El país vas­co es víc­ti­ma de la His­to­ria de los esta­dos – Fer­min Muna­rriz (Gara)

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Sus padres habían deci­di­do poner­le al fren­te del nego­cio fami­liar pero usted pre­fi­rió mar­char­se a estu­diar en París por sus pro­pios medios…

Sí. El direc­tor del cen­tro de Baio­na don­de yo había estu­dia­do me encon­tró un pla­za de super­vi­so­ra en un liceo. Enton­ces me mar­ché. Aca­ba­ba de cum­plir los 21 años, había espe­ra­do jus­to has­ta la mayo­ría de edad…

Para enton­ces ya se había licen­cia­do en Dere­cho, ¿no es así?

Sí, a los 19 años. En París un pro­fe­sor me alqui­ló una habi­ta­ción y me ins­cri­bí en Estu­dios Supe­rio­res sobre Dere­cho Pri­va­do e His­to­ria del Dere­cho. El ter­cer año me ins­cri­bí en Cien­cias Polí­ti­cas, pero encon­tré a mi futu­ro mari­do [risas]…

¿Tuvo tiem­po para cono­cer la vida bohe­mia de la época?

Sí, tam­bién… Yo no que­ría seguir en aque­lla habi­ta­ción alqui­la­da por­que no me deja­ban salir por la noche ‑por mis padres‑, pero a mí me gus­ta­ba salir. En la mis­ma casa había un matri­mo­nio que alqui­la­ba la buhar­di­lla; era sin cale­fac­ción, sin nada, pero me fui allá muy con­ten­ta. Salía por el barrio Saint-Ger­main, que esta­ba de moda enton­ces. Cono­cí al escri­tor Boris Vian, a la can­tan­te Juliet­te Gre­co… Nos encon­trá­ba­mos en los loca­les don­de había espec­tácu­los de artis­tas que empe­za­ban sus carre­ras. Me gus­ta­ba mucho ese ambien­te. Eran los años 1958 y 59. Como pasa­ba los exá­me­nes muy bien, mi padres me perdonaron…

¿Dejó los estu­dios por casarse?

Sí, lo dejé todo. Nos casa­mos pron­to, en 1960. Los geme­los que tuve, niño y niña, murie­ron por­que nacie­ron pre­ma­tu­ros y hubo com­pli­ca­cio­nes. Des­pués tuve otro niño, pero tam­bién murió duran­te el par­to. Nues­tro matri­mo­nio empe­zó a sufrir tam­bién; mi mari­do era hijo úni­co, como yo, y su madre era muy pose­si­va, no que­ría ver­me con su hijo.

¿Fue muy duro tener que aban­do­nar la uni­ver­si­dad por el matrimonio?

No, no. Cuan­do dejé los estu­dios yo ama­ba a mi marido…

¿Cómo siguió la historia?

Ade­más de la sue­gra, que era horri­ble, tam­bién había una aman­te… Ambas me hicie­ron la vida impo­si­ble. Nos divor­cia­mos en 1965 y vol­ví a casa de mis padres en Baio­na. Un día mi padre me pre­pa­ró una cita con un cate­drá­ti­co de la His­to­ria del Dere­cho en Bur­deos. Fui a ver­le y me pro­pu­so que hicie­ra la tesis con él. ¿Qué tema? Me reco­men­dó leer muchos libros sobre el País Vas­co. Leí todo y vi que lo más impor­tan­te para los vas­cos era el con­tra­to matri­mo­nial del pri­mer hijo de la familia.

Has­ta la Revo­lu­ción francesa…

Sí. Enton­ces deci­dí estu­diar los con­tra­tos matri­mo­nia­les de Ipa­rral­de has­ta 1789, año de la Revo­lu­ción, en que el dere­cho vas­co con­sue­tu­di­na­rio fue abo­li­do. Había muchí­si­mo trabajo…

¿Qué tipo de orga­ni­za­ción social exis­tía en Ipar Eus­kal Herria antes de la Revolución?

El cen­tro de la socie­dad era la casa y la con­cep­ción era colec­ti­va; no cono­cían la pro­pie­dad pri­va­da como noso­tros actual­men­te o como la reco­no­ce el Dere­cho Romano. En reali­dad, el Dere­cho Romano no había pene­tra­do en el País Vas­co. La pro­pie­dad era siem­pre colec­ti­va. Exis­tían tie­rras no cul­ti­va­das que eran pro­pie­dad de todos los habi­tan­tes de la comu­ni­dad. El patri­mo­nio fami­liar era pro­pie­dad de toda la fami­lia, no de un sólo hom­bre. Por eso era inalie­na­ble ‑no se podía vender‑, e indi­vi­si­ble ‑no se podía par­tir-. Pero para la ges­tión y la trans­mi­sión a la gene­ra­ción siguien­te se nece­si­ta­ba un res­pon­sa­ble, un régent [regen­te habi­li­ta­do para admi­nis­trar], y aquí en Ipa­rral­de el regen­te era el pri­mer hijo o hija de la fami­lia, no había nin­gún tipo de dis­tin­ción entre el hom­bre y la mujer. Por eso los con­tra­tos matri­mo­nia­les son muy importantes.

¿Quie­re decir que hom­bres y muje­res tenían igual­dad de derechos?

Sí, igual­dad de derechos…

¿Eso era dife­ren­te de otras socie­da­des del entorno?

Sí, cla­ro… muy dife­ren­te. En el sur del país había tam­bién muje­res res­pon­sa­bles [de esas fun­cio­nes], pero no reco­no­ci­das legal­men­te por los fue­ros. Aquí, en Ipa­rral­de, esta­ba escri­to en la cos­tum­bre [el fue­ro]. En Hegoal­de esta­ba escri­to en los tes­ta­men­tos, no en los fue­ros. Alre­de­dor, en las Lan­das, por ejem­plo, el prin­ci­pio de mas­cu­li­ni­dad había pene­tra­do. Tam­bién en Zube­roa [s. XVI] y en Baja Nava­rra [s. XVII] en la épo­ca de la redac­ción de los fue­ros. Era una impor­ta­ción de la feu­da­li­dad, en la que tenía la potes­tad el hijo mayor varón y no las hijas, que debían ser­vir al señor… Tam­bién en el Dere­cho Romano la mujer esta­ba bajo la tute­la del hom­bre; y en el Dere­cho Canó­ni­co, igual. En las uni­ver­si­da­des no se estu­dia­ban más que el Dere­cho Romano y el Canó­ni­co y por eso el prin­ci­pio de mas­cu­li­ni­dad había pene­tra­do. Entró pero muy tar­de y no del todo, por­que en los valles altos de mon­ta­ña no se había asen­ta­do; sola­men­te había lle­ga­do al pie­de­mon­te [las zonas bajas].

En Lapur­di, el prin­ci­pio de mas­cu­li­ni­dad había lle­ga­do sólo a la noble­za, pero tam­po­co com­ple­ta­men­te por­que si había hijas del pri­mer matri­mo­nio e hijos del segun­do, tenía prio­ri­dad la hija del pri­me­ro. Era una impor­ta­ción al País Vas­co, por­que has­ta enton­ces no había dis­tin­ción entre el hom­bre y la mujer, como en el eus­ka­ra no hay mas­cu­lino o feme­nino, es igual.

¿Y el dere­cho autóc­tono pri­ma­ba tam­bién la colectividad?

¡Lo colec­ti­vo! No cono­cían el indi­vi­dua­lis­mo, pri­ma­ba siem­pre la colec­ti­vi­dad: la tie­rra y la fami­lia. No era una con­cep­ción indi­vi­dua­lis­ta. ¡Por eso se está pro­du­cien­do aho­ra una catás­tro­fe: la socie­dad se ha con­ver­ti­do en indi­vi­dua­lis­ta y se ven­den las vie­jas casas!

¿Qué impor­tan­cia tenía la casa en aque­lla orga­ni­za­ción social?

Era el cen­tro de todo, tan­to en el dere­cho pri­va­do como en el públi­co tam­bién por­que había una demo­cra­cia total. El poder per­te­ne­cía a las casas y a sus repre­sen­tan­tes, a los que se lla­ma­ba «maes­tros». Ellos eran los que tenían el poder de deci­dir. No había un úni­co poder.

¿En eso tam­bién se dife­ren­cia­ba de otros lugares?

Sí, tam­bién. No había nobles ni clé­ri­gos en las asam­bleas; sólo los maes­tros de las casas.

¿Exis­tía algu­na nor­ma para lo que hoy enten­de­mos como dere­cho humano?

No. Era en abstracto…

¿En qué otros aspec­tos no lle­gó a pene­trar el Dere­cho Romano ple­na­men­te en las cos­tum­bres de Eus­kal Herria?

Por ejem­plo, aquí había un tipo de igual­dad entre las dos pare­jas que habi­ta­ban la casa: la pare­ja de los padres y la pare­ja del hijo casa­do; se lla­ma­ba la «co-seño­ría», y sus seño­res se lla­ma­ban en las actas «maes­tros vie­jos» y «maes­tros jóve­nes». Había igual­dad total. La patria potes­tad roma­na, ‑la auto­ri­dad del padre‑, no pene­tró has­ta la Revo­lu­ción Francesa.

¿Había dife­ren­cias entre el dere­cho con­sue­tu­di­na­rio del nor­te y del sur? ¿En el sur había cala­do el Dere­cho Romano?

Poco. En Nava­rra, sí, pero en el pie­de­mon­te; en los valles de mon­ta­ña, no. En Ála­va tam­bién entró, aun­que no en la región de Amu­rrio, en el seño­río de Aia­la, que enton­ces era par­te de Biz­kaia. Allá no había penetrado.

¿En qué luga­res del sur se daban las mayo­res simi­li­tu­des con el dere­cho de cos­tum­bre de Iparralde?

En Biz­kaia. Las mayo­res simi­li­tu­des de Ipa­rral­de eran con Biz­kaia. Cuan­do hablé por pri­me­ra vez con [el cate­drá­ti­co de Dere­cho Foral] Adrián Cela­ya que­da­mos impre­sio­na­dos: eran igua­les. Y de Gipuz­koa no pode­mos saber­lo por­que ellos no redac­ta­ron los fueros.

El dere­cho de cos­tum­bre se trans­mi­tió oral­men­te duran­te siglos. ¿A par­tir de qué momen­to comien­za a redactarse?

Se trans­mi­tió oral­men­te has­ta que se comen­zó a redac­tar, a par­tir del siglo XVI: en 1514 en Lapur­di y en 1520 en Zube­roa. En Baja Nava­rra fue mucho des­pués por­que era par­te del Rei­no de Nava­rra, de lo que que­da­ba del Rei­no de Nava­rra… Fue Enri­que IV de Fran­cia, antes Enri­que III de Nava­rra, quien orde­nó la redac­ción de los Fue­ros, pero se hizo más tar­de, en 1611, y de mane­ra muy afran­ce­sa­da; no era el ver­da­de­ro dere­cho vasco.

¿Qué supu­so la Revo­lu­ción fran­ce­sa para la orga­ni­za­ción polí­ti­ca y social de Ipar Eus­kal Herria?

Des­truc­ción total. Todo el dere­cho vas­co fue supri­mi­do. Bueno, todos los dere­chos fora­les de Fran­cia fue­ron supri­mi­dos por una ley de 1794. Y aquí recor­de­mos que los vas­cos mayo­ri­ta­ria­men­te no eran repu­bli­ca­nos, no. Los vas­cos no acep­ta­ron la Cons­ti­tu­ción Civil de la Revo­lu­ción; no acep­ta­ron clé­ri­gos ele­gi­dos y paga­dos por el Esta­do como fun­cio­na­rios. Los clé­ri­gos vas­cos se mar­cha­ron al sur; el obis­po de Baio­na, mon­se­ñor de Ville­viei­lle, se fue al monas­te­rio de Urdax… Se mar­cha­ron todos. Tam­bién hubo quie­nes lucha­ron con­tra la arma­da revo­lu­cio­na­ria repu­bli­ca­na en la legión Saint Simón, que esta­ba en Espa­ña, y que lucha­ba con­tra los fran­ce­ses. Los vas­cos no esta­ban mayo­ri­ta­ria­men­te con la revolución.

¿Qué supo­ne el dere­cho para el cono­ci­mien­to de la iden­ti­dad de un país?

Todo. La len­gua, el dere­cho… son la iden­ti­dad. Ahí se reco­gen las cos­tum­bres. Por ejem­plo, el fenó­meno excep­cio­nal de las coope­ra­ti­vas vie­ne de ese espí­ri­tu vas­co de la comu­ni­dad, de com­par­tir. Sí, hay muchos vestigios.

¿La fron­te­ra admi­nis­tra­ti­va ha supues­to una barre­ra para la trans­mi­sión de cos­tum­bres y nor­mas entre el nor­te y el sur?

No, por­que ha habi­do rela­cio­nes y acuer­dos entre los valles del nor­te y el sur sin par­ti­ci­pa­ción de los esta­dos, tan­to duran­te la gue­rra como duran­te la paz. Y hacían todo lo que que­rían. Eran, sobre todo, acuer­dos e inter­cam­bios sobre pas­tos. Tam­bién rela­cio­nes matri­mo­nia­les… Todo eso ha con­tri­bui­do a man­te­ner nor­mas comu­nes pero, sobre todo, en los valles de mon­ta­ña. En la cos­ta, por ejem­plo, no.

¿Que­da algo del dere­cho con­sue­tu­di­na­rio en la actualidad?

Sí, que­da en el cam­po sobre todo, pero aquí mis­mo, en Urru­ña, por ejem­plo, aun­que esté al lado de la cos­ta, se man­tie­nen algu­nas cos­tum­bres. Que­dan algu­nos padres que van al nota­rio a hacer lo que lla­man arran­ge­ment de fami­lle [acuer­do de fami­lia]. Con­vo­can a todos los hijos, estén don­de estén ‑en Amé­ri­ca, en París…- para hacer la par­ti­ción. Que­da uno, el regen­te, que va a trans­mi­tir el patri­mo­nio a la gene­ra­ción siguien­te. Aho­ra es como antes. Y el nota­rio hace lo que pue­de, lo que la ley le per­mi­te, para dar la par­te más gran­de al que es desig­na­do como regente.

Tam­bién es fre­cuen­te que cuan­do un hijo ha tra­ba­ja­do el patri­mo­nio ‑las tierras‑, se con­si­de­re que la casa le debe un «sala­rio dife­ri­do». Cuan­do lle­ga el momen­to, los otros hijos de la casa renun­cian a su par­te, dicen que ya la han reci­bi­do o hacen ofi­cial­men­te una «cesión de dere­cho». Eso es muy fre­cuen­te. Los hijos que han deja­do su par­te con­si­de­ran que la casa es suya tam­bién y duran­te el verano vie­nen a ella, están en su casa.

Tam­bién que­da la pro­pie­dad colec­ti­va de la tie­rra, de los pas­tos, en Baja Nava­rra y en Zube­roa por­que los vas­cos, duran­te la Revo­lu­ción Fran­ce­sa, no qui­sie­ron par­tir las tie­rras comu­na­les y las man­tu­vie­ron como antes. El rey Luis Feli­pe I, en 1838, reco­no­ció la lega­li­dad de estas tie­rras comu­na­les y creó los sin­di­ca­tos de las pro­pie­da­des comu­na­les, que toda­vía exis­ten hoy en día. Es la pro­pie­dad colec­ti­va legalizada.

Usted con­si­guió uni­fi­car los archi­vos de las tres pro­vin­cias vascas…

Sí. Había un archi­vo en Bai­go­rri pero el res­to lo habían envia­do a Pau, a la sede depar­ta­men­tal. Un día vino una fur­go­ne­ta del Archi­vo de Pau a bus­car lo que que­da­ba aquí. Los estu­dian­tes ya no podían tra­ba­jar así. Yo hice una peti­ción para que nues­tro patri­mo­nio vas­co vol­vie­ra a Baio­na. Unos días des­pués se cele­bra­ba la reu­nión de escri­to­res vas­cos en Sara. Muchí­si­mos fir­ma­ron la peti­ción. Man­dé todo eso al Con­se­jo Regio­nal y…¡la revo­lu­ción! [risas]. Un res­pon­sa­ble vino a ver­me. Aho­ra, bas­tan­tes años des­pués, se va abrir el Archi­vo de Baio­na el 15 de mayo. ¡Qué suerte!

¿Cómo se expli­ca que el pue­blo vas­co haya sobre­vi­vi­do bajo la influen­cia de dos esta­dos tan poderosos?

Por­que son cabe­zo­tas… [risas]. Está en la natu­ra­le­za del vas­co, que es vas­co antes que todo. Sí, sí… Y que han lucha­do, sobre todo en Hegoal­de, pero en Fran­cia, no… Hay poco aho­ra, muy poco.

Hay al menos un movi­mien­to que recla­ma la crea­ción del depar­ta­men­to vasco…

Sí, pero minoritario.

¿Es usted par­ti­da­ria de la sobe­ra­nía de Eus­kal Herria?

Sobe­ra­nía, no; auto­no­mía, sí. Auto­no­mía como antes de la revolución.

¿Y de la uni­dad con los vas­cos del sur?

Cla­ro, somos hermanos.

Pero enton­ces sería difí­cil una auto­no­mía por­que eso impli­ca­ría a un esta­do u otro…

No… Una auto­no­mía para todo el País Vasco.

¿La inde­pen­den­cia?

Los esta­dos están decli­nan­do aho­ra. Van a des­apa­re­cer, los esta­dos son una crea­ción roma­na, pero van a des­apa­re­cer. No deseo un gobierno cen­tral euro­peo sino una Euro­pa de los pueblos.

Usted ha sido pio­ne­ra en muchos terre­nos. Inclu­so en los pre­mios y reco­no­ci­mien­tos des­ta­can a veces que usted es «la pri­me­ra mujer». ¿Le moles­tan esas referencias?

No, yo estoy muy con­ten­ta. Soy mujer y de Iparralde.

Pero ha tra­ba­ja­do en terre­nos don­de habi­tual­men­te había hom­bres… ¿Ha encon­tra­do difi­cul­ta­des por ello?

No, no. En abso­lu­to. Con­si­de­ro que las muje­res son como los hom­bres, igua­les, como en el País Vas­co anti­gua­men­te. Hay que tra­ba­jar, hay que tra­ba­jar al nivel de los hom­bres, nada más.

En algu­na oca­sión han dicho de usted que es una inte­lec­tual com­pro­me­ti­da con su país. ¿Se con­si­de­ra así?

Sí, pero sin per­te­ne­cer a nin­gún par­ti­do polí­ti­co. He encon­tra­do el País Vas­co hacien­do mi tesis; no lo cono­cía antes. Des­de ese día entien­do que el País Vas­co es úni­co, que es víc­ti­ma de la his­to­ria de los esta­dos. Lo decía en la con­clu­sión de mi tesis en 1978, y aho­ra lo digo igual: antes que per­te­ne­cer a la dere­cha o a la izquier­da es ser vas­co. Es otra cosa.

Sin embar­go, usted lle­gó a par­ti­ci­par públi­ca­men­te en la polí­ti­ca y alen­tó en Ipa­rral­de una can­di­da­tu­ra uni­ta­ria aber­tza­le para el Con­se­jo Regio­nal. ¿Aca­bó decep­cio­na­da de la política?

Sí, pero todos que­rían ser cabe­za de lis­ta. Hay vas­cos de dere­cha y de izquier­da. Los de izquier­da son los jóve­nes, pero no cono­cen su país. Los mili­tan­tes jóve­nes no lo cono­cen, es una lás­ti­ma. Yo doy una cla­se de Dere­cho Vas­co abier­ta a todo el públi­co en la facul­tad de Baio­na, ten­go unas vein­te per­so­nas pero todos son vie­jos, no hay jóvenes.

¿Cree que no exis­te inte­rés entre los jóve­nes por cono­cer su país?

No, creo que no hay interés.

¿Qué debe­ría hacerse?

Yo lo inten­to, pero no soy peren­ne, des­pués no sé, es difícil…

Para ter­mi­nar, ¿por qué nos resul­ta tan difí­cil unir­nos a los vascos?

¡Por el tem­pe­ra­men­to! ¡Somos ingo­ber­na­bles! Es la demo­cra­cia. Nun­ca ha habi­do uni­dad, nun­ca. Es el tem­pe­ra­men­to, sí…

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