La reali­dad del exter­mi­nio de los abo­rí­ge­nes por nues­tra cri­sis – Jon Ima­nol Unanue

Si somos capa­ces de hacer­los des­apa­re­cer sien­do de nues­tra pro­pia espe­cie y sin res­pe­tar­los, sólo para satis­fa­cer nues­tra deman­da insa­cia­ble de recur­sos, ¿qué no hare­mos con otros seres vivos con los que com­pe­ti­mos por el mis­mo fin de «bien­es­tar» en nues­tra sociedad?

Pasa­rá otro año en el que los bue­nos deseos almi­ba­ra­dos de Navi­dad darán paso aquí, a la tris­te reali­dad de los recor­tes pre­su­pues­ta­rios para cual­quier ini­cia­ti­va social. Por si fue­ra poco, los anun­cios eco­nó­mi­cos ame­na­zan al ciu­da­dano con mas penu­rias eco­nó­mi­cas y medi­das drás­ti­cas de explotación.

La bonan­za don­de se per­mi­te con­su­mir sin lími­te y ago­tar cual­quier recur­so de este pla­ne­ta sin con­tem­pla­ción y al cos­te que sea nos sal­drá muy cara. Los sín­to­mas de una gra­ve situa­ción de momen­to algo pun­tual, pero secuen­cial, ya se venían avi­san­do, y sin mucho pesi­mis­mo, des­de hace déca­das. El pla­ne­ta y sus recur­sos son limi­ta­dos, los huma­nos hemos lle­ga­do al absur­do de ser equi­pa­ra­bles a un virus mor­tal; somos capa­ces de matar el cuer­po que nos sus­ten­ta, la tie­rra, para «pro­gre­sar».

Pero el mis­mo modo de «pro­gre­so» hará que los más de 9.000 millo­nes de seres que pare­ce ser habi­ta­re­mos el pla­ne­ta para 2025 vea­mos ham­bru­nas, con­ta­mi­na­ción, des­pla­za­mien­tos huma­nos, enfer­me­da­des sin con­trol, cuan­do no desas­tres eco­ló­gi­cos y sus lamen­ta­bles con­se­cuen­cias, o gue­rras con otras cali­fi­ca­cio­nes, como reli­gio­sas, étni­cas, etc., que sólo serán refle­jo de la deses­pe­ra­ción de millo­nes de per­so­nas. Y es que, al rit­mo actual, ten­dre­mos más para lamen­tar­nos que para gozar.

Así, son las terri­bles con­se­cuen­cias del actual sis­te­ma eco­nó­mi­co que bene­fi­cia a unos pocos y per­ju­di­ca al res­to, que lo man­tie­ne o sim­ple­men­te se man­tie­ne apar­ta­do del mis­mo. Quien haya esta­do en el Ama­zo­nas o en el Con­go sabrá que son miles de hec­tá­reas las que se talan sin nin­gún con­trol y sin tener en cuen­ta las con­se­cuen­cias: A la vez, son miles las espe­cies que des­apa­re­cen. El daño es en bue­na medi­da irre­ver­si­ble. Has­ta el mis­mo mar es todo un mun­do vivo que se ago­ta. Tene­mos espe­cies que aún no están ni tan siquie­ra cata­lo­ga­das y des­apa­re­ce­rán, y para más cruel­dad, lo esta­mos con­vir­tien­do en un gran basurero.

Pero el mayor absur­do de esta civi­li­za­ción glo­bal en cri­sis lo repre­sen­ta el ata­que que pade­cen otros seres huma­nos, que lla­ma­mos abo­rí­ge­nes, y sus recur­sos, unos 150 millo­nes de seres aún no tan glo­ba­li­za­dos y de los que una mino­ría más des­co­no­ci­da si cabe, por estar total­men­te apar­ta­dos de nues­tro «pro­gre­so», están ya en vías de des­apa­ri­ción. Los Ayo­reo del Cha­co, Los Penan, Nan­ti, Anda­man, Yora, los últi­mos seis Akun­tsu, los Cacatu­yo, Koru­bo, los indí­ge­nas no con­tac­ta­dos de Bra­sil y Perú, ape­nas unos miles… Si somos capa­ces de hacer­los des­apa­re­cer sien­do de nues­tra pro­pia espe­cie y sin res­pe­tar­los, sólo para satis­fa­cer nues­tra deman­da insa­cia­ble de recur­sos, ¿qué no hare­mos con otros seres vivos con los que com­pe­ti­mos por el mis­mo fin de «bien­es­tar» en nues­tra sociedad?

Y es que, aun­que nos cues­te acep­tar­lo, nues­tro sis­te­ma, nues­tras ideas les son aje­nos, cuan­do no una ame­na­za. Toda nues­tra men­ta­li­dad se basa en deci­dir por el bien nues­tro, no el de todos los huma­nos. La últi­ma deci­sión de un gobierno «pro­gre­sis­ta» como el de Bra­sil es cons­truir una inmen­sa pre­sa en Belo Mon­te, para mejo­rar la cali­dad de vida de sus con­ciu­da­da­nos civi­li­za­dos, no así la de per­so­nas que con­for­man algu­nas tri­bus indí­ge­nas no con­tac­ta­das que pue­den segu­ra­men­te des­apa­re­cer de la zona, de rique­za cul­tu­ral y capi­tal humano incalculable.

Los que vivi­mos en el jue­go del sis­te­ma hege­mó­ni­co capi­ta­lis­ta nece­si­ta­mos más y más recur­sos para malu­ti­li­zar­los, y que­re­mos obte­ner­los de for­ma gra­tui­ta en esos leja­nos luga­res, algu­nos aún vír­ge­nes, don­de viven seres huma­nos que no desean estar en cen­sos, votar cada cua­tro años o usar eso que lla­ma­mos dine­ro para sub­sis­tir. Pero ellos tam­bién serán las víc­ti­mas de nues­tra cri­sis, no tie­nen escapatoria.

La his­to­ria de la huma­ni­dad, nos habla de suce­sos ante­rio­res, muy loca­li­za­dos, de los que debe­ría­mos apren­der. La des­apa­ri­ción de la cul­tu­ra Maya y el ago­ta­mien­to de los recur­sos esta­ban tan uni­dos, como la pro­vo­ca­da casi extin­ción del bison­te ame­ri­cano, que con­lle­vó a la des­apa­ri­ción de cen­te­na­res de nacio­nes ame­rin­dias en Nor­te­amé­ri­ca. Tam­bién tene­mos cul­tu­ras extin­tas, como la de Mohen­jo Daro o Harap­pa, Caral, la de Rapa Nui, etc. que vin­cu­lan el ago­ta­mien­to de los recur­sos, o el mal uso de los mis­mos, con la mis­ma suer­te, pero segui­mos miran­do de sos­la­yo a nues­tro pasado.

Pero tam­bién creo en la capa­ci­dad huma­na de vol­car lo que pare­ce irre­ver­si­ble, que nos hará ver que así no vamos bien, que debe­mos apren­der a vivir en equi­li­brio con la natu­ra­le­za y asu­mien­do que los recur­sos son limi­ta­dos, que noso­tros mis­mos sere­mos los cau­san­tes y a la vez per­ju­di­ca­dos de la gran dege­ne­ra­ción huma­na a la que nos enca­mi­na­mos. Y aquí radi­ca la impor­tan­cia del abo­ri­gen, que es cons­cien­te de ser una mis­ma par­te de su entorno.

Tal vez en esta direc­ción cabe rese­ñar que los EEUU de Amé­ri­ca, aun­que hayan sido los últi­mos en hacer­lo, recien­te­men­te aca­ban de adhe­rir­se a la Decla­ra­ción de Nacio­nes Uni­das para los Dere­chos de los Pue­blos Indí­ge­nas, toda una mues­tra de que la estu­pi­dez huma­na, aun­que algo tar­de, tam­bién pue­de cambiar.

Tome­mos ejem­plo y logre­mos que nues­tra cri­sis no la paguen los que optan de mane­ra volun­ta­ria vivir fue­ra de nues­tro sis­te­ma. Pare­mos la extin­ción de los pue­blos indí­ge­nas res­pe­tan­do las cul­tu­ras y las tie­rras don­de viven.

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