Ale­go­ría del tran­sis­tor – Jon Odriozola

En la can­cha, once con­tra once dispu­taban el con­trol del cue­ro. En las gra­das miles de golas per­ma­ne­cían mudas, golle­tes sin emo­ción por algún lan­ce del jue­go, insen­si­bles, nin­gún aplau­so por ese caño meri­to­rio o drib­bling plau­si­ble del rival. Tam­po­co, qué menos, abu­cheo al árbi­tro que pitó, erró­nea­men­te, orsay. Nada. La masa, el públi­co, no rugía. Sólo veía o mira­ba ‑que lo acla­re Hei­sen­berg- el fru­frú del juego.

Y, ya se dijo, sin pas­mo, sin filo­so­fía, sin asom­bro. Nin­gún cán­ti­co o soni­do, nada. Sólo el garrir de un loro, el humo de los ciga­rros y el refle­jo del sol en el ani­llo dora­do de una bella mujer aje­na al par­ti­do de fút­bol. Hubo chu­ta­zo, misil, obús, del volan­te zur­do que asti­lló el tra­ve­sa­ño y entró unas pul­ga­das en el úte­ro de la por­te­ría, pero el tren­ci­lla no lo vio o no lo qui­so ver. Un gol-fan­tas­ma, como los gobiernos.

En los anfi­tea­tros y vomi­to­rios ni pro­tes­ta ni vehe­men­cia, sólo el segun­do prin­ci­pio de la ter­mo­di­ná­mi­ca, cal­ma entró­pi­ca (o neguen­tró­pi­ca). Los juga­do­res per­ju­di­ca­dos no hicie­ron aspa­vien­to y el jue­go ‑que es de lo que se tra­ta- con­ti­nuó. Sólo volu­tas de vegue­ros y taba­cos que dibu­ja­ban extra­ñas for­mas y pom­pas en el aire de De Chi­ri­co que, fan­tás­ti­cas, des­apa­re­cían con un tenue ábrego.

Sólo en el pal­co, las éli­tes ges­ti­cu­la­ban en sole­da­des sono­ras y otros oxi­mo­ro­nes cla­mo­ro­sos. Gen­te con­cien­cia­da. En las barras bra­vas, robots sin alma. Sólo humo, mucho humo (sen­se of smo­ke, not sen­se of humour). Y soma, abun­dan­te soma, el nepen­ta de A. Hux­ley. No había pue­blo ni ner­vio, sólo públi­co socio­ló­gi­co abú­li­co. No había «raza» ni vol­kisch sal­vo en el pal­co de auto­ri­da­des que, inclu­so, se con­ta­gia­ron con tan­ta desidia y bos­te­za­ron. Se jus­ti­fi­có la aci­dia por­que hubo gol y nadie fes­te­jó. Ni dios, como dice el vul­go. ¿Hubo moti­vo? No, cla­ro que no. El gol es un orgas­mo, un nir­va­na, pero la gen­te, el pue­blo, el públi­co esta­ba soma­ti­za­do, como dro­ga­do. Sólo exha­la­ba humo con los ojos fijos en el cam­po de jue­go, movien­do la cabe­za como par­ti­da de ping-pong. El Sta­dium, el tem­plo del siglo moderno, la últi­ma belle­za catár­ti­ca y subli­me arqui­tec­tó­ni­ca de la «arqui­tex­tu­ra», antes del arma­ge­dón, alber­ga las rui­nas físi­cas adia­fo­ré­ti­cas y epi­ce­nas del homo faber, indi­fe­ren­tes y apá­ti­cas. En medio de gue­rras loca­les y foca­les, ham­bru­nas inmi­se­ri­cor­des, ni siquie­ra el depor­te-rey, el fút­bol, logra des­per­tar a las ador­me­ci­das masas y sacar­las del sopor. Pero hubo milagro.

De pron­to, en la modo­rra, se oyó una voz metá­li­ca. Pro­ce­día de un tran­sis­tor encen­di­do por un cadá­ver (se entien­de que antes de ser­lo). Era la voz esten­tó­rea de un locu­tor des­ata­do que, en el pára­mo, ulu­la­ba: «soy espa­ñol, espa­ñol, espa­ñol». Súbi­to, el velo del tem­plo se ras­gó, los muer­tos resu­ci­ta­ron y vol­vie­ron los ama­ne­ce­res reful­gen­tes al gri­to de «a por ellos» y el «viva Espa­ña». Vol­vía, por fin, la ale­gría de vivir y el dere­cho a la vida y bús­ca­te la vida. Todo gra­cias a un locu­tor mediá­ti­co. El país pare­ció reani­mar­se… No sabía­mos lo que éra­mos pero aho­ra sí lo sabe­mos gra­cias a esta estir­pe de nove­la de caba­lle­rías que Cer­van­tes pen­só que ridiculizó.

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