Así mata­mos a Mon­se­ñor Rome­ro por El Faro (Dia­rio de El Sal­va­dor) [Argaz­kiak eta Bideoa]

El mayor D´Aubuisson fue par­te de la cons­pi­ra­ción para ase­si­nar a mon­se­ñor Rome­ro, aun­que el tira­dor lo puso un hijo del ex pre­si­den­te Moli­na, dice el capi­tán Álva­ro Sara­via. 30 años des­pués, él y otros de los invo­lu­cra­dos recons­tru­yen aque­llos días de trá­fi­co de armas, de cocaí­na y de secues­tros. Caí­do en des­gra­cia, Sara­via ha sido repar­ti­dor de piz­zas, ven­de­dor de carros usa­dos y lava­dor de nar­co­di­ne­ro. Aho­ra arde en el infierno que ayu­dó a pren­der aque­llos días cuan­do matar «comu­nis­tas» era un deporte.

Comien­za a leer des­pa­cio, en voz alta: “Algu­nos años des­pués de ase­si­nar a mon­se­ñor Rome­ro, el capi­tán Álva­ro Rafael Sara­via se qui­tó el ran­go mili­tar, aban­do­nó a su fami­lia y se mudó a Cali­for­nia”. En la mano sos­tie­ne varias pági­nas con la impre­sión de una nota perio­dís­ti­ca publi­ca­da hace cin­co años. Se reaco­mo­da los len­tes ‑dos gran­des vidrios sos­te­ni­dos por un alam­bre-. Tie­ne las uñas rotas y sucias, y los ojos muy abier­tos y agi­ta­dos. Aler­tas. Vuel­ve a leer el pri­mer párra­fo. “Algu­nos años des­pués de ase­si­nar a mon­se­ñor Rome­ro, el capi­tán Álva­ro Rafael Sara­via…” Hace una pau­sa y repi­te ese nom­bre, que no ha dicho en mucho tiem­po: “El capi­tán Álva­ro Rafael Saravia”.

Levan­ta la cabe­za y me mira fijamente.

-Usted escri­bió esto, ¿ver­dad?

-Sí.

-Pues está mal.

-¿Por qué?

-Aquí dice “Algu­nos años des­pués de ase­si­nar a mon­se­ñor Rome­ro”. Y yo no lo maté.

-¿Y quién lo mató?

-Un fulano.

-¿Un extran­je­ro?

-No. Un indio, de los de noso­tros. Por ahí anda ese.

-Usted no dis­pa­ró, pero participó.

-30 años y me voy a morir per­se­gui­do por eso. Sí, cla­ro que par­ti­ci­pé. Por eso esta­mos hablando.

Tie­ne las manos gas­ta­das por la mise­ria y el tra­ba­jo del cam­po. Unas manos que nada tie­nen que ver con las de aquel pilo­to de la Fuer­za Aérea con­ver­ti­do en lugar­te­nien­te del líder anti­co­mu­nis­ta sal­va­do­re­ño Rober­to d´Aubuisson, y des­pués en repar­ti­dor de piz­zas, lava­dor de dine­ro para la mafia colom­bia­na y final­men­te en ven­de­dor de autos usa­dos en Cali­for­nia. Aho­ra ya no es nada de eso. Per­dió un jui­cio al que no asis­tió, en el que fue encon­tra­do cul­pa­ble del ase­si­na­to de mon­se­ñor Romero.

-Cuén­te­me cómo fue.-Se lo voy a con­tar todo, pero des­pa­cio. Esto es largo.

En 1979, Sara­via, un indis­ci­pli­na­do capi­tán de avia­ción, que­ri­do por todos sus com­pa­ñe­ros pero dema­sia­do incli­na­do por el alcohol y las reyer­tas, ter­mi­nó con­ven­ci­do por el mayor Rober­to d´Aubuisson de tra­ba­jar con él en la for­ma­ción de un fren­te anti­co­mu­nis­ta. Lo con­ven­ció en las visi­tas que D´Aubuisson, un mayor del ejér­ci­to exper­to en inte­li­gen­cia con­tra­in­sur­gen­te, hacía a los cuar­te­les de la Guar­dia Nacio­nal para reclu­tar a los ofi­cia­les para su lucha.

El mayor D´Aubuisson fun­dó un par de años más tar­de el par­ti­do Are­na y se con­vir­tió en el máxi­mo líder de la dere­cha polí­ti­ca sal­va­do­re­ña. Fue tam­bién el pre­si­den­te de la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te de 1985 y pro­mi­nen­te miem­bro de la Liga Anti­co­mu­nis­ta Mundial.

El capi­tán Sara­via aún recuer­da cómo, sen­ta­dos en la are­na de una pla­ya sal­va­do­re­ña y con una bote­lla de ron entre ambos, D´Aubuisson lo ter­mi­nó incor­po­ran­do a su movi­mien­to. Se per­dió 15 días con él, se fue­ron a Gua­te­ma­la, y le pusie­ron suel­do, un carro y lo demás que nece­si­ta­ra para cum­plir el encar­go del mayor: “Me vas a lle­var unas cosas a mí, particulares”.

D´Aubuisson murió en 1992 de cán­cer en la len­gua, tras haber lle­va­do a su par­ti­do a la pre­si­den­cia de El Sal­va­dor y poco des­pués de la fir­ma de los Acuer­dos de Paz que pusie­ron fin a la gue­rra civil. Para enton­ces, el capi­tán Sara­via ya vivía en Esta­dos Uni­dos, se había libra­do de un jui­cio en El Sal­va­dor por el ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro y de otro en Esta­dos Uni­dos por lava­do de dine­ro. Se mudó a Modes­to, una peque­ña ciu­dad en el cen­tro de Cali­for­nia, y ahí ven­dió carros usa­dos has­ta 2004.

En octu­bre de ese año comen­zó a huir de sí mis­mo, cuan­do el Cen­tro para la Jus­ti­cia y la Ren­di­ción de Cuen­tas (CJA), una orga­ni­za­ción no guber­na­men­tal con sede en San Fran­cis­co, Cali­for­nia, le metió un jui­cio civil que lo encon­tró cul­pa­ble del ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro y lo con­de­nó a pagar 10 millo­nes de dóla­res a los fami­lia­res. Sara­via des­apa­re­ció poco antes del jui­cio y aho­ra vive ocul­to. Ha vuel­to a un país en el que se habla español.

De él me dijo algu­na vez un vie­jo are­ne­ro con fama de duro: “Sara­via esta­ba loco. Te veía con un dolor de mue­las y te pre­gun­ta­ba qué te pasó. Le decías que un den­tis­ta te jodió y al siguien­te día el den­tis­ta esta­ba muerto”.

El capi­tán Álva­ro Rafael Sara­via fue un acti­vo miem­bro de un gru­po seña­la­do como res­pon­sa­ble de ase­si­na­tos y tor­tu­ras, un escua­drón de la muer­te. “Un sicó­pa­ta”, lo lla­ma Ricar­do Val­di­vie­so, uno de los fun­da­do­res de Arena.

El Archi­vo Nacio­nal de Segu­ri­dad de Esta­dos Uni­dos con­sig­na infor­ma­ción de la emba­ja­da de ese país en San Sal­va­dor, noti­fi­can­do a Washing­ton el secues­tro y ase­si­na­to de Car­los Hum­ber­to Gue­rra Cam­pos en 1985. Su fami­lia pago el res­ca­te, pero él nun­ca apa­re­ció. Según la emba­ja­da esta­dou­ni­den­se, los secues­tra­do­res fue­ron el Capi­tán Álva­ro Sara­via y “Tito” Rega­la­do, el hom­bre que pos­te­rior­men­te sería jefe de segu­ri­dad de la Asam­blea cuan­do D’aubuisson asu­mió la pre­si­den­cia del Órgano Legislativo.

Sara­via vivió rodea­do de secues­tra­do­res y ase­si­nos, pero nie­ga su par­ti­ci­pa­ción en este u otro ase­si­na­to. “Yo no diri­gí nun­ca una ope­ra­ción para ir a matar a nadie. Se lo digo fran­ca­men­te”. Se le olvi­da que esta­mos sen­ta­dos aquí pre­ci­sa­men­te por­que par­ti­ci­pó en el ase­si­na­to más tras­cen­den­te de la his­to­ria de El Salvador.

No nie­ga la par­ti­ci­pa­ción de su jefe, el mayor Rober­to d’Aubuisson, en ope­ra­ti­vos clan­des­ti­nos para matar a seres huma­nos, pero ale­ga que esto lo hacía median­te con­tac­tos en otros cuer­pos de seguridad.

En su agen­da, que le fue cap­tu­ra­da en la fin­ca San Luis pocos días des­pués del ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro, están con­sig­na­das varias lis­tas de armas y el telé­fono de un hom­bre lla­ma­do Andy. Andy del Cari­be. Un tra­fi­can­te de armas esta­dou­ni­den­se que traía des­de su país, por tie­rra, camio­ne­tas lle­nas de arma­men­to que dis­fra­za­ba bajo revis­tas Play­boy que rega­la­ba gus­to­sa­men­te a los agen­tes de adua­nas en todas las fron­te­ras. Esas armas, dice Sara­via, eran para su uso per­so­nal y para armar a los miem­bros del Fren­te Amplio Nacio­nal, el FAN, que lide­ra­ba D’Aubuisson antes de fun­dar ARENA.

De su rom­pi­mien­to con el mayor al que ser­vía hay dos ver­sio­nes. Una es la suya, según la cual se can­só de esa vida agi­ta­da y no sen­tía ya la con­fian­za de D’Aubuisson, por lo que par­tió a Esta­dos Uni­dos. Otra es de Ricar­do Val­di­vie­so, fun­da­dor de Are­na y aho­ra direc­tor del Ins­ti­tu­to Rober­to d’Aubuisson: un día, duran­te las lar­gas tem­po­ra­das que pasa­ban en Gua­te­ma­la cons­pi­ran­do, les lla­ma­ron de una can­ti­na en Iza­bal para decir­les que el capi­tán Álva­ro Rafael Sara­via esta­ba peleán­do­se con varios hom­bres. Cuan­do lo fue­ron a traer, Sara­via gol­peó tam­bién a D’Aubuisson, y ahí aca­bó la relación.

Del ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro, Sara­via ale­ga que él no par­ti­ci­pó en la pla­ni­fi­ca­ción, y pre­ten­de pro­bar­lo ase­gu­ran­do que el día del cri­men él no lle­va­ba más armas que las dos que por­ta­ba siem­pre. “Si usted mata es por­que va a tener… anda con un mache­te aun­que sea en la mano, un cuchi­llo, una gillet­te, un tene­dor, cual­quier cosa, lo que le vaya a meter, un lapi­ce­ro, pero usted no me vie­ne a mí a decir fija­te que nece­si­to un carro… “.

No hay órde­nes de cap­tu­ra en con­tra del capi­tán Sara­via, sal­vo en Esta­dos Uni­dos, don­de lo bus­can para depor­ta­ción. Pero no impor­ta por­que no está ahí. Hace algu­nos años habló con el perió­di­co esta­dou­ni­den­se The Mia­mi Herald para ade­lan­tar que había pedi­do per­dón a la Igle­sia y que con­ta­ría todo en un libro. No dijo que don­de vive ni siquie­ra hay papel y que el vecino más cer­cano que sabe leer y escri­bir vive a 20 minu­tos de su casa. A fal­ta de libro, quie­re con­tar todo en una entrevista.

Nos cita­mos la pri­me­ra vez en un peque­ño hotel, de un peque­ño pue­blo, al que lle­gó des­pués de cin­co horas en las que com­bi­nó la cami­na­ta a cam­po tra­vie­sa, el aven­tón en pick ups y dos buses. Yo lo recor­da­ba como aquel hom­bre gor­do, con relie­ves en la papa­da, el bigo­te y el cabe­llo rubio que apa­re­ce en el car­tel de “Se Bus­ca” que publi­có el Depar­ta­men­to de Migra­ción y Adua­nas de Esta­dos Uni­dos en 2004, “por sos­pe­chas de vio­la­cio­nes de dere­chos huma­nos”. Esa foto, en la que el cue­llo y el tor­so se con­fun­den aden­tro de una cami­sa hawaia­na, ador­nó mi refri­ge­ra­dor duran­te más de un año, mien­tras lo bus­ca­ba en Cali­for­nia. Así espe­ra­ba encon­trar a uno de los ase­si­nos de mon­se­ñor Rome­ro. Gor­do, bron­cea­do y con una cami­sa hawaia­na. Me topo en cam­bio con un anciano dema­cra­do, fla­co, con la piel mar­chi­ta y lace­ra­da; el ros­tro ocul­to detrás de una bar­ba cano­sa y sil­ves­tre, y con un pro­fun­do olor a ran­cio. Qué peque­ño se ve.

-¿Y por qué quie­re hablar ahora?

-Por mis hijos. Es que has­ta ellos me ven como Hitler.

Por pri­me­ra vez des­de que empe­za­mos a con­ver­sar, Sara­via aga­cha la cabe­za. Aprie­ta la boca. Está solo en esta mesa en la que tam­bién estoy yo. Y soy yo quien rom­pe el silencio.

-¿Hace cuán­to no habla con ellos?

-¡Uffff! ¡Ufff! ¡10 años! Me recuer­do de ellos todos los días. Aun­que has­ta mie­do ten­go de hablar­les yo.

Duran­te las siguien­tes jor­na­das el capi­tán Sara­via con­fe­sa­rá tam­bién otros moti­vos para hablar: de todos los invo­lu­cra­dos, es el úni­co juz­ga­do y el úni­co que vive escon­di­do. Ama­do Garay, el cho­fer, tam­bién vive ocul­to, pero en con­di­ción de tes­ti­go pro­te­gi­do de Esta­dos Uni­dos. Pero es pre­ci­so sub­ra­yar algo: la pri­me­ra con­di­ción para vivir escon­di­do es estar vivo. Otras cin­co per­so­nas invo­lu­cra­das en este cri­men, o en su ocul­ta­mien­to, no pudie­ron escon­der­se. Una murió deca­pi­ta­da, otra se sui­ci­dó, otra des­apa­re­ció, a otra la mata­ron en un retén en la carre­te­ra. Otra ter­mi­nó en peda­ci­tos. En Gua­te­ma­la. Eso dicen. Pero de esta últi­ma no hay nom­bre ni cer­ti­fi­ca­do de defunción.

Es cier­to, Sara­via es el úni­co que vive escon­di­do. Ha inten­ta­do, en reite­ra­das oca­sio­nes, comu­ni­car­se con algu­nos de sus anti­guos com­pa­ñe­ros de lucha, pero nadie le ha res­pon­di­do. “30 años han pasa­do y sigue la mis­ma mier­da. Ya no ten­go nada que ocul­tar. ¿Para qué? Ya más hecho mier­da de lo que estoy, cómo voy a estar. ¡Nada! A mí se me hace que hay una cons­pi­ra­ción de que no quie­ren saber quién putas mató a Romero”.

Él mis­mo ha sido par­te de esa cons­pi­ra­ción, pero aho­ra está solo. Su úni­co ami­go es un hom­bre que tie­ne un vie­jo pick up y una peque­ña pro­pie­dad rural. Ahí hay una caba­ñi­ta de made­ra, pare­ci­da a la del Una­bom­ber, com­pues­ta por cua­tro pare­des con una ven­ta­na que pro­te­gen un piso de tie­rra y nada más. Ahí vivió Sara­via más de un año, has­ta que se metie­ron los ladro­nes y le roba­ron un cin­cho y una cami­se­ta y un mache­te, que era lo úni­co que tenía.

La segun­da vez que nos vemos, en el mis­mo hotel, baja de su cuar­to 15 minu­tos des­pués de la hora con­ve­ni­da. Vie­ne pálido.

-¿Qué le pasa, capitán?

-Aca­bo de ver­me en el espe­jo. Tenía cin­co meses de no ver­me en un espejo.

***

Aho­ra comien­za a hablar. Me deja sacar una gra­ba­do­ra y dice: “Dele, Car­li­tos, que esto se va a poner bueno”. Quie­re men­cio­nar nom­bres. Solo hace una soli­ci­tud: “Que los cap­tu­ren. ¡Que les peguen una apre­ta­da de hue­vos como hacían antes, a ver si no cantan!”

El jui­cio en su con­tra se basó prin­ci­pal­men­te en dos ele­men­tos: uno, el tes­ti­mo­nio de Ama­do Garay, el cho­fer que con­du­jo al ase­sino has­ta la igle­sia en la que mon­se­ñor Rome­ro daba misa el 24 de mar­zo de 1980; y dos, la agen­da que el ejér­ci­to le cap­tu­ró en mar­zo de ese mis­mo año, en la que se con­sig­na­ba un ope­ra­ti­vo lla­ma­do Ope­ra­ción Piña cuyas carac­te­rís­ti­cas coin­ci­den con las del ase­si­na­to. “No he vis­to esa agen­da des­de que me la qui­ta­ron”, admi­te Sara­via. “Yo no podía andar en la cabe­za todas mis cosas, así que las ano­ta­ba en una agen­di­ta, era natu­ral que las ano­ta­ra. Ahí esta­ba la Ope­ra­ción Piña, que la había­mos lle­va­do des­de hace tiem­po, que reco­gía­mos unas gra­na­das en la fron­te­ra con Guatemala”.

Le ense­ño una foto­co­pia de su agen­da y el capi­tán reci­be un gol­pe del pasa­do. La obser­va dete­ni­da­men­te. La Ope­ra­ción Piña inclu­ye un tira­dor. Extra­ño por­que no se nece­si­ta un tira­dor para ir a reco­ger gra­na­das a la fron­te­ra. “Sí, eso es cier­to”, admi­te. Sigue obser­van­do esa pagi­ni­ta, con el títu­lo Ope­ra­ción Piña y, de pron­to, el capi­tán Álva­ro Rafael Sara­via tie­ne una epi­fa­nía. “Esa no es mi letra. Esa es la letra de Roberto”.

La letra, efec­ti­va­men­te, es dis­tin­ta a la que apa­re­ce en las demás pági­nas de la agen­da. ¿Por qué habría con­sig­na­do Rober­to d’Au­buis­son la Ope­ra­ción Piña en la agen­da de su lugar­te­nien­te? Sara­via no lo sabe, pero hay alguien que sí.

En 1980 el coro­nel Adol­fo Arnol­do Majano era miem­bro de la Jun­ta Revo­lu­cio­na­ria de Gobierno y uno de los últi­mos mili­ta­res que aún creían en una sali­da nego­cia­da al con­flic­to. Fue él quien orde­nó la cap­tu­ra de D´Aubuisson y sus segui­do­res en la fin­ca San Luis, de San­ta Tecla, y quien pri­me­ro tuvo acce­so a la agen­da Sara­via y a su contenido.

“La Ope­ra­ción Piña coin­ci­de con los datos de lo que pasó”, dice Majano, “pero no esta­ba en la agen­da de Sara­via. Eso es un papel cap­tu­ra­do a D´Aubuisson. El ofi­cial del Esta­do Mayor que me ayu­dó a sacar las foto­co­pias lo jun­tó con las pági­nas de la agen­da para que no se perdiera”.

La Ope­ra­ción Piña apa­re­ce escri­ta en un papel en blan­co, sin impre­sio­nes de la agen­da, y con un sello al bor­de de la pági­na que corres­pon­de a Maris­cos Tazu­mal, una empre­sa pes­que­ra fun­da­da por D´Aubuisson y Fer­nan­do “El Negro” Sagrera.

Fue D´Aubuisson, y no Sara­via, el autor de esa lis­ta que, de acuer­do con la Comi­sión de la Ver­dad y la Comi­sión Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos, corres­pon­de al homi­ci­dio de mon­se­ñor Rome­ro. Esta es la lista:

Ope­ra­ción Piña

1. Star­light

1. 257 Robert*s

4. Auto­má­ti­cos

Gra­na­das

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1. Moto­ris­ta

1. Tira­dor

4. Segu­ri­dad

El Star­light es una mira teles­có­pi­ca para rifles de pre­ci­sión, nece­sa­rios para una ope­ra­ción de este tipo. De la calle al altar de la Igle­sia de la Divi­na Pro­vi­den­cia hay unos 35 metros, y el tira­dor nece­si­ta­ba una mira telescópica.

El 257 Roberts es un rifle cali­bre 25 fabri­ca­do por la casa Reming­ton, muy uti­li­za­do para tiro de pre­ci­sión con mira teles­có­pi­ca. Es dudo­so que haya sido el rifle con el que fue ase­si­na­do mon­se­ñor Rome­ro. La autop­sia reve­la que reci­bió un pro­yec­til cali­bre 22 en el cora­zón. Pero el tira­dor no salió del equi­po de D´Aubuisson, sino del otro cons­pi­ra­dor: Mario Moli­na, hijo del ex pre­si­den­te Artu­ro Arman­do Moli­na. Mario Moli­na apor­tó el ase­sino, el arma y el equi­po de seguridad.

Los cua­tro auto­má­ti­cos y gra­na­das esta­ban en la lis­ta como par­te del arma­men­to de los cua­tro ele­men­tos de segu­ri­dad que acom­pa­ña­rían el operativo.

El moto­ris­ta salió del equi­po de D´Aubuisson, bajo la super­vi­sión de Sara­via. Ama­do Garay, un ex sol­da­do oriun­do de Que­zal­te­pe­que, con­du­jo al ase­sino fren­te a la puer­ta de la igle­sia y des­pués lo lle­vó a un lugar segu­ro. Garay ‑has­ta hoy el úni­co de los par­ti­ci­pan­tes en la ope­ra­ción que había dado su tes­ti­mo­nio- vive en Esta­dos Uni­dos bajo el pro­gra­ma de pro­tec­ción de testigos.

El tira­dor es sal­va­do­re­ño, ex guar­dia nacio­nal y era miem­bro del equi­po de segu­ri­dad de Mario Moli­na. El 24 de mar­zo, de un dis­pa­ro cer­te­ro, aca­bó con la vida del arzo­bis­po de San Salvador.

Sara­via soli­ci­ta que los cap­tu­ren. Hace una segun­da soli­ci­tud al día siguien­te. Me pide que lo lle­ve a la ciu­dad más cer­ca­na que ten­ga un Bur­ger King. Cuan­do vivía en Modes­to, Cali­for­nia, cerra­ba la ven­ta de autos y camino de su casa pasa­ba todos los días com­pran­do una Whop­per doble. Esta vez, aquí, me pide un favor especial:

-¿Me podría com­prar dos?

-Tie­ne usted ham­bre, capitán.

-La otra es para maña­na. Me la quie­ro lle­var a la montaña.

-Pero de aquí a maña­na se le va a podrir.

-Si yo todo lo que como está podri­do, no se preocupe.

***

Para encon­trar a Sara­via hay que bajar al infierno. Hace varios kiló­me­tros que se ter­mi­nó el mun­do y en este para­je solo habi­tan gen­tes con deseos de des­pe­da­zar­se a mache­ta­zos y embo­rra­char­se para engro­sar el núme­ro de viu­das o al menos miti­gar el dolor de las gusa­ne­ras. La hom­bría, aquí, se mide por muer­tos. Allá va Dani­lo, que ya mató a tres; Tomás aca­ba de regre­sar, anda­ba huyen­do por­que mató a su hermano.

El pai­sa­je pare­ce copia­do de un cua­dro natu­ra­lis­ta del siglo XIX. Bos­ques de pino ape­nas inte­rrum­pi­dos por peque­ños pára­mos en los que se alzan aldeas, ver­des y her­mo­sas si no fue­ra por­que han sido levan­ta­das por la mise­ria y el garro­te. Los niños deam­bu­lan des­nu­dos y las muje­res a los 30 años pare­cen ancia­nas, sin dien­tes, con las manos cur­ti­das y los pechos caí­dos de tan­to ama­man­tar criaturas.

Una niña de cin­co años se acu­rru­ca para defe­car en el mon­te. El micro­cos­mos que se apo­de­ró hace tiem­po de su sis­te­ma diges­ti­vo dese­cha los ali­men­tos en for­ma de una dia­rrea ver­de, apes­to­sa. No ha ter­mi­na­do cuan­do ya algu­nas mos­cas comien­zan a inva­dir la esce­na. Al ace­cho, un perro espe­ra a que la niña ter­mi­ne para ali­men­tar­se de esa plas­ta ver­de. Esta es la cade­na ali­men­ti­cia de la mise­ria. Aquí no se des­per­di­cia nada.

Solo las mos­cas tie­nen la nutri­ción ade­cua­da. Enor­mes y rui­do­sas, se apa­rean para des­pués des­ovar en la espal­da de las vacas, de los perros, de los niños. A los pocos días, la pica­di­ta se va abul­tan­do y adquie­re vida pro­pia. Es un tór­sa­lo que comien­za a mover­se solo en la espal­da de la vaca, del perro, del niño. Y pica, pica, pica con deses­pe­ra­ción has­ta que due­le de tan­to ras­par­se la espal­da. Son gusa­nos que solo salen a peda­zos, expri­mién­do­los como una espi­ni­lla gigan­te, morada.

En esta tie­rra de more­nos cur­ti­dos por el sol y dis­mi­nui­dos por el ham­bre y el tra­ba­jo del cam­po, vive El Grin­go, un hom­bre blan­co cur­ti­do por el sol y dis­mi­nui­do por el ham­bre y el tra­ba­jo del cam­po. Cuan­do lle­gó aquí, hace tres años, pesa­ba 282 libras. Aho­ra pesa 165, come de lo que le rega­la una veci­na y apro­ve­cha las pocas mone­das que gana cuan­do le sale tra­ba­jo para com­prar alcohol tra­se­ga­do que le per­mi­ta recor­dar su nom­bre y olvi­dar de dón­de vie­ne y por qué está aquí. La úni­ca per­so­na que le ha ten­di­do la mano en este macon­do recuer­da cuan­do apa­re­ció por aquí: “Cuan­do vino ni siquie­ra sabía usar el mache­te”, dice, burlándose.

El Grin­go vive en una peque­ña casa de baha­re­que, con ven­ta­nas de made­ra sin vidrio y con ape­nas tres pren­das de ves­tir col­ga­das de una pita que atra­vie­sa el cuar­to. Una col­cho­ne­ta roí­da y sucia le sir­ve de cama. Vive aquí de pres­ta­do. La due­ña de la vivien­da barre, mien­tras le cuen­ta que alguien le quie­re que­mar la casa. “Le estu­vie­ron tiran­do pie­dras pero nin­gu­na cayó en la ven­ta­na, yo pen­sé que se la iban a des­truir”, dice. Los ata­can­tes son algu­nos de los 10 hijos que ella tra­jo al mun­do y que ama­man­tó y crio has­ta cuan­do tuvie­ron edad sufi­cien­te para ase­si­nar a su pro­pio padre. “De los 10, cin­co me salie­ron bue­nos”, cuen­ta. Una noche, hace tres meses, dos de los otros cin­co se sen­ta­ron a beber en fami­lia con su padre. La con­ver­sa ter­mi­nó en reyer­ta, hubo gri­tos y ame­na­zas. “Lo salie­ron a per­se­guir y le pega­ron con un palo. ¡Ay no!, les dije, ya me lo mata­ron. Pero no me hicie­ron caso. Ahí que­dó el vie­jo. Muer­to”. Ella mis­ma los fue a denun­ciar a la poli­cía, que los cap­tu­ró días des­pués pero que los dejó libres hace dos sema­nas. Han jura­do vol­ver para matar a su mamá.

“Ten­ga cui­da­do”, le dice la ancia­na al Grin­go. “Una de mis hijas le va a que­mar la casa para qui­tár­me­la”. Esta mujer no sabe que El Grin­go es sal­va­do­re­ño. Ni que se lla­ma Álva­ro Rafael Sara­via. Tam­po­co sabe que es pilo­to de avio­nes. Ella nun­ca ha vis­to un avión. Tam­po­co sabe que El Grin­go par­ti­ci­pó en el ase­si­na­to de un arzo­bis­po. Pega­da a su fal­da cami­na su nie­ta, huér­fa­na de padre, que tie­ne una her­mo­sa son­ri­sa y una infec­ción en un ojo.

30 años des­pués de ase­si­nar a mon­se­ñor Rome­ro, el capi­tán Álva­ro Rafael Sara­via está en el infierno.

-Cla­ro, es un cas­ti­go. Todo don­de esta­ba meti­do yo era una podre­dum­bre, todos anda­ban detrás del dine­ro como sea. Los medios no impor­ta­ban, pero que­rían dine­ro. Enriquecerse.

-Usted tam­bién.

-Yo tam­bién. ¡Cla­ro! Vaya a ver­me aho­ra. He apren­di­do a vivir con lo que ten­go. He vivi­do con la gen­te que real­men­te sufre. Pero sufre una cala­mi­dad espan­to­sa. ¡La peor des­gra­cia del mun­do! ¡La pobre­za! ¿Cómo no iba a ser gue­rri­lle­ro el hom­bre si esta­ba vien­do que sus hijos se esta­ban murien­do de ham­bre? Y cuan­do iban a cagar cagaban lom­bri­ces. Yo aga­rro mi fusil y me voy a la ver­ga. No lo espe­ro dos veces. Ni tres. Ni nece­si­tan con­ven­cer­me mucho.

-Hoy la está viviendo.

-La estoy vivien­do. En car­ne pro­pia. Si algún día yo pudie­ra hacer algo por esa gen­te lo hago. Aún tomar las armas.

-Cómo da vuel­tas la vida.

-Ha dado vuel­ta mi vida. Terri­ble­men­te. Y he sufri­do a la par de esa gen­te: que no hay maíz. Vayan a cor­tar gui­neos pues. En veces hay maíz y no hay con qué. Enton­ces a la tor­ti­lla hay que echar­le sal. Enton­ces se come con sal. Y en veces no hay. Yo ten­go una fami­lia enfren­te. A veces me dejan unas cua­tro tor­ti­llas. Y si eso es ser comu­nis­ta… Es comu­nis­ta. En aquel tiem­po para todos los que esta­ban es comu­nis­ta. Que lo saca, lo trom­pea de la casa y decir­le hijuepu­ta vos andás con la gue­rri­lla. Cam­bia la vida. Esto no es vida.

***

Deba­jo de la cama de Álex “El Ñoño” Cáce­res hay dos bote­llas de whisky y tres de cham­pán. Las escon­de cada vez que se va de via­je, pero sus inqui­li­nos saben per­fec­ta­men­te dón­de encon­trar­las. En esta casa de la colo­nia San Beni­to, los hom­bres que con­for­man el equi­po de segu­ri­dad de Rober­to d´Aubuisson pasan algu­nas noches apro­ve­chan­do que el pro­pie­ta­rio vive en Miami.

Fer­nan­do “el Negro” Sagre­ra y el capi­tán Sara­via des­ta­pan una bote­lla de whisky y comien­zan su pro­pia fies­ta. Su jefe se ha ido a San Miguel todo el fin de sema­na, a la casa de unos ami­gos. Aún no ha vuelto.

Afue­ra, en el par­queo y la case­ta de segu­ri­dad de la casa, hay al menos 12 hom­bres espe­ran­do ins­truc­cio­nes. Es domin­go, un día tran­qui­lo para la fies­ta pero agi­ta­do para la polí­ti­ca por­que es el día en que el arzo­bis­po de San Sal­va­dor, mon­se­ñor Óscar Arnul­fo Rome­ro, cele­bra misa en cate­dral y apro­ve­cha la homi­lía para hablar sobre la situa­ción del país. “Se habla­ba de que la homi­lía de Rome­ro, que era un hom­bre que esta­ba ale­bres­tan­do a la gen­te… Eso era comi­di­lla del día en todos lados, la homi­lía de Rome­ro”, recor­da­rá des­pués el capi­tán Saravia.

Este domin­go, 23 de mar­zo de 1980, mon­se­ñor Rome­ro ha dicho unas cosas tre­men­das. Le habló a los sol­da­dos, a los guar­dias nacio­na­les, a los poli­cías… a todos los cuer­pos de segu­ri­dad, para decir­les que no deben matar a sus her­ma­nos cam­pe­si­nos. Les dijo que la ley de Dios prohÍ­be matar y que esa ley pre­va­le­ce sobre cual­quier otra. Que no deben obe­de­cer nin­gu­na orden de matar a nadie. “En nom­bre de Dios, pues, y en nom­bre de este sufri­do pue­blo cuyos lamen­tos suben has­ta el cie­lo cada día más tumul­tuo­sos, les supli­co, les rue­go, ¡les ordeno, en nom­bre de Dios: cese la represión!”.

Para el gru­po al que per­te­ne­cen los dos que aho­ra beben whisky esco­cés, estas pala­bras solo pue­den pro­ve­nir de un comu­nis­ta. Y el comu­nis­ta es el enemi­go. Es hora de matar­lo. Pron­to. Aún hay whisky para rato, cor­te­sía de Álex Cáceres.

***

Tem­prano en la maña­na del 24 de mar­zo de 1980, el capi­tán Eduar­do Ávi­la Ávi­la entra a la casa de Álex “El Ñoño” Cáce­res y des­pier­ta a Fer­nan­do Sagre­ra y al capi­tán Sara­via. Lle­va en la mano un ejem­plar de La Pren­sa Grá­fi­ca, abier­to en la pági­na 20, como prue­ba de que hoy es un buen día para matar al arzo­bis­po. Esa pági­na repi­te varias veces los dos ape­lli­dos del capi­tán Ávi­la Ávi­la. El perió­di­co anun­cia una misa con­me­mo­ran­do el pri­mer ani­ver­sa­rio de la muer­te de la seño­ra Sara Mear­di de Pin­to. Su hijo, Jor­ge Pin­to; sus nie­tos y las fami­lias Krie­te-Ávi­la, Qui­ñó­nez-Ávi­la, Gon­zá­lez-Ávi­la, Ávi­la-Mear­di, Agui­lar-Ávi­la y Ávi­la-Ávi­la, entre otras, invi­tan “a la san­ta misa que ofi­cia­rá el Arzo­bis­po de San Sal­va­dor, en la Igle­sia del Hos­pi­tal de la Divi­na Pro­vi­den­cia, a las 18 horas de este día”.

El capi­tán Eduar­do Ávi­la Ávi­la les infor­ma el plan: en esa misa será ase­si­na­do mon­se­ñor Óscar Arnul­fo Rome­ro Gal­dá­mez. Ya todo ha sido coor­di­na­do con Mario Moli­na y Rober­to d´Aubuisson.

D’Aubuisson no está en esa casa. Se ha ido el fin de sema­na para San Miguel, a des­can­sar a la casa de la fami­lia Gar­cía Prie­to. Les dará las órde­nes por telé­fono. Ávi­la les noti­fi­ca pri­me­ro que ya tie­ne al tira­dor: un miem­bro del equi­po de segu­ri­dad de Mario Moli­na; sólo nece­si­ta un vehícu­lo. Eso les toca a ellos. “Mario Moli­na nos man­da­ba a pedir un carro… que había que con­tac­tar a Rober­to (d´Aubuisson). El Negro Sagre­ra se puso a hacer unas lla­ma­das y ave­ri­guó dón­de se encon­tra­ba. Le habla­mos por telé­fono. El Negro Sagre­ra me dijo: ‘Quie­re hablar con­ti­go’ . Le dije ‘mire, mayor, ¿y de qué se tra­ta esto? A mí me pare­ce raro que nos ven­gan a pedir un carro’. Las pala­bras de él fue­ron: ‘¡Hace­te car­go!’. Bueno, está bien, mayor, lo vamos a hacer. Pah. ‘Sí, ahí te lo voy a lle­var, ¿a qué horas nos pode­mos jun­tar para dar­te el carro, pues?’, le dije (a Ávi­la). ‘Mirá ‑me dijo‑, si con segu­ri­dad nos vemos unos… pon­gá­mos­le una hora antes de la muer­te de Rome­ro’”. A las 5 de la tar­de, en el esta­cio­na­mien­to del hotel Camino Real.

***

Mario Ernes­to Moli­na Con­tre­ras nació en cuna de oro. Así se refie­ren a él y su fami­lia ofi­cia­les acti­vos y reti­ra­dos del ejér­ci­to. Hijo del coro­nel Artu­ro Arman­do Moli­na, uno de los mili­ta­res más pode­ro­sos en El Sal­va­dor del siglo XX y que pre­si­dió el país entre 1972 y 1977, Mario Moli­na cre­ció con las como­di­da­des con las que cre­ce el hijo de un pre­si­den­te mili­tar sal­va­do­re­ño del siglo XX: con segu­ri­dad, impu­ni­dad y dine­ro ase­gu­ra­do; con el sello de noble­za mili­tar; con via­jes al extran­je­ro; con los bene­fi­cios de ser la par­te más alta de la esca­la social de los uniformados.

Hijo del coro­nel Moli­na y her­mano del gene­ral Jor­ge Moli­na Con­tre­ras, que fue minis­tro de Defen­sa del pre­si­den­te Anto­nio Saca, Mario lle­vó una vida pri­va­da y apar­ta­da de la dis­ci­pli­na militar.

En la Casa Pre­si­den­cial de su papá cono­ció a dos hom­bres con los que pocos años des­pués coin­ci­dió en los movi­mien­tos ultra­de­re­chis­tas y que ter­mi­na­ron tam­bién invo­lu­cra­dos en el ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro: Rober­to d´Aubuisson revi­sa­ba y orde­na­ba los archi­vos de inte­li­gen­cia y Álva­ro Rafael Sara­via for­ma­ba par­te del equi­po de segu­ri­dad de avan­za­da del pre­si­den­te Molina.

En esa Casa Pre­si­den­cial, según Sara­via, se reu­nió un gru­po de guar­dias nacio­na­les que pos­te­rior­men­te con­for­ma­ron el equi­po de segu­ri­dad pri­va­do de Mario Moli­na y de don­de salió el hom­bre que ter­mi­nó con la vida de mon­se­ñor Rome­ro. “Eran miem­bros nume­ra­rios de la Guar­dia Nacio­nal que le daba pro­tec­ción al pre­si­den­te de la Repú­bli­ca. Ahí esta­ba gen­te civil. No anda­ban uni­for­ma­dos. Acom­pa­ña­ban al pre­si­den­te en las giras. Enton­ces Mario Moli­na era el hijo menor de ellos. Ya le que­da­ron espe­cí­fi­ca­men­te a él de segu­ri­dad por­que ya los conocía”.

Moli­na, men­cio­na­do en el infor­me de la Comi­sión de la Ver­dad y en el de la Comi­sión Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos, ha logra­do man­te­ner un bajo per­fil duran­te todos estos años, ale­ja­do de la vida pública.

Su her­mano Jor­ge, el ex minis­tro de Defen­sa, ni siquie­ra está segu­ro de que el hom­bre men­cio­na­do en el infor­me de la Comi­sión de la Ver­dad sea su her­mano: “¿No será otro Mario Moli­na? Hay muchos que se lla­man así”. El gene­ral infor­ma que su her­mano Mario se encuen­tra fue­ra del país.

Pocos de los invo­lu­cra­dos han dado algu­na vez su ver­sión de los hechos. El capi­tán Ávi­la Ávi­la se pegó un bala­zo pocos años des­pués; el mayor D´Aubuisson murió de cán­cer y Mario Moli­na nun­ca ha con­ta­do su his­to­ria. Aho­ra habla Sara­via, el lugar­te­nien­te de Rober­to d´Aubuisson, quien con­fie­sa su par­ti­ci­pa­ción en el cri­men y el invo­lu­cra­mien­to de su jefe.

***

La casa del empre­sa­rio Rober­to Daglio es, como varias de las casas de segu­ri­dad, un cen­tro de diver­sión para algu­nos de los hom­bres que rodean al mayor D´Aubuisson. Aquí se rea­li­zan entre­gas de dro­gas, por las noches lle­gan camio­ne­tas con pros­ti­tu­tas y corren el alcohol y la cocaí­na. La segu­ri­dad hecha fies­ta para trein­ta­ñe­ros casa­dos, arma­dos y en ple­na fie­bre anticomunista.

El due­ño casi nun­ca está. Rober­to “Bobby” Daglio, un hom­bre de nego­cios y pilo­to avia­dor, pasa la mayor par­te del tiem­po en Mia­mi, Flo­ri­da. Abrir su casa a los gru­pos ultra­de­re­chis­tas es solo una de sus muchas mane­ras de apo­yar la lucha anti­co­mu­nis­ta des­de la distancia.

Según docu­men­tos des­cla­si­fi­ca­dos del Depar­ta­men­to de Esta­do de Esta­dos Uni­dos, Daglio pasó los pri­me­ros años de la déca­da de los 80s reu­nién­do­se en Mia­mi con otros empre­sa­rios ultra­de­re­chis­tas en un gru­po deno­mi­na­do “Mia­mi Six”, que finan­cia­ba ope­ra­cio­nes ile­ga­les del gru­po de D´Aubuisson. Ese gru­po se dedi­ca­ba al terro­ris­mo: orde­na­ba ase­si­na­tos, secues­tros y la colo­ca­ción de arte­fac­tos explo­si­vos, finan­cia­ba a los escua­dro­nes de la muer­te y tenía como obje­ti­vo des­truir cual­quier inten­to de refor­ma en El Sal­va­dor y aca­bar con todos los comunistas.

Los otros inte­gran­tes de este gru­po eran, según los docu­men­tos del Depar­ta­men­to de Esta­do que datan de 1981, el pro­pie­ta­rio de El Dia­rio de Hoy (al que iden­ti­fi­ca en algu­nos docu­men­tos como “Vie­ra Alta­mi­rano”, en otros como “Enri­que Vie­ra Alta­mi­rano” y en otros más sim­ple­men­te como Enri­que Alta­mi­rano, quien aún es direc­tor de El Dia­rio de Hoy, el perió­di­co de la extre­ma dere­cha sal­va­do­re­ña); Luis Esca­lan­te; Artu­ro Muyshondt y los her­ma­nos Sala­ve­rría (Julio y Juan Ricardo).

En Mia­mi, Daglio fun­dó con Enri­que Alta­mi­rano la “Free­dom Foun­da­tion”, o Fun­da­ción para la Liber­tad. Con­tra­ta­ron a la con­sul­to­ra Fra­ser para hacer lobby en Washing­ton. Fra­ser se com­pro­me­tió a cam­biar la per­cep­ción esta­dou­ni­den­se sobre El Sal­va­dor, influen­cia­da por “perio­dis­tas ama­ri­llis­tas” que titu­la­ban sus notas sobre El Sal­va­dor con “el ase­si­na­to de mon­jas esta­dou­ni­den­ses y fotos de mili­ta­res sal­va­do­re­ños come­tien­do exce­sos”, y no por el “sig­ni­fi­can­te esfuer­zo del sec­tor pri­va­do por res­pon­der a las legí­ti­mas aspi­ra­cio­nes y deseos del pue­blo salvadoreño”.

El 24 de mar­zo de 1980, en la casa de Daglio, en San Sal­va­dor, Sara­via coor­di­na la entre­ga del auto­mó­vil des­de el cual se dis­pa­ra­rá con­tra el arzo­bis­po. Es un Volks­wa­gen Pas­sat, rojo, cua­tro puer­tas, dona­do a D´Aubuisson meses atrás por Rober­to Mathies Rega­la­do, pro­pie­ta­rio de la agen­cia Volks­wa­gen, como un apo­yo a la lucha anti­co­mu­nis­ta. Nadie recuer­da a nom­bre de quién esta­ba matri­cu­la­do ese vehícu­lo. Sara­va tam­bién tie­ne que loca­li­zar a Ama­do Garay, su cho­fer, para que con­duz­ca el carro.

“Tenía que loca­li­zar a Garay, tenía que loca­li­zar en qué carro iba a ir… Y des­gra­cia­da­men­te fue en ese carro rojo. O el carro que hubie­ra sido se hubie­ra sabi­do. No sabía­mos la pla­ni­fi­ca­ción. Íba­mos a entre­gar un carro. Cla­ro, sabía­mos para qué se iba a ocu­par el carro”, recuer­da Saravia.

A las 4:30 de la tar­de, en el esta­cio­na­mien­to de la casa de Daglio, Ama­do Garay espe­ra pacien­te indi­ca­cio­nes de su jefe. Una emplea­da domés­ti­ca se aso­ma por una puer­ta de ser­vi­cio para ofre­cer­le un pan y un refres­co. Sara­via y Sagre­ra están aden­tro de la casa.

Pocos minu­tos des­pués, Sara­via le orde­na que con­duz­ca el Pas­sat has­ta el esta­cio­na­mien­to del Hotel Camino Real. Pero antes de que Garay se suba al carro, entra a la casa un hom­bre for­ni­do, bajo y con voz ron­ca. Es ami­go de Sagre­ra, pero ha lle­ga­do a reco­ger un encar­go. Este es, pro­ba­ble­men­te, el momen­to más estú­pi­do en la vida de Gabriel Mon­te­ne­gro. El momen­to más equi­vo­ca­do, en el lugar más equi­vo­ca­do y con el vicio más equi­vo­ca­do. Una tor­pe­za que va a lamen­tar el res­to de su vida.

Aquí inter­vie­ne, enton­ces, su ami­go Fer­nan­do Sagre­ra. Le pide que los lle­ve a entre­gar el carro. Y se van, los tres, detrás de Garay, al esta­cio­na­mien­to del Camino Real.

No hay mucha vigi­lan­cia en el esta­cio­na­mien­to del Camino Real. Es un lugar movi­do, pero en el que a nadie le extra­ña ver a hom­bres arma­dos en mar­zo de 1980. No hay res­tric­cio­nes de ingre­so y está bien ubi­ca­do. A veces, algu­nos des­co­no­ci­dos pasan arro­jan­do cadá­ve­res a la entra­da del hotel, pero los tiran afue­ra, en la calle. No entran.

Ambos carros se esta­cio­nan. Garay se que­da en el Pas­sat rojo y Mon­te­ne­gro en la Dod­ge Lan­cer blan­ca. El capi­tán Sara­via y El Negro Sagre­ra se bajan a encon­trar­se con cin­co hom­bres que ya están ahí, en una camio­ne­ta blan­ca. Un hom­bre alto, del­ga­do, bar­ba­do, se sube en el asien­to tra­se­ro del Pas­sat rojo. Lle­va un fusil.

-Lo metie­ron al carro y ahí les dije: ‘Bueno, saca­te al moto­ris­ta por­que el moto­ris­ta lo voy a lle­var yo’. No, pero es que no tene­mos, que tie­ne que mane­jar, por­que el carro pidie­ron uste­des, no, que no sé qué. Enton­ces se metió el Negro Sagre­ra, como siem­pre, en esa mier­da… ‘Mirá, hom­bre, dale, que no sé qué, que ya están en esto, que no pue­de fallar este asun­to’. Por últi­mo, ¡otra vez vuel­vo a meter las patas yo! Al ver que iba a fallar todo… ¡Anda­te, pues! Enton­ces vie­ne Garay y se va. Se van para la iglesia.

-¿Y usted se que­da ahí?

-No. Noso­tros nos vamos a bus­car la igle­sia. Por­que no cono­cía ni el Negro ni el Bibi ni yo dón­de quedaba.

-¿Quié­nes van a bus­car la iglesia?

-Los tres que está­ba­mos en el carro. Encon­tra­mos la igle­sia des­pués de un rato y nos par­quea­mos enfren­te. No enfren­te, aquí (a un cos­ta­do de la entrada).

-Y no lo habían mata­do todavía.

-No. Ahí está­ba­mos par­quea­dos noso­tros, no había­mos pasa­do ni cin­co minu­tos cuan­do se oyó el dis­pa­ro. Si es que esos fue­ron lle­gan­do y matándolo.

-¡O sea que usted esta­ba enfren­te de la igle­sia cuan­do lo mataron!

-Sí, está­ba­mos noso­tros. Ahí esta­ba el Negro Sagre­ra, Bibi Mon­te­ne­gro y yo en la par­te de atrás del asien­to del carro.

-¿Y veía?

-No, no, no. Solo la entra­da se mira­ba. Y el carro esta­ba par­quea­do, ese Volks­wa­gen. El carro salió para aba­jo y dobló a don­de está­ba­mos noso­tros. De ahí se per­dió y noso­tros diji­mos vámonos.

-¿Y por qué deci­die­ron ir?

-Bueno, noso­tros fui­mos… has­ta imbé­cil pare­ce ser tal vez… Por saber, por curio­si­dad, por ir a ver. Ridícu­lo, ¿ver­dad? Ridículo.

***

Se pre­sen­ta como un fas­cis­ta. Lle­va una gorra que dice “KGB. We are still wat­ching you”, jeans y una cami­sa de leña­dor. Por­ta un bigo­te blan­co y tupi­do, cuyos extre­mos rozan la bar­bi­lla, en un esti­lo que los exper­tos lla­man “camio­ne­ro” o “trai­le­ro”. Gabriel Mon­te­ne­gro, un hom­bre que lle­va casi 30 años vivien­do en Nor­te­amé­ri­ca, acu­de a la entre­vis­ta sin saber exac­ta­men­te de qué vamos a hablar. “No soy nazi, soy fas­cis­ta, que es dis­tin­to”, dice, para abrir el encuen­tro. “Creo en las orga­ni­za­cio­nes de los gre­mios, y con­tro­la­das des­de arri­ba. Como en los tiem­pos de mi gene­ral Maxi­mi­liano Her­nán­dez, que no había mare­ros. A los ladro­nes la pri­me­ra vez el pri­mer dedo. La segun­da vez el otro, y así has­ta la mano. A los vio­la­do­res los cas­tra­ban y a los ase­si­nos les apli­ca­ban la ley fuga”.

Cuan­do le digo que sé dón­de estu­vo él el 24 de mar­zo de 1980, su pri­me­ra reac­ción es negar­lo. “Eso es fal­so”, dice. Des­pués pide aco­ger­se a “la Quin­ta Enmien­da”, una pro­vi­sión esta­dou­ni­den­se que da dere­cho a guar­dar silen­cio para no auto­in­cri­mi­nar­se. Comien­za a ver ner­vio­sa­men­te a su alre­de­dor. Con una para­noia que se con­ta­gia. Yo tam­bién comien­zo a ver alre­de­dor, bus­can­do entre las mesas de esta cafe­te­ría una mira­da tor­va ocul­tán­do­se detrás de un perió­di­co o alguien hablan­do solo, con la boca tor­ci­da y un alam­bre dis­cre­to alre­de­dor de su ore­ja. No encuen­tro nada. Sigo la mira­da de Mon­te­ne­gro, como quien bus­ca algo en el cie­lo sólo por­que la per­so­na de al lado diri­ge su mira­da hacia arri­ba. En una mesa con­ti­gua hay dos chi­cas que recién estre­nan la mayo­ría de edad. Una lle­va fal­da esco­ce­sa a cua­dros y una cami­sa man­ga cor­ta, blan­ca. La otra pare­ce recién baña­da, lle­va jeans y una cami­se­ta ama­ri­lla. Toman café y con­ver­san como con­ver­san todas las chi­cas de esa edad, con una segu­ri­dad adul­ta, madu­ra para sos­te­ner el ciga­ri­llo y dar­le una boca­na­da, pero con la son­ri­sa naïf que deve­la que aún no han ter­mi­na­do de desa­rro­llar­se. Mon­te­ne­gro les fija el reo­jo. Las obser­va, inten­tan­do que ellas no vean que él las está vien­do. A mí no me pare­cen agen­tes de nada, pero él sabe más que yo de estas cosas. Las cole­gia­las se han con­ver­ti­do ya en sospechosas.

Mon­te­ne­gro encien­de su ter­cer ciga­rro en 15 minu­tos, y yo comien­zo a leer­le el tes­ti­mo­nio de Sara­via. Da un tra­go a su bote­lla de agua, obser­va con dure­za a las agen­tes de la mesa con­ti­gua y fuma con inten­si­dad. Le tiem­bla la qui­ja­da. Cuan­do ter­mino, la san­gre se le ha subi­do a la cabe­za y pare­ce que va a esta­llar en cual­quier momen­to. “Lle­vo 30 años huyen­do de ese día”, dice. En eso se pare­ce al Capi­tán Sara­via. “Ni siquie­ra mi fami­lia sabe que yo estu­ve ahí. Pero no le voy a dar decla­ra­cio­nes”. Nos des­pe­di­mos con su con­fe­sión sin narra­ción. Al siguien­te día, Bibi Mon­te­ne­gro lle­ga al mis­mo café, pero dis­pues­to a con­tar­me su 24 de mar­zo de 1980.

“Yo lle­gué a esa casa a reco­ger cier­tas cosas que eran para mi con­su­mo, ellos me pidie­ron un ride y yo se los di. Les dije hay que espe­rar a esta per­so­na, me dije­ron no te preo­cu­pés, aquí tene­mos noso­tros un poco, veni­te, danos el ride”.

Bibi Mon­te­ne­gro con­du­ce su camio­ne­ta Dod­ge Lan­cer blan­ca has­ta el esta­cio­na­mien­to del Camino Real. Anda arma­do con una Colt 45, y car­ga­do con su medi­ci­na. A su lado, Fer­nan­do Sagre­ra. Ha traí­do un arma auto­má­ti­ca, una subame­tra­lla­do­ra Hechler & Koch MP 5. Atrás, un hom­bre del que Bibi Mon­te­ne­gro había escu­cha­do muchas his­to­rias, pero al que mira por pri­me­ra vez: Álva­ro “el Che­le” Sara­via. Este lle­va las dos pis­to­las que siem­pre car­ga: una en la cin­tu­ra, 45 gold K, y otra en el tobi­llo, la 380. Cuan­do lle­gan al esta­cio­na­mien­to del hotel, Mon­te­ne­gro esta­cio­na su camio­ne­ta muy cer­ca del Volks­wa­gen Pas­sat que con­du­ce Ama­do Garay, y sus dos acom­pa­ñan­tes se bajan a dis­cu­tir con otros hom­bres. Bibi se que­da en el carro, ins­pec­cio­nan­do su medi­ci­na. Alcan­za a ver a un hom­bre alto y bar­ba­do, con un rifle, meter­se al Pas­sat, y cuan­do Sara­via y Sagre­ra regre­san, el Pas­sat arran­ca y se va. Mon­te­ne­gro y sus acom­pa­ñan­tes deci­den ir tam­bién a la Divi­na Providencia.

-Yo creí que se iban a dar ver­ga con algún mili­tar o algún hijuepu­ta que lo cui­da­ban. Yo anda­ba preo­cu­pa­do por mi asun­to que fui a traer y nada más ‑dice Montenegro.

Par­tie­ron a la colo­nia Mira­mon­te y se detu­vie­ron dos veces en el camino para pre­gun­tar dón­de que­da­ba la igle­sia. Cuan­do la encon­tra­ron, se esta­cio­na­ron a unos 50 metros de la entra­da, sobre la calle.

-Me mira­ban a mí bas­tan­te ner­vio­so y yo les decía: ¡Puta, miren, aquí nos pue­de aga­rrar la poli­cía con estas cosas y va a ser un problema!

Sara­via y Sagre­ra vol­vie­ron a bajar­se del carro. No lle­ga­ron has­ta la puer­ta de la igle­sia. A casi una cua­dra de dis­tan­cia, espe­ra­ron ape­nas unos segun­dos has­ta que se escu­chó el dis­pa­ro que mató a mon­se­ñor Rome­ro. Uno solo. Un estruen­do que algu­nos de los pre­sen­tes en la misa recuer­dan como un bom­ba­zo. Una explo­sión poten­te, sin silen­cia­dor. Un esta­lli­do que Gabriel “Bibi” Mon­te­ne­gro no alcan­zó a escu­char. Él seguía aden­tro del carro, con­cen­tra­do en su medicina.

Sara­via y Sagre­ra se subie­ron y la Dod­ge Lan­cer blan­ca, con Gabriel Mon­te­ne­gro al timón, par­tió de regre­so a la casa de Rober­to Daglio. El con­duc­tor no recuer­da la con­ver­sa­ción en el carro. “Yo iba tan fue­ra de mí, por­que yo había esta­do toman­do mi medi­ci­na, que yo no iba ponién­do­le aten­ción a eso. Yo iba ponién­do­le aten­ción a que no hubie­ra un retén. Y yo toda­vía pre­gun­té: ‘¿Qué pasó?’ ‘No, nada, dale. Andá a dejar­nos’. ‘¿Y ahí va a estar la per­so­na?’ ‘Sí, hom­bre, no te preo­cu­pés, que­da­te con lo que te dimos.’ ‘Ah, vaya, ver­gón pues’”.

Tres déca­das y ocho ope­ra­cio­nes de cora­zón des­pués, Gabriel Mon­te­ne­gro encien­de otro ciga­ri­llo. Sus­pi­ra y los ojos se le hume­de­cen. Le tiem­blan la qui­ja­da y el bigo­te. Aprie­ta los dien­tes. El ciga­rro pare­ce sos­te­ni­do por una mano con Par­kin­son. Tie­ne cóle­ra, dice, con­tra los que le cam­bia­ron la vida ese día. “Si yo hubie­ra sabi­do a qué íba­mos, qui­zás no hubie­ra pasa­do. Hubie­ran sido otros los dos muer­tos”. Otros dos, en un carro en el que iban tres. “Hubie­ra hecho lo impo­si­ble por evi­tar­lo. Sin embar­go, como me tuvie­ron a mi de pen­de­jo ahí, a un pobre adic­to dán­do­le su dro­ga. Pero aho­ra ten­go 27 años de estar lim­pio, gra­cias a Dios y de los ami­gos que están allá arriba”.

Según él, has­ta el siguien­te día se ente­ró de dón­de había esta­do la tar­de ante­rior. Supo que había ido a matar a mon­se­ñor Rome­ro y se ale­jó para siem­pre de aquel círcu­lo de sal­va­do­res de la patria, de dro­gas y prostitutas.

Le pre­gun­to si algu­na vez le recla­mó a D´Aubuisson y a su gen­te por el cri­men. “Sí. Se los recla­mé. Y me recor­da­ron que todos los días apa­re­cía gen­te en las calles. Des­pués en las noti­cias salió de un carro blan­co. Enton­ces yo le hablé a una amis­tad y le dije ‘¡Puta, mi carro es blan­co, cabrón!’… ‘Des­ha­ce­te de ese carro y te damos otro’, me dijo. Y ahí cam­bió mi vida, pues”.

***

Fer­nan­do Sagre­ra y Álva­ro Rafael Sara­via eran inse­pa­ra­bles. Así los recuer­da Maris­sa d’Aubuisson, her­ma­na de Rober­to y crea­do­ra de la Fun­da­ción Rome­ro. “A todos lados iban jun­tos, siem­pre los veía con Rober­to”, dice. Sara­via en el asien­to de ade­lan­te, jun­to al mayor. Sagre­ra en el de atrás.

Una vez, coin­ci­dió con su her­mano en la casa de su mamá. Afue­ra, en una camio­ne­ta Che­ro­kee, Sara­via vigi­la­ba. Maris­sa se acer­có a hablar con él. “Le dije que si esta­ba blin­da­da y me dijo que sí, pero que la mayor pro­tec­ción era la pin­tu­ra. ¿Por qué?, le pre­gun­té. ¿Es anti­ba­las? No, me dijo. Pero tie­ne tan­tas capas de pin­tu­ra que ya resis­te todo. Un día es gris y al otro día negra”.

Otro día, su her­mano insis­tió en lle­var­la a su casa. Ella se negó, por­que no cre­yó muy con­ve­nien­te para su segu­ri­dad per­so­nal que los veci­nos se ente­ra­ran del paren­tes­co con el mayor. Pero ante la insis­ten­cia de su her­mano, se subió a la camio­ne­ta. “No se podían poner bien los pies, por­que venía forra­da de armas”, dice.

Esta­cio­na­ron el carro a varias cua­dras. Sagre­ra y Sara­via se baja­ron, y cami­na­ron con ella has­ta su casa. En esos días los dos esta­ban gor­dos. El Che­le y el Negro. “Es que Rober­to no podía dar un paso sin que andu­vie­ran estos dos atrás. Para todos lados iban juntos”.

***

Fer­nan­do Sagre­ra siem­pre ha sido hom­bre de lle­gar tem­prano a casa. A las 7 u 8 de la noche. No sabe qué hacían sus ami­gos des­pués de esa hora, pero él, dice, jamás se metió en nada. Por eso le extra­ña que tres per­so­nas dis­tin­tas ‑Ama­do Garay; el capi­tán Sara­via y Bibi Mon­te­ne­gro- lo invo­lu­cren con los hechos. “Yo no ten­go nada que ver”.

Le extra­ña más aún el hecho de que estas tres per­so­nas no tie­nen comu­ni­ca­ción entre sí, y que dos de ellas coin­ci­dan en su ver­sión “difa­ma­to­ria” jus­to 30 años des­pués. Le extra­ña tan­to, dice, como cuan­do lo inte­rro­ga­ron de la Comi­sión de la Ver­dad por este mis­mo cri­men, y él les acla­ró que no había teni­do nada que ver, y aún así lo men­cio­na­ron en su infor­me. O ente­rar­se, jus­to aho­ra, de que tam­bién es seña­la­do en el infor­me de la Comi­sión Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos. Pero todas estas acu­sa­cio­nes son fal­sas. ¿Dón­de esta­ba, enton­ces, Fer­nan­do Sagre­ra, el 24 de mar­zo de 1980? “No me acuer­do. Si para mí es un día común y corrien­te. ¿Cómo me voy a estar fijan­do qué pasó?”

De Sara­via nun­ca fue ami­go, “por­que esta­ba loco. Ese es un alcohó­li­co demen­te”. Fue, eso sí, ami­go de Rober­to d´Aubuisson. Muy ami­go. “Ese es mi peca­do. A Sara­via solo lo veía cuan­do me daban ride a algún lado”.

Tam­po­co ha mata­do a nadie, ni par­ti­ci­pó en ope­ra­cio­nes clan­des­ti­nas. “Fui borra­cho y pen­den­cie­ro, eso sí. Pen­den­cie­ro de esos de dar­se ver­ga. Pero nada más”.

Sagre­ra tie­ne un ros­tro que no debió haber pare­ci­do ino­cen­te ni siquie­ra cuan­do era un bebé. El ceño frun­ci­do, dos bol­sas oscu­ras deba­jo de los ojos y un bigo­te cano com­po­nen la facha­da de un hom­bre que duran­te toda su vida fue cono­ci­do como rudo, malen­ca­ra­do y poco sofis­ti­ca­do. “Siem­pre fue rús­ti­co”, dice un ami­go suyo.

En 1979, cuan­do abrie­ron la pis­ta de carre­ras de El Jaba­lí, Fer­nan­do Sagre­ra se aso­ció con Elías Has­bún y jun­tos for­ma­ron un equi­po de auto­ra­cing que com­pe­tía con un Aston Mar­tin pro­pie­dad del terra­te­nien­te Juan Wright. El carro era lige­ro, y para lle­var­lo a la meta de sali­da Sagre­ra lo hala­ba con una cuer­da y se pasea­ba fren­te a los pits de los demás corre­do­res, ame­dren­tán­do­los con el Aston Mar­tin a cues­tas. A su equi­po de carre­ras, los demás com­pe­ti­do­res lo bau­ti­za­ron como los “Really Rot­ten”, los ver­da­de­ra­men­te podridos.

Tie­ne el cuer­po mar­ca­do por las hue­llas de una que­ma­da. Cuan­do Napo­león Duar­te ganó la pre­si­den­cia sobre el can­di­da­to de Are­na, que era Rober­to d´Aubuisson, en 1984, Sagre­ra inten­tó hacer una bar­ba­coa de docu­men­tos de la cam­pa­ña, y el fue­go se le vino enci­ma. Tuvie­ron que lle­var­lo a Esta­dos Uni­dos, a un hos­pi­tal mili­tar, a curar­lo, a pesar de que él no era esta­dou­ni­den­se y de que ni siquie­ra tenía visa de ese país. Lo metie­ron por el sis­te­ma militar.

Mien­tras esta­ba pos­tra­do, recu­pe­rán­do­se, lo vinie­ron a inte­rro­gar hom­bres que, cree él, eran de la CIA. “Más que todo anda­ban detrás de las armas que entra­ban aquí a El Sal­va­dor, (creían) que yo las traía y yo las finan­cia­ba”. Ante la pre­sión de los inte­rro­ga­to­rios, dice, se fugó del hos­pi­tal. “Para salir­me del hos­pi­tal me hice che­ro de un grin­go, me fui a las 9 de la maña­na y él me tuvo en su casa. Y me obli­ga­ron a venir­me clandestinamente”.

Sagre­ra fue, según el capi­tán Sara­via, “la úni­ca baja que tuvi­mos duran­te toda la gue­rra”. Ade­más de la que­ma­du­ra, Sagre­ra reci­bió un bala­zo que él mis­mo se pegó, sen­ta­do en una camioneta.

Sobre el ase­si­na­to de mon­se­ñor, Sagre­ra no recuer­da mucho. A pesar de que antes ya ha dicho que le extra­ña haber vis­to su nom­bre en el infor­me de la Comi­sión de la Ver­dad, aho­ra dice que ni siquie­ra sabía que su nom­bre apa­re­ce en el infor­me de la Comi­sión de la Ver­dad. Por­que no lo ha vis­to. “¿A usted no le suce­de que cuan­do usted no tie­ne en algo que ver, usted no ocu­pa la pala­bra “a mí me vale ver­ga por­que yo no ten­go nada que ver en eso?””

De Bibi Mon­te­ne­gro tam­po­co fue ami­go. Le digo que yo sé que el 24 de mar­zo él iba en una Dod­ge Lan­cer blan­ca, rum­bo a la igle­sia de la Divi­na Providencia.

-Fíje­se que no me cua­dra. No me acuer­do, no ten­go… no sé.

-Había una ter­ce­ra per­so­na en ese carro, un ami­go suyo. ¿Lo recuerda?

-No.

-Bibi Mon­te­ne­gro.

-¿Este Mon­te­ne­gro de cuá­les Montenegros?

-Bibi Mon­te­ne­gro, su amigo.

-Vaya le nega­ría que no… hoy ya me hizo clic, ¿veá? Sí lo conoz­co, pero no somos ni ami­gos ni nada. Yo lo he vis­to cin­co veces en mi vida… tal vez, cuatro.

***

Elías Has­bún recuer­da con mucho entu­sias­mo los días de los “Really Rot­ten” en El Jaba­lí. Él y Sagre­ra, corrien­do jun­tos, y el ter­cer ami­go en el apo­yo: Gabriel “Bibi” Mon­te­ne­gro. “Siem­pre lle­ga­ba, como éra­mos muy ami­gos, lle­ga­ba con su espo­sa a todas las carre­ras. El Bibi era como el fan del equi­po, des­pués nos íba­mos jun­tos todos”.

Has­bún, cono­ci­do como “Urly” en el mun­do de los auto­mó­vi­les, toda­vía corre y toda­vía, tam­bién, man­tie­ne un taller­ci­to espe­cia­li­za­do en autos de carre­ra. En 1980 el taller Voglio­ne ocu­pa­ba un local alqui­la­do en la colo­nia La Rábi­da de San Sal­va­dor, a una cua­dra de la embo­te­lla­do­ra Cana­da Dry. Ahí varios talle­res ope­ra­ban en el mis­mo espa­cio, abier­to. Hoy ese edi­fi­cio es la amplia­ción de la fábri­ca de plás­ti­cos Mon­di­ni. Ahí, ase­gu­ra el capi­tán Sara­via, lle­va­ron el Pas­sat rojo cua­tro puer­tas des­de el que fue ase­si­na­do mon­se­ñor Rome­ro: “Se le dio la misión al Negro Sagre­ra, de decir­le mirá que ese carro hijuepu­ta que no… Que se bote, que se que­me. Detrás de la Cana­da Dry hay una calle. En esa calle hay un taller. El Negro Sagre­ra dice que a ese se lo lle­vó. Que a esta per­so­na de aquí se lo lle­vó para que lo destruyera”.

Has­bún dice que no recuer­da quién lle­vó ese carro. “Sí me acuer­do que lo vi ahí, un Pas­sat rojo. Nue­vi­to. Un día lle­gó y des­pués me ente­ré que esta­ba meti­do en lo de mon­se­ñor Rome­ro, pero ya no pre­gun­té más por­que en esos días era peli­gro­so andar ave­ri­guan­do. Me que­dé calla­di­to”. El carro, dice Has­bún, per­ma­ne­ció casi un mes en ese taller, has­ta que un día des­apa­re­ció y no supo nada más.

***

Dos o tres días des­pués del ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro, el gru­po de D´Aubuisson sos­tie­ne una reu­nión en la casa de Eduar­do Lemus O´byrne. Sara­via cono­ce de esta reu­nión, por­que él mis­mo, salien­do de ahí, fue a pagar­le al hom­bre que dis­pa­ró con­tra mon­se­ñor Rome­ro. Fue a pagar­le por sus servicios.

“Yo no cono­cía al tira­dor. Ese día lo vi yo en el carro, meter­se al carro de bar­ba. Y des­pués le fui a entre­gar yo per­so­nal­men­te los mil colo­nes que le entre­gó, que los pidió pres­ta­dos D´Aubuisson a Eduar­do Lemus O´byrne. En la casa de él está­ba­mos noso­tros cuan­do lle­ga­ron a decir­le que… ¡A cobrar! Y Rober­to d´Aubuisson jamás mane­ja­ba dine­ro. Le pres­tó mil colo­nes a este para entregárselos.”

Eduar­do Lemus O´byrne es un cono­ci­do empre­sa­rio sal­va­do­re­ño. Ha sido pre­si­den­te de la Aso­cia­ción Nacio­nal de la Empre­sa Pri­va­da, pro­pie­ta­rio de gran­jas aví­co­las y un hom­bre muy cono­ci­do en los círcu­los empre­sa­ria­les centroamericanos.

Fue un acé­rri­mo enemi­go de la refor­ma agra­ria, des­de los tiem­pos del coro­nel Moli­na, y se acer­có, casi de mane­ra natu­ral, al gru­po de D´Aubuisson. De Sara­via y Sagre­ra dice: “Esos eran unos mata­ri­fes. Yo con ellos nun­ca tuve nada que ver. Yo defien­do prin­ci­pios, pero estos se habían vuel­to gue­rre­ros y mafio­sos”. Ase­gu­ra que nun­ca, nun­ca le dio dine­ro a D´Aubuisson y que, si le hubie­ra pedi­do mil colo­nes para dár­se­los al ase­sino de Rome­ro, sin duda lo recor­da­ría. “Y no, no recuer­do esa reu­nión. Esa reu­nión nun­ca pasó”.

Lemus O´byrne se sepa­ró de D´Aubuisson y los fun­da­do­res de Are­na poco des­pués. El 14 de sep­tiem­bre de 1982, su cuña­do, Julio Vega, pilo­to avia­dor, des­apa­re­ció en una pis­ta aérea en Gua­te­ma­la. “Creo que lo eli­mi­na­ron por­que anda­ba tra­fi­can­do armas para el FAN”, dice Lemus. El FAN era el Fren­te Amplio Nacio­nal, un movi­mien­to para­mi­li­tar diri­gi­do por D´Aubuisson que sen­tó las bases de Arena.

La viu­da de Vega se casó poco des­pués con D´Aubuisson, y Eduar­do Lemus O´byrne aún no des­car­ta que haya algu­na rela­ción entre el homi­ci­dio y la rela­ción amo­ro­sa. Solo eso expli­ca que, cuan­do uno de sus ami­gos comen­zó a inves­ti­gar el cri­men, pron­to fue ame­na­za­da su vida: “Lo tra­tó de matar el gru­po de D´Aubuisson, Sagre­ra y Sara­via. Enton­ces yo le dije a Rober­to: con­mi­go no estés jodien­do, que yo sí te voy a que­brar el culo”.

El capi­tán Sara­via insis­te en que el dine­ro lo puso Lemus O´byrne. “Dio los mil pesi­tos. Yo mis­mo se lo fui a entre­gar. Lle­gué don­de él y le dije, mirá, dice Rober­to d´Aubuisson que no quie­re saber ni mier­da de vos, que te arre­glés con tu jefe”.

El dine­ro se lo fue a entre­gar al esta­cio­na­mien­to de un peque­ño cen­tro comer­cial en el oes­te de San Sal­va­dor, lla­ma­do Balam Quitzé. Ahí lo espe­ra­ba el tira­dor, ya sin bar­ba, acom­pa­ña­do de Wal­ter “Musa” Álva­rez, un extra­ño hom­bre que murió ase­si­na­do poco después.

“Dio el pis­to. Dio los mil pesi­tos, se los fui a dejar yo y le dije lo siguien­te. ¡De ahí yo jamás! De ahí lo empe­cé a ver a este, a cómo se lla­ma, al, al… lle­ga­ba a las ofi­ci­nas de Daglio, así pasa­ba. Y (Jor­ge) “el Chi­vo” Vela­do ya era un hom­bre de edad, anda­ba con él exhi­bién­do­se. El tipo en la calle y él mane­jan­do. Y no sólo lo vi yo, pues. Y le ha de haber dicho a la gen­te “este fue el que lo mató”. Él sabe los movi­mien­tos correc­tos de él”.

Jor­ge Vela­do es ya un hom­bre mayor. Fue fun­da­dor de Are­na y tra­ba­jó al lado de D´Aubuisson duran­te muchos años. Pero eso, dice Vela­do, nada tie­ne que ver con el ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro. Solo des­pués de varias sema­nas de inten­tos de hablar con él, Vela­do acep­ta hacer­lo bre­ve­men­te y por telé­fono. “Yo no cono­cí a ese Sara­via, y no me andu­ve pasean­do con nadie nun­ca. Yo de eso no ten­go nada que decir”.

***

Maris­sa d´Aubuisson recuer­da otra esce­na: pocos días des­pués de la muer­te de mon­se­ñor Rome­ro, comen­za­ron a cir­cu­lar los rumo­res de que Rober­to d´Aubuisson había orde­na­do el asesinato.

Su her­ma­na mayor deci­dió ave­ri­guar­lo y con­fron­tó al her­mano para­mi­li­tar. “Rober­to, dicen por ahí que vos tuvis­te algo que ver con la muer­te de Rome­ro”. El mayor D´Aubuisson res­pon­dió: “Mirá, mejor calla­te si no sabés, por­que al que mató a ese hijuepu­ta le van a hacer un monumento”.

El ase­si­na­to, y los rumo­res del invo­lu­cra­mien­to de D´Aubuisson en los escua­dro­nes de la muer­te, ayu­da­ron a con­so­li­dar su lide­raz­go entre las filas de la extre­ma dere­cha sal­va­do­re­ña, y lo con­vir­tie­ron en ícono de la lucha anticomunista.

Algu­nos años des­pués de par­ti­ci­par en el ase­si­na­to de mon­se­ñor Rome­ro, el mayor Rober­to d´Aubuisson se con­vir­tió en can­di­da­to pre­si­den­cial, pre­si­den­te de la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te de 1985 y figu­ra míti­ca, padre y guía de la dere­cha sal­va­do­re­ña. El par­ti­do que fun­dó, Are­na, gober­nó El Sal­va­dor duran­te 20 años, has­ta que en mar­zo de 2009 fue derro­ta­do en las urnas por la ex gue­rri­lla, el FMLN.

Sara­via, tras­tor­na­do por el giro que ha dado su vida y su con­tac­to direc­to con la pobre­za y la mar­gi­na­li­dad, ha cam­bia­do ya tam­bién su mane­ra de ver el mun­do. Aho­ra qui­sie­ra fusi­lar al mis­mo hom­bre al que él le entre­gó mil colo­nes. “¡Que lo fusi­len!… Por­que no hay pena de muer­te en El Sal­va­dor, pero mere­ce la muer­te. Qui­sie­ra creer­lo así y qui­sie­ra con­fron­tar­lo. Por­que él sabe. Y si está vivo, ¿qué mejor que agarrarlo?”

Sobre la par­ti­ci­pa­ción de Rober­to d´Aubuisson: “Me dijo: ‘Hace­te car­go’. Hace­te car­go de entre­gar el carro, pues. ¿ver­dad? Aho­ra, que a la lar­ga, ¿sabe qué pen­sé yo? Esa fue una orden de matar, pues. ¿Ver­dad? Yo lo pen­sé. Yo lo pen­sé. Yo no sé cier­ta­men­te si D´Aubuisson se metió en ese asun­to y el pen­de­jo fui yo, que en todo estoy yo, sabien­do lo que sé y lo que le estoy con­tan­do quie­ro saber­lo tam­bién, y si no me cago en la madre de D´Aubuisson yo. ¿Ah? Por lo menos ten­go más…”.

El padre Jesús Del­ga­do, bió­gra­fo de mon­se­ñor Rome­ro y quien des­de hace años pro­me­te que algún día, en un libro, reve­la­rá quié­nes orde­na­ron el ase­si­na­to del arzo­bis­pos, ase­gu­ra que el mayor Rober­to d’Aubuisson fue solo una pie­za ope­ra­ti­va, no el autor inte­lec­tual del ase­si­na­to. “A Duar­te se le hizo muy fácil des­car­gar toda la res­pon­sa­bi­li­dad en una sola per­so­na. D’Aubuisson sí par­ti­ci­pó, pero no lo orde­nó”, dice.

Con el capi­tán Sara­via pac­ta­mos un nue­vo encuen­tro en una cafe­te­ría de pue­blo. Cuan­do él lle­gó, me encon­tró sen­ta­do a una mesa jus­to deba­jo de un cua­dro que repre­sen­ta­ba la últi­ma cena. Se detu­vo a verla.

-¿Por qué se vino a sen­tar aquí?

-Era la úni­ca mesa que que­da­ba libre, capitán.

-¿Ya vio? Se vino a sen­tar deba­jo de la últi­ma cena. Eso tie­ne que ser una señal.

Me dijo que que­ría una foto bajo la últi­ma cena, y se la tomé con un celu­lar. Abu­sé y le pedí que posa­ra fren­te al car­tel de Se Bus­ca en el que apa­re­cía su foto, y acep­tó. Ya en esas, le dije que la pró­xi­ma vez ven­dría con un fotó­gra­fo, y acep­tó también.

La últi­ma vez que nos reuni­mos, recién había ter­mi­na­do una labor agrí­co­la que le dejó unos cuan­tos reales mache­te en mano. Lo encon­tra­mos rasu­ra­do, con el cabe­llo recién cor­ta­do y unas gafas nue­vas. “Aho­ra sí, tómen­me las fotos que quieran”.

Apro­ve­cho para poner­le la gra­ba­ción de la últi­ma misa de mon­se­ñor Rome­ro. El capi­tán frun­ce el ceño, y escu­cha aten­to. Mon­se­ñor dice sus últi­mas pala­bras: “Que este cuer­po inmo­la­do y esta san­gre sacri­fi­ca­da por los hom­bres nos ali­men­te tam­bién para dar nues­tro cuer­po y nues­tra san­gre al sufri­mien­to y al dolor, como Cris­to, no para sí, sino para dar con­cep­tos de jus­ti­cia y de paz a nues­tro pue­blo. Uná­mo­nos pues, ínti­ma­men­te en fe y espe­ran­za, a este momen­to de ora­ción por doña Sari­ta y por nosotros”.

Se escu­cha una explo­sión y el capi­tán Sara­via se estre­me­ce. Da un peque­ño brin­co en la silla. Una corrien­te eléc­tri­ca reco­rre su cuer­po y se detie­ne en sus ojos, que aho­ra sí se abren com­ple­ta­men­te detrás de sus gafas nue­vas y se hume­de­cen. Me mira fija­men­te sin decir nada por un par de segun­dos. Res­pi­ra profundamente.

-¿Ese es el disparo?

-Sí, capi­tán. Ese es el disparo.

El Faro. (Dia­rio de El Salvador)

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Carlos Dada, director de El Faro, durante una de las entrevista con el capitán Álvaro Rafael Saravia, acusado de participar en el asesinato de Monseñor Romero. Foto: Edu Ponces.

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Esquela de la invitación a misa del primer aniversario de la muerte de Sara Meardi de Pinto. El servicio religioso lo oficiaría monseñor Óscar Arnulfo Romero. Foto: El Faro.

Fachada de dónde funcionaba el taller Voglione, en 1980. Entonces, ocupaba un local alquilado en la colonia La Rábida de San Salvador. Foto: Mauro Arias.

Retrato hablado del supuesto tirador que mató a monseñor Óscar Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980 y que es parte del archivo judicial del caso.

El capitán Álvaro Rafael Saravia posa debajo de un cuadro de la última cena. La fotografía fue una petición expresa de Saravia. Foto: Carlos Dada.

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