Car­ta a Joseph Wey­de­me­yer, en Franc­fort del Main

Lon­dres, 20 de mayo [de 1850]

Que­ri­do Señor Wey­de­me­yer1:

Ha trans­cu­rri­do casi un año des­de que hallé, por par­te de usted y de su que­ri­da espo­sa, una aco­gi­da tan amis­to­sa y cor­dial, des­de que me sen­tí tan bien y tan a mis anchas en su casa, y en todo ese pro­lon­ga­do lap­so no he dado señal de vida algu­na; callé cuan­do su espo­sa me escri­bió una car­ta tan ama­ble, y per­ma­ne­cí muda cuan­do reci­bi­mos la noti­cia del naci­mien­to de su niño. Esa mudez a menu­do ha lle­ga­do a opri­mir­se, pero la mayor par­te de las veces era inca­paz de escri­bir, y aún hoy me resul­ta difí­cil, muy difí­cil.

Pero la situa­ción me obli­ga a tomar plu­ma en mano; le rue­go que nos envíe lo más pron­to posi­ble el dine­ro ingre­sa­do o por ingre­sar de la Revue. Lo nece­si­ta­mos mucho, muchí­si­mo. Segu­ra­men­te nadie podrá repro­char­nos que jamás haya­mos dado mucha impor­tan­cia a cuan­to hemos sacri­fi­ca­do y pade­ci­do des­de hace años; al públi­co se le ha moles­ta­do poco o casi nun­ca con nues­tras cues­tio­nes per­so­na­les, ya que mi mari­do es suma­men­te sen­si­ble en estos asun­tos, y pre­fie­re sacri­fi­car lo últi­mo antes de entre­gar­se a la men­di­ci­dad demo­crá­ti­ca, como los gran­des hom­bres ofi­cia­les. Pero lo que sí podía espe­rar de sus ami­gos, en espe­cial los de Colo­nia, era una acti­vi­dad dili­gen­te y enér­gi­ca en favor de su Revue. Podía espe­rar dicha acti­vi­dad, sobre todo sien­do cono­ci­dos sus sacri­fi­cios por el Rh. Ztg2. Pero en cam­bio, el nego­cio resul­tó arrui­na­do en vir­tud de un mane­jo des­cui­da­do y des­or­de­na­do, y no se sabe si lo que más daño cau­só fue la deman­da del libre­ro o la de los geren­tes y cono­ci­dos en Colo­nia, o bien toda la con­duc­ta de la demo­cra­cia en gene­ral.

Mi mari­do casi fue aplas­ta­do aquí por las más mez­qui­nas preo­cu­pa­cio­nes de la vida coti­dia­na, y ello en una for­ma tan indig­nan­te que fue­ron nece­sa­rias toda la ener­gía, toda la segu­ri­dad cal­ma, cla­ra y silen­cio­sa en sí mis­mo de que es capaz, para man­te­ner­le en pie en estas luchas de todos los días y todas las horas. Usted sabe, que­ri­do señor Wey­de­me­yer, qué sacri­fi­cios reali­zó mi mari­do en esa épo­ca; invir­tió miles en efec­ti­vo, se hizo car­go de la pro­pie­dad del perió­di­co, per­sua­di­do por los hones­tos demó­cra­tas, quie­nes de otro modo hubie­sen debi­do res­pon­der per­so­nal­men­te por las deu­das, en una épo­ca en la que que­da­ban ya pocas pro­ba­bi­li­da­des de lle­var la tarea a cabo. A fin de sal­var el honor polí­ti­co del perió­di­co, el honor civil de los cono­ci­dos de Colo­nia, dejó que echa­sen sobre sus hom­bros todas las car­gas, entre­gó su máqui­na, entre­gó todos los ingre­sos, y has­ta al par­tir pres­tó 300 tále­ros3 para abo­nar el alqui­ler del local recién arren­da­do, los hono­ra­rios atra­sa­dos de redac­to­res, etc., y se le expul­só vio­len­ta­men­te.

Usted sabe que no nos hemos que­da­do con nada de todo ello; via­jé a Franc­fort para empe­ñar mi pla­te­ría, lo últi­mo que nos que­da­ba; en Colo­nia hice ven­der mis mue­bles, por­que corría peli­gro de ver embar­ga­da la ropa y todo lo demás. Al ini­ciar­se la infaus­ta épo­ca de la con­tra­rre­vo­lu­ción, mi mari­do via­jó a París, y yo le seguí con mis tres hijos4. Ape­nas acli­ma­ta­do en París, fue expul­sa­do, y a mí mis­ma y a mis hijos se nos negó una per­ma­nen­cia más pro­lon­ga­da. Vol­ví a seguir­le allen­de el mar. Un mes más tar­de nació nues­tro cuar­to hijo5. Usted debe­ría cono­cer Lon­dres y las con­di­cio­nes en que se vive aquí, para saber qué sig­ni­fi­ca tener tres hijos y el naci­mien­to de un cuar­to. Sola­men­te en con­cep­to de alqui­ler debía­mos pagar 42 tále­ros men­sua­les. Está­ba­mos en con­di­cio­nes de sol­ven­tar todo ello con nues­tro pro­pio pecu­lio. Pero nues­tros peque­ños recur­sos se ago­ta­ron cuan­do apa­re­ció la Revue. A pesar de lo con­ve­ni­do, el dine­ro no lle­ga­ba, y cuan­do lo hizo fue­ron solo peque­ñas sumas ais­la­das, de modo que caí­mos aquí en las situa­cio­nes más terri­bles.

Le rela­ta­ré sola­men­te un día de esta vida, tal como fue, y usted verá que aca­so pocos refu­gia­dos hayan pasa­do por situa­cio­nes simi­la­res. Pues­to que las amas de leche son prohi­bi­ti­vas aquí, deci­dí, a pesar de cons­tan­tes y terri­bles dolo­res de pecho y espal­da, ali­men­tar yo mis­ma a mi hijo. Pero el pobre ange­li­to mama­ba de mí tan­tas preo­cu­pa­cio­nes y dis­gus­tos silen­cio­sos, que se halla­ba cons­tan­te­men­te enfer­mo, pade­cien­do dolo­res día y noche. Des­de que ha lle­ga­do a este mun­do jamás ha dor­mi­do aún toda una noche, a lo sumo dos a tres horas. Últi­ma­men­te se suma­ron aún a ello vio­len­tos espas­mos, de modo que el niño fluc­tua­ba cons­tan­te­men­te entre la muer­te y una vida míse­ra. Pre­sa de esos dolo­res, mama­ba con tal fuer­za que mi pecho que­dó las­ti­ma­do y agrie­ta­do; a menu­do la san­gre mana­ba den­tro de su tré­mu­la boqui­ta. Así me halla­ba yo sen­ta­da un día, cuan­do entró de repen­te nues­tra case­ra ‑a quien en el cur­so del invierno había­mos paga­do más de 250 tále­ros y con quien había­mos con­ve­ni­do por con­tra­to que el dine­ro de fecha pos­te­rior le sería abo­na­do no a ella, sino a su pro­pie­ta­rio, quien le había tra­ba­do embar­go con anterioridad‑, negó el con­tra­to, exi­gió las 5 libras que aún le adeu­dá­ba­mos, y pues­to que no dis­po­nía­mos de las mis­mas en el acto (la car­ta de Naut lle­gó dema­sia­do tar­de), entra­ron dos embar­ga­do­res en la casa, tra­ba­ron embar­go sobre todas mis peque­ñas per­te­nen­cias, las camas, la ropa, los ves­ti­dos, todo, has­ta la cuna de mi pobre niño, los mejo­res jugue­tes de las niñas, quie­nes se halla­ban arra­sa­das en ardien­tes lágri­mas. Ame­na­za­ron con lle­vár­se­lo todo en un pla­zo de dos horas; yo yacía en el sue­lo, con mis hijos ate­ri­dos de frío y mi pecho dolo­ri­do. Schramm, nues­tro ami­go, acu­dió de pri­sa a la ciu­dad para pro­cu­rar­nos auxi­lio. Ascen­dió a un cabrio­lé, cuyos caba­llos se des­bo­ca­ron; él sal­tó del coche, y nos lo tra­je­ron san­gran­te a nues­tra casa, don­de yo gemía con mis pobres niños tem­blo­ro­sos.

Al día siguien­te debi­mos aban­do­nar la casa; el día era frío, llu­vio­so y enca­po­ta­do, mi mari­do bus­ca­ba una casa para noso­tros, pero nadie que­ría acep­tar­nos cuan­do habla­ba de los cua­tro niños. Final­men­te nos ayu­dó un ami­go; paga­mos, y yo ven­dí rápi­da­men­te todas mis camas para pagar al boti­ca­rio, al pana­de­ro, al car­ni­ce­ro y al leche­ro, quie­nes habían comen­za­do a temer a cau­sa del escán­da­lo del embar­go, y que súbi­ta­men­te se aba­lan­za­ron sobre mí con sus cuen­tas. Las camas ven­di­das fue­ron lle­va­das ante la puer­ta y car­ga­das en un carro, y ¿qué suce­dió enton­ces? Ya había pasa­do mucho tiem­po des­pués de la caí­da del sol, y la ley ingle­sa prohí­be eso; apa­re­ció el case­ro con agen­tes de poli­cía, afir­man­do que tam­bién podrían haber obje­tos suyos entre ellos, y que noso­tros que­rría­mos fugar­nos a algún país extran­je­ro. En menos de 5 minu­tos había más de 2 o 3 cen­te­na­res de per­so­nas obser­van­do aten­ta­men­te fren­te a nues­tra puer­ta, toda la chus­ma de Chel­sea. Las camas vol­vie­ron, y se nos dijo que solo a la maña­na siguien­te, des­pués de la sali­da del sol, podrían ser­les entre­ga­das al com­pra­dor; cuan­do de este modo, median­te la ven­ta de todas nues­tras per­te­nen­cias, estu­vi­mos en con­di­cio­nes de pagar has­ta el últi­mo cén­ti­mo, me mudé con mis peque­ños amo­res a nues­tras actua­les peque­ñas dos habi­ta­cio­nes del Hotel Ale­mán, 1 Lei­ces­ter Street, Lei­ces­ter Squa­re, don­de por 512 libras sema­na­les, halla­mos una aco­gi­da huma­ni­ta­ria.

Per­dó­ne­me usted, que­ri­do ami­go, el que le haya des­cri­to con tan­ta ampli­tud y deta­lle tan solo un día de nues­tra vida aquí; es inmo­des­to, lo sé, pero esta noche mi cora­zón fluía en torren­tes hacia mis tré­mu­las manos, y algu­na vez debía des­nu­dar mi cora­zón ante uno de nues­tros ami­gos más anti­guos, mejo­res y más fie­les. No crea usted que estas mez­qui­nas penu­rias me han doble­ga­do; dema­sia­do bien sé que nues­tra lucha no es una lucha ais­la­da, y que aún per­te­nez­co, en lo esen­cial, a los seres esco­gi­dos que han sido favo­re­ci­dos por la for­tu­na, pues­to que mi que­ri­do espo­so, apo­yo de mi vida, aún se halla a mi lado. Pero lo que real­men­te me ani­qui­la has­ta en lo más ínti­mo, lo que hace san­grar mi cora­zón, es que mi mari­do ten­ga que pasar por tan­tas mez­quin­da­des, que hubie­se podi­do ayu­dár­se­le con tan poco, y que él, que de bue­na gana y con ale­gría ayu­dó a tan­tos, haya esta­do aquí sin que se le pres­ta­se ayu­da. Pero, como ya le he dicho, no crea usted, que­ri­do señor Wey­de­me­yer, que le recla­ma­mos nada a nadie, y si reci­bi­mos ade­lan­tos de alguien, mi mari­do aún se halla en con­di­cio­nes de reem­bol­sar­los con su for­tu­na. Lo úni­co que podía recla­mar­le mi mari­do a quie­nes habían reci­bi­do de él más de un pen­sa­mien­to, más de un enal­te­ci­mien­to, más de un sus­ten­to, era que des­ple­ga­sen mayor ener­gía comer­cial y mayor acti­vi­dad en su Revue. Ten­go el orgu­llo y la auda­cia de afir­mar de que se le debía ese poco. Tam­po­co sé si mi mari­do no ha gana­do con toda la jus­ti­cia 10 Sgr. [gros­chen de pla­ta] con sus tra­ba­jos. Creo que con ello no se enga­ñó a nadie. Eso me due­le. Pero mi mari­do pien­sa de otro modo. Jamás, ni siquie­ra en los momen­tos más terri­bles, ha per­di­do la segu­ri­dad en el futu­ro, ni siquie­ra el más ale­gre humor, y esta­ba total­men­te satis­fe­cho cuan­do me veía ale­gre y cuan­do nues­tros encan­ta­do­res niños rodea­ban, son­rien­tes, a su que­ri­da mamaí­ta. Él no sabe, que­ri­do señor Wey­de­me­yer, que yo le he escri­to a usted con tan­ta ampli­tud acer­ca de nues­tra situa­ción, y por ello no haga usted uso de estas líneas. Él sólo sabe que yo le he pedi­do, en su nom­bre, que ace­le­re en lo posi­ble la dis­tri­bu­ción y envío del dine­ro. Sé que usted sólo dará a estas líneas el uso que le ins­pi­ra­rá a usted su amis­tad, dis­cre­ta y ple­na de tac­to, por noso­tros.

Adiós, que­ri­do ami­go. Trans­mí­ta­le a su espo­sa mis salu­dos más cor­dia­les, y bese usted a sus ange­li­tos de par­te de una madre que ha ver­ti­do más de una lágri­ma sobre su bebé. Si su mujer estu­vie­ra dan­do el pecho, no le comu­ni­que usted nada acer­ca de esta car­ta. Sé has­ta qué pun­to afec­tan todos los dis­gus­tos, y cau­san daño a la peque­ña cria­tu­ra. Nues­tros tres niños mayo­res cre­cen mag­ní­fi­cos, a pesar de todo. Las niñas son boni­tas, flo­re­cien­tes, ale­gres y de buen humor, y nues­tro gor­di­to es un decha­do de humor cómi­co y de las ocu­rren­cias más gra­cio­sas. El duen­de­ci­llo can­ta todo el día can­cio­nes cómi­cas con des­co­mu­nal pathos y una voz de gigan­te, y cuan­do hace retum­bar, con voz tre­men­da, las pala­bras de la Mar­se­lle­sa de Frei­li­grath6.

Oh, junio, ven y tráe­nos accio­nes,

que nue­vas accio­nes ansía nues­tro cora­zón,

resue­na toda la casa. Aca­so sea el des­tino his­tó­ri­co de este mes, como el de sus dos des­di­cha­dos pre­de­ce­so­res, el de inau­gu­rar esa lucha titá­ni­ca en la cual todos habre­mos de vol­ver a estre­char­nos las manos.

Que le vaya a usted bien. Jenny Marx

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  1. Toma­do de Wiki­pe­dia: Joseph Arnold Wey­de­me­yer (2 de febre­ro de 1818, Müns­ter –26 de agos­to de 1866, St. Louis, Misu­ri) fue un ofi­cial mili­tar de Pru­sia y en Esta­dos Uni­dos; tam­bién perio­dis­ta, polí­ti­co y revo­lu­cio­na­rio mar­xis­ta. Miem­bro de la Liga de los Comu­nis­tas, par­ti­ci­pó en la revo­lu­ción de 1848. Fue uno de los «edi­to­res res­pon­sa­bles» de la Neue Rhei­nis­che Zei­tung. En 1851 emi­gró a los Esta­dos Uni­dos y allí tra­ba­jó como perio­dis­ta. El 18 Bru­ma­rio de Luis Napo­león fue publi­ca­do en 1852 en «La Revo­lu­ción», una revis­ta men­sual de len­gua ale­ma­na en Nue­va York fun­da­da por él. Par­ti­ci­pó en la gue­rra civil de los Esta­dos Uni­dos como coro­nel en el ejér­ci­to de la Unión.
  2. Neue Rhei­nis­che Zei­tung, Nue­va Gace­ta Rena­na
  3. Toma­do de Wiki­pe­dia (con­sul­ta 07.01.2018): el tále­ro (de tha­ler o taler, es decir: vallen­se, del valle, según la orto­gra­fía emplea­da des­de 1901) es una anti­gua mone­da de pla­ta de Ale­ma­nia. Eti­mo­ló­gi­ca­men­te, «Tha­ler» es una abre­via­ción de «Joa­chimstha­ler», mone­da de la ciu­dad de Joa­chimsthal en Bohe­mia (actual­men­te Jáchy­mov en la Repú­bli­ca Che­ca), don­de se acu­ña­ron en 1518. Pero las pri­me­ras se habían acu­ña­do en 1486 en Burg Hasegg, (Hall in Tirol, Aus­tria). Des­pués de esa fecha los sobe­ra­nos de Ale­ma­nia y Aus­tria acu­ña­ron mone­das de pla­ta de gran tama­ño, siguien­do el mode­lo del Tha­ler. Fue una mone­da de pla­ta impor­tan­te, que pri­me­ra­men­te se lla­mó gul­den­gros­chen (mone­da frac­cio­na­ria). Des­pués se enten­día como tále­ro a gran can­ti­dad de mone­das que pesa­ban más de un Lot. Des­de el pun­to de vis­ta lin­güís­ti­co, el tále­ro, el tólar eslo­veno y el dólar pro­ce­den de la mis­ma raíz.
  4. Jenny, Lau­ra y Edgar.
  5. Hein­rich Gui­do
  6. Fer­di­nand Frei­li­grath fue un escri­tor ale­mán que nació en Det­mold en 1810. Su pri­me­ra colec­ción de poe­mas fue publi­ca­da en 1838 (Gedich­te), nota­ble­men­te influen­cia­dos por Los Orien­ta­les de Vic­tor Hugo, cuya obra tra­du­jo él mis­mo par­cial­men­te al ale­mán. Frei­li­grath intro­du­jo en sus escri­tos una crí­ti­ca al sis­te­ma. Ein Glau­bens­be­kennt­nis, publi­ca­da en 1844, tuvo una gran acep­ta­ción. Tuvo que aban­do­nar Ale­ma­nia y cono­ció a Marx en Bél­gi­ca. En 1845 publi­có Ça ira!. Des­pués de vivir un tiem­po en Lon­dres, Frei­li­grath regre­só a Ale­ma­nia y tra­ba­jó para el Neue Rhei­nis­che Zei­tung. Marx, como se recuer­da, era el edi­tor gene­ral y Georg Weerth el edi­tor cul­tu­ral. En 1847, Liszt musi­ca­li­zó un poe­ma suyo: O lieb, so lang du lie­ben kannst. En 1851 tuvo que aban­do­nar de nue­vo Ale­ma­nia y se con­vier­te en direc­tor de la sucur­sal lon­di­nen­se del «Sch­wei­zer Gene­ral­bank». Falle­ció en 1876.

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