Pen­sa­mien­to crí­ti­co. Por mar y por aire no más: A vein­te años del úni­co 119 que importa

Por Jor­ge Maj­fud, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 11 de sep­tiem­bre de 2021.

El ex pri­mer minis­tro de Ingla­te­rra lo aca­ba de hacer una vez más. En una con­fe­ren­cia con­me­mo­ra­ti­va del vein­te ani­ver­sa­rio de los aten­ta­dos terro­ris­tas de 2001 en Nue­va York, ha insis­ti­do que “nece­si­ta­mos más botas [sol­da­dos] en el cam­po de bata­lla para com­ba­tir el terro­ris­mo”. Cla­ro que ese terro­ris­mo no sur­gió de la nada sino de las his­tó­ri­cas inter­ven­cio­nes de Ingla­te­rra y de Esta­dos Uni­dos y, más recien­te­men­te, de la finan­cia­ción de los muyahi­dín (de don­de sur­gi­rían Osa­ma bin Laden y los fun­da­do­res de los Tali­bán) por par­te de la CIA.

No vol­ve­re­mos sobre esos deta­lles, pero sería opor­tuno recor­dar­le al famo­so exmi­nis­tro algu­nas lec­cio­nes de la his­to­ria. La mis­ma adver­ten­cia sir­ve para Blair y para todos los demás líde­res que cali­fi­ca­rían como cri­mi­na­les de gue­rra si no fue­sen líde­res de las prin­ci­pa­les poten­cias mun­dia­les: Lon­dres y Washing­ton sólo han teni­do algu­na chan­ce de éxi­to cuan­do des­car­ga­ron tone­la­das de bom­bas sobre “islas de negros” (como se infor­ma­ba a prin­ci­pios del siglo XX); sobre “aldeas ama­ri­llas” a media­dos del siglo XX; sobre “nidos de comu­nis­tas” déca­das des­pués, y sobre “cue­vas de terro­ris­tas” a prin­ci­pios del siglo XXI.

Cuan­do los ingle­ses pusie­ron sus botas en el Argen­ti­na y Uru­guay no le fue bien. En Amé­ri­ca del Nor­te, Vera­cruz fue obje­to de varias llu­vias de bom­bas has­ta prin­ci­pios del siglo XX y, aun así, ni Fran­cia ni Esta­dos Uni­dos pudie­ron que­brar la resis­ten­cia del pue­blo mexi­cano cuan­do su ejér­ci­to se reti­ró, una y otra, vez ante la supe­rio­ri­dad de las poten­cia imperiales.

En el Cono Sur, los ingle­ses tuvie­ron más suer­te con sus ban­cos (e inven­tan­do gue­rras intes­ti­nas con sus fakes news) que con sus sol­da­dos. Cuan­do pusie­ron sus botas en tie­rra, no les fue nada bien. Tam­po­co les fue bien por tie­rra a sus pri­mo­gé­ni­tos, los faná­ti­cos pro­tes­tan­tes de Washing­ton, aun­que siem­pre supie­ron ven­der­se muy bien, por­que si algo son es eso: bue­nos ven­de­do­res. Sus mayo­res “haza­ñas” fue­ron siem­pre, por lo menos des­de media­dos del siglo XIX, gra­cias a bom­bar­deos a mucha, mucha dis­tan­cia. Vera­cruz, por ejem­plo, fue obje­to de varias llu­vias de bom­bas has­ta 1914 y, aun así, las poten­cias mun­dia­les nun­ca pudie­ron que­brar la resis­ten­cia del pue­blo mexi­cano. En 1856 (des­de el mar, natu­ral­men­te) el capi­tán Geo­gre Hollins barrió San Juan del Nor­te en Nica­ra­gua con una llu­via de caño­na­zos por­que las auto­ri­da­des loca­les que­rían dete­ner a un capi­tán esta­dou­ni­den­se que había ase­si­na­do a un pes­ca­dor. En 1898, más de 1300 bom­bas caye­ron sobre la capi­tal de Puer­to Rico para libe­rar­la (has­ta hoy los bori­cuas no pue­den ele­gir pre­si­den­te de su país ni tie­nen sena­do­res en Washing­ton, como con­se­cuen­cia de un siglo y medio de libe­ra­ción). En 1927 la úni­ca posi­bi­li­dad de rever­tir una pas­mo­sa derro­ta en tie­rra a manos de los cam­pe­si­nos ham­brea­dos de Augus­to San­dino en Nica­ra­gua, quie­nes tenían a los mari­nes y a la Guar­dia nacio­nal arrin­co­na­dos en el pue­blo de Oco­tal, fue con el pri­mer bom­bar­deo aéreo mili­tar de la his­to­ria. Unos meses antes de las céle­bres bom­bas ató­mi­cas sobre Hiroshi­ma y Naga­sa­ki, las que deja­ron un cuar­to de millón de ino­cen­tes masa­cra­dos, en sólo una noche murie­ron cien mil civi­les no com­ba­tien­tes en las ciu­da­des japo­ne­sas de Nago­ya, Osa­ka, Yokoha­ma y Kobe. En la noche del 10 de mar­zo de 1945, el gene­ral Cur­tis LeMay orde­nó arro­jar sobre Tokio 1500 tone­la­das de explo­si­vos des­de 300 bom­bar­de­ros B‑29. 500.000 bom­bas llo­vie­ron des­de la 1:30 has­ta las 3:00 de la madru­ga­da. 100.000 hom­bres, muje­res y niños murie­ron en pocas horas y un millón de otras per­so­nas que­da­ron gra­ve­men­te heri­das. Esta his­to­ria será eclip­sa­da (olvi­da­da) debi­do a las mediá­ti­cas bom­bas ató­mi­cas que, tres meses des­pués, cae­rían sobre Hiroshi­ma y Naga­sa­ki matan­do a otro cuar­to de millón de ino­cen­tes no com­ba­tien­tes. Lo mis­mo más tar­de en la empo­bre­ci­da Corea del Nor­te, don­de las bom­bas arra­sa­ron el 80 por cien­to de ese país. Los gene­ra­les Dou­glas MacArthur y Cutis LeMain masa­cra­ron al 20 por cien­to de la pobla­ción sin que nin­gu­na nación decen­te se escan­da­li­za­ra. Ente 1969 y 1973, caye­ron sobre Cam­bo­ya más bom­bas (500.000 tone­la­das) que las que caye­ron sobre Ale­ma­nia y Japón duran­te la Segun­da Gue­rra. Lo mis­mo le ocu­rrió a Laos, a Irak, a Afganistán…

En 1961, lue­go de la trau­má­ti­ca derro­ta del mayor com­ple­jo mili­tar de la his­to­ria en una isla pobre, Cuba, uno de los orga­ni­za­do­res, el agen­te de la CIA David Atlee Phi­llips, reco­no­ció que todo se había debi­do a que Cas­tro y el Che Gue­va­ra habían apren­di­do de la his­to­ria y Washing­ton no.

Cada vez que Washing­ton puso “botas en tie­rras”, fra­ca­só. O tuvo un éxi­to para­si­ta­rio, como en el des­em­bar­co en Cuba en 1898, cuan­do los “negros rebel­des” tenían su inde­pen­den­cia casi gana­da y había que evi­tar una nue­va Hai­tí tan cer­ca. O como en Nor­man­día, cono­ci­do como Dia D, cuan­do los rusos ya habían pues­to 27 millo­nes de muer­tos sobre tie­rra antes que los occi­den­ta­les secues­tra­ran toda la glo­ria de haber derro­ta­do al nazis­mo, esa cosa tan que­ri­da y popu­lar entre los gran­des empre­sa­rios estadounidense.

Los pocos éxi­tos anglo­sa­jo­nes han sido siem­pre por bom­bar­deos des­de lejos, des­de el mar o por aire y sobre peque­ñas islas lle­nos de negros, algu­nas minús­cu­las (como Gra­na­da en 1983) o sobre paí­ses pobres con un ejér­ci­to ham­brea­do. Los moder­nos bom­bar­deos por aire no son otra cosa que una exten­sión de los ante­rio­res bom­bar­deos por mar, como lo prue­ban los “des­truc­to­res”, los “por­ta­vio­nes” y la mis­ma pala­bra “mari­nes” para refe­rir­se has­ta a los paracaidistas.

Tony Blair estu­vo en Jack­son­vi­lle, Flo­ri­da, en 2014. Dio una con­fe­ren­cia sobre Irak, abun­dan­te en bro­mas y anéc­do­tas diver­ti­das sobre la gue­rra y la pos­gue­rra, por lo cual cobró una for­tu­na. Pero ni una pala­bra sobre lo que unos años atrás, con abso­lu­ta impu­ni­dad, el mis­mo expre­si­den­te Geor­ge Bush había reco­no­ci­do: las razo­nes (“excu­sas”) para ir a la gue­rra habían sido “basa­das en erro­res de inte­li­gen­cia”. El ter­cer alia­do, el pre­si­den­te de Espa­ña que que­ría sacar a su país “del rin­cón de la his­to­ria”, José María Aznar, había sido más hones­to, reco­no­cien­do que no había sido lo sufi­cien­te­men­te inte­li­gen­te para dar­se cuen­ta de que se esta­ban equi­vo­can­do como niños. Des­de esa mis­ma Espa­ña, poco antes de la inva­sión, expli­ca­mos el absur­do de los argu­men­tos y la catás­tro­fe por venir en Irak y Afga­nis­tán y la futu­ra cri­sis eco­nó­mi­ca en EEUU, la que ocu­rrió en 2008. ¿Pero qué impor­ta? Sólo murió poco más de un millón de ino­cen­tes. “Sta­lin mató más…” Y el Genghis Khan, y…

Esa noche, ante el ros­tro son­rien­te e ilu­mi­na­do del exó­ti­co pri­mer minis­tro, levan­té la mano para pre­gun­tar por el millón de muer­tos y las armas de des­truc­ción masi­va que nun­ca encon­tra­ron. Nun­ca me lle­gó el micró­fono. Esta­ban todos tan emo­cio­na­dos de cono­cer al ex pri­mer minis­tro de Inglaterra…

Con un fuer­te sen­ti­mien­to de frus­tra­ción y de for­za­da indi­fe­ren­cia, salí de la sala y me fui al esta­cio­na­mien­to. En un peda­zo de papel escri­bí, para el día siguien­te: “Si le debes mil dóla­res a un ban­co, tie­nes un pro­ble­ma. Si le debes un millón, el ban­co tie­ne un pro­ble­ma”. Me recor­dó al escri­tor espa­ñol Ángel Gani­vet: “Un ejér­ci­to que lucha con armas de mucho alcan­ce… aun­que deja el cam­po sem­bra­do de cadá­ve­res, es un ejér­ci­to glo­rio­so; y si los cadá­ve­res son de raza negra, enton­ces se dice que no hay tales cadá­ve­res… un hom­bre ves­ti­do de pai­sano, que lucha y mata, nos pare­ce un ase­sino”.

JM, setiem­bre 2021.

Itu­rria /​Fuen­te

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