El 27 yo voy a tra­ba­jar… con otras ceni­cien­tas – Igor Ahe­do

En los años cin­cuen­ta, a Erich Fromm le pare­cía que los avan­ces socia­les y tec­no­ló­gi­cos podían posi­bi­li­tar mayo­res cotas de liber­tad para el ser humano. Pero, adver­tía, estos avan­ces no bas­ta­ban si las per­so­nas se sepa­ra­ban de sus crea­cio­nes. Esta posi­bi­li­dad de liber­tad se des­va­ne­ce­ría si las inter­pre­ta­ban como Dio­ses a los que el indi­vi­duo se debía ple­gar. Y esta pers­pec­ti­va según la cual la eco­no­mía, la polí­ti­ca, la cul­tu­ra nos es aje­na, la glo­ba­li­za­ción la ha pro­fun­di­za­do. Por eso, 60 años des­pués de pre­sen­tar­la, la del Tom y Jerry pue­de seguir sien­do la metá­fo­ra de nues­tras vidas: una vidas que se nos pre­sen­tan en pan­ta­lla como algo peque­ño, per­se­gui­do y pues­to en peli­gro por algo que posee una fuer­za abru­ma­do­ra, que ame­na­za con matar­nos y devo­rar­nos… Por eso, siem­pre nos iden­ti­fi­ca­mos con ratón. Por­que pare­ce peque­ño y entra­ña­ble, como noso­tros. Y sobre todo, por­que, a dife­ren­cia de lo que suce­de en nues­tras vidas, siem­pre aca­ba­ba ven­cien­do al gato, ese gato impo­nen­te que nos ame­na­za. El pro­ble­ma, decía Fromm, es que la vida del raton­ci­llo depen­día de su capa­ci­dad de hui­da o de la tor­pe­za del gato.

Esta capa­ci­dad de hui­da, 60 años des­pués, se ha acre­cen­ta­do. Como recuer­da el filó­so­fo Bau­man, hay una bue­na noti­cia y una mala en el diag­nós­ti­co del siglo XXI. La bue­na es que segui­mos tenien­do con­cien­cia. La mala es que nos enfren­ta­mos a las raí­ces de nues­tro des­con­ten­to con opio. Y este opio es el con­su­mo que cam­bia nues­tra pér­di­da de lazos comu­ni­ta­rios o nues­tra ausen­cia en la crian­za de nues­tros hijos e hijas con los cro­mos del mer­chan­di­sing con­su­mis­ta. Aho­ra que nos dicen que las cla­ses socia­les han des­apa­re­ci­do, sen­ti­mos el calor de la comu­ni­dad en el ágo­ra de neón de los cen­tros comer­cia­les… o los cam­pos de fút­bol (pre­vio pago de entra­da, cla­ro); aho­ra que, aho­ga­dos en estrés, casi no con-vivi­mos con nues­tros des­cen­dien­tes, com­pra­mos su feli­ci­dad en los baza­res de un todo a 100 que nun­ca les lle­na, del todo a 1.000 que tam­po­co les lle­na, de la DS que les vacía… en la escla­vi­tud de las ama­mas y aiti­tes… Com­pra­mos nues­tra ausen­cia, obli­gán­do­nos a tra­ba­jar más para con­vi­vir menos y pagar más sus­ti­tu­tos… en una rue­da sin fon­do. Es la para­do­ja de feli­ci­dad con­su­mis­ta de Lipo­vetsky. La eufo­ria de la com­pra siem­pre deja un poso de vacío. Por eso, Bau­man acier­ta con la metá­fo­ra de nues­tro mun­do-con­su­mo: una bici­cle­ta está­ti­ca en la que esta­mos mon­ta­dos, obli­ga­dos a peda­lear para no caer­nos en la exclu­sión del mer­ca­do, pero con la cer­te­za de que tan­to peda­leo no con­du­ce a nin­gu­na par­te. Dicho de otra for­ma, 60 años des­pués de Fromm, aho­ra el ratón, ya ni siquie­ra pue­de huir.

Nos que­da, en con­se­cuen­cia, espe­rar que el gato sea ton­to, como el de los dibu­jos. Pero, para nues­tra des­gra­cia, el gato real no lo es. Cada vez es más lis­to. Ha apren­di­do. Y mucho. Nao­mi Klein nos mues­tra su estra­te­gia en el libro «La doc­tri­na del Shock». ¿Alguien en su sano jui­cio, alguien como tú, como yo, como noso­tros que no somos con­se­je­ros dele­ga­dos de Iber­dre­sa o Petro­sol, pue­de acep­tar de buen gra­do las polí­ti­cas neo­li­be­ra­les que se lle­van expe­ri­men­tan­do des­de la déca­da de los 70? La res­pues­ta es que no. Y, sin embar­go, cue­lan. Y nos las cue­lan por­que el neo­li­be­ra­lis­mo sabe que cuan­do las pobla­cio­nes se lamen las heri­das de una situa­ción de shock, se cen­tran en la super­vi­ven­cia, abo­nan­do el cam­po para que las api­so­na­do­ras del capi­tal hagan su tra­ba­jo, sem­bran­do mise­ria por doquier para aumen­tar los bol­si­llos cada vez más gran­des de una mino­ría cada vez más peque­ña. Así suce­dió tras el Katri­na, que per­mi­tió hacer reali­dad la uto­pía de Fried­man de aca­bar con las escue­las públi­cas de Nue­va Orleans. Mien­tras la gen­te se preo­cu­pa­ba de res­ca­tar sus recuer­dos barri­dos por las aguas, se des­man­te­la­ron 120 de las 127 escue­las públi­cas exis­ten­tes antes de la catás­tro­fe. Así suce­dió tras el tsu­na­mi de Indo­ne­sia, que per­mi­tió con­ver­tir la cos­ta pes­que­ra de Sri Lan­ka en paraí­so turís­ti­co man­dan­do a la rui­na a millo­nes de fami­lias. Así suce­dió en el Sudes­te Asiá­ti­co tras la cri­sis del 98, que posi­bi­li­tó la aper­tu­ra de una eco­no­mía local que has­ta ese momen­to con­tro­la­ban las empre­sas nacio­na­les. Así suce­dió tras Tia­nan­men, cuan­do los tan­ques de los capi­ta­lis­tas de Esta­do chi­nos aca­ba­ron con una opo­si­ción que recla­ma­ba a la par demo­cra­cia e igual­dad. Así actuó la rei­na de bas­tos, esa Dama de Hie­rro bri­tá­ni­ca que apro­ve­chó la tor­pe­za de Argen­ti­na para decla­rar una Gue­rra de las Mal­vi­nas que fue la excu­sa per­fec­ta para unir al pue­blo inglés con­tra el enemi­go externo… y el interno: ese sin­di­ca­lis­mo con cuya derro­ta comen­zó a sucum­bir el esta­do de bien­es­tar euro­peo. Y así está suce­dien­do aho­ra, con esta últi­ma cri­sis, que nos para­li­za de páni­co por el paro, la hipo­te­ca, el futu­ro… Que nos ate­rra tan­to como al ratón al que el mie­do impi­de siquie­ra huir del gato.

Por eso, el 27 yo voy a tra­ba­jar. Para apro­ve­char el tiem­po y con­tar­les a mis hijos que es muy tris­te la vida de un ratón que siem­pre huye. Para expli­car­les que los gatos sólo son ton­tos en los dibu­jos. Para con­tar­les que la ceni­cien­ta no se casó con el prín­ci­pe gra­cias a la magia, sino por­que se jun­tó con otras miles de ceni­cien­tas humi­lla­das por unas pocas her­ma­nas­tras y madras­tras. Para con­tar­les que cuan­do las ceni­cien­tas se die­ron cuen­ta de que no esta­ban solas, deja­ron de soñar con un prín­ci­pe que nun­ca les habría hecho caso, para crear una repú­bli­ca (una res públi­ca, una cosa públi­ca) de ceni­cien­tas que cam­bia­ron fre­gar los sue­los por hacer­se due­ñas de su futu­ro. Y si les ape­te­ce, les mos­tra­ré que en la calle hay muchas ceni­cien­tas que se jun­tan, que se mani­fies­tan, para decir­le al gato que se han can­sa­do de huir, para decir­le que saben que es muy lis­to, para decir­le que creen en la magia. Esa magia que hace que otros mun­dos sean posi­bles. Aquí. No en los cuen­tos.

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