Ex gue­rri­lle­ros al poder: La revo­lu­ción jubi­la­da y sin dien­tes por Manuel Frey­tas

Para el sis­te­ma y el Depar­ta­men­to de Esta­do, for­man par­te de la vie­ja izquier­da hoy «polí­ti­ca­men­te correc­ta», asi­mi­la­da al «pro­ce­so demo­crá­ti­co» y que no revis­te nin­gún peli­gro para la gober­na­bi­li­dad del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en la región.

En los hechos, más allá de las filo­so­fías jus­ti­fi­ca­to­rias, son vie­jos ex gue­rri­lle­ros deca­den­tes y aco­mo­da­ti­cios que trai­cio­na­ron y cam­bia­ron los prin­ci­pios revo­lu­cio­na­rios por un espa­cio de poder den­tro del domi­nio impe­rial con la estra­te­gia del «poder blan­do» (la demo­cra­cia).

Des­de hace más de 20 años, en Amé­ri­ca Lati­na la «demo­cra­cia de mer­ca­do» (el «poder blan­do») con­vi­ve con la cade­na de bases y el Coman­do Sur cuya misión es pre­ser­var la hege­mo­nía mili­tar nor­te­ame­ri­ca­na en la región (el «poder duro»). Se tra­ta de una estra­te­gia de «dos caras» orien­ta­da a pre­ser­var el domi­nio geo­po­lí­ti­co y mili­tar del impe­rio nor­te­ame­ri­cano (sin que se note) en su his­tó­ri­co Patio Tra­se­ro.

La fun­ción más ele­men­tal y cla­ve que cum­plie­ron en Amé­ri­ca Lati­na ambas estra­te­gias –la «mili­tar» (dura) y la «demo­crá­ti­ca» (blan­da)– con­sis­tió en eli­mi­nar los dos fac­to­res que impe­dían la «gober­na­bi­li­dad en paz» del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en la región: la lucha arma­da, pri­me­ro, y la resis­ten­cia social y sin­di­cal, des­pués.

En los 90, tras la des­apa­ri­ción de la URSS y de la Gue­rra Fría por áreas de influen­cia en Amé­ri­ca Lati­na, Washing­ton ter­mi­nó de implan­tar el nue­vo sis­te­ma de con­trol polí­ti­co y social que se situó en las antí­po­das del ante­rior (basa­do en gobier­nos y dic­ta­du­ras repre­si­vas), y que explo­tó el con­sen­so masi­vo que des­per­tó la aper­tu­ra de pro­ce­sos cons­ti­tu­cio­na­les des­pués de lar­gos años de dic­ta­du­ras mili­ta­res con supre­sión de elec­cio­nes y par­la­men­tos.

Para­le­la­men­te, y en el plano polí­ti­co, en la déca­da del 80 los gobier­nos «demo­crá­ti­cos» (el «poder blan­do») fue­ron sus­ti­tu­yen­do en Amé­ri­ca Lati­na a los vie­jos y gas­ta­dos gobier­nos mili­ta­res (el «poder duro») median­te elec­cio­nes, pro­ce­sos cons­ti­tu­cio­na­les, y ban­de­ras de defen­sa de los dere­chos huma­nos.

Deba­jo de ese para­guas, se pre­ser­va­da la «gober­na­bi­li­dad», la «paz social» y la «esta­bi­li­dad eco­nó­mi­ca» del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en Amé­ri­ca Lati­na por la ausen­cia de con­flic­tos sin­di­ca­les y socia­les.

La «demo­cra­cia de mer­ca­do» cobi­ja bajo sus alas tan­to a gobier­nos de «dere­cha» como de «izquier­da» que eje­cu­tan los mis­mos pro­gra­mas (capi­ta­lis­tas impe­ria­les) que antes se eje­cu­ta­ban con gol­pes mili­ta­res y repre­sión.

En este mar­co, y al aban­do­nar sus pos­tu­la­dos seten­tis­tas de «toma del poder» y adop­tar los esque­mas de la demo­cra­cia bur­gue­sa y el par­la­men­ta­ris­mo como úni­ca opción para acce­der a posi­cio­nes de gobierno, la «izquier­da» (vie­ja y nue­va) se con­vir­tió en una opción váli­da para geren­ciar el «Esta­do tras­na­cio­nal» del capi­ta­lis­mo en cual­quier país de Amé­ri­ca Lati­na y del mun­do.

La aso­cia­ción bene­fi­cio­sa entre la «izquier­da civi­li­za­da» y el esta­blish­ment del poder capi­ta­lis­ta es obvia: el sis­te­ma (por medio de la izquier­da) crea una «alter­na­ti­va de gober­na­bi­li­dad» a la «dere­cha neo­li­be­ral», y la izquier­da (y los izquier­dis­tas) pue­den acce­der al con­trol admi­nis­tra­ti­vo del Esta­do bur­gués sin haber hecho nin­gu­na revo­lu­ción.

La «segun­da opor­tu­ni­dad»

En un articu­lo titu­la­do: «Un puña­do de ex gue­rri­lle­ros, en el poder en Amé­ri­ca lati­na», Pablo Ste­fa­no­ni, colum­nis­ta del dia­rio Cla­rín, sos­tie­ne que «Adap­ta­dos a estos tiem­pos, mili­tan­tes de los 60 y 70, hoy ocu­pan altos car­gos en el con­ti­nen­te».

En ese esce­na­rio, sos­tie­ne Ste­fa­no­ni, «Si hace unos años, el pasa­do gue­rri­lle­ro era algo para ocul­tar, hoy pue­de ser un no des­pre­cia­ble capi­tal polí­ti­co a rei­vin­di­car, obvia­men­te como «peca­dos» de juven­tud, «acor­des al momen­to his­tó­ri­co». Las con­tro­ver­sias sobre la lucha arma­da que­da­ron rele­ga­das a peque­ños espa­cios inte­lec­tua­les. Ya el socia­lis­mo está en la agen­da de pocos, y nadie pone en duda a la demo­cra­cia como vía de acce­so al poder».

En ese sen­ti­do cita a José «Pepe» Muji­ca (pre­si­den­te elec­to de Uru­guay) que se pre­sen­ta­ba hace unos años como «un vie­jo que tie­ne unos cuan­tos años de cár­cel y tiros en el lomo, un tipo que se ha equi­vo­ca­do mucho, como su gene­ra­ción, medio ter­co, por­fia­do, y que tra­ta, has­ta don­de pue­de, de ser cohe­ren­te con lo que pien­sa».

«Y son muchos los mili­tan­tes de la gene­ra­ción de los 60 y 70 que com­par­ten ser hoy más vie­jos, haber vivi­do la cár­cel y la tor­tu­ra y, sobre todo, «haber­se equi­vo­ca­do mucho», seña­la el artícu­lo.

Pero como dice Emir Sader, soció­lo­go y vete­rano mili­tan­te de la izquier­da bra­si­le­ña, a Cla­rín, «es como si hubié­ra­mos con­quis­ta­do una nue­va opor­tu­ni­dad de rea­li­zar los vie­jos sue­ños».

«Obvia­men­te, el mun­do, y esta gene­ra­ción que bus­có tomar el cie­lo por asal­to ‑con las armas en la mano- no son los mis­mos de enton­ces. Muchos sim­ple­men­te cam­bia­ron de méto­dos para con­se­guir los mis­mos sue­ños, otros cam­bia­ron la uto­pía por el cinis­mo. Pero muchos lle­ga­ron al poder», dice Ste­fa­no­ni.

A Muji­ca la «segun­da opor­tu­ni­dad» lo aca­ba de lle­var a la pre­si­den­cia de Uru­guay a los 74 años. Alí Rodrí­guez ‑alias «Coman­dan­te Faus­to»- es hoy minis­tro de Eco­no­mía de Vene­zue­la, des­pués de pre­si­dir la super­po­de­ro­sa petro­le­ra esta­tal PDVSA. Dil­ma Rous­sef ‑que com­pe­ti­rá con José Serra para suce­der a Lula- mili­tó en Van­guar­dia Arma­da Revo­lu­cio­na­ria Pal­ma­res, uno de los prin­ci­pa­les gru­pos gue­rri­lle­ros bra­si­le­ños y suce­dió en el car­go de Jefa de Gabi­ne­te a otro ex mili­tan­te arma­do: José Dir­ceu. Daniel Orte­ga regre­só al poder en Nica­ra­gua, alia­do a los ex con­tras ‑la gue­rri­lla anti­san­di­nis­ta apo­ya­da por Ronald Reagan- y a la cúpu­la de la Igle­sia cató­li­ca. En el vecino El Sal­va­dor, Mau­ri­cio Funes ‑sin pasa­do arma­do- lle­gó a la pre­si­den­cia de la mano del ex gru­po gue­rri­lle­ro Fren­te Fara­bun­do Mar­tí de Libe­ra­ción Nacio­nal. Y en Argen­ti­na, vin­cu­la­dos a Mon­to­ne­ros como Nil­da Garré ‑al man­do de las FF.AA.- o Car­los Kun­kel (que ter­mi­nó ami­go de Aldo Rico) lle­ga­ron al poder», resu­me Ste­fa­no­ni.

Un caso más atí­pi­co ‑seña­la Ste­fa­no­ni- es el del actual vice­pre­si­den­te boli­viano, Alva­ro Gar­cía Line­ra, quien par­ti­ci­pó jun­to al ayma­ra Feli­pe Quis­pe en una extem­po­rá­nea gue­rri­lla indí­ge­na en los 90 ‑el Ejér­ci­to Gue­rri­lle­ro Tupak Katari‑, estu­vo cin­co años en la cár­cel y, al salir, su nue­vo rol de ana­lis­ta y soció­lo­go mediá­ti­co lo lle­vó en menos de una déca­da al segun­do lugar de man­do.

Pero entre los ex gue­rri­lle­ros noto­rios no todos son ofi­cia­lis­tas en el «giro a la izquier­da», sub­ra­ya el corres­pon­sal de Cla­rín.

Teo­do­ro Pet­koff (77 años) ex gue­rri­lle­ro comu­nis­ta en los 60, en el Coman­do de Dou­glas Bra­vo, es una figu­ra de la opo­si­ción dura a Hugo Chá­vez, al igual que el ex líder del Movi­mien­to de Izquier­da Revo­lu­cio­na­ria, Domin­go Alber­to Ran­gel.

«Pero es en Nica­ra­gua ‑seña­la Ste­fa­no­ni- don­de más ex gue­rri­lle­ros se opo­nen a un gobierno supues­ta­men­te de izquier­da: la mayo­ría de la vie­ja guar­dia san­di­nis­ta ‑como Dora María Téllez, el ex vice­pre­si­den­te Ser­gio Ramí­rez, Ernes­to Car­de­nal y Gio­con­da Belli- son furi­bun­dos «anti­da­nie­lis­tas» y dicen que Daniel Orte­ga y su espo­sa Rosa­rio Muri­llo con­du­ce al país hacia una dic­ta­du­ra fami­liar… como la de Anas­ta­sio Somo­za».

El emer­gen­te «demo­crá­ti­co»

«De la revo­lu­ción arma­da a la demo­cra­cia de mer­ca­do», podría ser el titu­lo que sin­te­ti­ce la meta­mor­fo­sis de los vie­jos ex gue­rri­lle­ros con­ver­ti­dos en fun­cio­na­rios o esta­dis­tas del sis­te­ma que com­ba­tie­ron en el pasa­do.

Pero, más allá de las pos­tu­ras filo­só­fi­cas para jus­ti­fi­car su ads­crip­ción al sis­te­ma, los vie­jos ex gue­rri­lle­ros for­man par­te de una estra­te­gia impe­rial que sus­ti­tu­yó el domi­nio mili­tar (las dic­ta­du­ra) por el domi­nio civil (los gobier­nos de «izquier­da» o de «dere­cha») den­tro de una estra­te­gia de «poder blan­do» vigi­la­do por el «poder duro».

La fun­ción más ele­men­tal y cla­ve que cum­plie­ron en Amé­ri­ca Lati­na ambas estra­te­gias –la «mili­tar» (dura) y la «demo­crá­ti­ca» (blan­da)– con­sis­tió en eli­mi­nar los dos fac­to­res que impe­dían la «gober­na­bi­li­dad en paz» del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en la región: la lucha arma­da, pri­me­ro, y la resis­ten­cia social y sin­di­cal, des­pués.

Si se ana­li­za el actual esce­na­rio socio-eco­nó­mi­co y polí­ti­co de Amé­ri­ca Lati­na, se pue­den veri­fi­car cua­tro fenó­me­nos emer­gen­tes y con­ca­te­na­dos:

A) Fun­cio­na­mien­to a pleno de las lla­ma­das «ins­ti­tu­cio­nes» con elec­cio­nes perió­di­cas y con­ti­nui­dad del sis­te­ma de «gober­na­bi­li­dad demo­crá­ti­ca».

B) Ausen­cia total de huel­gas gene­ra­les y de con­flic­tos socia­les por rei­vin­di­ca­cio­nes gene­ra­les de la socie­dad (sólo exis­ten con­flic­tos ato­mi­za­dos por rei­vin­di­ca­ción sec­to­rial), y ausen­cia de dic­ta­du­ras mili­ta­res y de lucha arma­da (sal­vo Colom­bia).

C) Cre­ci­mien­to cons­tan­te de ganan­cias side­ra­les para los ban­cos y empre­sas que hege­mo­ni­zan el con­trol eco­nó­mi­co-pro­duc­ti­vo de los paí­ses, y cre­ci­mien­to des­me­su­ra­do de los acti­vos empre­sa­ria­les y for­tu­nas per­so­na­les.

D) Cre­ci­mien­to sos­te­ni­do y sin inte­rrup­ción de la lla­ma­da «pobre­za estruc­tu­ral» (fal­ta de tra­ba­jo esta­ble, vivien­da y segu­ri­dad social) que ya afec­ta a más de la mitad de la pobla­ción del con­ti­nen­te, cuya mayo­ría per­ma­ne­ce some­ti­da a polí­ti­cas «asis­ten­cia­les» y a empleos tem­po­ra­rios y en negro (con­tra­tos basu­ra).

En este pro­ce­so, de depre­da­ción sin limi­tes y con «gober­na­bi­li­dad» capi­ta­lis­ta ase­gu­ra­da, se desa­rro­lla la «segun­da opor­tu­ni­dad» de la «vie­ja izquier­da» com­ba­ti­va con­ver­ti­da en geren­cia­do­ra de la demo­cra­cia de mer­ca­do.

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