Una mujer de izquier­das ¿Quién fue Ulri­ke Meinhof?

Ulri­ke Menhof, refe­ren­te de la Frac­ción del Ejér­ci­to Rojo, de Ale­ma­nia, «sui­ci­da­da» hace 40 años en una cár­cel de Alta Segu­ri­dad.

Peter O. Chot­je­witz

Ulri­ke Marie Meinhof nació el 7 de octu­bre de 1934 (Olden­burg) y murió el 9
de mayo de 1976 (Stutt­gart). Fue una mili­tan­te ultra-izquier­dis­ta ale­ma­na que ini­ció su vida pro­fe­sio­nal como perio­dis­ta. Fue una de las fun­da­do­ras de la Frac­ción del Ejér­ci­to Rojo, tam­bién cono­ci­do como el gru­po Baa­der-Meinhof, solía uti­li­zar los seu­dó­ni­mos de «Anna» y «Ran­na».
Meinhof reali­zó estu­dios de filo­so­fía, peda­go­gía, socio­lo­gía y ale­mán en la Uni­ver­si­dad de Mar­bur­go en 195556. En 1957, cam­bia de uni­ver­si­dad y con­ti­núa sus estu­dios en la Uni­ver­si­dad de Müns­ter, en la que coin­ci­dió con Manuel Sacris­tán (quien tras su muer­te tra­du­ci­ría y edi­ta­ría una anto­lo­gía de sus escri­tos), y pasa a for­mar par­te del Movi­mien­to de Estu­dian­tes
Socia­lis­tas (Sozia­lis­tis­cher Deu­ts­chen Stu­den­ten­bund).
Poco des­pués se impli­có en el movi­mien­to anti­nu­clear de su país apo­yan­do
dichas tesis des­de su pues­to como redac­to­ra de la revis­ta polí­ti­ca Kon­kret,
vin­cu­la­da a la izquier­da radi­cal. Se casó con Klaus Rai­ner Röhl, comu­nis­ta,
en 1961 y tuvo dos hijas geme­las, Bet­ti­na y Regi­ne, el 21 de sep­tiem­bre de
1962.
Divor­cia­da en 1968, se unió enton­ces a gru­pos de izquier­da más radi­ca­les en
Ber­lín Occi­den­tal. En 1970, vis­ta la inefi­ca­cia de los medios ordi­na­rios de
lucha emplea­dos por la izquier­da ale­ma­na, ayu­dó a Andreas Baa­der a esca­par
de pri­sión y des­pués par­ti­ci­pó en robos a ban­cos y aten­ta­dos con bom­ba
con­tra fábri­cas y bases mili­ta­res ame­ri­ca­nas. La pren­sa ale­ma­na deno­mi­nó al
gru­po rápi­da­men­te «gru­po de Baa­der-Meinhof». Meinhof escri­bió muchos de los
ensa­yos y mani­fies­tos que la ban­da pro­du­jo, enun­cian­do el con­cep­to de
gue­rri­lla urba­na, uti­li­za­do para com­ba­tir lo que ella lla­mó la explo­ta­ción
del hom­bre común y el impe­ria­lis­mo del sis­te­ma del capi­ta­lis­ta.
Cap­tu­ra­da en 1972 en Lan­genha­gen, fue con­de­na­da en audien­cias pre­li­mi­na­res a
8 años de encar­ce­la­mien­to cau­te­lar. Mien­tras se desa­rro­lla­ba el jui­cio
defi­ni­ti­vo, en el que el fis­cal pedía cade­na per­pe­tua para ella, la
encon­tra­ron muer­ta en su cel­da el nue­ve de mayo de 1976 (ani­ver­sa­rio de la
derro­ta nazi en la Segun­da Gue­rra Mun­dial), ahor­ca­da col­ga­da del techo. Los
indi­cios de eje­cu­ción fue­ron tapa­dos por los medios de des­in­for­ma­ción masi­va
que habla­ron de sui­ci­dio. Sus abo­ga­dos nega­ron la ver­sión ofi­cial, pero no
pudie­ron con­se­guir que hubie­se jui­cio.

Recuer­do de Ulri­ke Meinhof, 40 años des­pués
Cua­ren­ta años des­pués de su muer­te vio­len­ta el 9 de mayo, las imá­ge­nes son
tan impo­nen­tes como el pri­mer día. Sobre todo las publi­ca­das. La pri­me­ra
pla­ca de dete­ni­da; la pri­me­ra foto de encar­ce­la­da; la ima­gen final, col­ga­da.
1970, 1972, 1976; los núme­ros de los años lo decla­ran: el ascen­so de la
publi­cis­ta Ulri­ke Meinhof, de estre­lla inte­lec­tual de un perió­di­co
estu­dian­til a icono de la moral polí­ti­ca y de los dere­chos huma­nos, se
cum­plió en un bre­ve perío­do de su vida, el últi­mo. Qué hubo antes y por qué
pasó a la RAF [Rote Armee Frak­tion, frac­ción del ejér­ci­to rojo], que­da de
todo pun­to eclip­sa­do. Podría dar cier­ta plau­si­bi­li­dad inde­sea­da a su últi­mo
y radi­cal paso.
La pos­te­ri­dad la ha redu­ci­do prác­ti­ca­men­te al papel de una Jua­na de Arco de
la resis­ten­cia con­tra el Levia­tán, la omni­po­ten­te super­per­so­na del Esta­do.
Se la ha ele­va­do al Olim­po de los ele­gi­dos dis­pues­tos a morir por sus
con­vic­cio­nes, como los san­tos Sócra­tes, Hus, Gior­dano Bruno y Michael
Kolhas, a quien en 1540, dán­do­se­le la razón, se hizo ajus­ti­ciar con el
supli­cio de la rue­da como per­tur­ba­dor del orden públi­co.
Joven­ci­tas ávi­das de ins­truc­ción ante la pró­xi­ma cam­pa­ña anti­glo­ba­li­za­ción,
las más toda­vía en edad esco­lar, devo­ran libros que hablan de ella, no
impor­ta su vera­ci­dad. No es por azar que una bio­gra­fía suya muy leí­da fue­ra
publi­ca­da por Beltz & Gel­berg, una edi­to­rial juve­nil.
La basu­ra con que auto­res mer­ce­na­rios a suel­do de gigan­tes­cos apa­ra­tos de
Esta­do la cubrie­ron des­de mayo de 1970, es decir, des­de el tiro­teo en el
Otto Suhr Ins­ti­tut de Ber­lín occi­den­tal, no ha impe­di­do su con­ver­sión en una
figu­ra lumi­no­sa, a la que aun his­to­ria­do­res con­ser­va­do­res como Joa­chim Fest
deben ren­dir sus res­pe­tos.
La RAF fue derro­ta­da, pero no impe­ra la paz. Sus aná­li­sis y obje­ti­vos
pro­gra­má­ti­cos, que pue­den releer­se en mani­fies­tos escri­tos tam­bién por la
mano de Meinhof, siguen vivien­do en una suer­te de ceno­ta­fio. Sólo una opción
tie­ne el Esta­do para pro­te­ger­se de ese peli­gro dor­mi­do. Ten­dría que dejar de
enten­der­se a sí mis­mo como auxi­lio de la plu­to­cra­cia, para con­ver­tir­se en un
vale­dor con­se­cuen­te y efi­caz de las nece­si­da­des de las cla­ses bajas del
pro­pio pue­blo y de los pue­blos explo­ta­dos de los Esta­dos y los con­ti­nen­tes
pobres.
La con­mo­ción des­ata­da por la muer­te de Ulri­ke Meinhof en 1976 lle­vó a
arre­ba­ta­das mani­fes­ta­cio­nes por todo el terri­to­rio fede­ral. En Franc­fort, en
don­de había una con­vo­ca­to­ria fren­te a la Casa de los estu­dian­tes, se lle­gó a
enfren­ta­mien­tos con las fuer­zas de orden públi­co. Yo venía de Stutt­gart, y
toda­vía veo la ciu­dad suble­va­da: me vie­ne a la men­te un fur­gón poli­cial en
lla­mas, pero pue­de que se tra­te de otra mani­fes­ta­ción.
En el sui­ci­dio anun­cia­do por el gobierno cre­ye­ron pocos. Eso guar­da rela­ción
con el esta­do de con­fron­ta­ción. El tri­bu­nal de Stutt­gart, que debía juz­gar a
cin­co cua­dros de la RAF, había ya per­di­do a un acu­sa­do ­Hol­ger Meins, a
quien se dejó morir en noviem­bre de 1974 de ina­ni­ción en Wittlich‹. Los tres
acu­sa­dos res­tan­tes mori­rían die­ci­sie­te meses des­pués en la pri­sión judi­cial
de Stutt­gart-Stammheim en cir­cuns­tan­cias no acla­ra­das, de mane­ra que nin­guno
de los jui­cios lle­gó a rea­li­zar­se.
Fue sobre todo en el momen­to de la deten­ción que murie­ron estos enemi­gos del
Esta­do bus­ca­dos con tan­to ardi­mien­to. Las más veces, fue­ron eje­cu­ta­dos sin
lle­var armas, o, ya des­ar­ma­dos, cuer­po en tie­rra. Eso des­per­tó la impre­sión
de que había una orden supe­rior de no hacer pri­sio­ne­ros. Wer­ner Sau­ber
­Daniel de Rou­let le ha levan­ta­do un monu­men­to en su nove­la Dou­ble‹ fue
eje­cu­ta­do el 9 de mayo de 1975 en un esta­cio­na­mien­to de Colo­nia cuan­do
esta­ba ya inde­fen­so sobre el asfal­to: jus­to un año antes que Ulri­ke Meinhof.
El médi­co Karl-Heinz Roth, sen­ta­do jun­to a él en el auto­mó­vil, que­dó heri­do
de extre­ma gra­ve­dad. El ter­ce­ro, Roland Otto, resul­tó ile­so. Cuan­do Roth y
Otto fue­ron absuel­tos, tro­na­ron los poli­cías: «Ten­dría­mos que haber
liqui­da­do tam­bién a los otros dos».
La lis­ta es lar­ga. Des­de Rauch y Weiß­bec­ker, has­ta Grams, pasan­do por Stoll
y van Dyck. Todos eje­cu­ta­dos en situa­cio­nes que no jus­ti­fi­ca­ban el uso
poli­cial de armas de fue­go. Es ver­dad que los Colts se mane­ja­ban a la
lige­ra, por ambas par­tes, y que se pue­de expli­car el gati­llo fácil de
algu­nos fun­cio­na­rios que podían temer por su vida. Dis­cul­pa no es; ni moral,
ni jurí­di­ca.
Por lo demás, las dudas en el caso Meinhof fue­ron ali­men­ta­das por el infor­me
de una comi­sión inves­ti­ga­do­ra inter­na­cio­nal (publi­ca­do por la edi­to­rial
Mas­pe­ro de París) que en 1978 decía: «La afir­ma­ción de las auto­ri­da­des
esta­ta­les, según la cual Ulri­ke Meinhof se dio muer­te a sí mis­ma col­gán­do­se,
no está pro­ba­da. Los resul­ta­dos de las inves­ti­ga­cio­nes más bien per­mi­ten
con­cluir que Ulri­ke Meinhof no podía col­gar­se por su pro­pia mano».
Ulri­ke Meinhof era ya evi­den­te­men­te una cele­bri­dad antes de que fun­da­ra con
otros la Rote Armee Frak­tion, que se enten­día a sí mis­ma como bra­zo arma­do
de la resis­ten­cia anti­im­pe­ria­lis­ta, y a la que ­dicho sin pre­cau­ción‹ pudo
lla­mar­se leni­nis­ta. Recuer­do la fas­ci­na­ción con que leía­mos sus colum­nas en
la revis­ta kon­kret, que publi­ca­ba la edi­to­rial Klaus Wagen­bach, en cuya
pági­na web, ¡peque­ña igno­ran­cia!, pue­de leer­se aho­ra que la auto­ra murió en
1972.
Yo con­su­mía des­de 1955 la hoja que para la APO [opo­si­ción
extra­par­la­men­ta­ria] desem­pe­ña­ba un cier­to papel, y des­de 1960 leía siem­pre,
lo pri­me­ro, los artícu­los ana­lí­ti­co-polé­mi­cos de Meinhof, que toda­vía hoy
resul­tan legi­bles y actua­les. Mues­tran la ampli­tud de su com­pro­mi­so social y
polí­ti­co. Temas nacio­na­les como la per­ma­nen­cia de vie­jos nazis, las leyes de
excep­ción y emer­gen­cia o la pobre­za figu­ran en el ancho reper­to­rio de su
obra perio­dís­ti­ca, no menos que los pro­ble­mas de la polí­ti­ca inter­na­cio­nal:
impe­ria­lis­mo, luchas de libe­ra­ción en el ter­cer mun­do, tri­con­ti­nen­ta­les, la
gue­rra de Indo­chi­na, las pro­tes­tas estu­dian­ti­les en los EEUU.
Lo que aho­ra su hija Bet­ti­na Röhl, en un inca­li­fi­ca­ble libro de
reve­la­cio­nes, pue­de sal­dar de bara­to como sen­sa­ción, era archi­sa­bi­do por los
admi­ra­do­res de enton­ces de la Meinhof. Que sim­pa­ti­za­ba con la prohi­bi­da KPD
[Par­ti­do Comu­nis­ta de Ale­ma­nia, ile­ga­li­za­do por Ade­nauer en 1956], con la
Unión Sovié­ti­ca y con la RDA (siem­pre crí­ti­ca­men­te, huel­ga decir­lo). Que
gra­cias al movi­mien­to con­tra la gue­rra nuclear y las mar­chas de Pas­cua de
los años cin­cuen­ta, con­si­guió hacer­se un nom­bre. Que tenía sus raí­ces en las
tra­di­cio­nes huma­nis­tas de Occi­den­te, con una impron­ta cris­tia­na. Que su
insó­li­ta rigi­dez éti­ca venía en par­te de su rela­ción con Rena­te Rie­meck, que
hacia 1960 era uno de los mas­ca­ro­nes de proa de una Unión Ale­ma­na por la Paz
más bien irre­le­van­te polí­ti­ca­men­te.
La opción por la lucha arma­da a comien­zos del verano de 1970 fue sin embar­go
inter­pre­ta­da por muchos como una rup­tu­ra y vis­ta con incom­pren­sión. Pero
esta­ba en la lógi­ca de la opo­si­ción extra­par­la­men­ta­ria no seguir ata­can­do
sólo ver­bal­men­te los exce­sos y los efec­tos del orden social capi­ta­lis­ta
post­fas­cis­ta.
En la biblio­gra­fía a ella dedi­ca­da, la sepa­ra­ción de su mari­do, el aban­dono
de la exis­ten­cia com­pa­ra­ti­va­men­te peque­ño­bur­gue­sa en el barrio de la alta
socie­dad de la Elb­chau­see de Ham­bur­go y el tras­la­do a Ber­lín occi­den­tal no
son inter­pre­ta­dos de un modo sufi­cien­te­men­te cla­ro como reac­ción al espí­ri­tu
de los tiem­pos. Lo cier­to es que, como muy tar­de des­de el 2 de junio de 1967
­el día en que las auto­ri­da­des de Ber­lín occi­den­tal repri­mie­ron bru­tal­men­te
una mani­fes­ta­ción ante la Ópe­ra ale­ma­na y deja­ron que se eje­cu­ta­ra
ale­vo­sa­men­te a un estu­dian­te, a fin de gene­rar una esca­la­da‹, esta­ba en el
orden del día el pro­yec­to de ata­car direc­ta­men­te, como baluar­te del
impe­ria­lis­mo, al Esta­do y a sus obs­ce­nos repre­sen­tan­tes, y de radi­ca­li­zar
la resis­ten­cia median­te la pro­pa­gan­da con hechos.
Ulri­ke Meinhof dejó casa y séqui­to cua­tro días antes de la Con­fe­ren­cia
inter­na­cio­nal con­tra los crí­me­nes de gue­rra esta­dou­ni­den­ses en Indo­chi­na,
que empe­zó en Ber­lín occi­den­tal el 17 de febre­ro de 1968. La decla­ra­ción
final, que cul­mi­nó en una gran mani­fes­ta­ción, toda­vía se lee hoy como un
lla­ma­mien­to a pasar defi­ni­ti­va­men­te a la suble­va­ción. Se pedía sin afei­tes
la cola­bo­ra­ción polí­ti­ca y orga­ni­za­ti­va con los movi­mien­tos revo­lu­cio­na­rios
de libe­ra­ción y la crea­ción de un fren­te uni­do de resis­ten­cia en los EEUU y
en los paí­ses euro­peo-occi­den­ta­les. Enemi­go: el impe­ria­lis­mo nor­te­ame­ri­cano
y su peón de bre­ga euro­peo. Obje­ti­vo: la revo­lu­ción socia­lis­ta mun­dial.
Ape­nas dos meses des­pués, ardían en lla­mas dos gran­des alma­ce­nes comer­cia­les
en Franc­fort: un acon­te­ci­mien­to que fue gene­ral­men­te cele­bra­do como la
cere­mo­nia fun­da­cio­nal de la RAF, pues empu­jó a dos pro­ta­go­nis­tas a la
ile­ga­li­dad, aun cuan­do los daños fue­ron muy limi­ta­dos. Ulri­ke Meinhof dedi­có
al incen­dio una rese­ña com­pren­si­va que fue enten­di­da por bue­na par­te de la
izquier­da de enton­ces como una invi­ta­ción a seguir tra­ba­jan­do en esa línea.
Tal vez los redac­to­res de la reso­lu­ción final de la Con­fe­ren­cia sobre
Viet­nam no die­ran a sus pro­trép­ti­cas pala­bras el sen­ti­do que noso­tros
infe­ri­mos. O tal vez se retrac­ta­ron lue­go, a la vis­ta de la que se había
orga­ni­za­do, y les entró el mie­do ante su pro­pio cora­je.
El hecho es que Meinhof y los demás fun­da­do­res de la RAF alber­ga­ron de bue­na
fe la espe­ran­za de que su lucha halla­ría sim­pa­tías y apo­yos en los medios
lega­les. Jamás fue la RAF ­nadie habla hoy de ello- con­ce­bi­da como una
orga­ni­za­ción de masas, sino como gru­po de cua­dros y como pun­ta de lan­za
capaz de agu­di­zar las con­tra­dic­cio­nes polí­ti­cas y ampliar los már­ge­nes de
manio­bra de la opo­si­ción legal. Tra­ge­dia de esa orga­ni­za­ción: jamás fue
apro­ve­cha­da tal posi­bi­li­dad, ponién­do­se en cam­bio muy pron­to en mar­cha un
pro­ce­so de desoli­da­ri­za­ción que, en lo veni­de­ro, lle­gó inclu­so a recha­zar el
bien­in­ten­cio­na­do con­se­jo de un [Hein­rich] Böll: «un sal­vo­con­duc­to para
Ulri­ke Meinhof».
Las con­di­cio­nes de encar­ce­la­mien­to a las que se expu­so a Ulri­ke Meinhof a
par­tir de 1972 eran homi­ci­das. En Colo­nia-Ossen­dorf lle­gó a estar has­ta tres
veces en ais­la­mien­to total ­la pri­me­ra vez, inme­dia­ta­men­te des­pués de su
deten­ción, duran­te 237 días‹. Sobre las con­se­cuen­cias psí­qui­cas y físi­cas de
este tipo de tor­tu­ra escri­bió un infor­me con­mo­ve­dor, que aho­ra es una pie­za
dis­tin­gui­da de la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra.
El obje­ti­vo de las nume­ro­sas humi­lla­cio­nes era cla­ro y se decla­ró
abier­ta­men­te: que­bran­tar la per­so­na­li­dad. Que­ría ofre­cer­se al loco a la
opi­nión públi­ca, mover­la a ella dis­tan­ciar­se de su bio­gra­fía polí­ti­ca y
esti­mu­lar a sus cama­ra­das en la clan­des­ti­ni­dad a aban­do­nar la lucha
des­igual. Con algu­nos, se logró. Con­tra los prin­ci­pa­les acu­sa­dos, que no
cedie­ron, hubo que adop­tar medi­das más extre­mas. Otros, como Chris­tian Klar
y Bir­git Hoge­feld, que no se deja­ron ins­tru­men­ta­li­zar, siguen toda­vía entre
rejas.
Pero lo que noso­tros dis­cu­tía­mos ­yo repre­sen­ta­ba legal­men­te a Andreas
Baa­der‹ en casi cada visi­ta a la sép­ti­ma plan­ta de la pri­sión judi­cial de
Stammheim no eran tan­to las con­di­cio­nes de cár­cel, que dicho sea de pasa­da,
tras el ini­cio del pro­ce­so, se rela­ja­ron un poco, sin lle­gar a pasar nun­ca
del ais­la­mien­to en ínfi­mos gru­pos. Un tema impor­tan­te era el dete­rio­ro de la
situa­ción polí­ti­ca: se hacía cada vez más pre­ca­ria, y la soli­da­ri­dad con los
pre­sos remi­tía. Si en el verano de1972 los obje­ti­vos y los méto­dos de la RAF
aún des­per­ta­ban sim­pa­tías en amplios sec­to­res de la pobla­ción, tras la
muer­te de Hol­ger Meins y la eje­cu­ción del pre­si­den­te de la Audien­cia de
Ber­lín occi­den­tal, Gün­ter von Drenk­mann, a fina­les del oto­ño de 1974, se
des­mo­ro­nó inclu­so la dis­po­si­ción al com­pro­mi­so con una mejo­ra de las
con­di­cio­nes de encar­ce­la­mien­to.
Hay car­tas des­de la cár­cel, diri­gi­das a cono­ci­das per­so­na­li­da­des, que
mues­tran cómo los pre­sos se sen­tían cre­cien­te­men­te aban­do­na­dos a su suer­te,
has­ta que­dar com­ple­ta­men­te iner­mes. Que la pug­naz volun­tad sub­ver­si­va de
fina­les de los sesen­ta tro­ca­ra en cobar­día y resig­na­ción, es tema apar­te.
Tie­ne que ver con la cam­pa­ña mediá­ti­ca de odio y cri­mi­na­li­za­ción con­tra toda
izquier­da que no se pres­ta­ra a un dis­tan­cia­mien­to pro­fi­lác­ti­co.
Cuan­do Ulri­ke Meinhof murió, asis­ti­mos a un últi­mo enca­la­bri­na­mien­to de la
opi­nión públi­ca, fun­da­do en el hecho de que había sido una pres­ti­gio­sa
inte­lec­tual, una de las gran­des espe­ran­zas de la publi­cís­ti­ca en len­gua
ale­ma­na. Tras los aten­ta­dos de 1977, tam­bién el grue­so de la izquier­da se
ale­gró de que los más popu­la­res cua­dros de la RAF estu­vie­ran final­men­te
muer­tos.
Peter O. Chot­je­witz fue abo­ga­do defen­sor de Andreas Baa­der en los pro­ce­sos
con­tra el gru­po diri­gen­te de la RAF

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