lias, la menor inver­sión empre­sa­rial y el des­em­pleo,” (op. cit., 16) y, dese­chan­do que la capa­ci­dad de com­pra de las fami­lias se pue­da recu­pe­rar “a cor­to pla­zo”, pro­po­ne un nue­vo patrón de cre­ci­mien­to (a lar­go pla­zo, cabe supo­ner) cen­tra­do en las expor­ta­cio­nes, para lo cual exi­ge “mejo­rar la com­pe­ti­ti­vi­dad” de la eco­no­mía española.

[12] Así, por ejem­plo, en el docu­men­to cita­do la CEOE defien­de el fomen­to de la com­pe­ti­ti­vi­dad y la reduc­ción de la inter­ven­ción públi­ca pero, en un elo­cuen­te silen­cio, no entra a valo­rar las ayu­das pro­vis­tas por el Gobierno a la banca.

[13] Nue­va­men­te, se inci­de en la nece­si­dad abs­trac­ta de un nue­vo mode­lo pro­duc­ti­vo, pero se defien­de al mis­mo tiem­po que se apun­ta­le con fon­dos públi­cos al sec­tor de la cons­truc­ción como impul­sor de la recu­pe­ra­ción de la eco­no­mía (CEOE, 2008:17), con un espe­cial énfa­sis en infra­es­truc­tu­ras como la alta velo­ci­dad o las auto­pis­tas, que sólo pue­den ser rea­li­za­das por gran­des cons­truc­to­ras y corres­pon­den a un plan­tea­mien­to eco­nó­mi­co cada vez más obsoleto.

[14] Resul­ta elo­cuen­te que los Ayun­ta­mien­tos no pue­den gas­tar direc­ta­men­te las ayu­das que les otor­gue el Fon­do Esta­tal de Inver­sión Local con­tra­tan­do emplea­dos direc­ta­men­te, sino a tra­vés de empre­sas pri­va­das (liga­das a la construcción).

[15] La últi­ma y colo­sal bur­bu­ja no ha teni­do como obje­to pro­duc­tos finan­cie­ros, sino un acti­vo físi­co y bien de pri­me­ra nece­si­dad, como es la vivien­da. Este hecho pue­de inter­pre­tar­se como un sín­to­ma de ago­ta­mien­to de la lógi­ca de financiarización.

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