Los fan­fa­rro­nes y su esta­do de alar­ma- Flo­ren Aoiz

La fan­fa­rria de fan­fa­rro­nes atro­na con­tra los con­tro­la­do­res. Sobre ellos cae­rá toda la fuer­za de un esta­do del que en Euro­pa y en el mun­do no se fía nadie. El deli­rio de la Gran Espa­ña en pri­me­ra fila de la eco­no­mía mun­dial se disi­pa mos­tran­do el bor­de del pre­ci­pi­cio. En las últi­mas déca­das, nin­gún gobierno espa­ñol ha sido tan débil ni ha afron­ta­do una cri­sis tan pro­fun­da y des­truc­ti­va, nin­guno se ha some­ti­do tan­to a los dic­ta­dos del capi­tal ni ha acep­ta­do has­ta este pun­to el saqueo de los recur­sos públi­cos y los bol­si­llos par­ti­cu­la­res de la gen­te humil­de para saciar las ambi­cio­nes de los mer­ca­dos. El gobierno más arras­tra­do, arro­di­lla­do, ser­vil, el menos pode­ro­so en mucho tiem­po, nos can­ta su can­ción de gue­rra sacan­do pecho y, sobre todo, porra.

Sólo los perros muer­tos de mie­do ladran sin parar. A los fuer­tes les bas­ta con la mira­da o con una opor­tu­na exhi­bi­ción de su den­ta­du­ra. Tras las bra­vu­co­na­das de Zapa­te­ro, Blan­co o Rubal­ca­ba se ocul­ta el olor del páni­co. La debi­li­dad más pro­fun­da. Dan sono­ros gol­pes enci­ma de la mesa para que no escu­che­mos los gol­pes que otros han dado en las suyas. Para que no sepa­mos que han corri­do, apa­lea­dos, a cum­plir las ins­truc­cio­nes que les han dic­ta­do. Para apa­ren­tar que deci­den, que man­dan, en defi­ni­ti­va. Para que no los vea­mos como sier­vos obe­dien­tes.

¿Dón­de que­da esta chu­le­ría cuan­do de enfren­tar­se a los tibu­ro­nes finan­cie­ros se tra­ta? ¿Dón­de fren­te a las pre­sio­nes de las ins­ti­tu­cio­nes del entra­ma­do neo­li­be­ral o cuan­do los empre­sa­rios piden más faci­li­da­des para explo­tar a los tra­ba­ja­do­res? No hay fan­fa­rrias en defen­sa de los ser­vi­cios socia­les o las pen­sio­nes, ni con­tra la libe­ra­li­za­ción del des­pi­do. Sólo para apa­ren­tar fir­me­za fren­te a los con­tro­la­do­res o en eso que lla­man «lucha anti­te­rro­ris­ta».

El Esta­do espa­ñol está cier­ta­men­te en esta­do de alar­ma. No sólo por­que lo hayan decre­ta­do, sino por­que esa es la pura reali­dad. La pirá­mi­de del cre­ci­mien­to ejem­plar espa­ñol se ha derrum­ba­do y la doc­tri­na del shock se está apli­can­do ya para ren­ta­bi­li­zar esta cri­sis y dar una vuel­ta de tuer­ca en la des­truc­ción de lo públi­co y la exten­sión del capi­ta­lis­mo más voraz. Alar­ma para la gen­te humil­de, que está pagan­do la fac­tu­ra, una vez más. Alar­ma por unas cifras de paro estre­me­ce­do­ras y unas pers­pec­ti­vas ate­rra­do­ras. Alar­ma por la impu­ni­dad abso­lu­ta de los res­pon­sa­bles del desas­tre y de quie­nes van a hacer el agos­to con esta cri­sis.

Pero alar­ma tam­bién por el colap­so polí­ti­co del Esta­do de las auto­no­mías, por el fra­ca­so del pro­yec­to cons­ti­tu­cio­nal. Esta Espa­ña tie­ne pocas posi­bi­li­da­des de sedu­cir, sabe que es inca­paz de con­ven­cer. Por eso, sólo le que­da la intran­si­gen­cia y la repre­sión. Cada reda­da debi­li­ta más su posi­ción y nos mues­tra mejor su inca­pa­ci­dad para con­tro­lar la situa­ción. El esta­do espa­ñol no tie­ne la ini­cia­ti­va, pero nece­si­ta simu­lar que la tie­ne. Por eso car­ga con­tra los con­tro­la­do­res, por eso anun­cia jui­cios, orde­na deten­cio­nes, bus­ca com­pli­ci­da­des inter­na­cio­na­les.

Nece­si­tan ocul­tar el pre­ci­pi­cio. Pero está ahí, a su lado. Y la fan­fa­rria de fan­fa­rro­nes no va a lograr disi­mu­lar que la alar­ma no es un esta­do tem­po­ral

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