La men­ti­ra como arma polí­ti­ca – Jon Odriozola

Pudie­ra decir­se que, hoy, la «polí­ti­ca» se basa en la nada venial men­ti­ra hecha adre­de y apos­ta. De la men­ti­ra teo­ló­gi­ca vati­ca­na a la men­ti­ra secu­la­ri­za­da y pro­sai­ca burguesa

En polí­ti­ca, como en las gue­rras, la ver­dad es un lujo sacri­fi­ca­do en el ara de lo que da en lla­mar­se «reali­dad» cons­trui­da por los neo­so­fis­tas al ser­vi­cio del poder esta­ble­ci­do. No me refie­ro a no impor­ta qué sta­blish­ment, sino al úni­co que he cono­ci­do: el poder de la bur­gue­sía como cla­se domi­nan­te y al capi­ta­lis­mo como modo de pro­duc­ción basa­do en la explo­ta­ción del hom­bre por el hom­bre. Como comu­nis­ta, mi lucha está por la des­apa­ri­ción de las cla­ses socia­les y la eman­ci­pa­ción de la gran mayo­ría de la socie­dad, otro­sí las cla­ses tra­ba­ja­do­ras y su dic­ta­du­ra tran­si­to­ria sobre las mino­rías explo­ta­do­ras. Esto que digo ni es una uto­pía ni una peti­ción de prin­ci­pio, sal­vo para los que nie­guen la lucha de cla­ses como motor de la his­to­ria. La filo­so­fía polí­ti­ca se divi­de entre quie­nes apues­tan por con­ci­liar los con­tra­pues­tos intere­ses entre la bur­gue­sía y el pro­le­ta­ria­do bajo el capi­ta­lis­mo, y quie­nes optan por agu­di­zar las con­tra­dic­cio­nes de cla­se como modo de con­su­mar esa gran tra­ge­dia que es una revo­lu­ción que arro­je al museo de la his­to­ria a quie­nes chu­pan la san­gre del pueblo.

La ver­dad de las cosas es lo que menos impor­ta hoy a las oli­gar­quías domi­nan­tes. Al revés: es la men­ti­ra polí­ti­ca la que pre­va­le­ce hege­mó­ni­ca­men­te. Cada vez mien­ten más y con más des­ca­ro. «La men­ti­ra como una de las bellas artes», podía haber titu­la­do este artícu­lo, emu­lan­do a Tho­mas de Quin­cey. Min­tió Aznar cuan­do el 11‑M y min­tió Bush en el epi­so­dio de las supues­tas armas de des­truc­ción masi­va en Irak, por no hablar de la madre de las men­ti­ras que fue el 11‑S y las Torres Geme­las, o del bluff del fan­to­che de Ben Laden. Sin embar­go, entre la ver­dad y la men­ti­ra polí­ti­ca exis­te un nexo dia­léc­ti­co que esta­mos por cali­fi­car de fatí­di­co: las con­se­cuen­cias polí­ti­cas. De una men­ti­ra ‑igual que de una ver­dad- se infie­ren con­se­cuen­cias polí­ti­cas de igual modo que del barro de la «tran­si­ción espa­ño­la» ‑esa men­ti­ra- se infie­re el lodo del maras­mo actual. De la men­ti­ra no deri­va la ver­dad sino más men­ti­ra. No hay lugar para los bien­in­ten­cio­na­dos impe­ra­ti­vos cate­gó­ri­cos de Kant. Como es moda decir aho­ra, «es la polí­ti­ca, estúpidos».

La men­ti­ra se pue­de defi­nir como aque­lla decla­ra­ción inten­cio­nal­men­te fal­sa diri­gi­da a otra per­so­na. Y la men­ti­ra polí­ti­ca es aque­lla tro­la del poder polí­ti­co o guber­na­men­tal diri­gi­da a los pro­pios ciu­da­da­nos que supues­ta­men­te repre­sen­tan. El enga­ño es deli­be­ra­do y cons­cien­te. Pudie­ra decir­se que, hoy, la «polí­ti­ca» se basa en la nada venial men­ti­ra hecha adre­de y apos­ta. De la men­ti­ra teo­ló­gi­ca vati­ca­na a la men­ti­ra secu­la­ri­za­da y pro­sai­ca burguesa.

Pla­tón, en la con­for­ma­ción de su esta­do ideal, habla­ba ya de la nece­si­dad de la «men­ti­ra polí­ti­ca» como algo útil para evi­tar «penas y dolo­res» a la comu­ni­dad. Pero ello en cir­cuns­tan­cias espe­cia­les. Esta­ble­ce una ana­lo­gía con la medi­ci­na: enga­ñar al pacien­te ter­mi­nal con una «noble men­ti­ra», ocul­tar­le la ver­dad. Como hoga­ño hacen los gobier­nos bur­gue­ses: enga­ñar al pue­blo (el pacien­te) con men­da­ci­da­des, sólo que, a dife­ren­cia del eli­tis­ta Pla­tón, el enfer­mo caqué­xi­co es la bur­gue­sía y no el pueblo.

fuen­te: Gara

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