¿Éxi­to en el fra­ca­so?- Mikel Ari­za­le­ta

Herá­cli­to de Éfe­so filo­so­fó jun­to al Cais­tro su pan­ta rei, su “todas las cosas flu­yen como ríos” y Joan Manuel Serrat can­ta a Anto­nio Macha­do des­de la ori­lla del Medi­te­rrá­neo:

Todo pasa y todo que­da;

pero lo nues­tro es pasar,

pasar hacien­do cami­nos,

cami­nos sobre la mar.

Des­de la mis­ma guar­de­ría se nos ense­ña que no hay que equi­vo­car­se y de mayor se nos dice que hay que errar para corre­gir los erro­res. Y pron­to nos damos cuen­ta que hay erro­res y erro­res.

Flo­rian Illies escri­be en Zeit maga­zin que cier­tos erro­res son ver­da­des nue­vas: Cris­tó­bal Colón bus­ca­ba la ruta a la India y encon­tró Amé­ri­ca. Poco des­pués Henry Hud­son bus­can­do la Chi­na se topó de nue­vo con Amé­ri­ca. Se podía pen­sar que Colón nave­gó ton­ta y erró­nea­men­te empu­ja­do duran­te sema­nas por las velas en la fal­sa direc­ción. Pero mira, a aque­llos curio­sos indios, a los que Colón, el fra­ca­sa­do bus­ca­dor de la India, vio corre­tear por aquel país extra­ño lógi­ca­men­te en su con­fu­sión deno­mi­nó indios. Y has­ta el día de hoy a los nati­vos ame­ri­ca­nos se les lla­ma indios por el hecho de que Colón cal­cu­ló mal la cir­cun­fe­ren­cia de la tie­rra. Y el río jun­to aquel “Manahat­ta”, como se le deno­mi­na­ba en 1609 en el len­gua­je indio ‑el actual “Manhat­tan”, en len­gua­je de los cow­boys de las finan­zas reci­bió a vuel­ta de correo el nom­bre de Hud­son, del bus­ca­dor fra­ca­sa­do de Chi­na. Tam­bién por el Houd­son, como por el Cais­tro, ha corri­do mucha agua en los últi­mos cua­tro siglos de his­to­ria, y su nom­bre hoy día sigue pre­go­nan­do a aquel mag­ní­fi­co fra­ca­sa­do.

Este tipo de equí­vo­cos y erro­res no sólo enal­te­cen el cono­ci­mien­to del lugar, sino que resul­tan tan impor­tan­tes para el pro­gre­so de la his­to­ria de la huma­ni­dad como las gran­des y abu­rri­das vir­tu­des de la correc­ción, racio­na­li­dad y exac­ti­tud. O dicho de otro modo: Si no nos equi­vo­ca­mos es que no cami­na­mos lo sufi­cien­te. La mis­ma evo­lu­ción, tan­to la bio­ló­gi­ca como la cul­tu­ral, sólo se pue­den expli­car como his­to­ria exi­to­sa de equi­vo­ca­cio­nes y erro­res muy pro­duc­ti­vos. En el fon­do se tra­ta siem­pre del “error en copia” –nor­mal­men­te la heren­cia ori­gi­nal es lo se comu­ni­ca a los des­cen­dien­tes, pero a veces se da un error en la copia. Con fre­cuen­cia no fun­cio­na, apa­re­ce como abor­to y mue­re. Pero a veces de esta copia defec­tuo­sa sur­ge algo impre­vis­to, que irri­ta y se impo­ne. Y sur­ge lo nue­vo en el mun­do. La gran varie­dad de la cul­tu­ra y de la natu­ra­le­za no es, en el fon­do, más que muchos erro­res en la copia ori­gi­nal.

Johann Frie­drich Bött­ger, tras expe­ri­men­tos y dedi­ca­ción de años, nun­ca pudo dar con la fór­mu­la de crear oro pero sí dio, en cam­bio, con la de la por­ce­la­na dura. Cuan­do Hen­ri Bec­que­rel exa­mi­nó sobre si el ura­nio emi­tía rayos X des­cu­brió inci­den­tal­men­te la radio­ac­ti­vi­dad natu­ral; y en lugar de ele­men­tos radiac­ti­vos Otto Hahn des­cu­brió la fisión nuclear. Pro­gre­so median­te error o “el fra­ca­so como suer­te”, tal como lo for­mu­ló Chris­toph Schlin­gen­sief, para quien toda catás­tro­fe per­so­nal encie­rra un momen­to mucho mayor de ver­dad que toda la nor­ma­li­dad de la vida, “que se pega en el álbum de fotos y se ano­ta a la hora de la decla­ra­ción de impues­tos”. Es decir, en pala­bra del sabio Hans Mag­nus Enzens­berg, “de mis derro­tas he apren­di­do más que de mis éxi­tos”.

Y si esto no es capaz de vol­ver a sacar­le a uno de su apa­tía y depre­sión cuan­do alguien ha fra­ca­sa­do en el matri­mo­nio, la empre­sa, ha per­di­do la vis­ta o no es inca­paz de mon­tar el mue­ble com­pra­do en Ikea pue­de diri­gir­se direc­ta­men­te en Ros­tock a una “agen­cia para el des­ca­la­bro” y oirá de su direc­tor, Hans-Jür­gen Stöhr, que “en todo fra­ca­so hay una chis­pa de éxi­to”. Y tam­bién “que en cada éxi­to hay un ger­men de fra­ca­so”. Y esto natu­ral­men­te es un bello con­sue­lo. Por­que quie­re decir que, si fra­ca­sas, en el fra­ca­so exis­te para ti una gran opor­tu­ni­dad. En cam­bio los otros, todos, que aho­ra dis­fru­tan del éxi­to, tar­de o tem­prano van a fra­ca­sar.

Y así se cami­na muy bien y muy lige­ro por la vida, y uno se aho­rra el poner­se en manos de tera­peu­tas.

Tras déca­das de almi­ba­rar y her­mo­sear currí­cu­lums vitae, de escon­der cri­sis o fra­ca­sos per­so­na­les, resul­ta que tales ya no son mácu­la sino acce­so­rio nece­sa­rio que hay que ano­tar como dato de equi­li­brio, de auten­ti­ci­dad y madu­rez. Has­ta resul­ta sos­pe­cho­so el que todo haya trans­cu­rri­do sin error alguno.

Con los años uno tie­ne la con­vic­ción de que sólo el fra­ca­so pue­de lle­var al éxi­to. Pero cla­ro, es lec­ción de los paya­sos Pirritx, Porrotx y Mari­mo­tots, que no todo el que bus­ca la India y yerra encuen­tra siem­pre Amé­ri­ca.

Mikel Ari­za­le­ta

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