Ale­jan­dra Kollon­tai : Comu­nis­mo feminista

«Cla­ra Zet­kin sos­te­nía que el triun­fo del socia­lis­mo era impo­si­ble sin la inclu­sión de amplias masas de muje­res en la lucha revo­lu­cio­na­ria, pero, has­ta cier­to pun­to, su argu­men­to era mera­men­te cuan­ti­ta­ti­vo: las muje­res supo­nen la mitad de la pobla­ción y ade­más cons­ti­tu­yen la par­te más «retró­gra­da» o con­ser­va­do­ra del pro­le­ta­ria­do. Es difí­cil, por tan­to, que se pue­da ven­cer al capi­ta­lis­mo sin el esfuer­zo acti­vo ‑o más bien con la rémo­ra- de la mitad del proletariado.

 Des­de nues­tro pun­to de vis­ta es la teó­ri­ca rusa Ale­jan­dra Kollon­tay quien arti­cu­ló de for­ma más racio­nal y sis­te­má­ti­ca femi­nis­mo y mar­xis­mo (19). Kollon­tay no se limi­ta a incluir a la mujer en la revo­lu­ción socia­lis­ta, sino que defi­ne el tipo de revo­lu­ción que la mujer nece­si­ta. No bas­ta con la abo­li­ción de la pro­pie­dad pri­va­da y con que la mujer se incor­po­re a la pro­duc­ción; es nece­sa­ria una revo­lu­ción de la vida coti­dia­na y de las cos­tum­bres, for­jar una nue­va con­cep­ción del mun­do y, muy espe­cial­men­te, una nue­va rela­ción entre los sexos. Sin estos cam­bios, que con­tri­bu­yen a la efec­ti­va eman­ci­pa­ción de la mujer, no podrá hablar­se real­men­te de revo­lu­ción socia­lis­ta, por mucho que el pro­le­ta­ria­do haya con­quis­ta­do el poder polí­ti­co. Por eso en su teo­ría no tie­ne sen­ti­do hablar de «un apla­za­mien­to» de libe­ra­ción de la mujer, en todo caso, habría que hablar de un apla­za­mien­to de la revo­lu­ción. De hecho, Kollon­tay tuvo nume­ro­sos enfren­ta­mien­tos con sus cama­ra­das varo­nes y con todos los que, des­de una hos­til indi­fe­ren­cia, nega­ban la nece­si­dad de una lucha espe­cí­fi­ca y defen­dían que los cam­bios rela­ti­vos a la eman­ci­pa­ción de la mujer eran una sim­ple cues­tión de super­es­truc­tu­ra. Tal y como ha seña­la­do Ann Fore­mann, Kollon­tay «fue la úni­ca de los diri­gen­tes bol­che­vi­ques en inte­grar teó­ri­ca­men­te los pro­ble­mas de la sexua­li­dad y la opre­sión de la mujer, den­tro de la lucha revo­lu­cio­na­ria.» (20)

La mujer nueva

Karl Marx seña­ló que para cons­truir un mun­do mejor, no bas­ta­ba con trans­for­mar las rela­cio­nes de pro­duc­ción, era tam­bién nece­sa­ria la apa­ri­ción de un hom­bre nue­vo. Kollon­tay se une apa­sio­na­da­men­te a esta rei­vin­di­ca­ción -«la nece­si­dad de la reno­va­ción psi­co­ló­gi­ca de la huma­ni­dad»- a la que dedi­ca bue­na par­te de sus escri­tos. La nue­va cla­se en ascen­so, el pro­le­ta­ria­do, nece­si­ta una ideo­lo­gía pro­pia, crear nue­vos valo­res y nue­vos hábi­tos de vida; y esta revo­lu­ción huma­na, tal vez la más impor­tan­te, no pue­de ser pos­pues­ta a nin­gún triun­fo polí­ti­co. De hecho ha comen­za­do ya y ha comen­za­do en la mujer, en la mujer nue­va, aun­que, «dema­sia­do a menu­do se olvi­da este impor­tan­te fac­tor»… el cam­bio de la psi­co­lo­gía feme­ni­na. (21)

Para Kollon­tay el femi­nis­mo tie­ne su razón de ser en la apa­ri­ción de esta mujer nue­va, por­que, en bue­na lógi­ca mar­xis­ta no bas­ta con que la mujer esté opri­mi­da sino que tie­ne que lle­gar a ser cons­cien­te de ello. Y es esta mujer nue­va, o «mujer céli­be», como le gus­ta lla­mar­la tam­bién a Kollon­tay, quien va a vivir la impo­ten­cia y el des­ga­rra­mien­to de ser mujer en un mun­do con­ce­bi­do en fun­ción del varón; es ella en defi­ni­ti­va quien se va a pre­gun­tar por las con­di­cio­nes que han hecho posi­ble su mise­ra­ble situa­ción a lo lar­go de la his­to­ria ‑la recons­truc­ción his­tó­ri­ca de la opresión‑, y es ella quién va a recon­si­de­rar el camino, la estra­te­gia a seguir para fina­li­zar con su opresión.

La mejor mane­ra de enten­der los ras­gos psi­co­ló­gi­cos que carac­te­ri­zan a la mujer nue­va es con­fron­tán­do­los con los de la mujer del pasa­do. ¿cómo es esta mujer? Según su aná­li­sis la vida de la mujer ha lle­ga­do a estar pre­si­di­da por los sen­ti­mien­tos; en un orden polí­ti­co, social y eco­nó­mi­co en que ha sido rele­ga­da a espo­sa del varón, su vida se ha redu­ci­do al hecho de amar­lo o de ser ama­da por éste:

«Has­ta aho­ra el con­te­ni­do fun­da­men­tal de la vida de la mayo­ría de las heroí­nas se redu­cía a los sen­ti­mien­tos de amor. Si una mujer no ama­ba, la vida se le apa­re­cía tan vacía como su cora­zón». (22)

Esta depen­den­cia mate­rial, moral y sen­ti­men­tal cho­ca con la inde­pen­den­cia y la acti­tud del varón, para quién la mujer, el amor, no es más que una par­te de su vida. Encuen­tra aquí Kollon­tay la cau­sa de incon­ta­bles tra­ge­dias en el alma feme­ni­na, en el alma de las muje­res de todas las cla­ses socia­les: los celos, la des­con­fian­za, la sole­dad, el renun­cia­mien­to a sí mis­mas por adap­tar­se al ser ama­do, etc. En defi­ni­ti­va, la mujer se defi­ne social­men­te por sus rela­cio­nes sexua­les o sen­ti­men­ta­les, y su indi­vi­dua­li­dad no tie­ne nin­gún valor social. Sólo tie­nen valor las vir­tu­des gené­ri­ca­men­te feme­ni­nas: la pure­za, la vir­tud sexual y sus opues­tos. Al menos, así es defi­ni­da por la lite­ra­tu­ra bur­gue­sa. Kollon­tay encuen­tra cua­tro tipos fun­da­men­ta­les de heroí­nas en la lite­ra­tu­ra: las encan­ta­do­ras y puras joven­ci­tas, que con­traen matri­mo­nio al final de la nove­la; las espo­sas resig­na­das o casa­das adúl­te­ras; las sol­te­ro­nas y, final­men­te, las «sacer­do­ti­sas del amor» o pros­ti­tu­tas, bien por su pobre­za o bien por su natu­ra­le­za vicio­sa. Fren­te a esta heroí­nas ha apa­re­ci­do, tan­to en la vida como en la lite­ra­tu­ra feme­ni­na, un quin­to tipo de heroí­na, es la mujer nue­va. La mujer nue­va en cuan­to tipo psi­co­ló­gi­co opues­to a la mujer del pasa­do se encuen­tra en todas las cla­ses socia­les. Son todas aque­llas que han deja­do de ser un sim­ple refle­jo del varón:

«Se pre­sen­tan a la vida con exi­gen­cias pro­pias, heroí­nas que afir­man su per­so­na­li­dad, heroí­nas que pro­tes­tan de la ser­vi­dum­bre de la mujer den­tro del esta­do, en el seno de la fami­lia, en la socie­dad, heroí­nas que saben luchar por sus dere­chos». (23)

La fina­li­dad de su vida no es el amor sino su «yo», su indi­vi­dua­li­dad. El amor no es sino una eta­pa más en el camino de su vida, la pasión les sir­ve para encon­trar­se a sí mis­mas, para afir­mar su per­so­na­li­dad y lle­gar a com­pren­der­se mejor: «Esta fina­li­dad de su vida es en gene­ral para la mujer moder­na algo mucho más impor­tan­te: un ideal social, el estu­dio de la cien­cia, un voca­ción o el tra­ba­jo crea­dor». (24)

Aho­ra bien, aun­que la mujer nue­va está en todas las cla­ses socia­les, la tesis de Kollon­tay ser que «la trans­for­ma­ción de la men­ta­li­dad de la mujer, de su estruc­tu­ra inte­rior espi­ri­tual y sen­ti­men­tal se rea­li­za pri­me­ro y prin­ci­pal­men­te en las capas más pro­fun­das de la socie­dad, es decir allí don­de se pro­du­ce nece­sa­ria­men­te la adap­ta­ción de la obre­ra a las con­di­cio­nes radi­cal­men­te trans­for­ma­das de su exis­ten­cia». (25)

La mujer nue­va como tipo gene­ra­li­za­do es pro­duc­to de la evo­lu­ción de las rela­cio­nes de pro­duc­ción y de la incor­po­ra­ción de la fuer­za de tra­ba­jo feme­ni­na al tra­ba­jo asa­la­ria­do. Una vez más ser el capi­ta­lis­mo quien engen­dre el suje­to revo­lu­cio­na­rio que cau­sar su des­truc­ción; la mujer nue­va como reali­dad coti­dia­na «ha naci­do con el rui­do infer­nal de las máqui­nas de las usi­nas y la sire­na de lla­ma­da de las fábri­cas»; final­men­te, y a pesar de que sus pri­me­ros aná­li­sis no apun­ta­ban a ello, Kollon­tay man­ten­drá que la mujer nue­va de la cla­se bur­gue­sa no deja de ser un tipo acci­den­tal. Por tan­to son las obre­ras la autén­ti­ca van­guar­dia del movi­mien­to de libe­ra­ción de la mujer y quie­nes han pues­to en el tape­te «la cues­tión feme­ni­na», cues­tión que, sin embar­go, pre­ten­den apro­piar­se las igua­li­ta­ris­tas. Kollon­tay seña­la indig­na­da que las pro­le­ta­rias lle­van ya años tra­ba­jan­do cuan­do sus com­pa­ñe­ras bur­gue­sas recla­man como algo nove­do­so el tra­ba­jo para ellas, y no se dan cuen­ta de que, si pue­den rei­vin­di­car el dere­cho al tra­ba­jo en pro­fe­sio­nes libe­ra­les es gra­cias a que otras muje­res lle­van años pudrién­do­se en las fábri­cas. De igual for­ma Kollon­tay seña­la cómo las pro­le­ta­rias lle­van años ejer­cien­do el amor libre ‑y sien­do cali­fi­ca­das de pro­mis­cuas- antes de que las bur­gue­sas lo asu­man como «su» reivindicación.

La situa­ción de la mujer en el capi­ta­lis­mo: La impor­tan­cia de este análisis

Para Kollon­tay ‑fren­te a Engels y la pos­tu­ra hege­mó­ni­ca al res­pec­to- no bas­ta con des­cu­brir el ori­gen de la subor­di­na­ción de la mujer para encon­trar una estra­te­gia de libe­ra­ción. Ade­lan­tán­do­se nota­ble­men­te a su tiem­po Kollon­tay podría hacer suya la tesis, más pro­pia del neo­fe­mi­nis­mo de los años seten­ta, de que la anu­la­ción del ori­gen de la opre­sión no tie­ne por­qué eli­mi­nar la natu­ra­le­za de la opre­sión en su for­ma actual. (26)

Efec­ti­va­men­te, para Kollon­tay, cual­quier estra­te­gia diri­gi­da a la efec­ti­va eman­ci­pa­ción de las muje­res ha de par­tir del aná­li­sis de la situa­ción de la mujer en la socie­dad actual. Su examen de la situa­ción de la mujer en la socie­dad capi­ta­lis­ta abor­da tres ámbi­tos impor­tan­tes: el tra­ba­jo, la fami­lia, y, fun­da­men­tal­men­te, el mun­do per­so­nal, de las rela­cio­nes entre los sexos. Nos cen­tra­re­mos sólo en este últi­mo pun­to ya que es su apor­ta­ción más original.

La cri­sis sexual

La con­cien­cia de estar vivien­do una épo­ca de cri­sis en la rela­cio­nes entre los sexos y de la injus­ti­cia que supo­nía la exis­ten­cia de una doble moral, una para los varo­nes y otra para las muje­res, se remon­ta en la tra­di­ción socia­lis­ta a los lla­ma­dos socia­lis­tas utó­pi­cos, espe­cial­men­te a Fou­rier, tam­bién era denun­cia­da por las sufra­gis­tas y que­da­ba amplia­men­te refle­ja­da en la nove­la bur­gue­sa. Kollon­tay cali­fi­ca el pro­ble­ma como uno de los más impor­tan­tes que aco­san la inte­li­gen­cia y el cora­zón de la huma­ni­dad, y en cier­to modo, pode­mos afir­mar que el tema del amor libre o la bús­que­da de nue­vas for­mas de rela­ción sexual más satis­fac­to­rias, era uno de los temas de la época.

Kollon­tay cri­ti­ca explí­ci­ta­men­te la pos­tu­ra mar­xis­ta que man­tie­ne que los pro­ble­mas de amor son pro­ble­mas de super­es­truc­tu­ra y que se solu­cio­na­rán cuan­do cam­bie la base eco­nó­mi­ca de la socie­dad. Igual­men­te, des­es­ti­ma toda pre­dic­ción opti­mis­ta sobre la solu­ción de la cri­sis sexual. Ser nece­sa­ria una lar­ga lucha, y una lucha espe­cí­fi­ca, para reedu­car la psi­co­lo­gía de la huma­ni­dad. Efec­ti­va­men­te, en este tema toma alas res­pec­to a lo que por aquel enton­ces era la tra­di­ción mar­xis­ta para adop­tar una pos­tu­ra cla­ra­men­te femi­nis­ta. Así, la con­tra­dic­ción que en otra esfe­ras ‑como la del tra­ba­jo o la fami­lia- apa­re­cía entre los intere­ses de las muje­res bur­gue­sas y las muje­res pro­le­ta­rias des­apa­re­ce, y pasa a un pri­mer plano la con­tra­dic­ción varón-mujer. En este sen­ti­do, des­cri­be la cri­sis sexual tal y como la viven las muje­res y seña­la, muy espe­cial­men­te, la impo­si­bi­li­dad de la «mujer nue­va» de rea­li­zar­se sen­ti­men­tal­men­te en un mun­do en que el varón toda­vía no ha cam­bia­do. Debi­do a esto, Kollon­tay ir más allá de la tópi­ca denun­cia a la doble moral bur­gue­sa o de la rei­vin­di­ca­ción del dere­cho a amar libre­men­te para las muje­res; por­que, ¿qué ganar la mujer nue­va con su recién estre­na­do dere­cho a amar mien­tras no exis­ta un «varón nue­vo» capaz de comprenderla?

Sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te, al tra­tar este tema, des­apa­re­cen de sus tex­tos las citas de «los mar­xis­tas» y ceden su sitio a las de la lite­ra­tu­ra bur­gue­sa pero feme­ni­na. Kollon­tay rei­vin­di­ca el valor y la nece­si­dad de las obras lite­ra­rias de las muje­res, porque:

«No es posi­ble com­pren­der ni juz­gar lo que pasa apo­yán­do­se tan sólo en la per­cep­ción que los hom­bres tie­nen de ello sobre todo cuan­do se tra­ta de los pro­ble­mas sexua­les de ese mis­te­rio del amor.» (27)

Y en res­pues­ta a una pre­gun­ta de una joven comu­nis­ta sobre por qué sien­ten admi­ra­ción por una poe­ti­sa «que no es en abso­lu­to comu­nis­ta» Kollon­tay res­pon­de con­ven­ci­da: «por­que no hace pasar las emo­cio­nes del alma feme­ni­na a tra­vés del pris­ma de la psi­co­lo­gía mas­cu­li­na.» (28)

En su escri­to La nue­va moral sexual Kollon­tay sigue las tesis de Mei­sel Hess expues­tas en la obra La cri­sis sexual, publi­ca­da en 1910. Esta auto­ra plan­tea­ba que las nor­mas mora­les que regla­men­tan la vida huma­na no pue­den tener más que dos fina­li­da­des: ase­gu­rar a la huma­ni­dad una des­cen­den­cia sana y con­tri­buir al enri­que­ci­mien­to de la psi­co­lo­gía huma­na en el sen­ti­do de fomen­tar los sen­ti­mien­tos de soli­da­ri­dad y cama­ra­de­ría. El pro­pó­si­to de Kollon­tay ser demos­trar que las for­mas fun­da­men­ta­les de unión inter­se­xual de su tiem­po no sir­ven a la segun­da fina­li­dad seña­la­da. Para ellos ana­li­za el matri­mo­nio legal, la pros­ti­tu­ción y la unión libre y apun­ta a las dife­ren­cias entre la psi­co­lo­gía del varón y de la mujer.

El matri­mo­nio legal tie­ne en su base dos prin­ci­pios que lo enve­ne­nan y que afec­tan de igual for­ma a varo­nes y muje­res. Estos prin­ci­pios son la indi­so­lu­bi­li­dad del matri­mo­nio y la idea de pro­pie­dad res­pec­to al cón­yu­ge. La indi­so­lu­bi­li­dad del matri­mo­nio que «se fun­da en la idea con­tra­ria a toda cien­cia psi­co­ló­gi­ca de la inva­ria­bi­li­dad de la psi­co­lo­gía huma­na en el cur­so de la vida» (29), impi­de que el alma huma­na se enri­quez­ca con otras rela­cio­nes amo­ro­sas. Esto es tan­to más gra­ve en tan­to que, como seña­la­ra Mei­sel Hess, «un cora­zón sano y rico capaz de amar, no es un peda­zo de pan que men­güe a medi­da que nos lo come­mos». Por el con­tra­rio, el amor es una fuer­za crea­do­ra, que aumen­ta a medi­da que se pro­di­ga. Por otro lado, el matri­mo­nio legal se mues­tra capaz de estran­gu­lar la rela­ción más apa­sio­na­da. La idea de pro­pie­dad res­pec­to al otro lle­va a estre­char la vida en común has­ta tal pun­to que «has­ta el amor más ardien­te se con­vier­te en indi­fe­ren­cia». Y tam­po­co enri­que­ce el alma huma­na en cuan­to que no requie­re «sino pocos esfuer­zos psí­qui­cos para con­ser­var al com­pa­ñe­ro de vida, liga­do por cade­nas exter­nas» (30).

La pros­ti­tu­ción como for­ma de rela­ción sexual tie­ne unos efec­tos mucho peo­res que el matri­mo­nio legal en la psi­co­lo­gía huma­na; en con­cre­to, en la psi­co­lo­gía del varón. A este res­pec­to Engels había obser­va­do lo siguien­te: «Entre las muje­res, no degra­da sino a las infe­li­ces que caen en sus garras y aún a éstas en un gra­do mucho menor de lo que sue­le creer­se. En cam­bio, envi­le­ce el carác­ter del sexo mas­cu­lino ente­ro.» (31) Kollon­tay está de acuer­do con la últi­ma fra­se del tex­to engel­siano pero, a su jui­cio, serán tam­bién todas las muje­res las que sufran los nefas­tos efec­tos de la pros­ti­tu­ción sobre el varón. El pro­ble­ma resi­de en que con la pros­ti­tu­ción, los varo­nes esta­ble­cen una rela­ción con el sexo feme­nino en que sólo se dis­po­nen a reci­bir pla­cer y no a dar­lo. Esta situa­ción defor­ma pro­fun­da­men­te la

con­cien­cia de que el acto sexual es cosa de dos, y como afir­ma Kollon­tay: «Lle­va al hom­bre a igno­rar con sor­pren­den­te inge­nui­dad, las sen­sa­cio­nes fisio­ló­gi­cas de la mujer en el acto más ínti­mo» (32).

La pros­ti­tu­ción defor­ma la con­cien­cia eró­ti­ca del varón y abre un abis­mo entre las expec­ta­ti­vas de varo­nes y muje­res en la rela­ción sexual. El des­en­can­to de la mujer en el acto sexual trae como con­se­cuen­cia el des­en­ten­di­mien­to y la incom­pren­sión entre los sexos. Kollon­tay no sólo denun­cia explí­ci­ta­men­te el des­co­no­ci­mien­to por par­te de los varo­nes de la sexua­li­dad feme­ni­na, sino que acu­sa a la lite­ra­tu­ra mas­cu­li­na de silen­ciar esta insa­tis­fac­ción sexual, cuan­do des­de su pun­to de vis­ta, es la cau­sa de incon­ta­bles dra­mas de «fami­lia y amor».

La unión libre sur­ge como alter­na­ti­va al matri­mo­nio legal y para muchos ‑el indi­vi­dua­lis­mo bur­gués- sería la solu­ción a la cri­sis del matri­mo­nio legal. Sin embar­go, para Kollon­tay esta unión está irre­me­dia­ble­men­te con­de­na­da al fra­ca­so mien­tras no cam­bie la psi­co­lo­gía de los indi­vi­duos. El siguien­te tex­to nos pare­ce suma­men­te intere­san­te al respecto:

«¿Aca­so la psi­co­lo­gía del hom­bre de hoy está real­men­te dis­pues­ta a admi­tir el prin­ci­pio del amor libre? ¿Y los celos, que ara­ñan inclu­so a los espí­ri­tus mejo­res? ¿Y ese sen­ti­mien­to, tan hon­da­men­te enrai­za­do, del dere­cho de pro­pie­dad no sólo sobre el pro­pio cuer­po, sino tam­bién sobre el alma del com­pa­ñe­ro? ¿Y la inca­pa­ci­dad de incli­nar­se con sim­pa­tía ante una mani­fes­ta­ción de la indi­vi­dua­li­dad de la otra per­so­na, la cos­tum­bre bien de “domi­nar” al ser ama­do o bien de hacer­se su escla­vo? ¿Y ese sen­ti­mien­to amar­go, mor­tal­men­te amar­go de aban­dono y de infi­ni­ta sole­dad que se apo­de­ra de uno cuan­do el ser ama­do ya no os quie­re y os deja?» (33).

Kollon­tay entien­de el amor libre como algo más que un mero cam­bio en los lazos for­ma­les o exter­nos que unen a la pare­ja, no como un cam­bio en la for­ma de rela­ción sino en el con­te­ni­do de la mis­ma. Se carac­te­ri­za por negar los supues­tos dere­chos de pro­pie­dad que el amor bur­gués con­ce­día sobre el cuer­po y el alma de la per­so­na ama­da. Muy al con­tra­rio, la unión libre se basa en el mutuo res­pe­to de la indi­vi­dua­li­dad y de la liber­tad del otro. En este sen­ti­do entra­ña el recha­zo de la subor­di­na­ción de la mujer den­tro de la pare­ja y de la hipo­cre­sía de la doble moral.

La pre­gun­ta de Kollon­tay al res­pec­to es la de si pue­de exis­tir una rela­ción tal en el «actual esta­do esta­cio­na­rio de la psi­co­lo­gía de la huma­ni­dad». Según su aná­li­sis, la socie­dad capi­ta­lis­ta, basa­da en la lucha por la exis­ten­cia, ha fomen­ta­do los hábi­tos y la men­ta­li­dad indi­vi­dua­lis­ta e inso­li­da­ria entre las per­so­nas. Los seres huma­nos viven ais­la­dos, cuan­do no enfren­ta­dos con la comu­ni­dad; y es pre­ci­sa­men­te esta sole­dad moral en que viven varo­nes y muje­res lo que «lle­va a afe­rrar­se con enfer­mi­za avi­dez a un ser del sexo opues­to» y a «entrar a saco en el alma del otro». La idea de pro­pie­dad vicia inevi­ta­ble­men­te has­ta la unión que se pre­ten­de más libre. Lo que Kollon­tay plan­tea es que sólo en una socie­dad basa­da en la soli­da­ri­dad, el com­pa­ñe­ris­mo y en la igual­dad de los sexos, pue­de lle­gar a buen tér­mino la unión libre. Y en este pre­ci­so sen­ti­do afir­ma que la mujer nue­va está ponien­do las bases de una autén­ti­ca revo­lu­ción sexual ‑y tam­bién de la revo­lu­ción socia­lis­ta- al poner en pri­mer plano en las rela­cio­nes la no subor­di­na­ción y el com­pa­ñe­ris­mo. Y es que, el poner en pri­mer plano la recí­pro­ca inde­pen­den­cia y liber­tad, el res­pe­to hacia la pro­pia indi­vi­dua­li­dad, se encuen­tra en cla­ra con­tra­dic­ción con la idea de pose­sión exclu­si­va o pro­pie­dad res­pec­to al otro.

Pero si las muje­res se están abrien­do a una nue­va mane­ra de con­ce­bir la pro­pia vida y las rela­cio­nes entre los sexos, no suce­de lo mis­mo con los varo­nes que siguen domi­na­dos por la ideo­lo­gía bur­gue­sa. Duran­te siglos, la cul­tu­ra bur­gue­sa ha fomen­ta­do en el varón hábi­tos de auto­sa­tis­fac­ción y egoís­mo, y entre estos, el de some­ter el «yo» de la mujer. Y, refle­xio­na Kollon­tay, sea la unión inter­se­xual legal o libre, el varón seguir vien­do en la mujer «lo que tie­ne en común con su espe­cie, su femi­ni­dad en gene­ral» (34). Ade­más, como decía­mos antes, Kollon­tay no se mues­tra opti­mis­ta. Según ella, ha de pasar aún mucho tiem­po antes de que naz­ca un hom­bre que sea capaz de ver en las muje­res algo más que las repre­sen­tan­tes de su sexo y que sepa que el pri­mer pues­to en las rela­cio­nes amo­ro­sas le corres­pon­de a la amis­tad y camaradería.

La revo­lu­ción que la mujer necesita

La mujer, con su cam­bio, está ponien­do las bases para la trans­for­ma­ción de la socie­dad. Aho­ra bien, dicho cam­bio sólo podrá lle­gar a buen tér­mino en una socie­dad comu­nis­ta. Lo que nos lle­va a ver qué tipo de revo­lu­ción nece­si­ta la mujer. En pri­mer lugar una revo­lu­ción de la vida coti­dia­na y de las cos­tum­bres entre las que des­ta­ca la socia­li­za­ción del tra­ba­jo domés­ti­co y del cui­da­do de los niños.

Para Kollon­tay el tra­ba­jo asa­la­ria­do es con­di­ción nece­sa­ria ‑aun­que no sufi­cien­te- de la eman­ci­pa­ción. Y en la socie­dad capi­ta­lis­ta esta con­di­ción no pue­de resol­ver­se. En pri­mer lugar por su acep­ta­ción de la tesis de las cri­sis perió­di­cas del capi­ta­lis­mo. En los momen­tos de cri­sis las muje­res serían las pri­me­ras en per­der sus pues­tos de tra­ba­jo. Pero ade­más está el pro­ble­ma de la doble jor­na­da labo­ral de las muje­res, y Kollon­tay pien­sa que esto es irre­so­lu­ble en el capi­ta­lis­mo. (La idea de que el varón pudie­se rea­li­zar tam­bién los tra­ba­jos domés­ti­cos es muy recien­te en la his­to­ria del femi­nis­mo). De ahí que la revo­lu­ción que la mujer nece­si­ta inclu­ye la socia­li­za­ción del tra­ba­jo domés­ti­co y una nue­va con­cep­ción de la mater­ni­dad. Las muje­res deben ser des­car­ga­das de los tra­ba­jos domés­ti­cos y has­ta don­de sea posi­ble de la tarea social de la repro­duc­ción de la espe­cie. Sólo así podrán, sin poner en peli­gro su salud, cum­plir con su tra­ba­jo pro­duc­ti­vo de una for­ma satis­fac­to­ria y aspi­rar a pro­mo­cio­nar­se y ocu­par tra­ba­jos cada vez más cua­li­fi­ca­dos. Aquí resul­ta obli­ga­do seña­lar que Kollon­tay tam­bién habla del deber social de la mater­ni­dad, con lo que no que­da muy cla­ro has­ta dón­de pue­de coli­sio­nar este deber con el dere­cho de la mujer a dis­po­ner de su pro­pio cuerpo.

En segun­do lugar, la efec­ti­va eman­ci­pa­ción de las muje­res no podrá lograr­se sin una com­ple­ta revo­lu­ción en las rela­cio­nes entre los sexos, sin el desa­rro­llo de un nue­vo con­cep­to de amor: el amor cama­ra­de­ría. En este sen­ti­do ya hemos ana­li­za­do la impor­tan­cia que otor­ga a la cri­sis sexual y su airea­mien­to de temas has­ta enton­ces silen­cia­dos como la insa­tis­fac­ción sexual de la mujer; aho­ra ana­li­za­re­mos la estra­te­gia que pro­po­ne para solu­cio­nar dicha cri­sis, y su cone­xión con la revo­lu­ción socialista.

Para Kollon­tay, sin una reedu­ca­ción bási­ca de nues­tra psi­co­lo­gía, el pro­ble­ma sexual no tie­ne solu­ción. Sos­tie­ne, de acuer­do con los mar­xis­tas de su épo­ca, que el triun­fo defi­ni­ti­vo de esta refor­ma depen­der por ente­ro de la reor­ga­ni­za­ción radi­cal de las rela­cio­nes socio­eco­nó­mi­cas sobre bases comu­nis­tas, pero sos­tie­ne fren­te a aque­llos la nece­si­dad de una lucha espe­cí­fi­ca con­tra la ideo­lo­gía tra­di­cio­nal. En con­se­cuen­cia, cri­ti­ca lo que cali­fi­ca de «répli­ca estú­pi­da» por par­te de sus cama­ra­das cuan­do man­tie­nen que los pro­ble­mas sexua­les son pro­ble­mas de super­es­truc­tu­ra, que encon­tra­rán solu­ción cuan­do la base eco­nó­mi­ca de la socie­dad se haya trans­for­ma­do. A esto responde:

«¡Como si la ideo­lo­gía de una cla­se cual­quie­ra se for­me úni­ca­men­te cuan­do ya se ha pro­du­ci­do el des­ba­ra­jus­te en las rela­cio­nes socio­eco­nó­mi­cas que ase­gu­ra el poder de esa cla­se!» (35).

Para Kollon­tay es en el pro­ce­so mis­mo revo­lu­cio­na­rio don­de se con­for­ma la ideo­lo­gía de la nue­va cla­se, en el enfren­ta­mien­to con los vie­jos hábi­tos y men­ta­li­da­des don­de se va con­so­li­dan­do la nue­va visión del mun­do. Y, par­te muy impor­tan­te de la visión del mun­do, es la que ata­ñe a las rela­cio­nes entre los sexos y sería un gran error con­si­de­rar esta cues­tión como pri­va­da. El amor es una pode­ro­sa fuer­za psí­qui­co-social que la nue­va cla­se hege­mó­ni­ca debe poner a su ser­vi­cio. En este sen­ti­do, ins­tau­rar una nue­va moral sexual, sin la que Kollon­tay esta­ba con­ven­ci­da de que la eman­ci­pa­ción de la mujer no sería posi­ble, es por un lado un deber de la cla­se obre­ra en su cons­truc­ción de un mun­do mejor,

pero tam­bién un pode­ro­so ins­tru­men­to para con­so­li­dar su poder. De hecho, según su aná­li­sis de la evo­lu­ción del con­cep­to de amor a tra­vés de la his­to­ria que­da de mani­fies­to como las cla­ses socia­les ascen­den­tes, mode­lan el con­cep­to de amor en cohe­ren­cia con las nece­si­da­des de su orga­ni­za­ción socio­eco­nó­mi­ca y de su visión del mun­do. Así lo hicie­ron en su día la socie­dad feu­dal y la bur­gue­sa. Hoy:

«Corres­pon­de a la huma­ni­dad tra­ba­ja­do­ra, arma­da del méto­do cien­tí­fi­co del mar­xis­mo y recep­to­ra de la expe­rien­cia del pasa­do, com­pren­der esto: ¿Qué lugar debe reser­var la nue­va huma­ni­dad al amor en las rela­cio­nes socia­les? ¿Cuál debe ser, por con­si­guien­te el ideal amo­ro­so que res­pon­da a los intere­ses de la cla­se que lucha por domi­nar tales rela­cio­nes socia­les?» (36).

La obra de Kollon­tay inten­tar res­pon­der todos estos inte­rro­gan­tes. En pri­mer lugar, la ten­den­cia actual del amor es la ambi­güe­dad. El amor ha sur­gi­do del ins­tin­to bio­ló­gi­co de la repro­duc­ción, pero, a tra­vés de mile­nios de vida social y cul­tu­ral se ha «espi­ri­tua­li­za­do» para con­ver­tir­se en un com­ple­jí­si­mo esta­do emo­cio­nal. El amor se pue­de pre­sen­tar bajo la for­ma de pasión, de amis­tad, de ter­nu­ra mater­nal, de incli­na­ción amo­ro­sa, de comu­ni­dad de ideas, de pie­dad, de admi­ra­ción, de cos­tum­bre y de cuan­tas mane­ras ima­gi­ne­mos. Es decir, la huma­ni­dad, en su cons­tan­te evo­lu­ción, ha ido enri­que­cien­do y diver­si­fi­can­do los sen­ti­mien­tos amo­ro­sos has­ta el pun­to de que no pare­ce fácil que una sola per­so­na pue­da satis­fa­cer la rica y mul­ti­for­me capa­ci­dad de amar que late en cada ser humano. Kollon­tay des­cri­be así la situación:

«Una mujer ama a tal hom­bre con todo el alma, y los pen­sa­mien­tos de ambos, las aspi­ra­cio­nes, las volun­ta­des están en armo­nía; pero la fuer­za de las afi­ni­da­des car­na­les la atrae irre­sis­ti­ble­men­te hacia otro. Un hom­bre expe­ri­men­ta por tal mujer un sen­ti­mien­to de ter­nu­ra lleno de aten­cio­nes, de com­pa­sión col­ma­da de soli­ci­tud, a la par que haya en otra la com­pren­sión y el sos­tén para las mejo­res aspi­ra­cio­nes de su yo. ¿A cuál de ambas debe con­sa­grar la tota­li­dad de Eros? ¿Y por qué habría de des­ga­rrar, de muti­lar su pro­pia alma, si la ple­ni­tud de su indi­vi­dua­li­dad no se rea­li­za sino con uno y otro lazo?» (37).

Para Kollon­tay esta «ambi­güe­dad» del amor cho­ca con el ideal bur­gués de exclu­si­vi­dad, pero no con una supues­ta esen­cia del amor, como pre­ten­día Engels (38). El ideal de exclu­si­vi­dad en el amor se ha for­ja­do his­tó­ri­ca­men­te, liga­do a la ideo­lo­gía basa­da en la noción de pro­pie­dad. Sin embar­go, el mun­do que pro­yec­ta cons­truir la cla­se pro­le­ta­ria no se fun­da en la pro­pie­dad y el indi­vi­dua­lis­mo, sino en la comu­ni­dad y en la cama­ra­de­ría; en con­se­cuen­cia, esta «ambi­güe­dad» del amor no tie­ne por qué encon­trar­se en con­tra­dic­ción con los intere­ses ideo­ló­gi­cos del pro­le­ta­ria­do. La nue­va socie­dad de los tra­ba­ja­do­res se cons­tru­ye a par­tir de la soli­da­ri­dad de todos los varo­nes y muje­res que la com­po­nen, así pues, al pro­le­ta­ria­do le intere­sa fomen­tar un con­cep­to del amor que refuer­ce los sen­ti­mien­tos de sim­pa­tía y cama­ra­de­ría entre todos sus miem­bros. El amor exclu­si­vo y absor­ben­te, el amor que lle­va a la pare­ja a ais­lar­se de la colec­ti­vi­dad, está en pro­fun­da con­tra­dic­ción con la ideo­lo­gía de la nue­va cla­se y con la socie­dad que pre­ten­de con­so­li­dar. Para la nue­va cla­se ascendente:

«Cuan­tos más hilos haya ten­di­dos de alma a alma, de cora­zón a cora­zón, de espí­ri­tu a espí­ri­tu, más se enrai­za­rá el espí­ri­tu de soli­da­ri­dad y más fácil será la rea­li­za­ción del ideal de la cla­se obre­ra: la cama­ra­de­ría y la uni­dad.» (39)

A la moral sexual pro­le­ta­ria no le intere­sa la for­ma exter­na del amor, sino el con­te­ni­do del mis­mo. El pro­le­ta­ria­do admi­tir todo tipo de rela­ción entre los sexos con tal de que se base en la reci­pro­ci­dad, en el reco­no­ci­mien­to de la per­so­na­li­dad y los dere­chos del otro y en «la acti­tud para escu­char y com­pren­der los movi­mien­tos aní­mi­cos del ser que­ri­do». Resul­ta obvio que rela­cio­nes tales como la pros­ti­tu­ción, basa­da en la des­igual­dad de los sexos serán prohi­bi­das por estar en con­tra­dic­ción con la ideo­lo­gía de la cla­se obre­ra. En reali­dad, el con­cep­to de amor que debe fomen­tar el pro­le­ta­ria­do no es otro que el que pro­pug­na­ba la mujer nue­va: el amor cama­ra­de­ría. Que­da así de mani­fies­to cómo las muje­res de todas las cla­ses socia­les con­tri­bu­yen a la ero­sión de los valo­res de la ideo­lo­gía domi­nan­te y, una vez más, la rela­ción entre la eman­ci­pa­ción de la mujer y el triun­fo de la revolución.

Más allá de la inexo­ra­ble con­tra­dic­ción entre las fuer­zas pro­duc­ti­vas y las rela­cio­nes de pro­duc­ción, esta es la pre­dic­ción de Kollon­tay: cuan­do varo­nes y muje­res lle­guen a ser ver­da­de­ros com­pa­ñe­ros y la soli­da­ri­dad sea el autén­ti­co motor de la socie­dad, cuan­do des­apa­rez­ca la fría sole­dad moral y afec­ti­va que rodea a los seres huma­nos en el capi­ta­lis­mo, sólo enton­ces ser posi­ble una autén­ti­ca revo­lu­ción comunista.

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