La mala edu­ca­ción, el Supre­mo y unos ino­cen­tes ver­sos – Car­los Tena

El tiem­po, el impla­ca­ble, y aho­ra el Tri­bu­nal Supre­mo, me aca­ban de dar la razón, cuan­do hace jus­to tre­ce meses dedi­qué estos humil­des ver­sos, en for­ma de déci­ma espi­ne­la, a la jue­za Ánge­la Muri­llo, que des­de el des­pre­cio a sus fun­cio­nes como repre­sen­tan­te de la ley (siguien­do el ejem­plo de otros cole­gas como Gar­zón, Velas­co o Gran­de-Mar­las­ka), come­tió la tro­pe­lía que hoy escan­da­li­za a los miem­bros de aquel tri­bu­nal, exi­gien­do a la men­ta­da que repi­ta el jui­cio que con­de­nó a dos años al polí­ti­co vas­co Arnal­do Ote­gi.

La jue­za, sal­tán­do­se a la tore­ra éti­ca y deon­to­lo­gía, pro­fe­sio­na­li­dad y obje­ti­vi­dad míni­ma que debe su car­go, for­mu­ló al pro­ce­sa­do pre­gun­tas que la mis­ma ley con­si­de­ra hoy impro­ce­den­tes. Su seño­ría ori­nó fue­ra del ties­to, otor­gan­do a mis déci­mas una actua­li­dad que no espe­ra­ba (el Tri­bu­nal oye cam­pa­nas des­de la igle­sia de Rubal­ca­ba y sabe por qué repi­que­tean), y que saqué de la man­ga tras el lamen­ta­ble espec­tácu­lo pro­ta­go­ni­za­do por esa toga­da, que hizo el ridícu­lo ante Arnal­do Ote­gi, los abo­ga­dos, el fis­cal y los asis­ten­tes al jui­cio.

DÉCIMAS A LA JUEZA ANGELA MURILLO

En sus pro­ce­sos, seño­ra,

con ges­to adus­to, muy seria,

dejó esca­par su mise­ria.

Le debo decir aho­ra

que le ata­có una bac­te­ria

de ori­gen muy espa­ñol,

y ha caí­do en el barran­co.

con su rey Fran­cis­co Fran­co,

la Falan­ge, el Cara al Sol,

la baba y el cara­col.

Cual ave muy par­lan­chi­na

como el loro y la coto­rra,

a quien vie­ne de maz­mo­rra,

le vier­te toda su inqui­na

sacan­do el mazo y la porra.

Usted no juz­ga, rega­ña

insul­ta, des­pre­cia, bufa

como quien va de garu­fa.

Es muy tipi­co de Espa­ña

como el fas­cis­mo y la estu­fa.

Guár­de­se los comen­ta­rios

cuan­do el asun­to es tan serio;

ya sabe que el impro­pe­rio

es anti­par­la­men­ta­rio

con riva­les o adver­sa­rios.

No man­ci­lle mas la sala

y haga un poco mas de yoga,

asi qui­zás con su toga

ya no parez­ca tan mala

como un tigre de Ben­ga­la.

Usted no es un ange­lo­te

de los cua­dros de Muri­llo

¿Cono­ce aquel estri­bi­llo?

Can­ta­ban a un gran cipo­te,

lar­go como un estram­bo­te.

Pero usted no es ser ala­do

aun­que sí es una Muri­llo,

de esti­lo tan ama­ri­llo

que dejo la ley a un lado

y en ridícu­lo ha que­da­do.

Mora­le­ja:

Cuan­do juz­gue a un aber­tza­le,

recuer­de: NO TODO VALE

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