La ofer­ta y la deman­da- Fran­cis­co Febres Cordero

¡Qué inte­li­gen­te ques el exce­len­tí­si­mo señor pre­si­den­te de la Repú­bli­ca! ¡Qué buen eco­no­mis­ta! Ni qué Eins­tein. ¡Ay no!, qué bru­to, si Eins­tein no creo que era eco­no­mis­ta. Pero, por eso mis­mo, el Correa es mucho mejor por­que en vez de pasar el tiem­po en la teo­ría de la rela­ti­vi­dad, ha des­cu­bier­to una ley mucho menos rela­ti­va lla­ma­da de la ofer­ta y la deman­da, que va a revo­lu­cio­nar la eco­no­mía. No pues la eco­no­mía mun­dial, sino la suya.
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> ¿Se acuer­dan de que puso un jui­cio por cin­co millo­nes con­tra el Ban­co Pichin­cha? ¿Y se acuer­dan de que dijo que si gana­ba iba a donar el valor a un orfa­na­to? Total reci­bió seis­cien­tos mil dóla­res y no vol­vió a pen­sar en los huer­fa­ni­tos, que se que­da­ron más pobre­ci­tos de lo que eran antes. Y mas­me­jo­res­men­te esa pla­ta la man­dó a Bél­gi­ca. Oja­lá les haya lle­ga­do a los huer­fa­ni­tos de allá, que tan­to la nece­si­tan. Pero como el Correa no ha dicho nada, tal vez esa pla­ti­ta le ha de bene­fi­ciar a él cuan­do se que­de huer­fa­ni­to de poder. ¡Qué ternura!
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> Des­pués comen­zó a estu­diar, como gran eco­no­mis­ta que es, por dón­de iba el mer­ca­do, has­ta que resol­vió que la ofer­ta esta­ba en los medios de comu­ni­ca­ción: al perio­dis­ta que dice cual­quier cosa con­tra él, le deman­da y con eso pue­de ir incre­men­tan­do su fon­do de orfan­dad, que segui­rá envian­do a Bél­gi­ca. ¿Dirán si no es genial el des­cu­bri­mien­to de su ley? Es que, ¡cómo balan­cea la ofer­ta con la demanda!
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> Y así, poco a poco, va fijan­do la tari­fa, lo cual es otro gran des­cu­bri­mien­to. No pues para él, sino para noso­tros, por­que solo así pode­mos saber el valor de la deman­da. Por un libro, por ejem­plo, son 10 millo­nes de dóla­res. Por un artícu­lo en inter­net, 20 millo­nes. Por un artícu­lo impre­so, 10 millo­nes. Por ser due­ños de medios, 80 millo­nes. Y así va acu­mu­lan­do ad futu­rum (como deci­mos los eco­no­mis­tas) una for­tu­na que lle­ga has­ta aho­ra a los 500 millones.
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> Lo bueno es que los jue­ces le van a dar la razón en sus deman­das por­que nadie tie­ne dere­cho a ofen­der la majes­tad del exce­len­tí­si­mo señor pre­si­den­te de la Repú­bli­ca que se cree, ¿cómo les expli­co?, igual que dios y, por eso mis­mo, mere­ce­dor de todos los tri­bu­tos y todos los hono­res. ¿Quién se atre­ve a man­ci­llar el honor de Dios? Eso tie­ne que que­dar bien cla­ro: a los dio­ses, ni con el péta­lo de una rosa. Y como es dios, él sí, des­de su supre­ma sabi­du­ría y su supre­ma jus­ti­cia, está en la potes­tad de con­de­nar a los hom­bres, que somos todos; ade­más, como hom­bres que somos no tene­mos dere­cho al honor ni dere­cho a la hon­ra, ni a nada mismo.
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> Por eso, si el exce­len­tí­si­mo señor pre­si­den­te de la Repú­bli­ca lla­ma a alguien enano, esco­ria, limi­ta­di­to, imbé­cil, basu­ra, idio­ta, igno­ran­te, cara de estre­ñi­do, está bien lla­ma­do. Pero ¡ay! de quien se atre­va a decir­le a él cache­tón, por ejem­plo. Se fre­gó, por­que con solo eso le ofer­tó la posi­bi­li­dad de apli­car la ley de la demanda.
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> Lo bueno es que, por esa ley, aho­ra ya sabe­mos por cuán­to nos pue­de deman­dar: si le deci­mos hipó­cri­ta, 10 millo­nes; si le deci­mos care’­tu­co, 5; des­equi­li­bra­do por la codi­cia, 8; loco furio­so, 12; medio­cre, 6; estú­pi­do, 2. Y así.
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> O sea irán aho­rran­do des­de aho­ra, por sia­ca maña­na a uste­des les pro­vo­que decir­le algo. Verán que les advierto.

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