La habi­ta­ción 13 por Mikel Ari­za­le­ta

Char­les Dar­man­cour Perrault publi­có en 1687 su inmor­tal obra Cuen­tos de Mamá Oca, reco­pi­la­ción de rela­tos infan­ti­les de tra­di­ción oral. Y no qui­so fir­mar­los por­que eran cuen­tos de mil abue­las. Uno de ellos el de Bar­ba Azul

Bar­ba Azul a la par que rico era temi­do por su aspec­to fie­ro y su con­duc­ta sal­va­je. Y aun­que des­po­sa­do sie­te veces nadie cono­cía el para­de­ro de sus muje­res. Le temían las joven­zue­las del entorno. Y siem­pre que acu­día a casa de algún vecino soli­ci­tan­do la mano de una de sus hijas éstas le daban cala­ba­zas. Ter­mi­nó con­ven­cien­do a la peque­ña para que se casa­ra con él. Y la con­du­jo a su her­mo­so cas­ti­llo, don­de había una habi­ta­ción 13 mis­te­rio­sa. La habi­ta­ción prohi­bi­da. Un día le anun­ció su par­ti­da por lar­go tiem­po y le entre­gó todas las lla­ves del cas­ti­llo a la nue­va espo­sa, inclui­da la de la mis­te­rio­sa habi­ta­ción 13. Y par­tió dejan­do la casa en manos de su últi­ma mujer, quien qui­so inda­gar qué se escon­día en tan mis­te­rio­so cuar­to. Había san­gre en abun­dan­cia y vio con espan­to col­ga­dos en las pare­des los cadá­ve­res de sus ante­rio­res espo­sas. Bar­ba Azul regre­só de repen­te y se dio cuen­ta de inme­dia­to que la mujer había entra­do en el cuar­to 13 al obser­var san­gre en la lla­ve. Y tam­bién qui­so deca­pi­tar­la, deseó que corrie­ra la mis­ma suer­te que sus ante­rio­res muje­res. La espo­sa se refu­gió en la alme­na más alta y cerró la puer­ta con sie­te lla­ves; y estan­do a pun­to de des­ce­rra­jar­la lle­ga­ron los her­ma­nos de la espo­sa y die­ron muer­te a Bar­ba Azul.

Se cuen­ta que Perrault se ins­pi­ró en las leyen­das que en Fran­cia cir­cu­la­ban sobre Gilles de Rais, que de com­ba­tien­te jun­to a Jua­na de Arco en la gue­rra de los Cien Años pasó a con­ver­tir­se en ase­sino en serie de niños.

De nue­vo una reda­da noc­tur­na de un Bar­ba­zul sal­va­je con un millar de sus hues­tes ha roba­do y saquea­do casas y hoga­res de nues­tro pue­blo ampa­ra­do en las tinie­blas. Esta vez se han lle­va­do a 34 jóve­nes con el aplau­so del fache­río espa­ñol o, lo que es lo mis­mo, al man­do de jue­ces de la Audien­cia Nacio­nal y acom­pa­ña­dos de la ban­da de tri­cor­nios lor­quia­nos y gri­ses, bra­zo arma­do del abu­so. Y, de nue­vo, 34 jóve­nes han des­cu­bier­to la habi­ta­ción 13 del gobierno espa­ñol don­de la tor­tu­ra tie­ne barra libre con per­mi­so, con­sen­ti­mien­to y ampa­ro esta vez del juez de turno, el Bar­ba­zul Fer­nan­do Gran­de-Mar­las­ka, en pala­bras de Rosa Mon­te­ro, “con la cami­sa entre­abier­ta tie­ne todo el aspec­to del vivi­dor que regre­sa a su apar­ta­men­to al ama­ne­cer lle­van­do los exce­sos de la noche adhe­ri­dos al ros­tro”. Vie­nen como repre­sen­tan­tes de un gobierno, el espa­ñol, que a lo lar­go de la his­to­ria, tras saquear sus colo­nias y escla­vi­zar a sus gen­tes, siem­pre tuvo que huir de todas ellas con el rabo entre pier­nas dejan­do rui­nas y penu­ria tras sus pasos. El ejem­plo más recien­te es la Repú­bli­ca Ára­be Saha­raui Demo­crá­ti­ca, reco­no­ci­da por 88 paí­ses pero por nin­gún país euro­peo, tam­po­co por Espa­ña y esto es gra­ve por­que ha habi­do mil y una decla­ra­cio­nes de las Nacio­nes Uni­das con­fir­man­do su dere­cho de auto­de­ter­mi­na­ción. Y es aún más gra­ve por­que has­ta hace trein­ta años fue colo­nia espa­ño­la y Espa­ña tenía el deber de ampa­rar su inde­pen­den­cia. ¿Saben en trein­ta y pico años de colo­ni­za­ción cuán­tos uni­ver­si­ta­rios saha­rauis for­mó? Tres: un médi­co, un abo­ga­do y un peri­to mer­can­til. El Saha­ra es hoy día la últi­ma colo­nia de Áfri­ca gra­cias, en par­te, a Espa­ña, que guar­da silen­cio ante el gemi­do y lamen­to de un pue­blo, que lan­gui­de­ce en par­te por su cul­pa y aban­dono, por su trai­ción, en las are­nas del desier­to, en la vas­tí­si­ma nada rodea­da de nada y don­de, como dice el gran Eduar­do Galeano, sólo cre­cen las pie­dras. Y la soli­da­ri­dad de algu­nas gen­tes. Aban­dono y soli­da­ri­dad que estos días sien­te en su sole­dad y huel­ga de ham­bre Ami­net­tou Hai­dar. Espa­ña no ha per­di­do su obse­sión colo­nial con el paso del tiem­po, lle­va la repre­sión en su gen.

Pero regre­se­mos a la maz­mo­rra de Bar­ba Azul, a su habi­ta­ción de tor­tu­ra, con­tem­ple­mos las hue­llas de los muti­la­dos y escar­ne­ci­dos por órde­nes de jue­ces y láti­gos de ver­du­gos, entre­mos en la habi­ta­ción 13, escu­che­mos a los ajus­ti­cia­dos, a los muer­tos, vea­mos las vio­la­cio­nes de dere­chos per­pe­tra­das con­tra hom­bres y muje­res año tras año… Tor­tu­ra­dos que vie­nen con­tan­do des­de años la mis­ma his­to­ria de terror, jue­ces que se mofan de los dere­chos huma­nos, que rap­tan al acu­sa­do, que mien­ten al fami­liar, que escon­den al abo­ga­do lo que chi­van a la pren­sa ami­ga y sumi­sa. Seño­res jue­ces, no me callo. Les denun­cio con ira por­que uste­des en nom­bre de la jus­ti­cia roban, saquean, tor­tu­ran, inven­tan his­to­rias, mien­ten y piso­tean dere­chos huma­nos y dig­ni­da­des. Al gobierno del esta­do espa­ñol no ten­go pala­bras para cali­fi­car­lo, no me mere­ce res­pe­to alguno. Es un gobierno sin dig­ni­dad, su pala­bra es aire y vacío. Nos ofre­cen a dia­rio lec­cio­nes de mise­ria huma­na y codi­cia, de sumi­sión y chu­le­ría. Des­co­no­ce el res­pe­to a la ver­dad, ter­gi­ver­sa los hechos y mien­te al hablar.

Fren­te a esta inmun­di­cia, que nos ha toca­do en suer­te, nos que­da lo que ha hecho siem­pre gran­des a los hom­bres y los pue­blos: los her­ma­nos de la espo­sa, la soli­da­ri­dad de las gen­tes de buen cora­zón, la mano tier­na de los otros. Un beso a los tor­tu­ra­dos por jue­ces y rufia­nes, un beso soli­da­rio a Ami­net­tou Hai­dar. Y como tarea pre­go­nar lo que la Espa­ña facha y su gobierno encie­rran en su habi­ta­ción núme­ro 13.

Y ter­mino, no sin iro­nía, con la mora­le­ja del cuen­to de Perrault:

Por poco que ten­ga­mos buen sen­ti­do
y del mun­do conoz­ca­mos el tin­gla­do,
a las cla­ras habre­mos adver­ti­do
que esta his­to­ria es de un tiem­po muy pasa­do.

Mikel Ari­za­le­ta

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