Car­los Marx y José Mar­tí- Car­los Rodrí­guez Alma­guer

Karl Marx es lla­ma­do el héroe más noble y el pen­sa­dor más pode­ro­so del mun­do del tra­ba­jo. *

Este 5 de mayo se cum­plen cien­to noven­ta y dos años del nata­li­cio de quien es con­si­de­ra­do, con razón, el crea­dor de la teo­ría cien­tí­fi­ca del pro­le­ta­ria­do: Car­los Marx, que vino al mun­do en Tré­ve­ris, en 1818. Cator­ce días más tar­de, con­me­mo­ra­re­mos el ani­ver­sa­rio 115 de la caí­da en com­ba­te, en Dos Ríos, de aquel a quien lla­ma­mos, tam­bién con razón, el Após­tol de nues­tra Inde­pen­den­cia: José Mar­tí.

No habla­re­mos en este bre­ve espa­cio de lo que han sig­ni­fi­ca­do des­de enton­ces has­ta nues­tros días los estu­dios de Marx res­pec­to a las rela­cio­nes socia­les entre los hom­bres y su des­cu­bri­mien­to de la ley del desa­rro­llo de la his­to­ria huma­na: «el hecho, tan sen­ci­llo —nos dice Fede­ri­co Engels— pero ocul­to has­ta él bajo la male­za ideo­ló­gi­ca, de que el hom­bre nece­si­ta en pri­mer lugar comer, beber, tener un techo y ves­tir­se antes de poder hacer polí­ti­ca, cien­cia, arte, reli­gión, etc.; que, por tan­to, la pro­duc­ción de los medios de vida inme­dia­tos, mate­ria­les, y por con­si­guien­te, la corres­pon­dien­te fase eco­nó­mi­ca de desa­rro­llo de un pue­blo o de una épo­ca es la base a par­tir de la cual se han desa­rro­lla­do las ins­ti­tu­cio­nes polí­ti­cas, las con­cep­cio­nes jurí­di­cas, las ideas artís­ti­cas e inclu­so las ideas reli­gio­sas de los hom­bres y con arre­glo a la cual deben, por tan­to, expli­car­se, y no al revés, como has­ta enton­ces se había veni­do haciendo»1. Habla­re­mos, sola­men­te, de la opi­nión que le mere­ció el Pro­me­teo de Tré­ve­ris a nues­tro Após­tol.

Cuan­do el 13 de mayo de 1883 José Mar­tí rese­ña en su corres­pon­den­cia para el dia­rio La Nación, de Bue­nos Aires, uno de los home­na­jes con que la cla­se obre­ra de Esta­dos Uni­dos hon­ra la memo­ria de Car­los Marx, quien había deja­do de exis­tir el 14 de mar­zo ante­rior, en High­ga­te, Lon­dres, a las dos y cua­ren­ta y cin­co minu­tos de la tar­de, escri­be: «Ved esta sala: la pre­si­de, rodea­do de hojas ver­des, el retra­to de aquel refor­ma­dor ardien­te, reu­ni­dor de hom­bres de diver­sos pue­blos, y orga­ni­za­dor incan­sa­ble y pujan­te. La Inter­na­cio­nal fue su obra: vie­nen a hon­rar­lo hom­bres de todas las nacio­nes».

Si tene­mos en cuen­ta la pasión mar­tia­na por la jus­ti­cia, «ese sol del mun­do moral» que había apren­di­do a que­rer y a res­pe­tar en las ense­ñan­zas de su maes­tro Men­di­ve que tan direc­ta­men­te las había toma­do de Don José de la Luz, enten­de­re­mos enton­ces la admi­ra­ción con que escri­be el cubano, que recién ha cum­pli­do su ter­cer año de resi­den­cia en la nación nor­te­ame­ri­ca­na, sobre aquel gigan­te del pen­sa­mien­to, cuyo retra­to —según tes­ti­mo­nio de un tes­ti­go pre­sen­cial que ha tra­ta­do de ser des­vir­tua­do des­de media­dos del siglo pasa­do, segu­ra­men­te por razo­nes polí­ti­cas y mez­quin­dad ideo­ló­gi­ca— jun­to al de otras cua­tro cum­bres del géne­ro humano, ador­na­ría lue­go la pare­des de su humil­de ofi­ci­na de 120 From Street, en Nue­va York.

Se enten­de­rá el recha­zo natu­ral que un poe­ta, un huma­nis­ta como Mar­tí, podrá sen­tir por las luchas vio­len­tas y el enfren­ta­mien­to entre los hom­bres, de lo cual nos había deja­do ya tes­ti­mo­nio al abor­dar el asun­to de la rebe­lión enca­be­za­da por el gene­ral Por­fi­rio Díaz, que derro­có al gobierno cons­ti­tu­cio­nal en Méxi­co, y sobre lo que escri­bi­rá con tris­te­za: «Otra vez los pen­sa­mien­tos de los hom­bres cae­rán bajo los cas­cos de los caba­llos». Si a ello le suma­mos los méto­dos vio­len­tos de la mani­fes­ta­ción más visi­ble del ideal socia­lis­ta en los Esta­dos Uni­dos de esa épo­ca, el anar­quis­mo, traí­do en los espí­ri­tus esquil­ma­dos de los inmi­gran­tes euro­peos no acos­tum­bra­dos, en la oscu­ri­dad de las monar­quías, al ejer­ci­cio repu­bli­cano que aún exis­tía en la nación del Nor­te, y pro­mo­vi­do entre los tra­ba­ja­do­res nor­te­ame­ri­ca­nos a par­tir de malas tra­duc­cio­nes, sin acce­so la mayo­ría de ellos a los idio­mas ori­gi­na­les en que habían sido escri­tos los tex­tos fun­da­men­ta­les de aque­lla ideo­lo­gía, lo cual lle­va­rá a Mar­tí años des­pués a hablar de «las lec­tu­ras extran­je­ri­zas, con­fu­sas e incom­ple­tas», com­pren­de­re­mos por qué, entre uno y otro elo­gio, habla del espan­to que le pro­du­ce «echar a los hom­bres sobre los hom­bres». Son los mis­mos escrú­pu­los, veni­dos de su rai­gal huma­nis­mo, que lo lle­va­rían años más tar­de, obli­ga­do por las cir­cuns­tan­cias, a orga­ni­zar la que lla­mó «gue­rra nece­sa­ria», que con­sis­tía tam­bién en echar a unos hom­bres, los bue­nos, sobre otros hom­bres, los malos, fue­ran espa­ño­les o cuba­nos, aun cuan­do sin­ce­ra­men­te exi­gie­ra, tan­to en sus dis­cur­sos polí­ti­cos, en el alu­vión de car­tas, como en sus cir­cu­la­res mili­ta­res, que se hicie­ra «una gue­rra sin odio».

De aquel que en sus aná­li­sis sobre las polí­ti­cas migra­to­rias euro­peas se había fija­do bre­ve­men­te en la injus­ti­cia que con­tra el gene­ral cubano José Maceo habían come­ti­do las auto­ri­da­des de Gibral­tar, devol­vién­do­lo a las pri­sio­nes espa­ño­las; del que bajo su techo había aco­gi­do como a hijo a un cubano nota­ble —hijo de San­tia­go de Cuba, hoy casi des­co­no­ci­do y sobre el que se ha publi­ca­do en Cuba no hace mucho una exce­len­te obra — : Pablo Lafar­gue, espo­so de una de sus hijas, nos dirá Mar­tí en sus Car­tas a La Nación: «Karl Marx estu­dió los modos de asen­tar al mun­do sobre nue­vas bases, y des­per­tó a los dor­mi­dos, y les ense­ñó el modo de echar a tie­rra los pun­ta­les rotos». Y tra­za­rá con su plu­ma cen­te­llean­te el cua­dro mag­ní­fi­co del hom­bre imper­fec­to y subli­me «que no fue sólo move­dor titá­ni­co de las cóle­ras de los tra­ba­ja­do­res euro­peos, sino vee­dor pro­fun­do en la razón de las mise­rias huma­nas, y en los des­ti­nos de los hom­bres, y hom­bre comi­do del ansia de hacer bien. Él veía en todo lo que en sí pro­pio lle­va­ba: rebel­día, camino a lo alto, lucha».

* José Mar­tí. La Nación, Bue­nos Aires, 13 de mayo de 1883.

1 Fede­ri­co Engels. Dis­cur­so pro­nun­cia­do ante la tum­ba de Marx, el 17 de mar­zo de 1883.

Fuen­te:http://​www​.juven​tu​dre​bel​de​.cu/​o​p​i​n​i​o​n​/​2​010 – 05-04/­car­los-marx-y-jose-mar­ti/

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