Sobre pro­fe­cías eco­nó­mi­cas y orácu­los neo­li­be­ra­les (recor­dan­do un tex­to de Marx) – John Brown

La úni­ca par­te de la lla­ma­da rique­za nacio­nal que real­men­te entra en la pose­sión colec­ti­va de los pue­blos moder­nos es… su deu­da públi­ca .

(Karl Marx)

«En cuan­to a los que hacen fal­sas pre­dic­cio­nes, por mucho que las hayan hecho en nom­bre de Dios, o los que hayan pre­di­ca­do fal­sos dio­ses, auque hayan hecho autén­ti­cos mila­gros, Moi­sés decla­ra que son fal­sos pro­fe­tas y mere­cen la muer­te.»

(Spi­no­za, Tra­ta­do teo­ló­gi­co-polí­ti­co, XV)

Creo que, des­pués de la actual tra­gi­co­me­dia, a la social­de­mo­cra­cia de Papan­dreu o de Zapa­te­ro sólo les que­da el des­cré­di­to o la impo­ten­cia. Tal vez los dos. El mar­gen de manio­bra que per­mi­tía a la social­de­mo­cra­cia arbi­trar en el repar­to de la ren­ta y valo­ri­zar pasi­va­men­te la fuer­za de tra­ba­jo se ha aca­ba­do. Con él tam­bién se ha aca­ba­do la posi­bi­li­dad de una demo­cra­cia con algún con­te­ni­do, pues las demo­cra­cias euro­pea y nor­te­ame­ri­ca­na juga­ban pre­ci­sa­men­te con ese mar­gen (median­te polí­ti­cas socia­les o bur­bu­jas de deu­da neo­li­be­ra­les). Ese mar­gen hoy no exis­te: los mer­ca­dos lo han inva­di­do. Cuan­do un poder extra­le­gal dice al supues­to sobe­rano lo que debe hacer, este poder es el autén­ti­co sobe­rano. En nues­tra tra­gi­co­me­dia este poder habla por boca de los mer­ca­dos y de sus orácu­los (los eco­no­mis­tas). No impor­ta que los orácu­los mien­tan con des­ca­ro: su men­ti­ra es la ver­dad que expre­sa el incons­cien­te del régi­men, lo que el pro­pio régi­men «no sabe que sabe». De hecho, como en el 1984 de Orwell, siem­pre pue­den cam­biar retros­pec­ti­va­men­te las pre­vi­sio­nes del plan. Así, duran­te más de un año han esta­do anun­cian­do el sur­gi­mien­to de «bro­tes ver­des» anun­cia­do­res del fin de la cri­sis, para afir­mar aho­ra que la úni­ca sali­da de la cri­sis ‑aho­ra agra­va­da- con­sis­te en la adop­ción de un paque­te de medi­das anti­so­cia­les que, por aña­di­du­ra, sólo pue­den ori­gi­nar una rece­sión aún mayor, si no una autén­ti­ca depre­sión de la eco­no­mía.

Hubo pri­me­ro que sal­var los ban­cos pro­vo­can­do un endeu­da­mien­to gigan­tes­co de las hacien­das públi­cas. Aho­ra que los ban­cos están a sal­vo, ellos mis­mos, jun­to con los demás agen­tes finan­cie­ros, apues­tan a la ban­ca­rro­ta fis­cal de los Esta­dos que se endeu­da­ron para sal­var­los, pro­vo­can­do un bru­tal aumen­to de los tipos de inte­rés de la deu­da públi­ca de los paí­ses ya más endeu­da­dos. Los repre­sen­tan­tes polí­ti­cos de los paí­ses del euro o de la UE hoy ame­na­za­dos por esta nue­va ofen­si­va han deci­di­do, para salir del ato­lla­de­ro, liqui­dar sus polí­ti­cas socia­les y, ya que no pue­den deva­luar su mone­da, deva­luar la fuer­za de tra­ba­jo. De este modo tie­nen la segu­ri­dad de redu­cir sus gas­tos públi­cos a cor­to pla­zo y de poder arro­jar car­na­za a los tibu­ro­nes de la finan­za. Pero esta solu­ción no es ni siquie­ra via­ble. Las decla­ra­cio­nes «patrió­ti­cas» de necios como José Luis Bono, quien afir­ma que «Es un momen­to de san­gre, sudor y lágri­mas para el pue­blo espa­ñol» o que «Es la hora de que gane Espa­ña, aun­que per­da­mos las elec­cio­nes», no enga­ñan más que a quien quie­ra enga­ñar­se.

En la actua­li­dad, el capi­tal finan­cie­ro como expre­sión direc­ta­men­te polí­ti­ca de la rela­ción capi­tal en un régi­men de acu­mu­la­ción don­de el pro­pio capi­tal ha deja­do de ser pro­duc­ti­vo, es el medio por exce­len­cia de la expro­pia­ción de los comu­nes. La liqui­da­ción de las polí­ti­cas socia­les y la pri­va­ti­za­ción pro­gra­ma­da de los ser­vi­cios públi­cos cons­ti­tu­yen una apli­ca­ción de méto­dos colo­nia­les de expro­pia­ción en las pro­pias metró­po­lis capi­ta­lis­tas. Como ya no exis­ten nue­vas colo­nias por con­quis­tar y las que se inten­tan domi­nar por la fuer­za ‑Iraq, Afga­nis­tán- pare­cen resis­tir­se a la escla­vi­tud, el capi­tal tie­ne que bus­car nue­vas fuen­tes de bene­fi­cio en sus pro­pias metró­po­lis: se tra­ta de los bie­nes comu­nes repre­sen­ta­dos por el Esta­do social y los ser­vi­cios públi­cos, el recur­so pro­duc­ti­vo común que es la inte­li­gen­cia colec­ti­va, que se pre­ten­de some­ter a las paten­tes, la pro­pia vida y los esti­los de vida de los indi­vi­duos y gru­pos que son hoy obje­to de una bru­tal apro­pia­ción mer­can­til.

Has­ta hace unos meses se habla­ba de una refun­da­ción del capi­ta­lis­mo. Se tra­ta­ba de poner a este régi­men lími­tes éti­cos y socia­les para evi­tar su auto­des­truc­ción. Esa refun­da­ción tenía que ver con la que se cono­ció en los años 30 y que teo­ri­zó Polan­yi en La gran trans­for­ma­ción . En aquel momen­to, se tra­ta­ba de evi­tar la implo­sión de un sis­te­ma de capi­ta­lis­mo des­re­gu­la­do que ya había pro­vo­ca­do una gue­rra mun­dial, segui­da de la Revo­lu­ción rusa y de la cri­sis del 29. Las polí­ti­cas key­ne­sia­nas y for­dis­tas ‑y sus varian­tes fas­cis­ta y nacio­nal­so­cia­lis­ta- evi­ta­ron el hun­di­mien­to y per­mi­tie­ron con­te­ner la ola revo­lu­cio­na­ria que ame­na­za­ba con expan­dir­se des­de Rusia.

Hoy no se inten­ta ni siquie­ra apli­car seria­men­te estas medi­das, no por­que el capi­ta­lis­mo no desee sal­var­se, sino por­que ya no pue­de hacer­lo así. Cuan­do la pro­duc­ción mate­rial está dejan­do de ser la fuen­te prin­ci­pal de bene­fi­cio para el capi­tal, cuan­do esta mis­ma pro­duc­ción, inclu­so bajo for­mas jurí­di­cas capi­ta­lis­tas, tie­ne que recu­rrir a la coope­ra­ción direc­ta de los tra­ba­ja­do­res y a for­mas difu­sas de tra­ba­jo social remu­ne­ra­do o no remu­ne­ra­do, el bene­fi­cio capi­ta­lis­ta ha deja­do de pro­ce­der de la pro­duc­ción. Ini­cial­men­te el capi­ta­lis­mo se dis­tin­guía del feu­da­lis­mo y de los regí­me­nes socia­les de pro­duc­ción ante­rio­res por el hecho de que la extrac­ción de plus­va­lía, que se rea­li­za­ba en los ante­rio­res regí­me­nes des­de el exte­rior del pro­ce­so pro­duc­ti­vo (tri­bu­tos, diez­mos etc.), tenía lugar aho­ra den­tro del pro­pio pro­ce­so de pro­duc­ción, como extrac­ción de plus­va­lía.

Hoy, a pesar del man­te­ni­mien­to ‑a veces median­te for­mas bru­ta­les: gue­rra, leyes de excep­ción etc.- de las for­mas jurí­di­cas corres­pon­dien­tes a las fases ini­cia­les del capi­ta­lis­mo, la reali­dad de la pro­duc­ción ha cam­bia­do. Hoy, al igual que en otras fases de acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria, los meca­nis­mos de la deu­da públi­ca y de la ren­ta finan­cie­ra son domi­nan­tes. El capi­ta­lis­mo, en cier­to modo, se ha feu­da­li­za­do: ya no extrae fun­da­men­tal­men­te plus­va­lía a tra­vés de la pro­duc­ción, sino median­te los cir­cui­tos finan­cie­ros. Aquí, ya sólo se pue­de dejar la pala­bra a Marx, quien pudo con su enor­me luci­dez des­cri­bir lo que esta­mos vivien­do hoy refi­rién­do­se no a la fase ‑oja­lá ter­mi­nal- del capi­tal que hoy vivi­mos, sino a sus oscu­ros comien­zos en los que deu­da públi­ca, la explo­ta­ción colo­nial, la expro­pia­ción y pro­le­te­ri­za­ción con­si­guien­te de los tra­ba­ja­do­res de las metró­po­lis y el desa­rro­llo de los cir­cui­tos e ins­tru­men­tos finan­cie­ros con­si­guie­ron que el dine­ro gene­ra­se más dine­ro sin pasar por un pro­ce­so de pro­duc­ción con­tro­la­do por el capi­tal. En el capí­tu­lo sobre la acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria del libro pri­me­ro del Capi­tal , afir­ma, pues, Marx lo siguien­te:

«Los diver­sos fac­to­res de la acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria se dis­tri­bu­yen aho­ra, en una secuen­cia más o menos cro­no­ló­gi­ca, prin­ci­pal­men­te entre Espa­ña, Por­tu­gal, Holan­da, Fran­cia e Ingla­te­rra. En Ingla­te­rra, a fines del siglo XVII, se com­bi­nan sis­te­má­ti­ca­men­te en el sis­te­ma colo­nial , en el de la deu­da públi­ca, en el moderno sis­te­ma impo­si­ti­vo y el sis­te­ma pro­tec­cio­nis­ta. Estos méto­dos, como por ejem­plo el sis­te­ma colo­nial, se fun­dan en par­te sobre la vio­len­cia más bru­tal. Pero todos ellos recu­rren al poder del esta­do, a la vio­len­cia orga­ni­za­da y con­cen­tra­da de la socie­dad, para fomen­tar como en un inver­na­de­ro el pro­ce­so de trans­for­ma­ción del modo de pro­duc­ción feu­dal en modo de pro­duc­ción capi­ta­lis­ta y para abre­viar las tran­si­cio­nes. La vio­len­cia es la par­te­ra de toda socie­dad vie­ja pre­ña­da de una nue­va. Ella mis­ma es una poten­cia eco­nó­mi­ca

Y pro­si­gue:

«El sis­te­ma del cré­di­to públi­co, esto es, de la deu­da del esta­do, cuyos orí­ge­nes los des­cu­bri­mos en Géno­va y Vene­cia ya en la Edad Media, tomó pose­sión de toda Euro­pa duran­te el perío­do manu­fac­tu­re­ro. El sis­te­ma colo­nial, con su comer­cio marí­ti­mo y sus gue­rras comer­cia­les, le sir­vió de inver­na­de­ro. Así, echó raí­ces por pri­me­ra vez en Holan­da. La deu­da públi­ca o, en otros tér­mi­nos, la ena­je­na­ción del esta­do sea éste des­pó­ti­co, cons­ti­tu­cio­nal o repu­bli­cano deja su impron­ta en la era capi­ta­lis­ta. La úni­ca par­te de la lla­ma­da rique­za nacio­nal que real­men­te entra en la pose­sión colec­ti­va de los pue­blos moder­nos es… su deu­da públi­ca . De ahí que sea cabal­men­te cohe­ren­te la doc­tri­na moder­na según la cual un pue­blo es tan­to más rico cuan­to más se endeu­da. El cré­di­to públi­co se con­vier­te en el cre­do del capi­tal. Y al sur­gir el endeu­da­mien­to del esta­do, el peca­do con­tra el Espí­ri­tu San­to, para el que no hay per­dón alguno, deja su lugar a la fal­ta de con­fian­za en la deu­da públi­ca.

«La deu­da públi­ca se con­vier­te en una de las palan­cas más efec­ti­vas de la acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria . Como con un toque de vari­ta mági­ca, infun­de vir­tud gene­ra­do­ra al dine­ro impro­duc­ti­vo y lo trans­for­ma en capi­tal, sin que para ello el mis­mo ten­ga que expo­ner­se nece­sa­ria­men­te a las moles­tias y ries­gos inse­pa­ra­bles de la inver­sión indus­trial e inclu­so de la usu­ra­ria. En reali­dad, los acree­do­res del esta­do no dan nada, pues la suma pres­ta­da se con­vier­te en títu­los de deu­da, fácil­men­te trans­fe­ri­bles, que en sus manos con­ti­núan fun­cio­nan­do como si fue­ran la mis­ma suma de dine­ro en efec­ti­vo. Pero aun pres­cin­dien­do de la cla­se de ren­tis­tas ocio­sos así crea­da y de la rique­za impro­vi­sa­da de los finan­cis­tas que desem­pe­ñan el papel de inter­me­dia­rios entre el gobierno y la nación como tam­bién de la súbi­ta for­tu­na de arren­da­do­res de con­tri­bu­cio­nes, comer­cian­tes y fabri­can­tes pri­va­dos para los cua­les una bue­na taja­da de todo emprés­ti­to esta­tal les sir­ve como un capi­tal llo­vi­do del cie­lo, la deu­da públi­ca ha dado impul­so a las socie­da­des por accio­nes, al comer­cio de toda suer­te de pape­les nego­cia­bles, al agio, en una pala­bra, al jue­go de la bol­sa y a la moder­na ban­co­cra­cia.

«Des­de su ori­gen, los gran­des ban­cos, enga­la­na­dos con rótu­los nacio­na­les, no eran otra cosa que socie­da­des de espe­cu­la­do­res pri­va­dos que se esta­ble­cían a la vera de los gobier­nos y esta­ban en con­di­cio­nes, gra­cias a los pri­vi­le­gios obte­ni­dos, de pres­tar­les dine­ro. Por eso la acu­mu­la­ción de la deu­da públi­ca no tie­ne indi­ca­dor más infa­li­ble que el alza suce­si­va de las accio­nes de estos ban­cos, cuyo des­en­vol­vi­mien­to pleno data de la fun­da­ción del Ban­co de Ingla­te­rra (1694). El Ban­co de Ingla­te­rra comen­zó por pres­tar su dine­ro al gobierno a un 8 % de inte­rés, al pro­pio tiem­po, el par­la­men­to lo auto­ri­zó a acu­ñar dine­ro con el mis­mo capi­tal, vol­vien­do a pres­tar­lo al públi­co bajo la for­ma de bille­tes de ban­co. Con estos bille­tes podía des­con­tar letras, hacer prés­ta­mos sobre mer­can­cías y adqui­rir meta­les pre­cio­sos. No pasó mucho tiem­po antes que este dine­ro de cré­di­to, fabri­ca­do por el pro­pio ban­co, se con­vir­tie­ra en la mone­da con que el Ban­co de Ingla­te­rra efec­tua­ba emprés­ti­tos al esta­do y paga­ba, por cuen­ta de éste, los intere­ses de la deu­da públi­ca. No bas­ta­ba que die­ra con una mano para reci­bir más con la otra; el ban­co, mien­tras reci­bía, seguía sien­do acree­dor per­pe­tuo de la nación has­ta el últi­mo peni­que entre­ga­do. Pau­la­tia­men­te fue con­vir­tién­do­se en el recep­tácu­lo insus­ti­tui­ble de los teso­ros metá­li­cos del país y en el cen­tro de gra­vi­ta­ción de todo el cré­di­to comer­cial. Por la mis­ma épo­ca en que Ingla­te­rra dejó de que­mar bru­jas, comen­zó a col­gar a los fal­si­fi­ca­do­res de bille­tes de ban­co. En las obras de esa épo­ca, por ejem­plo en las de Boling­bro­ke, pue­de apre­ciar­se cla­ra­men­te el efec­to que pro­du­jo en los con­tem­po­rá­neos la apa­ri­ción súbi­ta de esa laya de ban­có­cra­tas, finan­cis­tas, ren­tis­tas, corre­do­res,  stock-job­bers [bol­sis­tas] y tibu­ro­nes de la bol­sa.»

William Cob­bett obser­va que en Ingla­te­rra a todas las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas se las deno­mi­na reales, pero que, a modo de com­pen­sa­ción, exis­te la deu­da “nacio­nal(natio­nal debt)

Marx no lle­gó a escri­bir el volu­men sobre el Esta­do que figu­ra­ba en el plan incial del Capi­tal. Sin embar­go, vemos en un tex­to como este qué tipo de rela­ción guar­da el Esta­do moderno con la acu­mu­la­ción de capi­tal y en otros pasa­jes de la mis­ma obra pode­mos com­pro­bar la fun­ción de repro­duc­ción que desem­pe­ña el Esta­do res­pec­to de la rela­cio­nes capi­ta­lis­tas. Cual­quier inten­to de recu­rrir al Esta­do como medio para poner freno al Capi­tal podrá, en el mejor de los casos, tener efec­tos limi­ta­dos, cuan­do no fran­ca­men­te reac­cio­na­rios. Esta­do y poder finan­cie­ro se encuen­tran ínti­ma­men­te uni­dos en su prin­ci­pio mis­mo por su carác­ter repre­sen­ta­ti­vo. Como sos­tie­ne el juris­ta fran­cés Mar­cel Hau­riou (de quien afir­ma­ba Pasu­ka­nis que era uno de los pocos teó­ri­cos bur­gue­ses del dere­cho que no decía ton­te­rías):

«Exis­te entre el régi­men de Esta­do y el régi­men de la finan­za la cara­te­rís­ti­ca común de que ambos repo­san sobre ele­men­tos repre­sen­ta­ti­vos más que reales, el Esta­do sobre la con­cep­ción de la cosa públi­ca, la finan­za sobre el cré­di­to. Estas afi­ni­da­des no son meras apro­xi­ma­cio­nes de ideas. Hemos vis­to que el Esta­do es un equi­li­brio móvil, muy deli­ca­do, en cons­tan­te pro­gre­so; hace fal­ta que haya en él una orga­ni­za­ción eco­nó­mi­ca fle­xi­ble y móvil como la de la roi­que­za mobi­lia­ria. Por otra par­te, por mucho que sean móvi­les, las esta­bi­li­da­des que garan­ti­za el Esta­do tie­nen un valor de creen­cia máxi­ma y son las que desa­rro­llan el cré­di­to nece­sa­rio al régi­men capi­ta­lis­ta.»

Finan­za y Esta­do se encuen­tran hoy de nue­vo mano a mano como los dos polos prin­ci­pa­les del capi­ta­lis­mo, una vez que este ya no es capaz de orga­ni­zar la pro­duc­ción. El Esta­do repo­sa en las «pre­dic­cio­nes» de los nue­vos augu­res de la finan­za y estos man­tie­nen al Esta­do como ins­tru­men­to de garan­tía de sus ren­tas. Ambos viven del cré­di­to: de la repre­sen­ta­ción polí­ti­ca, basa­da en la creen­cia en u todo nacio­nal que hoy ilus­tran con pasión los tri­bu­nos de la izquier­da, del cen­tro y de la dere­cha del a dere­cha, y de la «con­fian­za de los mer­ca­dos». Ambos son fal­sos pro­fe­tas, tram­po­sos, pues deter­mi­nan ellos mis­mos las con­di­cio­nes de cum­pli­mien­to de sus pro­pias pro­fe­cías. La úni­ca solu­ción a este pro­ble­ma de los fal­sos pro­fe­tas la encon­tra­ron los anti­guos judíos, quie­nes, para acre­di­tar la pro­fe­cía con­de­na­ban sis­te­má­ti­ca­men­te a muer­te a los fal­sos pro­fe­tas. Esto hacía, median­te un méto­do espis­te­mo­ló­gi­ca­men­te mucho más fia­ble, que la pro­fe­cía fue­se siem­pre autén­ti­ca. Unos pop­pe­ria­nos algo san­gui­na­rios con cri­te­rios de fal­sa­tion efi­ca­ces y radi­ca­les. No sólo se des­car­ta la pro­po­si­ción que resul­ta fal­sa, sino que se «fal­sa» a su pro­pio autor. Tal vez hubie­ra que apren­der de los anti­guos hebreos.

Fuen­te: Vien­to Sur

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